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jueves, 20 de diciembre de 2012

En un instante


EN UN INSTANTE

—Café largo con una nube de leche desnatada, y que esté muy caliente, por favor. Sírvamelo en vaso de vidrio con asa y no olvide traer la sacarina líquida. —Pierre se asegura de que el camarero anota bien la comanda estirando un poco el cuello para ver la pantalla táctil—. Y traiga también un digestivo, sin hielo. Ginebra, eso es.
—Bien, señor. ¿Y usted qué tomará?
—Un cortado, gracias —pide Michel.
Los dos hombres están sentados en la terraza de la cafetería «Chez André» en el paseo marítimo de Niza. El azul del Mediterráneo lame las arenas blancas, a escasos metros de sus pies. Las mesas y sillas son de un material resistente al salitre y llevan la firma de un conocido diseñador, como el resto del mobiliario de este local. Hasta los camareros que atienden parecen sacados de las fotografías de una revista de moda.
En la acera de enfrente, un vagabundo con aspecto de náufrago arrastra un carrito de supermercado lleno de trastos. Se acerca a los contenedores de basura e introduce medio cuerpo dentro de uno para reaparecer al rato con una tostadora escacharrada que coloca con cuidado en el fondo del carro, junto a otros objetos variopintos.
Pierre da un sorbito al café y lo vuelve a posar en el platillo. Se seca una inexistente mancha en los labios con la punta de la servilleta y comenta con desprecio:
—Deberían prohibir el acceso de pordioseros a las zonas nobles de la ciudad. Date cuenta de que aquí se vive del turismo; flaco favor hacen merodeando de acá para allá con esas pintas y esos cachivaches.
—Este fenómeno no es exclusivo de aquí, Pierre. Es una injusticia social que existe en todas partes, no podemos pretender obviarla. Es el lado oscuro del progreso. —Michel observa al indigente con curiosidad, le recuerda a alguien, pero no consigue dar con quién.
—Ya, ya, pues podían quedarse hurgando en las basuras de sus barrios, la verdad: me molestan. Mírale, ahora dándole a la botella: esta gente tiene lo que se merece, no hacen nada por salir de su situación. Bebiendo no se soluciona nada. —Pierre apura pausadamente su copa de ginebra añeja y hace señas al camarero para que le sirva otra—. Seguro que no ha trabajado en su puñetera vida, y con esas barbas mugrientas y esa capa de mierda que lleva encima, tampoco creo que tenga en mente hacer ningún intento por encontrar un empleo.
Michel sigue sumergido en el pozo de sus recuerdos, intentando rescatar esa imagen olvidada. Siente un poco de vértigo cuando empieza a aparecérsele una cara conocida, y como en una pantalla de ordenador, ambas imágenes, la del mendigo y la de su recuerdo, se solapan hasta conformar un rostro con nombre: Paolo Lavigne, un antiguo colega del departamento de investigación y desarrollo.
—Fíjate en nosotros dos, querido Michel, cómo hemos sabido aprovechar las oportunidades que nos ha brindado la vida: internados en Suiza, lejos de nuestras familias; las mejores universidades privadas, esforzándonos por seguir las materias en otros idiomas… ¿Nos hemos ganado nuestra posición, sí o no? En este mundo hay triunfadores y perdedores, nadie regala nada. Todo a base de sacrificio y tesón. Es lo que hay, no intentes justificar lo contrario.
El náufrago se aleja empujando el carro. De vez en cuando hace una reverencia a las señoras con las que se cruza en el paseo, tan elegantes con sus pamelas y parasoles, y ellas elevan la barbilla altivas, o se aprietan fuerte al brazo de sus acompañantes, que sonríen condescendientes. Michel hace un esfuerzo por recordar: hace cuatro años, Paolo, de cincuenta, fue despedido y sufrió un escarnio mediático por un asunto de abuso de menores que no quedó lo suficientemente aclarado. Cometió el error de confiar en su inocencia y no recurrir a un buen abogado. Su familia le dio la espalda, abochornada, y ninguna empresa volvió a contratarle.
—Cualquiera de nosotros —susurra entristecido por estos recuerdos— puede hundirse en el fondo de un pozo, Pierre, cualquiera. —Su amigo está consumiendo la quinta copa, y con los párpados entrecerrados mece su mirada al ritmo de las olas—. Solo hace falta que concurran las circunstancias necesarias y el cóctel explosivo está servido. Ninguno estamos libres.
—No te dejes engatusar por esa cháchara comunista, Michel: nosotros somos caballos ganadores. Hemos conseguido un tejido social bien armado, unas familias estructuradas, ¡tenemos madera de triunfadores! Los que caen tan bajo nacieron sin estrella y se han visto atrapados en callejones sin salida porque son unos desgraciados. Venga, vamos al club a hacer unos hoyos, hoy me siento particularmente contento, esta brisa marina me aclara el espíritu. —El camarero les trae la cuenta—. Deja, deja, que yo me hago cargo. De momento, jeje, puedo permitirme convidar a un buen amigo.
Pierre deja un billete de propina en el platillo y los dos hombres se dirigen a sus respectivos automóviles. El club está a diez minutos de allí, siguiendo una sinuosa carretera. Pierre arranca su deportivo rojo, pese a las insistencias de su amigo «no conduzcas en ese estado, te vienes conmigo y mañana te acerco a por el coche», y baja la capota para sentir la caricia del viento en su cara. Con su música favorita de fondo, entorna un poco los ojos, sintiéndose el ser más dichoso de la tierra.  
Ni en el peor de sus sueños podría Michel haber imaginado que su amigo tomaría la siguiente curva a demasiada velocidad, provocando que un autobús lleno de escolares se despeñara desde una altura de cincuenta metros hasta el fondo rocoso sacudido por las olas.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Añoranza


AÑORANZA

De su vida en blanco y negro no quedó rastro cuando irrumpió ella como un torbellino. Sin preguntar, llenó las paredes con cuadros de impresionistas, cambió la moqueta  por una alfombra de patchwork japonés y descolgó las cortinas para dejar paso a la luz del sol. Con todo, lo más perturbador fueron las pastillas de jabón que invadieron los armarios, cuya esencia diluía en su alma el alcanfor de una rutina gris.
Un día ella se marchó como había llegado, sin avisar. En el vacío de su ausencia quedó flotando una nube de pompas pulverizadas, y ni siquiera el paso de los años ha logrado disipar el aroma que aún rezuma de su recuerdo en las tardes de lluvia salada.

El nido


EL NIDO

(Don Ricardo está leyendo la editorial del ABC en su butaca. Lleva puesto su batín de seda granate y las pantuflas a juego, su traje de los domingos. Para no tener que salir de casa, va a misa los sábados por la tarde).
DON RICARDO: (levantando la vista del periódico) Ah, eres tú, Enrique, no te había oído entrar.
ENRIQUE: (retorciéndose las mangas de la camisa) Hola, papá. ¿Te… te importa que me siente aquí? (se deja caer en el sofá contiguo).
DON RICARDO: No, no, para nada, hijo.  ¿Has desayunado? Tu madre ha hecho tortitas.
ENRIQUE: Sí, papá. Mamá ha salido a comprar el pan. Quería comentarte una cosa… es importante…
DON RICARDO: (golpeando el periódico con un dedo) ¡Esto es indignante! Ya sabía yo que antes o después estos inútiles meterían mano a las pensiones. Menos mal que nosotros tenemos un buen colchón. ¿Decías algo, hijo?
ENRIQUE: Mira, verás… (bajando la vista a la alfombra) Lo he pensado mucho, papá. Yo… quería decirte que ha llegado el momento de…
DON RICARDO: (quitándose las gafas muy despacio) ¿Te encuentras bien, Enriquito? Tienes mal aspecto. ¿Has tenido algún problema en la universidad? Cuéntame, soy todo oídos.
ENRIQUE: (lanzado) Que me voy de casa, papá. He decidido independizarme.
DON RICARDO: (elevando un poco el tono de voz) ¿Cómo irte de casa? ¿Y dónde vas a estar tú mejor que aquí? ¿Tienes alguna queja de nosotros, has discutido con tu madre?
ENRIQUE: No es eso, papá. Es solo que creo que necesito un poco de espacio para…
DON RICARDO: ¿Es que no es grande tu habitación? ¡Si tienes hasta una bicicleta estática! Y el baño, bueno, sí, tenemos que compartirlo los tres, pero nunca te he oído quejarte.
ENRIQUE: A vosotros dos también os vendría bien disfrutar de un poco de intimidad. Siempre protestáis cuando viene algún amigo.
DON RICARDO: La juventud de hoy en día es que no sabéis reuniros sin poner la música a todo volumen, pero eso lo podemos hablar con tranquilidad, hijo, no saques las cosas de quicio. Además, con lo cara que está la vivienda, te va a resultar imposible encontrar un sitio decente (abre mucho los brazos abarcando todo el salón). Esta es tu casa, tu madre se va a llevar un disgusto. Con lo delicada que está….
ENRIQUE: (resoplando) Mamá está como un roble, papá, y tú también. Así le quito una carga de encima, que ya va siendo hora. Yo vendría a visitaros con frecuencia, no te preocupes por eso.
DON RICARDO: (refunfuñando) ¡Qué egoístas sois los jóvenes! En cuanto nos hacemos viejos los padres ya queréis salir huyendo, como si apestáramos. Cuéntale la verdad a tu padre: ¿estás mal a gusto en esta casa? Si tienes alguna queja, hablemos sobre ello. Todo tiene solución en esta vida… menos la muerte (suspira en un lamento). No lo entiendo, Enriquito, no lo entiendo.
ENRIQUE: (frotándose la barba) Papá, tengo cuarentaitres años y he conocido a una mujer, una compañera del departamento. Estoy dirigiendo su tesis y llevamos saliendo juntos desde mayo.
DON RICARDO: (alterado) Pero, hijo, ¿es que no tuviste bastante con aquella pelandusca de Isabel? ¡Cómo nos engañó a todos! Lo que te hizo sufrir la muy víbora. Recuerdo cuando volviste a casa tras el divorcio, parecías una piltrafa, y tu madre y yo te acogimos con los brazos abiertos. Pensé que habrías escarmentado, la verdad.
ENRIQUE: (se acomoda en el sofá, cansado) Bueno, sí, papá, y os estoy muy agradecido por vuestro apoyo. Pero esta chica es distinta y queremos intentarlo juntos. Se llama Ester y tiene treintaicinco años y es una muy buena persona. Me voy a vivir con ella, ya hemos alquilado un apartamento.
DON RICARDO: Sabes muy bien lo que opino de los alquileres: eso es tirar el dinero. Aquí vives a cuerpo de rey y sin derrochar un duro. ¿Lo has pensado bien? Las mujeres, a excepción de tu santa madre (coge con delicadeza una foto del matrimonio que hay sobre la mesita) son todas unas brujas; y además dices que a esta la conoces desde hace solo unos meses. ¿Habéis pensado en boda? ¡Ay, una boda por lo civil! No sé si el corazón de tu madre lo resistirá.
ENRIQUE: (levantándose) Mamá está al tanto y le parece muy bien. Se ha empeñado en regalarme una vajilla y dos juegos de sábanas. Y me ha pedido que la invite a casa esta tarde para que la conozcáis. Ya verás como os gusta.
DON RICARDO: (volviendo a su lectura con desgana) Veo que habéis estado conspirando a mis espaldas, como siempre. Bien, haz lo que quieras. Ya sabes que aquí estaremos siempre esperándote tus ancianos padres. Las mujeres son todas unas pécoras, ve con cuidado, hijo.
(Enrique cierra la puerta por fuera y respira aliviado, parece que no ha sido para tanto. En la sala, don Ricardo va pasando distraído las hojas del diario hasta que su mirada se acuna en la foto de un bebé sonriente. Acaricia con su dedo el rostro del niño del anuncio y su cara se ilumina con una sonrisa).


viernes, 7 de diciembre de 2012

Tabiques de papel


TABIQUES DE PAPEL

Antes de que vuelva papá el doctor pellizca en el culo a mamá, que se ríe como las tontitas de mi clase mientras se abrocha hasta arriba los botones del vestido. Cuando él termina de meterse la camisa por dentro del pantalón, recoge su maletín, me da unas monedas y me susurra muy bajito que «es mejor que tu padre no sepa que he venido; se preocuparía. Además, mamá ya está curada». No diré nada, lo he prometido, pero de hoy no pasa: en cuanto papá entre por la puerta le preguntaré por qué don Basilio y yo somos como dos gotas de agua.

La viuda negra


LA VIUDA NEGRA



Ramona espera bajo la lluvia a que su madre pulse el botón del telefonillo para abrir el portal. Está convencida de que se demora a propósito, siempre lo hace cuando está jarreando. Sube las escaleras y al entrar apenas le roza con sus labios la mejilla. Arrastra sus pasos hasta la cocina cargando con las bolsas de la compra y la farmacia. El pasillo está a oscuras, doña Elvira tiene el hábito del ahorro, «por eso habéis podido estudiar tu hermano y tú, haciendo tu difunto padre y yo tantos sacrificios», le gusta insistir. «Aunque para lo que ha servido…», puntualiza siempre con desprecio.

Deja en la mesa de la cocina las bolsas y  empieza a distribuir por la alacena y el frigorífico los alimentos.

—¡Ramoni, se te han olvidado las magdalenas! —ruta mientras hurga en las bolsas—. Siempre se te olvida algo, no tienes cabeza.

—Madre, recuerde lo que dijo el doctor: nada de azúcar. Es por su salud. Tómese la infusión y las pastillas —dice vigilando de reojo cómo se las traga. Sabe que si no viene ella a dárselas no se las toma—. ¿Qué prefiere hoy para cenar?

—¡Café y magdalenas! —chilla golpeando con la cucharilla la taza— eso es lo que quiero, lo sabes de sobras, no sé por qué preguntas.

Ramona no contesta y empieza a  batir un huevo para hacer una tortilla. Todas las tardes le resultan igual de agotadoras. Cuando termina su jornada como dependienta en una tienda de ropa, va al piso de su madre para arreglar un poco la casa y traer los recados antes de regresar a la suya.

—Esta mañana vino a verme tu hermano. Un encanto, tan guapo, tan bueno. Me trajo unos bombones muy ricos, coge uno —señala hacia la repisa —están ahí.

A Ramona le sacude un mal presagio: su hermano Javier, el ausente, el jeta. Hace como seis meses que no saben nada de él y mejor así, siempre que aparece empiezan los problemas.

—Andará justo de dinero, para variar—. Ramona recuerda el disgusto que se llevó su madre cuando el día de su cumpleaños no recibió la tan ansiada llamada de su hijo predilecto, pero prefiere morderse la lengua. Su madre tiene una memoria selectiva y solo escucha lo que quiere oír.

—Ay, Ramonita, no seas envidiosa, que siempre estás con lo mismo. Javier es un buen chico. Me reí mucho con él, hacia tiempos que no me reía tanto; contigo es distinto, tú eres muy seria —se queja haciendo con los labios un puchero de desamparo—. Además, una anciana impedida como yo siempre se alegra de recibir visitas. Me paso el día sooola y me aburro mucho.

Ramona empuja una silla y se sienta junto a ella. Abre el estuche de esmaltes y limas y comienza a arreglarle las uñas.

—Madre, tiene usted setentaicinco años y no está impedida, puede salir cuando guste; y no, no me venga con esas de que la calle está llena de malhechores que atacan y violan a las ancianas, ve usted demasiada tele. Y si se siente sola es por su culpa, nunca le agradan las chicas que contrato para acompañarla durante el día. Y claro que conmigo es distinto, ¡yo vengo todos los días y él solo asoma cuando le falta dinero!  ¿O acaso no se da usted cuenta? ¿Cuánto le pidió esta vez?

—Pero qué pesetera que me has salido, Ramoncha —le lanza una mirada de reproche—. Decir esas cosas de tu pobre hermano. Si además todo queda en casa, no entiendo por qué te tienes que poner así. Javier está pasando por una mala racha y ya está. Tú siempre pensando en las perras. En la cartera tenía unos billetes, eso le di, pero me prometió que a la siguiente vez me los devolvería; qué desconsiderada eres.

Ramona friega los platos sucios, deja preparada una cafetera de descafeinado para el desayuno y descongela una ración de alubias para el almuerzo. A la cabeza se le viene la imagen de su hermano, aquel niño de rizos rubios y ojos azules que derrochaba desparpajo, convertido ahora en un cuarentón calvo que vivía a costa de sablear a familiares, amigos y conocidos vendiéndoles los distintos productos que desfilaban por sus manos como comercial. Desde luego, la cara dura la seguía teniendo.

—Mírame a ver estos pelitos que me salen del bigote, hija — dice la vieja con su voz más meliflua— que los toco y pinchan.

—Madre, eso mañana. Hoy es miércoles y ya le he hecho la manicura. Mañana nos ponemos con la pinza, hoy no da tiempo a todo, tengo que irme, ya lo sabe.

—Siempre estás con las prisas; en cambio, tu hermano Javier…

Ramona no puede más. Se despide con un  beso acelerado y escapa apresurada a la calle. Una lluvia fina la recibe, se ha olvidado el paraguas arriba y ahí se quedará hasta el día siguiente. Se sube el cuello del abrigo y con los puños apretados en los bolsillos enfila sus pasos calle abajo.



Voces


VOCES

—¿Y cuándo será el incendio?
—Eso no se lo puedo confirmar, don Luis. Hoy mismo, dentro de unos días… Las órdenes las mandan los de arriba, ya se lo dije.
El de la barba gris garabatea algo en un papel y recogiendo su maletín se levanta para marcharse.
—Te veré en una semana, Rodrigo, a ver si sabes algo más.
El muchacho asiente, aturdido, sin parar de retorcerse las mangas de la camisa.
Agotado tras la última consulta del día, el doctor abandona el edificio. Aspira una bocanada de aire fresco y busca en su chaqueta el paquete de cigarrillos. El vigilante de la puerta le ofrece lumbre. Qué cabeza, otra vez se ha dejado el mechero en casa.

Metamorfosis


METAMORFOSIS

—¡He dicho mil veces que no y que no, y sanseacabó lo que se daba! —atajó mi madre mientras nos sentaba a todos juntos en dos asientos del autobús. Así solía dar por zanjados nuestros berrinches. Normal, éramos cuatro hermanos de entre nueve y cuatro años y no era plan dejarse engatusar con nuestros caprichos. Sin embargo aquel día debía estar soplando el viento sur, o afloró su lado más infantil, o quizá le había dado una insolación. Desde luego, no recuerdo que bebiera. El caso es que, contra todo pronóstico, aquel día nos salimos con la nuestra.
Corría el mes de julio de 1976 y el Seat 600 que utilizábamos para desplazarnos estaba en el taller, por eso no nos quedaba más remedio que coger el autobús para ir a la playa. Detrás de aquella recién descubierta parada de autobús había una tienda de animales. Varios niños pegaban su nariz en el escaparate haciéndose hueco como podían para contemplar el espectáculo: docenas de pollitos de lindos colores correteaban en una urna transparente. Tenían el tamaño de un huevo (lógico, eran casi recién nacidos) y parecían bolitas de algodón de las que emergían el pico, los ojillos negros y dos patitas, finas como alambres. Una auténtica maravilla.
Para nuestra sorpresa al volver de la playa mi madre nos guió al interior del local y salimos de allí con cuatro pollitos. Cada uno escogió un color: amarillo limón, celeste, rosa chicle y rojo. Recuerdo que eran tan chiquitos que nos cabían de sobra en la palma de la mano y tan frágiles que a nada que presionaras su cuerpo sentías todos sus huesecillos. Debían de estar muy atacados, porque sus tibios cuerpos se agitaban al compás de los latidos de su corazón.
Mi padre no dijo nada al vernos entrar en casa con tanto alboroto. Solo torció un poco el gesto antes de desaparecer en su despacho.
Los nuevos inquilinos fueron ubicados dentro de una caja de cartón en el aseo (teníamos dos baños más). Podíamos jugar con ellos en nuestro cuarto y en el pasillo, pero luego había que retornarlos a su cajita. Como nuestra experiencia con mascotas se limitaba a ver nadar a los peces de colores (uno cada vez, cuando saltaba y moría en el suelo de la sala era sustituido por el siguiente), este cambio nos resultaba de lo más divertido. Pero en unas semanas todo cambió.
Nuestro interés por los animalitos fue decayendo conforme ellos crecían. Cuando la pelusilla de colores fue sustituida por un sucio plumaje, sin ningún atractivo, nos dimos cuenta de que eso no era con lo que nos habíamos ilusionado. Además, piaban enloquecidos a todas horas y las paredes y suelo del baño, por más que los limpiaran, estaban siempre llenos de excrementos
Mi padre dijo a mi madre que esto no podía seguir así. La verdad es que el hedor se había propagado al resto de la casa, pero ¿qué se podía hacer?
El verano tocó a su fin y nos incorporamos a las clases. Un día al volver del colegio nos encontramos con la puerta del aseo abierta de par en par. Las paredes y el suelo habían sido fregados a conciencia, el olor había desaparecido y no había rastro de las gallinas. Mi padre había dicho basta. No preguntamos nada, creo que nos sentimos aliviados de la carga y contentos por recuperar el baño.
No se volvió a mencionar el tema, pero durante una temporada desapareció del menú casero el arroz con pollo.

Atrapado


ATRAPADO

Con esa exactitud tan característica de la ciencia, formamos fila en el patio de la escuela bajo la mirada inquisitiva del padre Aurelio. Antes de entrar en el aula, examina concienzudo orejas y uñas y hurga en las carteras en busca de dulces o tirachinas, que requisa a los infractores tras arrearles un buen pescozón. En el fondo de mi maleta voy escondiendo todos esos regalos infames, y cuando salgamos del internado ya tengo un plan para deshacerme de ellos sin que me descubran. «Calladito, eh, o me traigo a tu hermano», eso dijo el cura, y además prometí a mamá defenderle de los abusones.

El partido


EL PARTIDO

Guillem aparca el coche de cualquier manera en la plaza reservada para minusválidos y corre hacia el portal. La llave se resiste unos instantes en la cerradura. El ascensor no funciona, así que sube las escaleras de dos en dos y entra por fin en su apartamento. Se sienta en el sofá, abre una de las latas de cerveza que trae, coge el mando a distancia del televisor y da al botón de encendido. 
Dos horas antes, a las seis y media, mientras bebía el séptimo café de máquina, casi se ahoga al oír la propuesta de su jefe: pedir en la cafetería de abajo unos pinchos y refrescos y ver todos juntos la final de la liga entre el Barça —su equipo— y el Real Madrid en la sala de reuniones. Don Ignasi era un pelota de tomo y lomo: llevaba todo la mañana y toda la tarde aplaudiendo las sugerencias de los tres ejecutivos venidos de la capital, seguramente pensando en su posible ascenso. Daba pena ver al pobre barrigudo cincuentón besar el suelo que pisaban los tipos aquellos. Desde el momento en que se les presentaron, a Guillem no le habían caído nada bien. La flacidez dando la mano le pareció lo menos parecido a un apretón como dios manda. Y además los veía clónicos: gafas de pasta, trajes oscuros (no se habían quitado la chaqueta) y corbatas de lunares. Hasta la raya de la cabeza la llevaban en el mismo lado y no se les había movido ni un pelo después de tantas horas de trabajo. Pero en un día como hoy le parecían, además, adversarios, pues algún chistecillo desafortunado habían soltado sobre el desenlace del partido que le había hecho hervir la sangre hasta ponerse rojo como un pimiento, disimulando su rabia con un repentino acceso de tos. ¿Un culé como él viendo un partido con sus jefes y rivales? Antes muerto.
Cuando apagaron los ordenadores portátiles, el reloj marcaba las ocho menos diez y faltaban cuarenta minutos para que diera comienzo el partido. La reunión con los directivos de Madrid se había prolongado, daban demasiadas vueltas a los expedientes antes de llegar a alguna conclusión. En la última hora y media, Guillem no había escuchado nada de lo que se decía, intentando pensar en una buena excusa (tenía que resultar creíble, don Ignasi le preguntaba siempre por sus padres, debía inventarse algo sin implicar a los suyos) para largarse de allí como fuera. La camisa la tenía empapada por la espalda y axilas y los cabellos revueltos de tanto pasarse las manos adelante y atrás.
Con una aplicación que se ha descargado en el móvil en una de sus escapadas al lavabo, recibe una llamada ficticia que atiende haciendo aspavientos delante de sus colegas. Ha practicado la comedia mentalmente y no le sale nada mal: es el presidente de su comunidad, que le alerta de una fuga de agua en su piso. Tiene que acudir a cerrar la llave de paso urgentemente.
Se disculpa azorado, ya le habría gustado quedarse, en otra ocasión será. Se despide deseándoles buen viaje de vuelta y se lanza a la calle como un rayo. En cuanto entra en su coche respira hondo, esboza una sonrisa de alivio y mirando su reloj de pulsera, arranca y mete primera, segunda, tercera… Si no le pilla un atasco, en veinte minutos estará en casa. Se para en una gasolinera a comprar unas cervecitas frías, el fútbol sin ellas no es lo mismo. En la caja, se cuela de un matrimonio de unos setenta años con la excusa de que llega tarde a buscar a su hijo a la guardería. La pareja mira las ocho latas que lleva y no dice nada. Vuelve al coche y en la primera rotonda, vaya por dios, tráfico lento. Adelanta por el arcén mientras los otros conductores no paran de tocar el claxon y enfila hacia su barrio. Por el camino se salta una señal de «ceda el paso», lo que provoca que un repartidor de pizzas caiga de la moto al intentar esquivarle. Contrariado, se detiene unos metros más allá, pero al ver por el retrovisor al muchacho incorporarse con la ayuda de unos transeúntes, decide que no necesita su ayuda y continúa su camino. El velocímetro del coche marca 80 km/hora en un tramo en el que la velocidad máxima permitida es de cincuenta, pero él  va pensando en una sola cosa.
Está tan absorto que cuando llega a su barrio no se da cuenta de que las farolas están apagadas y los bares semivacíos o cerrados. En los edificios, todas las ventanas a oscuras. Cuando Guillem entra al portal y llama al ascensor, tampoco se percata de que la flecha verde no se enciende y, sin pensarlo, sube al galope los cinco pisos hasta su apartamento. «¿Qué coño le pasa a la tele?», se pregunta mientras golpea el mando contra la mesa.
Todavía sin comprender, sale al descansillo de la escalera y pulsa el timbre de la vecina. Como no oye el pitido, golpea tres veces con los nudillos. Una anciana con moño blanco y un gato disecado debajo del brazo abre la puerta. Una caída en el sistema eléctrico, le informa, ha provocado un apagón en el barrio a las seis de la tarde y, según dicen en la radio, tardarán todavía unas dos horas en restablecer el servicio.