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domingo, 30 de abril de 2017

Vacaciones en el mar

VACACIONES EN EL MAR


Algunos días me acuerdo de aquel día en que Carmela y yo decidimos hacer un crucero. Hay fechas que marcan un antes y un después en la vida, y esa sin dudarlo fue una de ellas. Pero a veces creo que prefiero no recordarla. Desde que entráramos a trabajar al servicio de la marquesa siendo aún unos chiquillos, nunca habíamos disfrutado de unas vacaciones. Vamos, que no conocíamos nada más allá del pueblo. Había que estar siempre a expensas de la señora, con sus manías y su delicada salud. Si no era un resfriado que le duraba tres meses, eran unas terribles jaquecas durante las cuales me hacía segar el césped de la finca que rodeaba el palacete con un dalle, y a Carmela le pedía que limpiara los suelos de la mansión sin aspirador. Cualquier ruidito de nada era insoportable para ella. Siempre estaba igual.
En nuestras tardes libres, bajábamos Carmela y yo al pueblo y nos metíamos al cine. Después en la taberna nos tomábamos un café y dejábamos pasar el tiempo ojeando alguna de las revistas que amarilleaban amontonadas junto a las ventanas. Aquel día, cayó en nuestras manos un ejemplar de «Viajar» dedicado a los cruceros. Unos buques blancos, enormes, llenos de tiendas, piscinas, ascensores, casinos y no sé cuantas cosas más, ilustraban el reportaje. Algo se me agitó por dentro. Sin que nadie me viera, escondí el ejemplar debajo de la chaqueta antes de regresar a la casa.
Durante varias semanas cuando me iba a dormir me entregué bajo las sábanas a la contemplación de aquellas fotografías. Hipnotizado. Los camarotes tenían balcones individuales, se podía ir al gimnasio a cualquier hora y pedir una botella de champán al servicio de habitaciones cuando te diera la gana. Un fuerte deseo iba formándose en mi cabeza y una mañana en que la señora estaba especialmente contenta tras haberse tomado unas copitas de cariñena, me decidí a hablar con ella.
—Doña Lucrecia, con su permiso —dije tímidamente asomando la cabeza por la puerta entreabierta del salón—. ¿Tiene unos minutos? Quería comentarle una cosa.
—Pasa, pasa, Romualdo. —Mi verdadero nombre es Rogelio, pero hace tiempo que lo dejé estar—. ¿Quieres un chinchón? Fíjate, la botella llena y yo, con esta salud tan delicada, no puedo ni tocarlo.
—No, gracias, señora. Verá, Carmela y yo hemos estado pensando que son ya casi treinta años a su servicio sin disfrutar de unas vacaciones y que nos gustaría hacer un viajecito. Sería solo una semana. La hija del panadero nos ha prometido que vendrá todos los días a prepararle la comida y traerle cualquier cosa que necesite.
—¿Un viaje? Claro que sí, Ronaldo. No hay nada como viajar. Cuando mi esposo vivía viajábamos mucho. París, Roma,.. Qué tiempos más felices. —Se restregó con el puño la nariz para quitarse la moquilla que empezaba a gotear—. ¿Y dónde vais a ir, si puede saberse?
—Un crucero por el Mediterráneo. Con escalas en Niza, Marsella, Túnez…
—¡Un crucero, me apunto! ¡Corre a comprar los billetes, muchacho!
—Pepepero… En su estado, si me lo permite, señora, no debería salir de casa —farfullé aterrado.
—La brisa del mar, jovencito, llenará de aire puro los pulmones de esta pobre anciana —insistió—. Nada, nada. Está decidido. ¡Nos vamos todos de viaje!
Y así fue como, unas semanas después, zarpábamos los tres en el puerto de Barcelona. Dos mozos hicieron falta para acarrear con todos los baúles de la señora, que al menos tuvo el detalle de contratar a la hija del panadero como asistenta para el viaje.
—No pretendo ser una carga para vosotros —había dicho antes de partir en uno de sus raros ataques de sensatez—. Quiero que disfrutemos todos. ¡Qué bien lo vamos a pasar!
El primer día en el barco fue sensacional. La marquesa insistió en hacerse la manicura en uno de los salones de belleza y Carmela y yo nos fuimos a pasear por el laberinto de aquella ciudad encantada. Comimos en un restaurante pakistaní, nos probamos unos sombreros mexicanos, chapoteamos en una piscina de agua salada y terminamos tomando un té irlandés. A las nueve fuimos al camarote de la marquesa a darle las buenas noches.
—Hacía muuucho tiempo que no disfrutaba tanto. —Se la veía radiante con su nuevo corte de pelo, estaba realmente feliz. Había varias bolsas por el suelo llenas de vestidos de flores y pamelas—. Ha sido un día maravilloso, pero ahora se me caen los ojos. Robin, magnífica idea la del crucero, sí señor. Buenas noches a todos.
Nos despedimos y Carmela y yo subimos a cubierta a contemplar las estrellas. El mar andaba revuelto y el barco se movía mucho. Carmela dijo que se estaba mareando, así que a las doce y pico nos fuimos a dormir. Todavía no había amanecido cuando nos despertaron unos golpes en la puerta. Era la hija del panadero.
—¿Cómo que no está en su cama? —pregunté asustado. La muchacha temblaba. Se la veía fatal.
Tardó unos minutos en reaccionar Carmela. Entonces rompió a llorar. Nos habíamos olvidado de avisar a la chica de que doña Lucrecia era sonámbula y que tenía la costumbre de salir a estirar las piernas sobre las cinco de la mañana. Era una de sus manías. Pero en la finca era imposible que saltara los muros y además yo me encargaba siempre de echar el cerrojo a la verja de la entrada. En el barco no había muros, ni puertas, ni cerrojos. Nunca volvimos a verla.
Terminó el viaje y volvimos muy tristes al palacete, con la intención de recoger nuestros bártulos. Pero para nuestra sorpresa, la señora nos lo había dejado en herencia. Y aquí seguimos. Yo, segando el césped y podando los rosales. Y Carmela, en la cocina, que dice que si no, no se halla. Para limpiar la casa, eso sí, hemos contratado a la hija del panadero.




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