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sábado, 27 de octubre de 2012

En el infierno


EN EL INFIERNO

A las ocho y cuarto de la mañana abre la puerta de su oficina. Es temprano, aún falta casi una hora para que empiece el ajetreo diario. Hoy salió una hora antes de casa para dejar adelantado el trabajo y así poder tomarse la tarde libre, no todos los días celebra su aniversario de boda y reunirse con la familia al completo bien merece la pena.
«Seguro que mi suegra Nancy habrá preparado el pastel de manzana que tanto me gusta. Espero que el autobús de Greg, Catherine y los niños no llegue con retraso, como siempre. ¡Cuánto tiempo sin ver a mis nietos! Ah, que no se me olvide recoger el traje de la tintorería antes de regresar a casa».
Sentado frente al ordenador, se distrae unos instantes con la panorámica que se contempla desde la cristalera que hace de fachada en esta torre. Abajo, diminutos coches amarillos sortean hábilmente el denso tráfico; agujeros repartidos en el asfalto aquí y allá, vomitan hordas de seres en blanco y negro que apresurados cruzan las calles al ritmo de las luces de los semáforos; en las esquinas, quioscos de café y bollos calientes listos para llevar. Y en el horizonte, docenas de rascacielos compitiendo con las nubes en acariciar el amanecer, aún somnoliento.
«Cuando llegue Leslie y vea el desayuno que le ha traído su jefe se va a quedar boquiabierta, je,je. Siempre es ella la que se encarga, pero hoy quiero darle una sorpresa. Es un día muy especial para mí».
Mientras teclea y revisa lo redactado, una tremenda sacudida lanza su silla contra la puerta. Todos los objetos y carptetas caen de las estanterías, los armarios y percheros ruedan por los suelos. El estruendo es de tal magnitud que se queda sordo y solo siente un zumbido que martillea sus sienes. A partir de este momento, una serie de imágenes y recuerdos se agolpan caóticos en su cabeza.
«Tengo que llamar a Nicky para que corte el césped… las entradas para el teatro del viernes están en el cajón del aparador… el fontanero vendrá el viernes a revisar ese grifo que gotea… el lunes, partido de tenis con Patrick… ».
Intenta llegar hasta las escaleras, pero el aire irrespirable le obliga a retroceder. Una densa humareda le impide ver más allá de un metro  y las llamas empiezan a lamerle los pies. Asfixiado, se gira hacia las ventanas, o lo que queda de ellas, porque los cristales han saltado por los aires hechos añicos. Avanza torpe hacia ese aliento redentor pues los zapatos se van pegando al suelo, derretidos. Cuando consigue subirse al alféizar para escapar del horno en que se ha convertido la estancia, comprueba que está descalzo. Sus pies despellejados están cubiertos de ampollas reventadas que supuran un líquido rosáceo y de los zapatos solo queda una estela de piel negra licuada, adherida a la moqueta.
De pronto, oye varias explosiones procedentes de la zona de los ascensores.
«¡Dios santo, que ni mi secretaria ni nadie se encuentren atrapados en uno de ellos. No puedo, no puedo pensar. ¿Qué voy a hacer? ¡Oh, Dios, Dios!…».
Es extraño, no siente dolor en los pies, quizá es porque sus brazos también están achicharrados, les cuelgan jirones de piel. El olor que le llega es una mezcla de carne y cables quemados. Pese a que todos los aspersores se han disparado, los ordenadores se derriten como mantequilla y mil pequeñas hogueras avanzan por la moqueta. Por su cara resbalan gruesas gotas de sudor. Su cerebro, parado como las agujas de un reloj, reacciona solo cuando frente a él aparece la respuesta a la pregunta que se le atasca en las vísceras: un avión acaba de incrustarse en la panza de la Torre Sur, como un cuchillo que atraviesa una tarta nupcial, levantando una nube de fuego, humo, cenizas y papeles. Ahora sí siente una punzada de dolor: es su corazón que desbocado, pugna por salirse del pecho.
«Tranquilízate, esto es América. Ahora, como en las películas, llegará un helicóptero con un equipo de rescate y en cuestión de segundos volaré sujeto por unos arneses a un lugar seguro y me reuniré con mi querida Martha y todo volverá a su lugar».
Asido con una mano a los marcos hirvientes de la ventana, hace señales al abismo con lo poco que queda de su camisa. Entonces ante sus ojos cae el cuerpo de un hombre desde un piso más alto. En la fracción de segundo más prolongada de toda su vida, reconoce por primera vez la cara de la muerte reflejada en un rostro.
«Igual que los trapecistas del circo donde nos llevaba papá cuando Lucy y yo éramos niños, seguro que abajo habrá una red enorme y cuando casi toque el suelo, rebotaré varias veces sobre ella, daré unos volatines, saltaré al suelo y el público me recibirá con una calurosa ovación».
Entonces cierra los ojos y salta.

Citius, altius, fortius


CITIUS, ALTIUS, FORTIUS

Por las páginas del álbum de fotos de Marcos se desliza un dedo tembloroso que acaricia cada una de las estampas: la carita del recién nacido, la sonrisa de dos dientes, sus primeros pasos, el pecoso disfrazado de ovejita…
Después llegaría la bici, el marinero de rodillas peladas, el adolescente respondón. En la última instantánea se frota la vista, evita mirar: su hijo sentado sobre la maldita moto que le compraron a los dieciséis. Y luego, nada. Las tinieblas ocuparon los rincones de la habitación juvenil y no se volvió a sentir la suavidad de la luz ni el sonido de las risas en aquella casa.
No hubo más fotos.
Un año de ingresos, operaciones, recaídas, lágrimas y desesperación. Y por último, el alta: «No se puede hacer más, la lesión es irreversible». Marcos se fue hundiendo en un abismo del que nadie conseguía sacarle. Hasta que un día apareció aquel psicólogo, que logró convencerle de que en la vida hay más opciones, todas igual de válidas. Un desganado Marcos aceptó seguir la terapia y nada más sumergirse en la piscina del hospital sintió que algo estallaba en su interior. 
—Mamá, cuando termine en el instituto estudiaré psicología y seguiré entrenando, dentro de cuatro años participaré en los Juegos Olímpicos, ya lo verás —sonríe el chico mientras enjuga las gotas saladas que caen del rostro de su madre, emborronando sus recuerdos.  Ella  termina de colocar la foto del muchacho saludando con la mano desde su silla de ruedas al borde del agua, listo para zambullirse.
Quedan muchas páginas en blanco en este álbum y está convencida de que, con su determinación, Marcos las  llenará de vida y color.

domingo, 21 de octubre de 2012

Viaje de ida

VIAJE DE IDA



La noche se ilumina con una constelación de estrellas en tu cucharilla de cenizas y liquido azul llameante, el veneno que te hace olvidar tu miedo e impotencia. Los días son borrosos, pero entre sombras y tinieblas te dejas guiar por esa luz que bombea paz con cada latido de tu corazón. Cegado por una gran llamarada, cabalgas dichoso al borde del precipicio. Siempre regresas aunque nadie te espera, pero hoy una enorme rata se ha acercado sigilosa a ti. Se arrastra sobre tu cuerpo olisqueándolo, percibiéndote como una inmundicia más de este callejón de contenedores, y sin ningún temor arranca de un mordisco un trozo de tu carne marchita. Qué importa,  tú ya has llegado al final del túnel.



Mujer de cepa

MUJER DE CEPA


Esa embriagadora sonrisa de carmín le tiene hipnotizado. La escruta a través del vidrio rosado imaginando su sabor a fruta madura, deseando aspirar su aroma, anticipando matices de maderas nobles...
Mas efímera es la felicidad: hoy no habrá cata. Abstraído en su copa de vino, diluye dulcemente su ilusión en un sorbo del líquido balsámico mientras los labios amados se estremecen en otra boca.

La espera

LA ESPERA

—De corazón y científicamente, lamento comunicarle que el diagnóstico no es nada halagüeño. La buena noticia es que se encuentra en excelentes manos, haré lo imposible por aliviarle.
—Pero, doctor… ¡deje de hurgarme en la oreja! Que donde me duele es en el pie.
—No me distraiga con tonterías. Además, si usted es parapléjico: no le puede doler un pie así como así.
—¡Llegué! Perdón por el retraso. Doctora, ese bigote le sienta muy bien.
—Enfermera,  inmovilice al paciente, que no para quieto. A ver… Ajá, lo que sospechaba ¡un tapón!
—Ustedes tres, vuelvan a la fila y estense calladitos. Aquí tienen, sus pastillas.

sábado, 6 de octubre de 2012

La decisión de Natasha


LA DECISIÓN DE NATASHA

Natasha aviva el tímido fuego de la chimenea con la última silla que queda en la cabaña y continúa con su labor. Los últimos tres días no ha hecho otra cosa que tejer y tejer. Sus dedos hinchados, llenos de sabañones, le entorpecen el trabajo, pero está determinada a soportar ese martirio hasta que termine la tarea. Teje a toda prisa, perseverante, firme.
Las primeras nieves se han anticipado al final del verano y han cogido desprevenido al puñado de habitantes de esta aldea perdida en las montañas. No hay suficiente hierba almacenada para alimentar al ganado, ni cereal para las gallinas, ni leña para calentar los hogares hasta la llegada del deshielo. La situación es desesperada y no hay nada que puedan hacer.
Hace frío, mucho, pero Natasha es una mujer acostumbrada a los rigores de la vida, al aislamiento, al abandono. El saquito del pequeño Igor lo terminó de coser enseguida. Unos mechones rubios asoman por la abertura, qué hermoso está mi niño. Y sigue tejiendo. Empecinada. Incansable.
Un manto blanco cubre los campos y bosques, borra los caminos, sobrecoge las almas. Inclemente, el cielo no ha cesado su descarga durante las últimas semanas. Se han perdido las cosechas y no será posible sobrevivir aquí. Los más jóvenes se preparan para abandonar la aldea y hacen acopio de lo imprescindible para huir ladera abajo hasta alcanzar el pueblo más cercano, antes de que sea demasiado tarde. Con suerte, llegarán a tiempo de dar la alarma para que un equipo de rescate acuda a socorrer al resto.
Para su padre, Dimitri, ya ha elegido el traje. Tiene que estar presentable, todos lo estarán, no quiere marcharse de cualquier manera y que les encuentren así, con sus gastadas ropas de labor. La chaqueta y el pantalón de lana que reserva para asistir a los servicios religiosos son lo más apropiado. Solo le falta encontrar el sombrero, luego lo buscará. De momento, pese a tener los dedos agarrotados, continúa tejiendo a toda velocidad. Obstinada, obcecada.
Con la ayuda de unos trineos de madera, un grupo de muchachos inicia el descenso. En la partida, solo alguno se atreve a mirar atrás. De un par de chimeneas aún sale un hilillo de humo, del resto cuelgan témpanos de hielo. Aprietan los puños, las lágrimas se congelan en sus rostros. Volveremos, no os preocupéis, saldremos de esta, se dicen para sus adentros sin demasiada convicción.
Natasha arroja las agujas al suelo: ha terminado la prenda. Con una pala retira la nieve acumulada y sale al patio trasero, donde la espera su familia desde hace tres días. Coloca el sombrero de fieltro al padre y acomoda al pequeño en su regazo. Les besa con dulzura, cuánto os quiero, estoy preparada, no tengo miedo. Partiremos los tres juntos y seguiremos siendo una familia. Siempre juntos, os lo prometo.
La rigidez de sus dedos le dificulta vestirse, pero con movimientos lentos va envolviendo su cuerpo con la mortaja. Se sienta al lado del anciano, se aferra a su mano helada y, antes de cerrar los ojos, contempla por un instante el cielo azul. Ha dejado de nevar.



El informe

EL INFORME

—…hasta chocarse contra una pila de maderos. Entonces tropezó y al caer se abrió la cabeza con esa piedra y se quedó tieso; créame, señor comisario, le digo lo que vi—. El negro gesticula con mucho aspaviento, los ojos se salen de sus cuencas y no para de contonearse al ritmo de una música inexistente.
El oficial busca apático un latido en el cuello lleno de cadenas de oro del cadáver. Un traficante menos en las calles, resuelve.  Saca el bloc de notas y muy concentrado apunta:
«Champán, dulces y rosas blancas. Condones». Y mira impaciente el reloj.


Dominación

DOMINACIÓN

—Escucho un murmullo que se acerca, es como un lamento, parece que intenta comunicarse, espere… hay interferencias… estoy perdiendo la conexión… ¡Vaya, con lo cerquita que estábamos!  Yo que usted no pararía ahora. Si desea averiguar algo más de su difunto marido nos llevará otra sesión, podemos continuar o no, usted decide: ya sabe que son cincuenta euros la media hora, merece la pena llegar hasta el final…
Ella no responde, no puede: tiene la boca llena de la virilidad del maestro espiritual y los brazos sujetos a la espalda con un cilicio.
Para la próxima cita lo tiene claro: se pedirá el disfraz de alumna díscola y látigo.