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sábado, 17 de marzo de 2012

Detrás de la puerta


DETRÁS DE LA PUERTA


Matías no regresa a casa nunca antes de las doce de la noche. Se levanta tarde y pasa las mañanas en el parque, donde comparte un mendrugo de pan con los patos del estanque. Después de la hora del almuerzo se deja caer por el piso de su sobrina, salvo los días festivos en que está el marido, («te lo advierto, no quiero ver a ese pordiosero en mi casa»).

Sentado en una banqueta de la cocina se toma a sorbitos un cuenco de sopa caliente o un café con leche. Mientras, la mujer friega la vasija y observa conmovida cómo el viejito sigue las líneas del periódico con un dedo tembloroso.  En la tele, el hombre del tiempo anuncia «la llegada de un frente polar que barrerá la península provocando un brusco descenso de las temperaturas, con cota de nieve a nivel del mar y fuertes ráfagas de viento en el litoral cantábrico. Recomendamos mucha prudencia en la carretera y permanezcan en lugares protegidos del frío».

Cuando el reloj avisa de la llegada del marido, Matías le roza la mejilla con la mano y se despide. Ella se traga las lágrimas y le desea buenas noches.

—Abríguese bien, tío, —insiste mientras le abotona hasta el cuello—, que está usted un poco acatarrado.

—Eres muy buena.


El anciano abandona el piso y desde las ocho deambula sin rumbo por las callejuelas del centro. Como le asusta el ajetreo y los bocinazos de los coches, se oculta entre las sombras o en los portales vacíos hasta que la calle queda desierta y se iluminan las ventanas de los edificios. Es entonces cuando sale confiado de sus escondrijos y se deja envolver por la oscuridad.

Esta noche se ha encontrado unas monedas en el bolsillo del abrigo, «esta mujer es una bendita, un día tengo que traerle un regalo», y se compra unas castañas en un puesto callejero. Primero se calienta las manos con ellas y cuando ya están tibias las desmenuza y las ablanda en la boca hasta hacerlas puré y poder pasarlas. Poco a poco se encamina hacia su casa.

El piso de Matías ocupa la primera planta de un edificio de dos alturas. El de arriba está deshabitado desde que fallecieron sus inquilinos, hace unos años. El hombre sube las escaleras de madera que crujen bajo su peso, introduce la llave en la cerradura y empuja la puerta, pero esta solo cede unos centímetros. Insiste durante un rato, apoya la espalda contra ella, pero nada, solo se abre lo justo para pasar un brazo. Cansado por el esfuerzo, se rinde ante la evidencia. No tiene ánimos para volver donde la sobrina y enfrentarse con la mirada amenazadora del bigotes, así que se acurruca en el rellano, acomoda las bolsas que trae para formar una almohada y se queda dormido.

Tres días más tarde, alertados por la sobrina, una pareja de policías se presenta en el inmueble de Matías. Desde el portal escuchan un alboroto estremecedor. Cuando llegan al piso, la imagen que descubren les deja paralizados: al verse sorprendidas, docenas de ratas abandonan su festín, saltan sobre los restos del anciano y escapan escaleras arriba, hacia la calle y al interior de la vivienda escalando una montaña de bolsas de basura.


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