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martes, 12 de mayo de 2015

Trapos sucios

TRAPOS SUCIOS

La misma tarde que una camioneta aplastó bajo sus ruedas a mi gato se averió la lavadora. De eso hace ya dos meses. Durante varias semanas mi único entretenimiento fue asomarme por el balcón del patio a mirar los tendales de las vecinas, pero siempre veía a sus mininos relamiéndose las patas sobre los alféizares, lo cual me causaba mucho disgusto y desazón. Un día me cansé de contemplar bragas, uniformes del Carrefour y calcetines de tenis. Cuando se me empezaron a acumular batas llenas de lamparones y pañuelos con mocos, me acordé de la lavandería que habían abierto hacía poco en el barrio. Así que metí toda la ropa sucia en una bolsa, compré en el quiosco de abajo el Hola, y en cinco minutos ya estaba en el local viendo cómo mi ropa giraba en el interior de un tambor.
Me senté en una silla frente a la lavadora y abrí la revista. Aunque no pasé ni de la primera hoja, me fue muy útil para ocultarme detrás de sus páginas y poder mirar con disimulo al tipo que acababa de entrar. Era un muchacho joven, con pinta de no haber pisado una peluquería en su vida, que solo paró de mover la cabeza adelante y atrás y tocar una guitarra imaginaria cuando metió a lavar un edredón, unas cortinas y un pijama de su talla; todo de Bob Esponja.
A la semana siguiente volví. En una de las máquinas al fondo del local, me fijé en un señor muy bronceado, elegantísimo dentro de su traje gris y con las canas engominadas hacia atrás, que doblaba cuidadosamente en una maleta de viaje de Louis Vuitton un montón de toallas blancas, todas con anagramas de hoteles como Sol Meliá, Palace, Hilton… Un poco más allá, un tío con los antebrazos cubiertos de tatuajes pasaba con mimo un cepillo a un osito que acababa de  sacar con todos los pelos de punta del centrifugado.
En un par de meses, ya era asidua del local y conocía a casi toda la clientela. Un día antes de salir, mientras esperaba a que terminara mi programa de secado, ayudé a doblar las fundas del sofá a Rosaura, la vecina del quinto, que casi siempre andaba por allí. La primera vez que vine tan desconsolada me dio todo su apoyo y un paquete entero de kleenex, eso no se olvida nunca. Sentada en un banco pegado a la pared, tejía un calcetín y charlaba animadamente con el de la guitarra. Oí que le comentaba lo calentita y entretenida que estaba aquí y que por eso venía todos los días con alguna muda o algún tapete salpicado de café.
Me despedí y camino de casa fui haciendo un recuento mental de toda la ropa que tenía olvidada en armarios y cajones y a la que no vendría mal un buen repaso. Decidí también que en cuanto naciera alguna camada de gatos en el barrio, me subiría uno al piso; metiendo un cojín dentro del tambor de la lavadora rota, bien podría servirle de cama.
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domingo, 10 de mayo de 2015

La tienda de antigüedades

LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES

El viajero está echado, boca arriba, sobre una chaise-longue forrada de cretona. La mujer que le acompaña, casi una niña, acomoda bajo su cabeza un almohadón. Él le acaricia la mano, agradecido. La joven cuelga en el perchero su blazer de lino y se pone a curiosear por la tienda: se prueba tocados frente a un espejo de bronce, abre y cierra un paraguas de encaje negro, se pasa un cepillo de marfil por los rizos mojados que caen sobre su frente… A ratos se acerca a la puerta para contemplar las callejuelas vacías, el cielo plomizo. Después continúa paseándose entre tanta maravilla, admirando las fotografías en sepia, acariciando los baúles de cuero, ojeando algún libro descolorido y volviéndolo a posar por ahí, encima de cualquier repisa.
El anticuario va solícito tras ella. Coloca las muñecas de porcelana de nuevo en sus sillitas, intenta seducirla con los joyeros de nácar, le detalla la procedencia de los relojes de cuco que tanto entusiasmo le causan.
Sin dejar de sonreír, la muchacha desvía ahora su mirada turquesa hacia el ventanal del escaparate. Unos rayos de sol comienzan a abrirse paso a través de los nubarrones. Entonces se dirige a donde dormita el hombre y le zarandea con suavidad.
—Abuelo, ha dejado de llover. Tenemos que darnos prisa si no queremos perder el último tren.

Sin acritud

SIN ACRITUD

Tras varios meses de angustiosa espera y el ingreso en el hospital, Diego se llevó a su mujer y al pequeño Hugo, ya bastante recuperado de la operación, a Benidorm, donde habían pasado su luna de miel. El primer día de playa, cuando salía de darse un chapuzón, vio cómo ella besaba cariñosamente al socorrista.

Jamás preguntaría por qué aquel tipo, cuya cara le resultaba tan familiar, tenía esa cicatriz en un costado.

Mein Kampf

MEIN KAMPF

Ya no podíamos contar con él, había repetido entre lágrimas mientras hacía el macuto. La abuela le envolvió unas tortas de pan en un mantelito blanco y luego se dirigió con la cabeza gacha al corral a poner grano a las gallinas. Que si le echaríamos de menos, gritó a mitad del sendero. ¡Claro que sí, Hans, ten ánimo, hijo mío!, voceó llorosa mamá desde el zaguán agitando una mano de despedida.
Todavía siguió diciendo adiós mientras caminaba junto a otros muchachos hacia la estación de tren.
Y allí, entre campos de maizales, nos quedamos muy calladas las tres mirando pasar decenas de vagones negros.


Mapamundi

MAPAMUNDI


Todo estaba dibujado en la pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón. Esbozos de calles, postes en tres colores y caminos de rayas blancas y negras con flechas, para cruzar bien hasta el parque. La fachada del bar de Paco y un reloj en las dos: eso significaba la hora de comer. Un monigote de un señor calvo con narizota, parecido a Jacinto, el del kiosco, junto a unas monedas de euro, de veinte céntimos y de diez, le hizo sonreír. Pero qué buena es mi Amparito, suspiró, de nada se olvida. Y antes de que se le pasara pegó en la tapa del bloc una foto de ella dentro de un corazón.

La escena del crimen

LA ESCENA DEL CRIMEN 


El incómodo cadáver del mediador de familia, tirado en el suelo de la alcoba del servicio sobre un charco de sangre, cognac y vidrios rotos; la duquesa, esposada y en camisón, siendo conducida por dos agentes hacia el vehículo policial; la joven doncella, en cuclillas en una esquina, mordiéndose inconsolable la punta del delantal; y el pobre duque, medio legañoso aún, contemplando perplejo los añicos en que se había convertido la botella más valiosa de su colección.

El disparo

EL DISPARO

Desde que ayudé a papá a limpiar con un paño la escopeta y le apunté como en la tele y luego todo se llenó de olor a pólvora y a humo, y vinieron unos policías y me arrastraron por la alfombra del salón... los Reyes Magos ya no me traen insignias de sheriff, ni pistolas.
Solo ceras y acuarelas.

Mami llora cuando ve mis dibujos. 

Cuando se apaga la noche

CUANDO SE APAGA LA NOCHE

Cerramos enseguida, don Raimun… Le cuesta al mesonero tutear al viejo poeta. Rai. Es tarde.
Apenas repara en la deferencia, pero le entristece ese plural. «Tan solitario como yo», piensa. De un trago apura la ginebra y gruñe una despedida. Un hasta mañana. No se abrocha la chaqueta de franela, pues el temblor de sus manos tropieza con los botones. También con la máquina de escribir. Desde lo de Elisa.
Elevamos sueños, tesoro. «Cuánta soledad», se dice al oír a una puta apoyada en un contenedor. La mujer le acepta un cigarrillo y juntos arrastran sus sombras por el empedrado de la ciudad.