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viernes, 25 de abril de 2014

La historia interminable

LA HISTORIA INTERMINABLE

Como cada mañana sobre las ocho, Mariola ficha con su tarjeta al llegar a la oficina.
—¡¡¡Cliiin!!! Plan-ta-ba-ja —retumba una voz átona.
Se monta en el ascensor junto a otros cinco, seis es el máximo permitido, según indica la chapa metálica del fabricante.
—Buenos días —saluda educado Chuchi, de Renta, el último en subirse.
—¡Serán para ti! Ayer en el telediario dieron sol y mira qué chupa traigo. ¡Nunca aciertan! —reniega Pepa, de IVA—. Menos mal que soy previsora. —Y saca unas manoletinas del bolso, explicando que lo mejor es llevarse calzado de repuesto para no estar con los pies calados todo el día.
Paco escucha muy atento la conversación.
—Yo vengo preparado —dice agitando su paraguas de colorines—. Se lo he cogido a mi hija.
—¿Pero el arcoíris no era la bandera del orgullo gay? —pregunta inocente Pedro.
—¡Paco, marica! —Charo, de Recaudación, siempre tan puñetera, termina de hundirle el día a Paco, que oculta sonrojado el paraguas debajo de la gabardina.
Como cada mañana cuando llega a su planta, Mariola decide que a partir del siguiente lunes sube por las escaleras, se ahorra los partes meteorológicos y así de paso hace un poco de ejercicio.



Jueves santo en Macondo

JUEVES SANTO EN MACONDO


Mientras la impía lluvia borraba la rayuela que durante siglos los fantasmas habían conservado intacta en el patio trasero, la niña Montiel, translúcida, con las rodillas hundidas en el barro junto al murete de la casa donde habitaba pero no, y en pleno empacho de éxtasis, tierra y cal, sintió que se elevaba hacia el cielo llevada de la mano del arcángel Gabriel.

lunes, 21 de abril de 2014

Tiempos nuevos

TIEMPOS NUEVOS

Al principio, nadie le dio importancia. A todos les pareció hasta divertido que Laura, siempre tan desaliñada, que igual le daba andar con la misma falda toda la semana que con el pelo recogido de cualquier manera en una coleta, de pronto se pasara horas cepillándose la melena frente al espejo de su habitación.
Amparo fue la primera en darse cuenta de la metamorfosis. Un viernes a la hora de cenar, mientras servía en los platos unos muslos de pollo, se fijó en que llevaba las uñas pintadas de rosa chicle. Prefirió no molestarla con sus comentarios, pues Laura era muy suya y a veces demostraba muy mal carácter cuando veía invadido su terreno, pero se propuso vigilarla muy de cerca.
El sábado por la mañana apareció por la puerta de casa estrenando flequillo y una media melena color caramelo. La verdad es que le favorecía mucho.
—Oye, Lorenzo —Amparo se acercó hasta el sofá donde dormitaba su marido tapado hasta el cuello con las hojas del periódico— no te hagas el tonto, que has visto lo mismo que yo. ¿Qué te parecen esos cambios? Estoy un poco mosca, quizá deberíamos hablar con ella. —Dicho esto, le dio un manotazo en la cabeza—. ¿Me estás escuchando? Y baja los pies del sofá, corcho, te he dicho mil veces que tienes que dar ejemplo a tus hijos.
—Déjala tranquila, mujer, serán cosas de la edad. Además, ¿qué hay de malo en que quiera ponerse guapa? Ya era hora de que se arreglara, que iba hecha un asco —respondió Lorenzo entre bostezos.
Ese día por la tarde, mientras esperaban a que empezara el «Informe Semanal», Laura, que parecía progresar muy rápido en lo referente a su nuevo estilismo, se plantó en mitad del salón con los labios pintados de rojo y los ojos perfilados de negro.
—Me voy, que he quedado con unas amigas —informó mientras metía un brazo en una cazadora de piel que Amparo no recordaba haber visto antes—. No volveré tarde. Pasadlo bien. —Y a bordo de unos tacones, se fue hacia la puerta, contoneándose como una modelo de pasarela,
—Vale, vale… —balbuceó Amparo. No se le ocurrió nada mejor que decir.
Se asomó a la ventana, escondida tras las cortinas viendo cómo se alejaba a paso inestable calle abajo, y cuando se aseguró de que estaba lo suficientemente lejos, fue corriendo a su habitación. Sin revolver mucho para que no se notara que había estado fisgando en sus cosas, echó un vistazo a los cajones de la cómoda. No le sorprendió demasiado verlos llenos de esmaltes de uñas, pintalabios, pinceles, coloretes… En cambio, sí que se quedó pasmada al descubrir el nuevo fondo de armario de Laura. Había arrinconado los viejos pantalones y faldas y en las perchas colgaban ahora vaqueros de distintos colores, blusas con escote, vestidos de tirantes… Debajo de la cama, encontró varias revistas de moda. Pero lo que le alarmó sobremanera fue ver subrayados con rotulador algunos artículos: unos eran sobre operaciones de aumento de pecho y otros de relleno para los labios.
—¡Lorenzo, ven aquí en seguida! —chilló fuera de sí. El hombre se acercó hasta la habitación—. ¡Mira esto!— Muy nerviosa, golpeaba con el dedo sobre las tetas de silicona que lucía una mujer en una fotografía—. ¿Sigues pensando que exagero?— Amparo se dejó caer en la cama, abrumada— Aquí pasa algo raro y tú no lo quieres ver. No creo ni siquiera que haya quedado con sus amigas, más bien sospecho que se está viendo con un hombre.
Lorenzo, aunque intentaba disimular su estupor, también estaba sorprendido y no sabía qué decir.

—¿Pero es que no lo ves? ¡Si hasta está pensando en hacerse la cirugía de pato, qué horror! Eso sí que no lo soportaría, cruzarme con mi suegra todos los días en el pasillo y verla con esos morros de mamarracha. De mañana no pasa que hables con ella, que a mí nunca me escucha. A ver si pones un poco de orden en esta casa, ¡que ya está bien!

viernes, 18 de abril de 2014

Post-it chamuscado en la puerta de la nevera escrito por su futura viuda y que vicente no leyó, como era su costumbre cuando, recién llegado de echar la partida con los amigos en el bar, fue directo a coger una lata de cerveza.

POST-IT  CHAMUSCADO EN LA PUERTA DE LA NEVERA ESCRITO POR SU FUTURA VIUDA Y QUE VICENTE NO LEYÓ, COMO ERA SU COSTUMBRE CUANDO, RECIÉN LLEGADO DE ECHAR LA PARTIDA CON LOS AMIGOS EN EL BAR,  FUE DIRECTO A COGER UNA LATA DE CERVEZA.

«Olvidé antes decirte ¡ay, qué cabeza! que la bombona pierde gas.
Pues eso, que no fumes.»


Lidia

LIDIA

Desde que murió la pobre Claudia por complicaciones respiratorias tras una operación de amígdalas, Lidia no permite que Fernando contrate a ninguna asistenta para organizar la casa. Su turno como auxiliar de clínica le deja las tardes libres y desea ser ella misma quien les atienda.
A las siete y cuarto de cada tarde, Lidia descorre las cortinas del balcón que da a la calle principal y se queda allí mirando por la ventana. Espera paciente durante unos diez minutos, no sea que Fernando y su hijo, Dani, se adelanten y se pierda la escena. Hacia las siete y media aparecen doblando la esquina cogidos de la mano. Le encanta verlos llegar juntos. El padre sale antes del trabajo para recoger al niño en la escuela y juntos hacen a pie el camino de vuelta a casa.
Sobre la mesa del comedor, Lidia ha dispuesto dos platos y dos cucharas, para la sopa de fideos. Se cena temprano en esta casa, aunque últimamente no vienen con mucho apetito. Pero ella espera que la situación cambie pronto, para eso se está esforzando. Coloca al lado de los cubiertos un yogur de fresa para Dani y una manzana para Fernando. Más tarde, deja también preparados los tazones del desayuno y unos sándwiches para el almuerzo. Todos los días, de lunes a viernes.
Fernando llega agotado. Trabaja de jornada continua, haciendo una pausa de quince minutos para comer el bocadillo y así poder salir antes. Y para estar ocupado. Prefiere no tener ni un minuto libre para no pensar. Se levanta de la mesa dejando la sopa a medias y se deja caer en la butaca. Con el mando a distancia va cambiando los canales del televisor sin decidirse por ninguno.
El niño se termina el postre. Abre la boca en un gran bostezo y se acerca a su padre para darle un beso de buenas noches.
—Que sueñes con los angelitos, hijo.
Lidia le acompaña hasta la cama. Le arropa con el edredón de Bob Esponja y empieza a leerle un cuento, pero antes de pasar la primera página ya se ha quedado dormido. Entre las clases y las actividades extraescolares, está que se cae de sueño.
—Eres muy buena, Lidia —suspira Fernando—. Pero vete a descansar, que mañana madrugas. Ya has hecho bastante.
—¿Te masajeo la espalda? Tanto ordenador termina cargando las cervicales.
—No, gracias. Escucho un rato la radio y me voy a dormir. —Con el mando apaga la tele y cierra los ojos—.  Estoy muy cansado. Hasta mañana.
Lidia le roza con los labios la frente y se acerca a la cocina para terminar de recoger. Cierra la bolsa de basura y sale al descansillo de la escalera. Cuando entra en el ascensor, se mira en el espejo. Fernando no ha reparado en su nuevo corte de pelo. Da igual. No importa. Sabe esperar. Lleva toda la vida esperando a que cambien las cosas. Es lo que mejor sabe hacer: es-pe-rar.
Camina sin prisa hacia su casa, tres calles más abajo. «Pronto ocuparé mi lugar en esta familia» se va diciendo, animosa «ahora que mi hermana no está. Fue una desgracia para ella tener asma y que no soportara la presión de la almohada sobre su cara» un brillo maligno le atraviesa la mirada al recordar aquella mañana en el hospital «y un alivio para mí. A Fernando lo vi yo primero. ¿Qué se creía doña Perfecta, que iba a ganar siempre?»
Lidia no tiene prisa. Con el pequeño Dani ya tiene medio camino recorrido y está segura de que algún día Fernando terminará aceptándola en su vida. Y en su cama.
Paciente, continúa esperando.


miércoles, 9 de abril de 2014

El funeral del tabernero

EL FUNERAL DEL TABERNERO


¡La felicidad! No existe palabra más efímera, ¡aaay!Se le ve apenado al padre Eloy—. Recemos una oración por el hermano Blas y celebremos que ha sido llamado a la presencia de nuestro Dios.
Se oyen unos suspiros y carraspeos entre los feligreses cuando el cura se bebe de un trago el vino del cáliz.
—Alabado sea el Señor. Eleva una mano al cielo y les da la bendición, «…podéis ir en paz…». Cabizbajos y en silencio abandonan todos juntos la iglesia. Al llegar a la plazuela se quedan mirándose unos a otros, desorientados, sin saber dónde ir a ahogar sus penas.


martes, 8 de abril de 2014

El origen de los tiempos

El ORIGEN DE LOS TIEMPOS

Le despertaron unos ruidos que procedían del exterior de la gruta. No sabía cómo había llegado allí ni recordaba nada de su pasado. Lo cierto es que le daba igual. Comenzó a desencajar la mandíbula como intentando un bostezo, aunque más que bostezo le salió una mueca amenazadora por los dos colmillos afilados y la lengua bífida que asomaba entre ellos. Estiró su alargado cuerpo y se desperezó, sacudiéndose la modorra acumulada durante todos los milenios que llevaba enroscada como un ovillo.
Después se restregó los ojos y se mudó la piel, dejando un montoncito de escamas pegajosas a su lado. Sintió un rugido en el estómago y como era lo que más cerca tenía las engulló de un bocado. Saciado el hambre, aguzó el oído hasta que los sonidos de antes le fueron llegando con más claridad, convertidos ahora en voces. Y luego en gritos. Al principio no lograba entender nada, pero poco a poco fue acostumbrando el oído a ese idioma hasta hace un momento desconocido y muy interesada se acomodó para seguir la conversación.
—¡Ya me has oído, no te lo pienso repetir! —Era una voz ronca, displicente. Le gustó.
El Creador estaba dando los últimos retoques a un muñeco de barro que no parecía muy conforme.
—Bueno, te voy a dar la razón porque la tienes. Tú eres mi gran obra, hecha a mi imagen y semejanza, y es lógico lo que pides. Necesitarás compañía para disfrutar del paraíso que he creado para ti.
—A ver, ya me contarás. Te ha quedado todo muy chulo, pero fíjate —señaló hacia una colina—, el ciervo con la cierva, el oso con la osa, ¡si hasta el cuco tiene compañera! No me puedes dejar aquí solo. Si no arreglas este desbarajuste, me declararé en huelga de hambre y moriré de inanición —aseveró muy serio cruzándose de brazos.
«Me ha salido respondón el monigote», se entristeció el Creador. Mientras se acariciaba la barba se le ocurrió una idea.
—Para que veas que soy benevolente, voy a modelar con una de tus costillas una mujer que te hará feliz. Un momento, no te muevas. ¿Listo? A la una, a las dos, a las tres… ¡Ya está! ¿Te ha dolido? —Tiró el hueso al suelo y cubrió el torso del hombre con un puñado de tierra.
—No, la verdad es que no me he dado ni cuenta —reconoció dando una patada a la costilla—. ¿Y de esto vas a sacar una pareja para mí? Estoy deseando verlo.
Aunque acusaba el agotamiento tras una larga semana creando ríos, océanos, estrellas, volcanes, animales y selvas, todavía le quedaban fuerzas para completar su obra.
—Espérame aquí, que voy fuera a  por un poco más de barro y verás —dijo al tiempo que desaparecía.
La serpiente no se había perdido detalle del espectáculo. Observó por el rabillo del ojo al hombre, que yacía en la entrada de la cueva y se dejaba acariciar por los rayos del sol mientras se hurgaba los dientes con un palito. Se arrastró silenciosa hasta donde había quedado la costilla, clavó sus colmillos en ella e inoculó hasta la última gota del veneno que almacenaba. Después regresó tan tranquila a su escondrijo y agazapada siguió muy atenta los siguientes acontecimientos.
El Señor modeló la nueva figurita de barro. Sus formas eran un poco más redondas que las del hombre, que no paraba de exigir determinados detalles en la fisonomía de la mujer: que si unas tetas más grandes, que si mejor un culo respingón, que si los ojos color turquesa… Al final llegaron a un acuerdo y Adán, ese era su nombre, quedó satisfecho con su media naranja, Eva. Cuando esta abrió los ojos, se quedaron mirando durante una eternidad, se cogieron de las manos y se fundieron en un prolongado magreo. El Señor carraspeó varias veces, incómodo, reclamando su atención.
—Solo quiero recordaros que la belleza que contempláis a vuestro alrededor —dijo abriendo mucho los brazos, abarcando todo el terreno— ha sido creada pensando en vuestro disfrute. No tendréis que trabajar y dispondréis de alimento y agua de sobra, animales de carga y de compañía, cobijo… No necesitaréis nada más. Y lo mejor de todo: seréis inmortales. Pero os impongo una única condición. —Salió de la gruta y se situó bajo la sombra que proporcionaba un espléndido árbol cargado de frutas rojas y verdes y amarillas—. ¿Veis este manzano? Pues no podréis comer de su fruto. Ni falta que os hará, porque ya veis que hay cientos, miles de ellos todos iguales, o sea, que sería tontería. Ahora bien, si decidís desobedecerme, si caéis en la tentación de probar sus manzanas, me enojaré y os expulsaré del paraíso. Tendréis que sudar para ganaros el sustento; padeceréis enfermedades, conoceréis el dolor... Vosotros veréis. Yo os dejo, que estoy agotado y necesito descansar. —Dicho esto agitó la mano y se despidió—. ¡Mucha suerte, chicos!
A Adán le pareció bien, aunque la advertencia le resultó innecesaria. Eva no dijo nada.
Durante algún tiempo, vivieron muy felices Eva y Adán bañándose en las aguas cristalinas de los arroyos, degustando los delicados manjares que les ofrecían los bosques, revolcándose entre las flores… Y durante ese tiempo la serpiente, que se había dedicado a explorar todo el paraíso de una punta a la otra, llegó a la conclusión de que aquello era de un aburrimiento mortífero y empezó a urdir un plan. Una mañana, se presentó ante la pareja y con la más falsa de sus sonrisas les ofreció un fruto recién arrancado del árbol prohibido.
—Jamás en vuestra vida habéis saboreado nada más delicioso que esto —les tentó con voz meliflua—. Néctar de los mismísimos dioses, no sabéis lo que os perdéis. Tomad, probadlo y me decís.
Una vez, cuatro veces, cien, se negó Adán a aceptarla, mientras apartaba a empujones a la joven de la presencia de la víbora. Pero Eva no quitaba ojo a la manzana y no hacía más que salivar. Estuvieron así ni se sabe cuánto tiempo, en un tira y afloja, hasta que al final vencieron el empecinamiento de la bicha y la curiosidad de la mujer frente a la oposición y la prudencia de Adán.
—Un mordisquito de nada, cariño, te lo prometo —le aseguró ella poniendo morritos. Y así fue como desobedecieron al Señor. Y este se enfureció, como ya había avisado. Y en cuestión de segundos, el cielo se cubrió de nubarrones negros, retumbaron miles de truenos, sintieron un frio atroz y cayeron de rodillas al suelo temblando de miedo, implorando clemencia. Habían despertado la ira de su Dios.
Pero, por desgracia para ellos, no había vuelta atrás.
Por su necedad, fueron forzados a abandonar el paraíso, y tuvieron que dedicarse a arar los campos para ganarse el alimento y criar ganado para tener ropas de abrigo y carne y leche y sufrir al parir a sus hijos y enfermar y morir…
Con el transcurso del tiempo, los hijos de los hijos de los hijos de los dos expulsados del paraíso fueron poblando la tierra con nuevas generaciones. La serpiente, siempre atenta a sus movimientos pero escondida entre tinieblas, intervenía de vez en cuando con alguna de las suyas.
Como aquella vez cuando convenció a Caín, el hijo mayor de Adán y Eva, de que lo mejor que podía hacer era aplastarle con una roca el cráneo a su hermano Abel y asegurarse así en exclusiva el cariño de sus padres.
O como en aquella otra ocasión, cuando se puso a diluviar y el planeta entero se inundó. Subido a la montaña más alta, Noé, un carpintero de la zona, trataba de poner orden en su arca de madera, donde parejas de animales de distintas especies se hacinaban para ser conducidas a un lugar seguro. Aprovechando el caos la serpiente, con su mala baba milenaria, se zampó al último par de palomas de la paz que había sobrevivido al hambre y al frío.
—¡Harta, estoy muy harta! —resopló al cabo de años de tedio. Le fastidiaba y mucho tanta caza y cópula, todo el rato lo mismo—. En cuanto te descuidas, se llena todo de cachorros y de mocosos humanos. ¿Esto no va a terminar nunca? De verdad que no lo soporto.

Y dicho esto, abandonó la jungla en busca de un cambio de aires. Siguiendo un reguero de rumores que circulaba por aquí y por allá, fue reptando por el calendario de los siglos hasta llegar al año cero, a un pueblo llamado Belén, lleno de arroyos, lavanderas, pastores, gallinas y cerdos, donde un tal Rey Herodes la recibió con un abrazo en las puertas de su castillo. Después de compartir confidencias y hacerse tan amiguitos, maquinaron un plan muy perverso que bañó de sangre la aldea. Y aunque no obtuvieron el éxito deseado, la serpiente se sintió tan a gusto en aquella nueva civilización que dos mil años después todavía sigue por allí dando sus coletazos.

Clase de gimnasia

CLASE DE GIMNASIA

Le deseé que tuviera un buen turno al pasarle el testigo y para mi sorpresa me dio un abrazo. No me soltaba el muy idiota, para qué le habré dicho nada, pensé. Desde las gradas, sonaban silbidos y abucheos. También algún insulto. Para cuando se decidió a arrancar, ya habíamos perdido toda la ventaja y quedamos los últimos clasificados.

Ya en el vestuario tuvo que soportar varios coscorrones y burlas por parte de los otros chicos. Yo no me atrevía a levantar la mirada del suelo, turbado, sintiendo un agradable latido entre las piernas que nunca antes había experimentado.

La beata

LA BEATA


La vergüenza que nos ganamos aquella noche, en cambio, nos acompañaría para siempre: los dos en cueros, danzando ebrios delante de una hoguera en una playa de Brasil, qué cruz. Cada vez que me acerco al confesionario me santiguo una y mil veces para alejar el tormento de mi corazón. Noto que se me eriza hasta el vello del pubis, pese a la ventanilla cuadriculada que me separa del atractivo padre Greg, tan bronceado... 

martes, 1 de abril de 2014

En el infierno

EN EL INFIERNO

—Jopeee, qué calor— refunfuña Ramón mientras se sube el saco hasta las cejas. Se cree así a salvo del enemigo, pero a ratos necesita respirar y al destaparse queda expuesto de nuevo a los ataques. Desde su trinchera de plumas enciende el móvil y alumbra alrededor; solo distingue sombras y los números de la pantalla. ¡Ostras, las cuatro de la mañana! Entonces empieza a arrepentirse de haber renunciado al sosiego de su casa para emprender esta travesía por tierras inhóspitas. ¡Cómo añora su cama! ¡Hogar, dulce hogar…! Pero es inútil lamentarse, ahora tiene que velar por su integridad y la de Marta, que ronca a su lado ajena al peligro que corren.
«No me rendiré o acabarán con nosotros». Inmóvil como un cesto, aguza el oído hasta que percibe un zumbido: ha localizado a otro intruso. Saca un brazo fuera del saco y sujetando el mapa ¡zas! lo aplasta de un golpe. Sonríe triunfante al imaginar los pegotes espachurrados en las páginas;. De momento, va ganando la batalla.
Oye, Ramón le recrimina Marta dándole la espalda tú sigue embadurnando de sangre el plano y mañana me cuentas cómo encontramos la ruta. Es la última vez que salgo contigo de acampada. 


Enterrado vivo

ENTERRADO VIVO


Luego cruzó el pasillo, bajó al sótano y mató al prisionero con una espada de samurái. Tras aclararse las manos con agua sucia se tumbó en el camastro, abrazado a él. Al día siguiente le estampó un puñetazo directo en la frente, en eso había sido de joven campeón. Noche tras noche, año tras año, repitió la misma rutina probando distintos métodos: una soga al cuello, la cabeza metida en la taza del váter, un tiro en la sien… Cuando cuarenta años después un juez anuló su sentencia a morir en la horca, el anciano que atravesó el corredor de la muerte hacia la salida iba acompañado de miles de cadáveres andantes.