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jueves, 20 de diciembre de 2012

En un instante


EN UN INSTANTE

—Café largo con una nube de leche desnatada, y que esté muy caliente, por favor. Sírvamelo en vaso de vidrio con asa y no olvide traer la sacarina líquida. —Pierre se asegura de que el camarero anota bien la comanda estirando un poco el cuello para ver la pantalla táctil—. Y traiga también un digestivo, sin hielo. Ginebra, eso es.
—Bien, señor. ¿Y usted qué tomará?
—Un cortado, gracias —pide Michel.
Los dos hombres están sentados en la terraza de la cafetería «Chez André» en el paseo marítimo de Niza. El azul del Mediterráneo lame las arenas blancas, a escasos metros de sus pies. Las mesas y sillas son de un material resistente al salitre y llevan la firma de un conocido diseñador, como el resto del mobiliario de este local. Hasta los camareros que atienden parecen sacados de las fotografías de una revista de moda.
En la acera de enfrente, un vagabundo con aspecto de náufrago arrastra un carrito de supermercado lleno de trastos. Se acerca a los contenedores de basura e introduce medio cuerpo dentro de uno para reaparecer al rato con una tostadora escacharrada que coloca con cuidado en el fondo del carro, junto a otros objetos variopintos.
Pierre da un sorbito al café y lo vuelve a posar en el platillo. Se seca una inexistente mancha en los labios con la punta de la servilleta y comenta con desprecio:
—Deberían prohibir el acceso de pordioseros a las zonas nobles de la ciudad. Date cuenta de que aquí se vive del turismo; flaco favor hacen merodeando de acá para allá con esas pintas y esos cachivaches.
—Este fenómeno no es exclusivo de aquí, Pierre. Es una injusticia social que existe en todas partes, no podemos pretender obviarla. Es el lado oscuro del progreso. —Michel observa al indigente con curiosidad, le recuerda a alguien, pero no consigue dar con quién.
—Ya, ya, pues podían quedarse hurgando en las basuras de sus barrios, la verdad: me molestan. Mírale, ahora dándole a la botella: esta gente tiene lo que se merece, no hacen nada por salir de su situación. Bebiendo no se soluciona nada. —Pierre apura pausadamente su copa de ginebra añeja y hace señas al camarero para que le sirva otra—. Seguro que no ha trabajado en su puñetera vida, y con esas barbas mugrientas y esa capa de mierda que lleva encima, tampoco creo que tenga en mente hacer ningún intento por encontrar un empleo.
Michel sigue sumergido en el pozo de sus recuerdos, intentando rescatar esa imagen olvidada. Siente un poco de vértigo cuando empieza a aparecérsele una cara conocida, y como en una pantalla de ordenador, ambas imágenes, la del mendigo y la de su recuerdo, se solapan hasta conformar un rostro con nombre: Paolo Lavigne, un antiguo colega del departamento de investigación y desarrollo.
—Fíjate en nosotros dos, querido Michel, cómo hemos sabido aprovechar las oportunidades que nos ha brindado la vida: internados en Suiza, lejos de nuestras familias; las mejores universidades privadas, esforzándonos por seguir las materias en otros idiomas… ¿Nos hemos ganado nuestra posición, sí o no? En este mundo hay triunfadores y perdedores, nadie regala nada. Todo a base de sacrificio y tesón. Es lo que hay, no intentes justificar lo contrario.
El náufrago se aleja empujando el carro. De vez en cuando hace una reverencia a las señoras con las que se cruza en el paseo, tan elegantes con sus pamelas y parasoles, y ellas elevan la barbilla altivas, o se aprietan fuerte al brazo de sus acompañantes, que sonríen condescendientes. Michel hace un esfuerzo por recordar: hace cuatro años, Paolo, de cincuenta, fue despedido y sufrió un escarnio mediático por un asunto de abuso de menores que no quedó lo suficientemente aclarado. Cometió el error de confiar en su inocencia y no recurrir a un buen abogado. Su familia le dio la espalda, abochornada, y ninguna empresa volvió a contratarle.
—Cualquiera de nosotros —susurra entristecido por estos recuerdos— puede hundirse en el fondo de un pozo, Pierre, cualquiera. —Su amigo está consumiendo la quinta copa, y con los párpados entrecerrados mece su mirada al ritmo de las olas—. Solo hace falta que concurran las circunstancias necesarias y el cóctel explosivo está servido. Ninguno estamos libres.
—No te dejes engatusar por esa cháchara comunista, Michel: nosotros somos caballos ganadores. Hemos conseguido un tejido social bien armado, unas familias estructuradas, ¡tenemos madera de triunfadores! Los que caen tan bajo nacieron sin estrella y se han visto atrapados en callejones sin salida porque son unos desgraciados. Venga, vamos al club a hacer unos hoyos, hoy me siento particularmente contento, esta brisa marina me aclara el espíritu. —El camarero les trae la cuenta—. Deja, deja, que yo me hago cargo. De momento, jeje, puedo permitirme convidar a un buen amigo.
Pierre deja un billete de propina en el platillo y los dos hombres se dirigen a sus respectivos automóviles. El club está a diez minutos de allí, siguiendo una sinuosa carretera. Pierre arranca su deportivo rojo, pese a las insistencias de su amigo «no conduzcas en ese estado, te vienes conmigo y mañana te acerco a por el coche», y baja la capota para sentir la caricia del viento en su cara. Con su música favorita de fondo, entorna un poco los ojos, sintiéndose el ser más dichoso de la tierra.  
Ni en el peor de sus sueños podría Michel haber imaginado que su amigo tomaría la siguiente curva a demasiada velocidad, provocando que un autobús lleno de escolares se despeñara desde una altura de cincuenta metros hasta el fondo rocoso sacudido por las olas.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Añoranza


AÑORANZA

De su vida en blanco y negro no quedó rastro cuando irrumpió ella como un torbellino. Sin preguntar, llenó las paredes con cuadros de impresionistas, cambió la moqueta  por una alfombra de patchwork japonés y descolgó las cortinas para dejar paso a la luz del sol. Con todo, lo más perturbador fueron las pastillas de jabón que invadieron los armarios, cuya esencia diluía en su alma el alcanfor de una rutina gris.
Un día ella se marchó como había llegado, sin avisar. En el vacío de su ausencia quedó flotando una nube de pompas pulverizadas, y ni siquiera el paso de los años ha logrado disipar el aroma que aún rezuma de su recuerdo en las tardes de lluvia salada.

El nido


EL NIDO

(Don Ricardo está leyendo la editorial del ABC en su butaca. Lleva puesto su batín de seda granate y las pantuflas a juego, su traje de los domingos. Para no tener que salir de casa, va a misa los sábados por la tarde).
DON RICARDO: (levantando la vista del periódico) Ah, eres tú, Enrique, no te había oído entrar.
ENRIQUE: (retorciéndose las mangas de la camisa) Hola, papá. ¿Te… te importa que me siente aquí? (se deja caer en el sofá contiguo).
DON RICARDO: No, no, para nada, hijo.  ¿Has desayunado? Tu madre ha hecho tortitas.
ENRIQUE: Sí, papá. Mamá ha salido a comprar el pan. Quería comentarte una cosa… es importante…
DON RICARDO: (golpeando el periódico con un dedo) ¡Esto es indignante! Ya sabía yo que antes o después estos inútiles meterían mano a las pensiones. Menos mal que nosotros tenemos un buen colchón. ¿Decías algo, hijo?
ENRIQUE: Mira, verás… (bajando la vista a la alfombra) Lo he pensado mucho, papá. Yo… quería decirte que ha llegado el momento de…
DON RICARDO: (quitándose las gafas muy despacio) ¿Te encuentras bien, Enriquito? Tienes mal aspecto. ¿Has tenido algún problema en la universidad? Cuéntame, soy todo oídos.
ENRIQUE: (lanzado) Que me voy de casa, papá. He decidido independizarme.
DON RICARDO: (elevando un poco el tono de voz) ¿Cómo irte de casa? ¿Y dónde vas a estar tú mejor que aquí? ¿Tienes alguna queja de nosotros, has discutido con tu madre?
ENRIQUE: No es eso, papá. Es solo que creo que necesito un poco de espacio para…
DON RICARDO: ¿Es que no es grande tu habitación? ¡Si tienes hasta una bicicleta estática! Y el baño, bueno, sí, tenemos que compartirlo los tres, pero nunca te he oído quejarte.
ENRIQUE: A vosotros dos también os vendría bien disfrutar de un poco de intimidad. Siempre protestáis cuando viene algún amigo.
DON RICARDO: La juventud de hoy en día es que no sabéis reuniros sin poner la música a todo volumen, pero eso lo podemos hablar con tranquilidad, hijo, no saques las cosas de quicio. Además, con lo cara que está la vivienda, te va a resultar imposible encontrar un sitio decente (abre mucho los brazos abarcando todo el salón). Esta es tu casa, tu madre se va a llevar un disgusto. Con lo delicada que está….
ENRIQUE: (resoplando) Mamá está como un roble, papá, y tú también. Así le quito una carga de encima, que ya va siendo hora. Yo vendría a visitaros con frecuencia, no te preocupes por eso.
DON RICARDO: (refunfuñando) ¡Qué egoístas sois los jóvenes! En cuanto nos hacemos viejos los padres ya queréis salir huyendo, como si apestáramos. Cuéntale la verdad a tu padre: ¿estás mal a gusto en esta casa? Si tienes alguna queja, hablemos sobre ello. Todo tiene solución en esta vida… menos la muerte (suspira en un lamento). No lo entiendo, Enriquito, no lo entiendo.
ENRIQUE: (frotándose la barba) Papá, tengo cuarentaitres años y he conocido a una mujer, una compañera del departamento. Estoy dirigiendo su tesis y llevamos saliendo juntos desde mayo.
DON RICARDO: (alterado) Pero, hijo, ¿es que no tuviste bastante con aquella pelandusca de Isabel? ¡Cómo nos engañó a todos! Lo que te hizo sufrir la muy víbora. Recuerdo cuando volviste a casa tras el divorcio, parecías una piltrafa, y tu madre y yo te acogimos con los brazos abiertos. Pensé que habrías escarmentado, la verdad.
ENRIQUE: (se acomoda en el sofá, cansado) Bueno, sí, papá, y os estoy muy agradecido por vuestro apoyo. Pero esta chica es distinta y queremos intentarlo juntos. Se llama Ester y tiene treintaicinco años y es una muy buena persona. Me voy a vivir con ella, ya hemos alquilado un apartamento.
DON RICARDO: Sabes muy bien lo que opino de los alquileres: eso es tirar el dinero. Aquí vives a cuerpo de rey y sin derrochar un duro. ¿Lo has pensado bien? Las mujeres, a excepción de tu santa madre (coge con delicadeza una foto del matrimonio que hay sobre la mesita) son todas unas brujas; y además dices que a esta la conoces desde hace solo unos meses. ¿Habéis pensado en boda? ¡Ay, una boda por lo civil! No sé si el corazón de tu madre lo resistirá.
ENRIQUE: (levantándose) Mamá está al tanto y le parece muy bien. Se ha empeñado en regalarme una vajilla y dos juegos de sábanas. Y me ha pedido que la invite a casa esta tarde para que la conozcáis. Ya verás como os gusta.
DON RICARDO: (volviendo a su lectura con desgana) Veo que habéis estado conspirando a mis espaldas, como siempre. Bien, haz lo que quieras. Ya sabes que aquí estaremos siempre esperándote tus ancianos padres. Las mujeres son todas unas pécoras, ve con cuidado, hijo.
(Enrique cierra la puerta por fuera y respira aliviado, parece que no ha sido para tanto. En la sala, don Ricardo va pasando distraído las hojas del diario hasta que su mirada se acuna en la foto de un bebé sonriente. Acaricia con su dedo el rostro del niño del anuncio y su cara se ilumina con una sonrisa).


viernes, 7 de diciembre de 2012

Tabiques de papel


TABIQUES DE PAPEL

Antes de que vuelva papá el doctor pellizca en el culo a mamá, que se ríe como las tontitas de mi clase mientras se abrocha hasta arriba los botones del vestido. Cuando él termina de meterse la camisa por dentro del pantalón, recoge su maletín, me da unas monedas y me susurra muy bajito que «es mejor que tu padre no sepa que he venido; se preocuparía. Además, mamá ya está curada». No diré nada, lo he prometido, pero de hoy no pasa: en cuanto papá entre por la puerta le preguntaré por qué don Basilio y yo somos como dos gotas de agua.

La viuda negra


LA VIUDA NEGRA



Ramona espera bajo la lluvia a que su madre pulse el botón del telefonillo para abrir el portal. Está convencida de que se demora a propósito, siempre lo hace cuando está jarreando. Sube las escaleras y al entrar apenas le roza con sus labios la mejilla. Arrastra sus pasos hasta la cocina cargando con las bolsas de la compra y la farmacia. El pasillo está a oscuras, doña Elvira tiene el hábito del ahorro, «por eso habéis podido estudiar tu hermano y tú, haciendo tu difunto padre y yo tantos sacrificios», le gusta insistir. «Aunque para lo que ha servido…», puntualiza siempre con desprecio.

Deja en la mesa de la cocina las bolsas y  empieza a distribuir por la alacena y el frigorífico los alimentos.

—¡Ramoni, se te han olvidado las magdalenas! —ruta mientras hurga en las bolsas—. Siempre se te olvida algo, no tienes cabeza.

—Madre, recuerde lo que dijo el doctor: nada de azúcar. Es por su salud. Tómese la infusión y las pastillas —dice vigilando de reojo cómo se las traga. Sabe que si no viene ella a dárselas no se las toma—. ¿Qué prefiere hoy para cenar?

—¡Café y magdalenas! —chilla golpeando con la cucharilla la taza— eso es lo que quiero, lo sabes de sobras, no sé por qué preguntas.

Ramona no contesta y empieza a  batir un huevo para hacer una tortilla. Todas las tardes le resultan igual de agotadoras. Cuando termina su jornada como dependienta en una tienda de ropa, va al piso de su madre para arreglar un poco la casa y traer los recados antes de regresar a la suya.

—Esta mañana vino a verme tu hermano. Un encanto, tan guapo, tan bueno. Me trajo unos bombones muy ricos, coge uno —señala hacia la repisa —están ahí.

A Ramona le sacude un mal presagio: su hermano Javier, el ausente, el jeta. Hace como seis meses que no saben nada de él y mejor así, siempre que aparece empiezan los problemas.

—Andará justo de dinero, para variar—. Ramona recuerda el disgusto que se llevó su madre cuando el día de su cumpleaños no recibió la tan ansiada llamada de su hijo predilecto, pero prefiere morderse la lengua. Su madre tiene una memoria selectiva y solo escucha lo que quiere oír.

—Ay, Ramonita, no seas envidiosa, que siempre estás con lo mismo. Javier es un buen chico. Me reí mucho con él, hacia tiempos que no me reía tanto; contigo es distinto, tú eres muy seria —se queja haciendo con los labios un puchero de desamparo—. Además, una anciana impedida como yo siempre se alegra de recibir visitas. Me paso el día sooola y me aburro mucho.

Ramona empuja una silla y se sienta junto a ella. Abre el estuche de esmaltes y limas y comienza a arreglarle las uñas.

—Madre, tiene usted setentaicinco años y no está impedida, puede salir cuando guste; y no, no me venga con esas de que la calle está llena de malhechores que atacan y violan a las ancianas, ve usted demasiada tele. Y si se siente sola es por su culpa, nunca le agradan las chicas que contrato para acompañarla durante el día. Y claro que conmigo es distinto, ¡yo vengo todos los días y él solo asoma cuando le falta dinero!  ¿O acaso no se da usted cuenta? ¿Cuánto le pidió esta vez?

—Pero qué pesetera que me has salido, Ramoncha —le lanza una mirada de reproche—. Decir esas cosas de tu pobre hermano. Si además todo queda en casa, no entiendo por qué te tienes que poner así. Javier está pasando por una mala racha y ya está. Tú siempre pensando en las perras. En la cartera tenía unos billetes, eso le di, pero me prometió que a la siguiente vez me los devolvería; qué desconsiderada eres.

Ramona friega los platos sucios, deja preparada una cafetera de descafeinado para el desayuno y descongela una ración de alubias para el almuerzo. A la cabeza se le viene la imagen de su hermano, aquel niño de rizos rubios y ojos azules que derrochaba desparpajo, convertido ahora en un cuarentón calvo que vivía a costa de sablear a familiares, amigos y conocidos vendiéndoles los distintos productos que desfilaban por sus manos como comercial. Desde luego, la cara dura la seguía teniendo.

—Mírame a ver estos pelitos que me salen del bigote, hija — dice la vieja con su voz más meliflua— que los toco y pinchan.

—Madre, eso mañana. Hoy es miércoles y ya le he hecho la manicura. Mañana nos ponemos con la pinza, hoy no da tiempo a todo, tengo que irme, ya lo sabe.

—Siempre estás con las prisas; en cambio, tu hermano Javier…

Ramona no puede más. Se despide con un  beso acelerado y escapa apresurada a la calle. Una lluvia fina la recibe, se ha olvidado el paraguas arriba y ahí se quedará hasta el día siguiente. Se sube el cuello del abrigo y con los puños apretados en los bolsillos enfila sus pasos calle abajo.



Voces


VOCES

—¿Y cuándo será el incendio?
—Eso no se lo puedo confirmar, don Luis. Hoy mismo, dentro de unos días… Las órdenes las mandan los de arriba, ya se lo dije.
El de la barba gris garabatea algo en un papel y recogiendo su maletín se levanta para marcharse.
—Te veré en una semana, Rodrigo, a ver si sabes algo más.
El muchacho asiente, aturdido, sin parar de retorcerse las mangas de la camisa.
Agotado tras la última consulta del día, el doctor abandona el edificio. Aspira una bocanada de aire fresco y busca en su chaqueta el paquete de cigarrillos. El vigilante de la puerta le ofrece lumbre. Qué cabeza, otra vez se ha dejado el mechero en casa.

Metamorfosis


METAMORFOSIS

—¡He dicho mil veces que no y que no, y sanseacabó lo que se daba! —atajó mi madre mientras nos sentaba a todos juntos en dos asientos del autobús. Así solía dar por zanjados nuestros berrinches. Normal, éramos cuatro hermanos de entre nueve y cuatro años y no era plan dejarse engatusar con nuestros caprichos. Sin embargo aquel día debía estar soplando el viento sur, o afloró su lado más infantil, o quizá le había dado una insolación. Desde luego, no recuerdo que bebiera. El caso es que, contra todo pronóstico, aquel día nos salimos con la nuestra.
Corría el mes de julio de 1976 y el Seat 600 que utilizábamos para desplazarnos estaba en el taller, por eso no nos quedaba más remedio que coger el autobús para ir a la playa. Detrás de aquella recién descubierta parada de autobús había una tienda de animales. Varios niños pegaban su nariz en el escaparate haciéndose hueco como podían para contemplar el espectáculo: docenas de pollitos de lindos colores correteaban en una urna transparente. Tenían el tamaño de un huevo (lógico, eran casi recién nacidos) y parecían bolitas de algodón de las que emergían el pico, los ojillos negros y dos patitas, finas como alambres. Una auténtica maravilla.
Para nuestra sorpresa al volver de la playa mi madre nos guió al interior del local y salimos de allí con cuatro pollitos. Cada uno escogió un color: amarillo limón, celeste, rosa chicle y rojo. Recuerdo que eran tan chiquitos que nos cabían de sobra en la palma de la mano y tan frágiles que a nada que presionaras su cuerpo sentías todos sus huesecillos. Debían de estar muy atacados, porque sus tibios cuerpos se agitaban al compás de los latidos de su corazón.
Mi padre no dijo nada al vernos entrar en casa con tanto alboroto. Solo torció un poco el gesto antes de desaparecer en su despacho.
Los nuevos inquilinos fueron ubicados dentro de una caja de cartón en el aseo (teníamos dos baños más). Podíamos jugar con ellos en nuestro cuarto y en el pasillo, pero luego había que retornarlos a su cajita. Como nuestra experiencia con mascotas se limitaba a ver nadar a los peces de colores (uno cada vez, cuando saltaba y moría en el suelo de la sala era sustituido por el siguiente), este cambio nos resultaba de lo más divertido. Pero en unas semanas todo cambió.
Nuestro interés por los animalitos fue decayendo conforme ellos crecían. Cuando la pelusilla de colores fue sustituida por un sucio plumaje, sin ningún atractivo, nos dimos cuenta de que eso no era con lo que nos habíamos ilusionado. Además, piaban enloquecidos a todas horas y las paredes y suelo del baño, por más que los limpiaran, estaban siempre llenos de excrementos
Mi padre dijo a mi madre que esto no podía seguir así. La verdad es que el hedor se había propagado al resto de la casa, pero ¿qué se podía hacer?
El verano tocó a su fin y nos incorporamos a las clases. Un día al volver del colegio nos encontramos con la puerta del aseo abierta de par en par. Las paredes y el suelo habían sido fregados a conciencia, el olor había desaparecido y no había rastro de las gallinas. Mi padre había dicho basta. No preguntamos nada, creo que nos sentimos aliviados de la carga y contentos por recuperar el baño.
No se volvió a mencionar el tema, pero durante una temporada desapareció del menú casero el arroz con pollo.

Atrapado


ATRAPADO

Con esa exactitud tan característica de la ciencia, formamos fila en el patio de la escuela bajo la mirada inquisitiva del padre Aurelio. Antes de entrar en el aula, examina concienzudo orejas y uñas y hurga en las carteras en busca de dulces o tirachinas, que requisa a los infractores tras arrearles un buen pescozón. En el fondo de mi maleta voy escondiendo todos esos regalos infames, y cuando salgamos del internado ya tengo un plan para deshacerme de ellos sin que me descubran. «Calladito, eh, o me traigo a tu hermano», eso dijo el cura, y además prometí a mamá defenderle de los abusones.

El partido


EL PARTIDO

Guillem aparca el coche de cualquier manera en la plaza reservada para minusválidos y corre hacia el portal. La llave se resiste unos instantes en la cerradura. El ascensor no funciona, así que sube las escaleras de dos en dos y entra por fin en su apartamento. Se sienta en el sofá, abre una de las latas de cerveza que trae, coge el mando a distancia del televisor y da al botón de encendido. 
Dos horas antes, a las seis y media, mientras bebía el séptimo café de máquina, casi se ahoga al oír la propuesta de su jefe: pedir en la cafetería de abajo unos pinchos y refrescos y ver todos juntos la final de la liga entre el Barça —su equipo— y el Real Madrid en la sala de reuniones. Don Ignasi era un pelota de tomo y lomo: llevaba todo la mañana y toda la tarde aplaudiendo las sugerencias de los tres ejecutivos venidos de la capital, seguramente pensando en su posible ascenso. Daba pena ver al pobre barrigudo cincuentón besar el suelo que pisaban los tipos aquellos. Desde el momento en que se les presentaron, a Guillem no le habían caído nada bien. La flacidez dando la mano le pareció lo menos parecido a un apretón como dios manda. Y además los veía clónicos: gafas de pasta, trajes oscuros (no se habían quitado la chaqueta) y corbatas de lunares. Hasta la raya de la cabeza la llevaban en el mismo lado y no se les había movido ni un pelo después de tantas horas de trabajo. Pero en un día como hoy le parecían, además, adversarios, pues algún chistecillo desafortunado habían soltado sobre el desenlace del partido que le había hecho hervir la sangre hasta ponerse rojo como un pimiento, disimulando su rabia con un repentino acceso de tos. ¿Un culé como él viendo un partido con sus jefes y rivales? Antes muerto.
Cuando apagaron los ordenadores portátiles, el reloj marcaba las ocho menos diez y faltaban cuarenta minutos para que diera comienzo el partido. La reunión con los directivos de Madrid se había prolongado, daban demasiadas vueltas a los expedientes antes de llegar a alguna conclusión. En la última hora y media, Guillem no había escuchado nada de lo que se decía, intentando pensar en una buena excusa (tenía que resultar creíble, don Ignasi le preguntaba siempre por sus padres, debía inventarse algo sin implicar a los suyos) para largarse de allí como fuera. La camisa la tenía empapada por la espalda y axilas y los cabellos revueltos de tanto pasarse las manos adelante y atrás.
Con una aplicación que se ha descargado en el móvil en una de sus escapadas al lavabo, recibe una llamada ficticia que atiende haciendo aspavientos delante de sus colegas. Ha practicado la comedia mentalmente y no le sale nada mal: es el presidente de su comunidad, que le alerta de una fuga de agua en su piso. Tiene que acudir a cerrar la llave de paso urgentemente.
Se disculpa azorado, ya le habría gustado quedarse, en otra ocasión será. Se despide deseándoles buen viaje de vuelta y se lanza a la calle como un rayo. En cuanto entra en su coche respira hondo, esboza una sonrisa de alivio y mirando su reloj de pulsera, arranca y mete primera, segunda, tercera… Si no le pilla un atasco, en veinte minutos estará en casa. Se para en una gasolinera a comprar unas cervecitas frías, el fútbol sin ellas no es lo mismo. En la caja, se cuela de un matrimonio de unos setenta años con la excusa de que llega tarde a buscar a su hijo a la guardería. La pareja mira las ocho latas que lleva y no dice nada. Vuelve al coche y en la primera rotonda, vaya por dios, tráfico lento. Adelanta por el arcén mientras los otros conductores no paran de tocar el claxon y enfila hacia su barrio. Por el camino se salta una señal de «ceda el paso», lo que provoca que un repartidor de pizzas caiga de la moto al intentar esquivarle. Contrariado, se detiene unos metros más allá, pero al ver por el retrovisor al muchacho incorporarse con la ayuda de unos transeúntes, decide que no necesita su ayuda y continúa su camino. El velocímetro del coche marca 80 km/hora en un tramo en el que la velocidad máxima permitida es de cincuenta, pero él  va pensando en una sola cosa.
Está tan absorto que cuando llega a su barrio no se da cuenta de que las farolas están apagadas y los bares semivacíos o cerrados. En los edificios, todas las ventanas a oscuras. Cuando Guillem entra al portal y llama al ascensor, tampoco se percata de que la flecha verde no se enciende y, sin pensarlo, sube al galope los cinco pisos hasta su apartamento. «¿Qué coño le pasa a la tele?», se pregunta mientras golpea el mando contra la mesa.
Todavía sin comprender, sale al descansillo de la escalera y pulsa el timbre de la vecina. Como no oye el pitido, golpea tres veces con los nudillos. Una anciana con moño blanco y un gato disecado debajo del brazo abre la puerta. Una caída en el sistema eléctrico, le informa, ha provocado un apagón en el barrio a las seis de la tarde y, según dicen en la radio, tardarán todavía unas dos horas en restablecer el servicio.

jueves, 22 de noviembre de 2012

El artista


EL ARTISTA

—Déjala a ella que sea pájaro —le susurra la voz interior.
David asiente y coge un lápiz de color azul para pintar las alas, después el amarillo para trazar un pico desproporcionado y con una risita perversa le añade unos zapatos de tacón. Siguiendo más instrucciones, va deformando hasta el esperpento al resto de monigotes esparcidos por la hoja de su cuaderno de dibujos.
Hace años que la mandó callar, todo eran protestas. Él lo único que pide es terminar sus obras tranquilo. Y mientras contempla el boceto de la sirena, empuña la motosierra y comienza a cortar por la mitad.



Tatiana


TATIANA



Ni el agua de la ducha ni la fiereza con que se frota la piel logran disipar el olor a miseria que le invade el alma. El guante de crin viene y va, frenético, desollándole la piel, y su cuerpo, dolorido, se va enrojeciendo bajo el agua caliente. Se frota con saña la entrepierna, como queriendo borrar las señales de sus encuentros con las sombras de la noche. ¿Cuántos fueron ayer? Siete, diez, qué más da, ha perdido la cuenta. O mejor decir que hace años que ya no la lleva, ¿para qué? ¿Para fustigarse aún más?
No recuerda, solo quiere olvidar o, por lo menos, pensar en otra cosa. Se enjabona la cara hasta que la espuma del gel forma una máscara de pompas que se cuelan por su nariz y boca. Escupe asqueada una y otra vez, no hay forma de eliminar ese sabor agrio. Todos saben a lo mismo. No, a lo mismo no, pero parecido, porque es capaz de percibir ciertos matices. Es la voz de la experiencia, son muchos años catando ese líquido asqueroso. Puede adivinar, sin necesidad de olerles el aliento, la cantidad de vino peleón o whisky barato que se han trasegado, no es tan difícil. Igual que el alcohol llega al torrente sanguíneo con tanta rapidez, que no hay más que ver con qué facilidad lo detectan en los controles de carretera, también tiene que estar presente en el resto de fluidos corporales. ¿O acaso huele igual la orina de un bebé que la de un borracho?
El dolor del esparto del guante le resulta hasta agradable, así tiene otra cosa en la que centrar sus pensamientos. La espuma que ahora resbala desde sus ojos arrastra el azul purpurina del maquillaje que con desgana perfiló antes de salir anoche de este cuchitril, su hogar. Bueno, su «medio» hogar. Desde que su matrimonio se fue al garete por culpa de su afición a las tragaperras, anduvo rebotando de un lado para otro, como una pelota de goma. Incluso en los peores momentos llegó a dormir en un banco del parque. Hasta que gracias a la asistente social, con la que contactó a través de los voluntarios que le traían cacao caliente y galletas al cajero donde se refugiaba en las noches gélidas, pudo llegar a un acuerdo con la familia de ecuatorianos con la que ahora compartía piso, si se puede llamar compartir a dividirse el uso del tugurio de alquiler de una habitación: ellos de ocho de la tarde a ocho de la mañana y ella el resto del día. Camas calientes o algo así lo llamaban. Con la condición, y eso lo habían dejado ellos muy claro, de no compartir las sábanas de la cama, que «aunque pobres, somos gente decente, no queremos que el niño vea cosas y pregunte», en esto habían insistido mucho. Ella había aceptado enseguida, no tenía más opciones: por trescientos euros al mes, más gastos a medias, nunca encontraría nada mejor.
Habían coincidido un par de veces en el rellano de las escaleras, buenas tardes, se dijeron, nada más. Le habían dado lástima, otros desarraigados como ella, aunque al menos estos se tenían los unos a los otros para consolarse y compartir la soledad. Se imaginó su día a día en la calle: el cabeza de familia andaría por ahí trabajando sin contratos, o peor, mendigando empleos donde se deslomaría por cuatro perras; la esposa, limpiando la mierda de los demás en los retretes de pisos habitados por familias felices o en modernas oficinas; el chiquillo, en el colegio, y después en clases de refuerzo, seguro que iba algo atrasado, y ansiando la hora de regresar a casa. La esponja dibuja suavemente círculos sobre su vientre y nota un sabor salado en el paladar. Son las lágrimas que se mezclan con el agua al recordar al bebé que parió muerto, fue entonces cuando empezó a caer en picado.
Para hacer tiempo y no coincidir con ellos, suele refugiarse de cinco a ocho de la mañana en bares de mala muerte, rodeada de insomnes solitarios, alcohólicos, gente sintecho, vaya palabra. La crisis ha golpeado de lleno a su gremio, nadie está a salvo de esta lacra. Con decir que alguna noche, desesperada, tuvo que hacer algún servicio por diez euros… Ella, que había dejado atrás a unos padres orgullosos de su única hija, tan alta y estilosa, tan esforzada y trabajadora, que se habían sacrificado para que pudiera estudiar una carrera, de bailarina, sí, de las mejores de su promoción en su Rusia natal. Renunció a un futuro prometedor, a su familia, siguiendo al hombre de su vida, al que conoció después de una representación de «El lago de los cisnes» en el teatro Bolshoi, con el que había conocido una existencia de lujo, salones de belleza, abrigos de visón, viajes exóticos…
Se masajea con fuerza los muslos, aún conservan la firmeza de sus mejores días. Las miles de horas de entrenamiento que moldearon su cuerpo no fueron en balde, quizás no esté todo perdido, aunque el recuerdo de cómo se la había sacudido de encima en cuanto se enteró de su adicción al juego, justo cuando más le necesitaba, la vuelve a sumir en el más absoluto desasosiego. Cómo le dio por ahí es algo que aún no comprende, quizá demasiados días en soledad, pero ya no busca explicaciones, aunque le quedan muchas preguntas sin responder. La había echado del dúplex a patadas, el muy hijo de puta, con que le hubiera prestado un poco de atención, un poco de ayuda, solo un poco. Con algo de tiempo, estaba convencida de que iba a superarlo, como así fue, aunque demasiado tarde. Una mala racha, un bache, lo tiene cualquiera, pero no, él prefirió lo fácil, deshacerse del «problema»: un cobarde. Pero así están las cosas, es lo que hay.
Termina de secarse con la toalla y se mete en la cama, tardará todavía lo suyo el sueño en aparecer, como cada día. El despertador sonará a las tres de la tarde. Y hasta poco más de las siete, lo de siempre. Prepararse la comida y un bocadillo para la cena, cambiar las sábanas, poner la lavadora, ver la tele, lo mismo que la gente normal. Y arreglarse para hacer la calle. La raya de los ojos siempre le sale torcida. Es porque hace años que no se mira al espejo.

Ruidos nocturnos


RUIDOS NOCTURNOS


«…y el monstruo peludo huye hacia el bosque con el rabo entre las patas. Y colorín colorado… ». Lara cierra los ojos para ver bien la escena, pero las improvisaciones de mamá y su beso frío la han desvelado justo cuando se dejaba acunar por el relato, así que esta noche se resigna a esperar el tintineo de las llaves del fantasma, el portazo, los reproches que escupe a gritos, los golpes y sollozos... Pero antes de eso, un impacto viscoso debajo de su ventana le ha sobresaltado. Se incorpora y al asomarse, el yogur de fresa de la cena se le escapa por la boca al ver la bata rosa de su madre estampada en el asfalto.



Las chicas del coro


LAS CHICAS DEL CORO

Sus labios perfilados se contraen para dejar escapar un silbido corto y da comienzo la función. En el banco de la primera fila, una mujer con  pañuelo en la cabeza carraspea tres veces, unos asientos más atrás se oye un coro de toses femeninas, la que pasa el cepillo se santigua haciendo sonar las monedas... Congestionado, apura de un trago el vino que rebosa en su copa. ¿Cuándo demonios cambió el santo y seña? 

domingo, 11 de noviembre de 2012

Agorafobia


AGORAFOBIA

Todo lo que pasa, pasa por la escalera. Apostado tras la puerta de la entrada, vigilo el trasiego de los vecinos. Los tablones centenarios crujen con suavidad o protestan quejumbrosos abrumados por el peso de sus cuerpos. Algunos peldaños se hunden rendidos bajo las pisadas cansinas de las viejas, los saltitos de los niños, el trote de los jovenzuelos… Reconozco a cada uno de ellos por sus andares, por sus taconeos firmes, por su forma de arrastrar los pies, mientras resoplan y hacen pequeñas escalas cuando regresan cargados con la compra.
Tras el accidente no he vuelto a salir de casa. Desde mi silla de ruedas, permanezco atento al bullicio de la escalera, casi ni duermo, pero así soy feliz. Vivo en el primer piso y mis ventanas dan a un callejón sombrío, de modo que me he acostumbrado a oír pasar la vida, más que a verla.
Ayer dos vecinas charlaban en el rellano. Agucé el oído. La comunidad ha aprobado la instalación de un ascensor. ¿Qué va a ser de mí?


Antes, después


ANTES, DESPUÉS

La directora de la campaña de publicidad del centro de estética «Belleza a flor de piel» sonríe complacida:
—Estupendo. Erika. Has cumplido de sobra con la primera parte del contrato. Como ya hablamos, desde hoy y durante los próximos tres días te encerrarás en casa. No debe darte el sol. No te desmaquillarás ni peinarás. Comerás solo hamburguesas. No podrás dormir más de dos horas, ya nos encargamos nosotros de despertarte. Y sería muy recomendable, aunque no obligatorio, que te dieras a la cerveza, al whisky o al vino, lo que prefieras; que la imagen que buscamos resulte de un demacrado creíble. Si te entran ganas de vomitar, mejor. Si no, te metes los dedos y provocas la arcada. Y no te laves la cara, esto es fundamental. En tres días tu aspecto será lamentable y podremos entonces hacer las fotos del antes para el cliente. En las del después has quedado divina. Brindemos, te auguro una prometedora carrera como modelo.


sábado, 27 de octubre de 2012

En el infierno


EN EL INFIERNO

A las ocho y cuarto de la mañana abre la puerta de su oficina. Es temprano, aún falta casi una hora para que empiece el ajetreo diario. Hoy salió una hora antes de casa para dejar adelantado el trabajo y así poder tomarse la tarde libre, no todos los días celebra su aniversario de boda y reunirse con la familia al completo bien merece la pena.
«Seguro que mi suegra Nancy habrá preparado el pastel de manzana que tanto me gusta. Espero que el autobús de Greg, Catherine y los niños no llegue con retraso, como siempre. ¡Cuánto tiempo sin ver a mis nietos! Ah, que no se me olvide recoger el traje de la tintorería antes de regresar a casa».
Sentado frente al ordenador, se distrae unos instantes con la panorámica que se contempla desde la cristalera que hace de fachada en esta torre. Abajo, diminutos coches amarillos sortean hábilmente el denso tráfico; agujeros repartidos en el asfalto aquí y allá, vomitan hordas de seres en blanco y negro que apresurados cruzan las calles al ritmo de las luces de los semáforos; en las esquinas, quioscos de café y bollos calientes listos para llevar. Y en el horizonte, docenas de rascacielos compitiendo con las nubes en acariciar el amanecer, aún somnoliento.
«Cuando llegue Leslie y vea el desayuno que le ha traído su jefe se va a quedar boquiabierta, je,je. Siempre es ella la que se encarga, pero hoy quiero darle una sorpresa. Es un día muy especial para mí».
Mientras teclea y revisa lo redactado, una tremenda sacudida lanza su silla contra la puerta. Todos los objetos y carptetas caen de las estanterías, los armarios y percheros ruedan por los suelos. El estruendo es de tal magnitud que se queda sordo y solo siente un zumbido que martillea sus sienes. A partir de este momento, una serie de imágenes y recuerdos se agolpan caóticos en su cabeza.
«Tengo que llamar a Nicky para que corte el césped… las entradas para el teatro del viernes están en el cajón del aparador… el fontanero vendrá el viernes a revisar ese grifo que gotea… el lunes, partido de tenis con Patrick… ».
Intenta llegar hasta las escaleras, pero el aire irrespirable le obliga a retroceder. Una densa humareda le impide ver más allá de un metro  y las llamas empiezan a lamerle los pies. Asfixiado, se gira hacia las ventanas, o lo que queda de ellas, porque los cristales han saltado por los aires hechos añicos. Avanza torpe hacia ese aliento redentor pues los zapatos se van pegando al suelo, derretidos. Cuando consigue subirse al alféizar para escapar del horno en que se ha convertido la estancia, comprueba que está descalzo. Sus pies despellejados están cubiertos de ampollas reventadas que supuran un líquido rosáceo y de los zapatos solo queda una estela de piel negra licuada, adherida a la moqueta.
De pronto, oye varias explosiones procedentes de la zona de los ascensores.
«¡Dios santo, que ni mi secretaria ni nadie se encuentren atrapados en uno de ellos. No puedo, no puedo pensar. ¿Qué voy a hacer? ¡Oh, Dios, Dios!…».
Es extraño, no siente dolor en los pies, quizá es porque sus brazos también están achicharrados, les cuelgan jirones de piel. El olor que le llega es una mezcla de carne y cables quemados. Pese a que todos los aspersores se han disparado, los ordenadores se derriten como mantequilla y mil pequeñas hogueras avanzan por la moqueta. Por su cara resbalan gruesas gotas de sudor. Su cerebro, parado como las agujas de un reloj, reacciona solo cuando frente a él aparece la respuesta a la pregunta que se le atasca en las vísceras: un avión acaba de incrustarse en la panza de la Torre Sur, como un cuchillo que atraviesa una tarta nupcial, levantando una nube de fuego, humo, cenizas y papeles. Ahora sí siente una punzada de dolor: es su corazón que desbocado, pugna por salirse del pecho.
«Tranquilízate, esto es América. Ahora, como en las películas, llegará un helicóptero con un equipo de rescate y en cuestión de segundos volaré sujeto por unos arneses a un lugar seguro y me reuniré con mi querida Martha y todo volverá a su lugar».
Asido con una mano a los marcos hirvientes de la ventana, hace señales al abismo con lo poco que queda de su camisa. Entonces ante sus ojos cae el cuerpo de un hombre desde un piso más alto. En la fracción de segundo más prolongada de toda su vida, reconoce por primera vez la cara de la muerte reflejada en un rostro.
«Igual que los trapecistas del circo donde nos llevaba papá cuando Lucy y yo éramos niños, seguro que abajo habrá una red enorme y cuando casi toque el suelo, rebotaré varias veces sobre ella, daré unos volatines, saltaré al suelo y el público me recibirá con una calurosa ovación».
Entonces cierra los ojos y salta.

Citius, altius, fortius


CITIUS, ALTIUS, FORTIUS

Por las páginas del álbum de fotos de Marcos se desliza un dedo tembloroso que acaricia cada una de las estampas: la carita del recién nacido, la sonrisa de dos dientes, sus primeros pasos, el pecoso disfrazado de ovejita…
Después llegaría la bici, el marinero de rodillas peladas, el adolescente respondón. En la última instantánea se frota la vista, evita mirar: su hijo sentado sobre la maldita moto que le compraron a los dieciséis. Y luego, nada. Las tinieblas ocuparon los rincones de la habitación juvenil y no se volvió a sentir la suavidad de la luz ni el sonido de las risas en aquella casa.
No hubo más fotos.
Un año de ingresos, operaciones, recaídas, lágrimas y desesperación. Y por último, el alta: «No se puede hacer más, la lesión es irreversible». Marcos se fue hundiendo en un abismo del que nadie conseguía sacarle. Hasta que un día apareció aquel psicólogo, que logró convencerle de que en la vida hay más opciones, todas igual de válidas. Un desganado Marcos aceptó seguir la terapia y nada más sumergirse en la piscina del hospital sintió que algo estallaba en su interior. 
—Mamá, cuando termine en el instituto estudiaré psicología y seguiré entrenando, dentro de cuatro años participaré en los Juegos Olímpicos, ya lo verás —sonríe el chico mientras enjuga las gotas saladas que caen del rostro de su madre, emborronando sus recuerdos.  Ella  termina de colocar la foto del muchacho saludando con la mano desde su silla de ruedas al borde del agua, listo para zambullirse.
Quedan muchas páginas en blanco en este álbum y está convencida de que, con su determinación, Marcos las  llenará de vida y color.

domingo, 21 de octubre de 2012

Viaje de ida

VIAJE DE IDA



La noche se ilumina con una constelación de estrellas en tu cucharilla de cenizas y liquido azul llameante, el veneno que te hace olvidar tu miedo e impotencia. Los días son borrosos, pero entre sombras y tinieblas te dejas guiar por esa luz que bombea paz con cada latido de tu corazón. Cegado por una gran llamarada, cabalgas dichoso al borde del precipicio. Siempre regresas aunque nadie te espera, pero hoy una enorme rata se ha acercado sigilosa a ti. Se arrastra sobre tu cuerpo olisqueándolo, percibiéndote como una inmundicia más de este callejón de contenedores, y sin ningún temor arranca de un mordisco un trozo de tu carne marchita. Qué importa,  tú ya has llegado al final del túnel.



Mujer de cepa

MUJER DE CEPA


Esa embriagadora sonrisa de carmín le tiene hipnotizado. La escruta a través del vidrio rosado imaginando su sabor a fruta madura, deseando aspirar su aroma, anticipando matices de maderas nobles...
Mas efímera es la felicidad: hoy no habrá cata. Abstraído en su copa de vino, diluye dulcemente su ilusión en un sorbo del líquido balsámico mientras los labios amados se estremecen en otra boca.

La espera

LA ESPERA

—De corazón y científicamente, lamento comunicarle que el diagnóstico no es nada halagüeño. La buena noticia es que se encuentra en excelentes manos, haré lo imposible por aliviarle.
—Pero, doctor… ¡deje de hurgarme en la oreja! Que donde me duele es en el pie.
—No me distraiga con tonterías. Además, si usted es parapléjico: no le puede doler un pie así como así.
—¡Llegué! Perdón por el retraso. Doctora, ese bigote le sienta muy bien.
—Enfermera,  inmovilice al paciente, que no para quieto. A ver… Ajá, lo que sospechaba ¡un tapón!
—Ustedes tres, vuelvan a la fila y estense calladitos. Aquí tienen, sus pastillas.

sábado, 6 de octubre de 2012

La decisión de Natasha


LA DECISIÓN DE NATASHA

Natasha aviva el tímido fuego de la chimenea con la última silla que queda en la cabaña y continúa con su labor. Los últimos tres días no ha hecho otra cosa que tejer y tejer. Sus dedos hinchados, llenos de sabañones, le entorpecen el trabajo, pero está determinada a soportar ese martirio hasta que termine la tarea. Teje a toda prisa, perseverante, firme.
Las primeras nieves se han anticipado al final del verano y han cogido desprevenido al puñado de habitantes de esta aldea perdida en las montañas. No hay suficiente hierba almacenada para alimentar al ganado, ni cereal para las gallinas, ni leña para calentar los hogares hasta la llegada del deshielo. La situación es desesperada y no hay nada que puedan hacer.
Hace frío, mucho, pero Natasha es una mujer acostumbrada a los rigores de la vida, al aislamiento, al abandono. El saquito del pequeño Igor lo terminó de coser enseguida. Unos mechones rubios asoman por la abertura, qué hermoso está mi niño. Y sigue tejiendo. Empecinada. Incansable.
Un manto blanco cubre los campos y bosques, borra los caminos, sobrecoge las almas. Inclemente, el cielo no ha cesado su descarga durante las últimas semanas. Se han perdido las cosechas y no será posible sobrevivir aquí. Los más jóvenes se preparan para abandonar la aldea y hacen acopio de lo imprescindible para huir ladera abajo hasta alcanzar el pueblo más cercano, antes de que sea demasiado tarde. Con suerte, llegarán a tiempo de dar la alarma para que un equipo de rescate acuda a socorrer al resto.
Para su padre, Dimitri, ya ha elegido el traje. Tiene que estar presentable, todos lo estarán, no quiere marcharse de cualquier manera y que les encuentren así, con sus gastadas ropas de labor. La chaqueta y el pantalón de lana que reserva para asistir a los servicios religiosos son lo más apropiado. Solo le falta encontrar el sombrero, luego lo buscará. De momento, pese a tener los dedos agarrotados, continúa tejiendo a toda velocidad. Obstinada, obcecada.
Con la ayuda de unos trineos de madera, un grupo de muchachos inicia el descenso. En la partida, solo alguno se atreve a mirar atrás. De un par de chimeneas aún sale un hilillo de humo, del resto cuelgan témpanos de hielo. Aprietan los puños, las lágrimas se congelan en sus rostros. Volveremos, no os preocupéis, saldremos de esta, se dicen para sus adentros sin demasiada convicción.
Natasha arroja las agujas al suelo: ha terminado la prenda. Con una pala retira la nieve acumulada y sale al patio trasero, donde la espera su familia desde hace tres días. Coloca el sombrero de fieltro al padre y acomoda al pequeño en su regazo. Les besa con dulzura, cuánto os quiero, estoy preparada, no tengo miedo. Partiremos los tres juntos y seguiremos siendo una familia. Siempre juntos, os lo prometo.
La rigidez de sus dedos le dificulta vestirse, pero con movimientos lentos va envolviendo su cuerpo con la mortaja. Se sienta al lado del anciano, se aferra a su mano helada y, antes de cerrar los ojos, contempla por un instante el cielo azul. Ha dejado de nevar.



El informe

EL INFORME

—…hasta chocarse contra una pila de maderos. Entonces tropezó y al caer se abrió la cabeza con esa piedra y se quedó tieso; créame, señor comisario, le digo lo que vi—. El negro gesticula con mucho aspaviento, los ojos se salen de sus cuencas y no para de contonearse al ritmo de una música inexistente.
El oficial busca apático un latido en el cuello lleno de cadenas de oro del cadáver. Un traficante menos en las calles, resuelve.  Saca el bloc de notas y muy concentrado apunta:
«Champán, dulces y rosas blancas. Condones». Y mira impaciente el reloj.


Dominación

DOMINACIÓN

—Escucho un murmullo que se acerca, es como un lamento, parece que intenta comunicarse, espere… hay interferencias… estoy perdiendo la conexión… ¡Vaya, con lo cerquita que estábamos!  Yo que usted no pararía ahora. Si desea averiguar algo más de su difunto marido nos llevará otra sesión, podemos continuar o no, usted decide: ya sabe que son cincuenta euros la media hora, merece la pena llegar hasta el final…
Ella no responde, no puede: tiene la boca llena de la virilidad del maestro espiritual y los brazos sujetos a la espalda con un cilicio.
Para la próxima cita lo tiene claro: se pedirá el disfraz de alumna díscola y látigo.

jueves, 13 de septiembre de 2012

La pleamar

LA PLEAMAR

Valentina observa con amargura cómo cada lametada del mar borra las huellas que la alejan de su arroyo de aguas claras, convertido en un barrizal de desprecios tras las últimas tormentas. Chapotea su angustia por la orilla salpicándose las piernas, sintiendo la invitación del océano a sumergirse en él.
Una brisa marina la empuja hacia esa inmensidad azul que la reclama, impaciente. Al principio le cuesta desvestirse, pero el deseo la vence y se tiende desnuda en la arena. Las olas la reciben fogosas, la resaca la envuelve y arrastra, se enreda en un remolino de placer. Da vueltas y gritos, traga agua, le falta el aire… Sus brazos se aferran a la arena y, convulsionada por una corriente de sensaciones que sacude su cuerpo, se deja llevar por la pasión. Por fin una gran ola rompe en la orilla y Valentina no puede contenerse más: un gemido prolongado emana de su interior y, extenuada, se abandona en el clímax de la marea.
El mar antes bravío vuelve a estar en calma. Tumbada bocarriba, aspira el salitre y saborea la espuma que cubre su piel. Nota un aliento que acaricia su cara y besa los labios salados de su amante.

domingo, 12 de agosto de 2012

Caminos

CAMINOS


Sofía se siente perdida en esta vía muerta donde todo es polvo y soledad. Ya no escucha el traqueteo del tren que ha abandonado, ni  distingue el rastro de humo de su chimenea diluido en un cielo de nubes grises.
Se ha apeado casi en marcha, con el cuerpo arrugado y el alma seca. Contempla los caminos de hierro por los que ha deambulado toda su vida de vagón en vagón, soñando con un destino.
A lo lejos presiente la llegada del siguiente convoy. Respira hondo, se gira y con la cabeza bien alta, da el primer paso hacia un futuro incierto. La visión del nuevo horizonte le inquieta, pero confía en que en el desierto no encontrará más espejismos.

jueves, 5 de julio de 2012

El principio del fin

EL PRINCIPIO DEL FIN

Apoyado contra la pared de la gruta, modela con cariño su muñeco de barro. Ya solo faltan unos pequeños retoques para lograr la imagen con la que tantas veces había soñado. Está exhausto, pero satisfecho: han sido seis días de emociones y dentro de nada llegará su merecido descanso. Pero poco le dura la dicha: afuera se ha levantado un vendaval que enturbia de arena el aire de la cueva, cegándole la vista.
Al salir, se cubre la cara para no presenciar el desastre. El mar se ha encolerizado: no soportaba ser testigo pasivo de los juegos de las palmeras mecidas por la  brisa;  que la luna impusiera límites a su furor y le impidiese lamer con su marea más allá de la orilla y participar así de la fiesta de sombras y baladas; que las gaviotas se aprovecharan de su despensa… Un huracán vengador riza una enorme ola que barre sin piedad toda la costa.
Abatido, se retira al interior de la caverna. Se topa con la figurita medio terminada que le mira desafiante, rascándose la entrepierna, y decide entonces abandonar el paraíso.
Regresará cuando todo haya terminado, para enterrar bien profundo los escombros de su obra imperfecta.