Follow by Email

lunes, 26 de marzo de 2012

El destino

EL DESTINO


Lo que amortiguó la caída fue su abultado traje de plumas y la alfombra de hojas con que la estación había cubierto el suelo, así que solo se llevó un buen susto y algunas contusiones. Herido en su orgullo y muerto de hambre se alejó de allí a pasitos y se aventuró entre los árboles  del bosque.
Durante todo el día no fue capaz de atrapar ni una mísera lombriz. Comenzó a sentirse débil y se dejó caer en la hierba, abandonándose a su suerte. Empezaba a oscurecer cuando de pronto una bolita cayó a su lado. Se acercó hasta ella, se la tragó y enseguida empezó a sentirse mejor. Encontró otra y otra y otra más allá y animado siguió el reguero de miguitas hasta llegar a un claro donde escuchó unos ruidos. Sintió curiosidad, aquellas dos voces infantiles no le infundían ningún temor, pero ya había tenido suficientes emociones por hoy.
Aquella mañana, su madre le había expulsado a picotazos del nido acusándole de parásito e impostor; y todo por culpa de su hermano pequeño, que tembloroso le contó cómo había  empujado a codazos a los otros huevos.
Agotado tras esta jornada, se acunó entre la hojarasca y no oyó acercarse a aquel monstruo de enormes ojos amarillos.

sábado, 17 de marzo de 2012

Detrás de la puerta


DETRÁS DE LA PUERTA


Matías no regresa a casa nunca antes de las doce de la noche. Se levanta tarde y pasa las mañanas en el parque, donde comparte un mendrugo de pan con los patos del estanque. Después de la hora del almuerzo se deja caer por el piso de su sobrina, salvo los días festivos en que está el marido, («te lo advierto, no quiero ver a ese pordiosero en mi casa»).

Sentado en una banqueta de la cocina se toma a sorbitos un cuenco de sopa caliente o un café con leche. Mientras, la mujer friega la vasija y observa conmovida cómo el viejito sigue las líneas del periódico con un dedo tembloroso.  En la tele, el hombre del tiempo anuncia «la llegada de un frente polar que barrerá la península provocando un brusco descenso de las temperaturas, con cota de nieve a nivel del mar y fuertes ráfagas de viento en el litoral cantábrico. Recomendamos mucha prudencia en la carretera y permanezcan en lugares protegidos del frío».

Cuando el reloj avisa de la llegada del marido, Matías le roza la mejilla con la mano y se despide. Ella se traga las lágrimas y le desea buenas noches.

—Abríguese bien, tío, —insiste mientras le abotona hasta el cuello—, que está usted un poco acatarrado.

—Eres muy buena.


El anciano abandona el piso y desde las ocho deambula sin rumbo por las callejuelas del centro. Como le asusta el ajetreo y los bocinazos de los coches, se oculta entre las sombras o en los portales vacíos hasta que la calle queda desierta y se iluminan las ventanas de los edificios. Es entonces cuando sale confiado de sus escondrijos y se deja envolver por la oscuridad.

Esta noche se ha encontrado unas monedas en el bolsillo del abrigo, «esta mujer es una bendita, un día tengo que traerle un regalo», y se compra unas castañas en un puesto callejero. Primero se calienta las manos con ellas y cuando ya están tibias las desmenuza y las ablanda en la boca hasta hacerlas puré y poder pasarlas. Poco a poco se encamina hacia su casa.

El piso de Matías ocupa la primera planta de un edificio de dos alturas. El de arriba está deshabitado desde que fallecieron sus inquilinos, hace unos años. El hombre sube las escaleras de madera que crujen bajo su peso, introduce la llave en la cerradura y empuja la puerta, pero esta solo cede unos centímetros. Insiste durante un rato, apoya la espalda contra ella, pero nada, solo se abre lo justo para pasar un brazo. Cansado por el esfuerzo, se rinde ante la evidencia. No tiene ánimos para volver donde la sobrina y enfrentarse con la mirada amenazadora del bigotes, así que se acurruca en el rellano, acomoda las bolsas que trae para formar una almohada y se queda dormido.

Tres días más tarde, alertados por la sobrina, una pareja de policías se presenta en el inmueble de Matías. Desde el portal escuchan un alboroto estremecedor. Cuando llegan al piso, la imagen que descubren les deja paralizados: al verse sorprendidas, docenas de ratas abandonan su festín, saltan sobre los restos del anciano y escapan escaleras arriba, hacia la calle y al interior de la vivienda escalando una montaña de bolsas de basura.


sábado, 10 de marzo de 2012

Desacuerdos

DESACUERDOS


«…y además nos hace daño, eso dijo el doctor». Las dos hermanas están enzarzadas en una pelea sin fin. Mathilda no da su brazo a torcer y menos ahora que comienza a surtir efecto la botella que empina desafiante. Está harta de que la ningunee, así que hará con su vida lo que le venga en gana. ¿Acaso le pidió su opinión al copular con aquel demente baboso? ¿Qué piensa hacer la muy idiota con un bebé en este hospicio? Y mientras la bruma etílica le nubla la mente, nota una punzada metálica en el único corazón que late en el cuerpo de las siamesas.

domingo, 4 de marzo de 2012

Tres por dos


TRES POR DOS

Tendría yo unos veinte años cuando aprobé las oposiciones y decidí independizarme. Mi hermana pequeña se quedó encantada con la habitación entera para ella sola y mis padres me ayudaron a amueblar el piso nuevo. Había llegado el momento de demostrar que podía valerme por mí misma y aunque no tenía ni idea de cocinar, ni de hacer la compra, ni del precio de las cosas, ni de nada, me daba igual: ya lo iría aprendiendo.
Unos meses después me di cuenta de que no podía vivir solo de latas, espaguetis y tortillas, así que un sábado me acerqué hasta el mercado de la ciudad donde solían gastar mi madre y mi abuela. Los puestos de frutas y verduras estaban ordenados en hileras en la calle y los de carne y pescado dentro del edificio, a la sombra, para preservarlos del calor. Me quedé maravillada de la gran variedad de nombres que tenían algunas frutas; de las berzas colgadas en las esquinas de los tenderetes; de las legumbres de todos los colores en saquitos para ser vendidas a granel. El trajín de las mujeres con sus carros llenos de bolsas, el vocerío del género, el olor a cebollas tiernas y quesos… Me sentí inmersa en un mundo lleno de vida que hasta entonces no conocía.
Mientras disfrutaba del paisaje y decidía qué iba a comprar—no llevaba una lista con lo necesario—  me quedé parada a la altura de un puesto de lechugas. Me llamó mucho la atención lo grandes que eran, pero no recuerdo haber pronunciado palabra.
—¡¡¡Niña, aprovéchate, que por el precio de dos te llevas tres!!! Y con una habilidad pasmosa para su envergadura, la mujer no había terminado la frase y ya me había colocado en la mano una bolsa con tres lechugas enormes. No supe negarme, no protesté. La bolsa estaba en mi mano, ¿cómo se la iba a devolver? No me pareció apropiado hacerle un desprecio, quizá era una de esas ofertas que no se podían rechazar…
Esta sencilla lección de economía quedó grabada a fuego en mi memoria. Terminé mis compras y acabé llevando doscientos gramos de jamón York que pesaron trescientos cincuenta, «guapina, se puede congelar, eh», casi dos kilos de naranjas (solo había pedido uno) y no sé qué más. «Hay que ver el remango que tienen en este sitio», pensé abrumada, «creo que me han visto cara de pardilla». Cuando llegué a casa rendida por el peso miré con cariño la tienda que hay justo debajo. Con cierto desasosiego me dejé caer en una silla de la cocina y contemplé abatida las bolsas. Tenía la sensación de que me habían estafado. ¿Qué voy a hacer con tanta lechuga? Se me ocurrió organizar una cena con los amigos a base de ensaladas, pero enseguida descarté la idea, pues en las reuniones solíamos tirar más de embutidos, quesos y pinchos. Se habrían extrañado, me habrían acosado a preguntas incómodas y habría tenido que reconocer mi torpeza, y no. También pensé en montar una granja de conejos, pero tampoco era viable, porque vivo en un segundo sin terraza.
Así que tuve que asumirlo: resolvería el problema verde yo sola. Durante los siguientes días me estuve alimentando de ensaladas y sándwiches vegetales, bien rellenos de hojas de lechuga y doble de jamón York. Pero llegó un momento en que se pusieron tan mustias y negras que ya no había por dónde cogerlas, así que no me quedó otra que tirarlas a la basura. En concreto, dos lechugas y un cuarto acabaron en el cubo: la inversión no había resultado rentable.
Como en esta vida hay que hacer una lectura positiva de todo, aprendí de la experiencia. Desde entonces adquiero solo lo necesario. Ya no pido la fruta por kilos, sino por piezas, y a ser posible las escojo yo; el jamón, por lonchas; no he vuelto a acudir a esos sitios donde atan con una gomita cinco o seis puerros y te los despachan en manojo; siempre voy con la lista hecha y tengo mucho cuidado con las ofertas. Puedo afirmar con orgullo que no tiro nunca nada por haber comprado en exceso.
Me sigue fascinando el bullicio de los mercados y cuando viajo a otras ciudades no dejo de visitarlos, pues siempre me ha parecido que aportan una información muy valiosa de la zona. Los que más me gustan son los de abastos de pescado y los mercadillos de flores. Pero si veo que hay poca clientela me quedo a una distancia prudente y los contemplo desde lejos, no vaya a ser que me pillen despistada y sufra una recaída.