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domingo, 30 de abril de 2017

Lección magistral

LECCIÓN MAGISTRAL

Los pelos del bigote negros y relucientes; el rabo tieso, apelmazado y bien peinado hacia atrás; y los colmillos, blanquísimos. Qué gustazo, se decía Matthew, el aprendiz de taxidermista. Y es que no había nadie en el mundo que fuera más feliz que él mientras pasaba el cepillo por la pelambrera, aplicaba esmalte a los dientes o coloreaba de marrón el hocico al gato.
Pero cuando de pronto una garra le arrancó de la mano el pincel y le seccionó la oreja, dejándole tres surcos rojos y goteantes que le llegaban hasta la nariz, se quedó como atontado mirando al minino maullar, saltar sobre la mesa y derramar en el suelo los frascos de acetona y tinte.
Al oír el jaleo, el profesor no tuvo más remedio que dejar de cabecear en el sofá e intervenir. Abrió su cartera de piel, sacó de un estuche un escalpelo, lo clavó en el pecho del animal y mientras le extraía el corazón le repetía al cariacontecido discípulo que lo primero y más importante antes de empezar a disecarlos era matarlos bien muertos.


La novedad

LA NOVEDAD

—¡Nunca había visto nada igual! —aullaba la muchacha señalando fuera de la gruta.
Tranquilízate, Mika gruñó la madre alargándole un cuenco con un mejunje verde.
—¿No hay nada para picar? 
—¡Deja eso, que es el aperitivo de tu padre! —exclamó arrebatándole una escudilla llena de lombrices—. Toma añadió ofreciéndole un trozo de carne sanguinolenta hígado. ¿Qué ha pasado?
—Pues que estaba haciéndome un collar de flores…
—En eso no has salido a mí —le cortó disgustada—. Siempre dispersándote con tonterías. ¿Cuándo sentarás la cabeza?
—¿Continúo —bostezó Mika— o me echo una siestecilla?
—¡No! Sigue…
—Fue un espectáculo. Comenzó a llover y cayó un dios del cielo, como decís papá y tú. Pero era un rayo; no, no pongas los ojos en blanco, mamá: era un rayo normal y corriente. Entonces partió el tejo donde estaba apoyada, menudo susto. Y ahí que aparece el Gori.
¿Y qué hizo el mamarracho de tu marido?
Agarró una rama encendida y corrió donde los otros cazadores. Fíjate si será memo que se le cayó encima del mamut descuartizado, y se pusieron todos a comer ¡carne quemada!
—Por favor, ¡qué asco!
—Sí…

Mika se quedó pensativa, salivando, contemplando el humo a lo lejos.

Desde el más allá

DESDE EL MÁS ALLÁ

En vida el señor Cosme fue un apocado, un don nadie. Pero al morir, la cosa cambió a mejor. Ocurrió un martes, cuando salía del cafetín donde echaba las tardes; allí, se pedía siempre una tila y se quedaba mirando a Maritere, la dueña, de quien estaba secretamente enamorado. Aquel día al cruzar la calle una furgoneta le pasó por encima.
Quiero ser enterrado en mi pueblo, junto a la tumba mis padres dijo, y expiró.
La bolsa con sus cenizas se la llevó Maritere, que fue la única que asistió a las exequias. Por guardarlas en algún sitio, las volcó en un florero que puso de adorno en la mesa del patio de atrás, donde se manoseaban los amantes.
Por primavera, el agua de lluvia traía alguna semilla que fertilizaba las cenizas y salía una flor. Entonces las parejitas la deshojaban, esperanzadas:

Me quiere, no me quiere

Supervivencia

SUPERVIVENCIA

El agua espantaba a las avispas escondidas bajo las hojas de las acacias, urgía hacia sus túneles a las hormigas portadoras de saltamontes despiezados, arruinaba las provisiones tan cuidadosamente embaladas por las arañas.
La colonia surgida en la estación seca junto al cauce agrietado del río Mara luchaba por su existencia, igual que la manada de elefantes que, atraída por la crecida de sus aguas, aplastaba con cada pisotón el pequeño ecosistema.


La pesadilla de Macbeth

LA PESADILLA DE MACBETH
 

Como cada madrugada sobre las dos, el ruido de unas cadenas arrastrándose por el suelo despierta al rey Macbeth. Al abrir los ojos nota cómo se le congela la sangre al ver al fantasma de Duncan, el monarca asesinado, atravesando el muro de sus aposentos.
—Qué hay, Macbeth —resopla la sábana blanca mientras toma asiento en la cama—. No podía dormir. ¿Va todo bien? Esas ojeras, chico, mmm, te hacen parecer viejo. 
—¡Otra vez no, ten compasión! —implora subiéndose la manta hasta la nariz—. Tienes que asumir de una vez que estás muerto. Esto no es vida, ni para ti ni para mí.
—No me apetece todavía —responde el fantasma, echándole su aliento gélido en la cara—. Me estoy divirtiendo mucho fastidiándote. 
—Así no se puede reinar —protesta débilmente el rey Macbeth—. Mañana temprano tengo una partida de caza y llevo toda la semana en vela por tu culpa… 
—Ah, ¡se siente! No haberme matado —zanja el fantasma, cruzándose de brazos—. Vas a pagar caro haberme arrebatado el trono. —Y susurrándole al oído «so memo, los fantasmas no existen; solo soy tus remordimientos» desaparece entre las sombras.

 Afuera se oye el canto del gallo.

La soledad de las cosas

LA SOLEDAD DE LAS COSAS


Siempre le había fascinado la pequeña tienda del final de la calle por la que pasaba cada martes, un poco antes de las diez, para acudir a su cita con el psiquiatra.
Aquella mañana de finales de abril amaneció soleada, aunque el parte meteorológico pronosticaba una jornada lluviosa. «La borrasca atravesará toda la cornisa cantábrica», repetía a cada momento el reloj-despertador, que iba de una emisora a otra mientras Ramón se desperezaba entre las sábanas. 
Cuando subió la persiana de su dormitorio, no vio ninguna nube que amenazara tormenta. «Nunca aciertan», pensó mientras sacaba del armario un pantalón beige, una camisa blanca de algodón y unos mocasines. Entró en el despacho para coger la americana del respaldo de la silla y miró luctuoso a la Remington, su vieja máquina de escribir, que acumulaba polvo sobre la mesa. Desde que un año atrás a su esposa le diagnosticaran un linfoma, no había vuelto a escribir en ella.
En la entrada se tropezó con el paraguas, que le esperaba junto a la puerta. Pero no le apetecía cargar a lo tonto con él y lo metió de vuelta en el paragüero. Al hacerlo, le pareció oír un ggrrr. Cerró la puerta de casa, se metió en el ascensor y salió a la calle.
Antes de entrar en la consulta del doctor, Ramón se entretuvo unos instantes frente al escaparate de la tienda. Le apasionaba contemplar el batiburrillo de objetos que allí se amontonaban: una muñeca de porcelana con su camisita y su canesú a juego, libros viejos con las hojas y tapas amarillentas, un clavicordio, un gramófono, un juego de té, más libros… Y dos maniquíes: uno de mujer vestido con una falda y una blusa de lino floreadas, aunque algo descoloridas; y otro de hombre, con unos vaqueros desgastados y unas zapatillas de deporte.
A Ramón le encantaban las tiendas de segunda mano. Los objetos que habían pertenecido a otras personas cobraban para él un encanto especial. En su casa, tenía varios cachivaches adquiridos en mercadillos y tiendas de antigüedades. Echó una mirada a su reloj de pulsera y se apresuró al consultorio, que estaba a la vuelta de la esquina. «¿A qué hora la abrirán? —se preguntó mientras pulsaba el timbre del primer piso—. Qué pena, siempre está cerrada».
—¿Qué tal le va con las nuevas pastillas, Ramón? —le preguntó el psiquiatra, señalándole el diván para que se tumbara mientras iba garabateando cosas en una libreta. A Ramón le pareció que las gafas del doctor resbalaban por su nariz hasta casi caerse y luego volvían a ajustarse en su lugar. Pero no comentó nada.
—Estupendamente, doctor.
Odiaba mentir. Pero con los años se había especializado. Desde bien joven sabía que de «esas cosas» no convenía hablar. Aún recordaba el disgusto que se había llevado su madre cuando le contó que las canastas que lanzaba sin puntería se encestaban solas, o que las ecuaciones de segundo grado se resolvían en cuanto las ignorabas («se hacen las interesantes, mamá, pero les gusta quedar sin borrones en el cuaderno»). Aquellos delirios del muchacho habían desbordado a sus padres, que tras consultar con varios médicos, decidieron ingresarlo en un hospital horrible, con paredes acolchadas y olor a lejía y alcanfor, de donde regresó unas semanas más tarde con la firme determinación de no volver a pisar nunca más un lugar así. Había aprendido la lección.
—¿Ha dejado de afeitarse con maquinillas desechables? —comenzó a preguntarle el doctor.
—Sí, desde luego. Solo utilizo la eléctrica, como me aconsejó.
—¿Y lo de dejar velas encendidas por la casa…?
—Eso se acabó, doctor. Además, ahora me molesta el olor a cera quemada.
—Y por las noches, ¿se acuerda de cerrar todas las ventanas?
—Y bajo las persianas, también. La alfombra del salón no ha vuelto a salir … —Ramón se detuvo y rectificó a tiempo—; no ha vuelto a llenarse de polvo. Mucho mejor, así tengo menos que limpiar.
Miró de reojo al médico, que en ese momento disimulaba un bostezo mientras seguía escribiendo en la libreta, y respiró aliviado al no percibir en su rostro ninguna mirada suspicaz.
Ramón respondía a todo en tono distendido. Le caía bien aquel hombre; amigos no eran, aunque se conocían desde hacía casi un año. Había comenzado la terapia para tranquilizar a Lorenzo, su hijo. Trabajaba como anestesista en una clínica y le había convencido para que visitara al doctor Simons, colega suyo de la facultad.
—Él podrá ayudarte, papá, es un buen profesional —le había insistido ante su negativa a que le tratara ningún matasanos—. Porque como sigas asustando a los vecinos con contenedores de basura que engullen los gatos desaparecidos en el barrio o semáforos que se compadecen de los cojos y tardan más en cambiar, te denunciarán y terminarás ingresado en un centro de salud mental. Y Laura y yo no queremos eso. Lo que nos gustaría es que vieses crecer a tus nietos. Por favor te lo pido, papá: tienes que seguir un tratamiento y dejar de inventarte historias. Desde que murió mamá estás muy descentrado. Nunca te había visto así.
«Tiene razón», reflexionó. Desde aquel episodio de su infancia, no había hablado con nadie de «esas cosas». Pero al fallecer su esposa había vuelto a interactuar a todas horas con los objetos que le rodeaban. Como cuando era niño.
Ramón dio su brazo a torcer y aceptó. ¿Cómo iba a perderse ver crecer a sus dos nietos? De lunes a viernes lo único que le empujaba a levantarse de la cama era llevar a Celia y Juan a la escuela por la mañana y por la tarde, cuando salían, a los columpios hasta que su nuera salía de trabajar.
Desde entonces los martes, después de dejarlos en la puerta del colegio, acudía a tumbarse en aquel diván y contarle al sujeto de la bata blanca lo que este deseaba oír.
—Parece que todo está en orden, Ramón —se levantó el médico acompañándole a la puerta—, pero no deje de tomar la medicación —añadió extendiéndole una receta—. Por cierto —recordó de pronto—. ¿Cómo va con sus cuentos? ¿Ha conseguido escribir algo?
—Eso lo tengo un poco abandonado, la verdad —se sinceró por primera vez—. Desde lo de mi mujer, no he vuelto a sentarme frente a la máquina de escribir. Aunque las ideas andan revoloteando por ahí, en mi cabeza.
—Pues le animo a que se ponga a ello. Si es la ilusión de su vida, como me comentó, debería comenzar cuanto antes. Ahora que está jubilado es el momento perfecto. Tenga, llévese este taco de folios —dijo ofreciéndole un paquete de cuartillas—. Yo ya no los necesito —señaló al ordenador—. Ahora todo se envía por e-mail.
—Sí, tiene usted razón. Muchas gracias por el consejo.
—Bueno —se despidió el doctor dándole un apretón de manos—, hasta la próxima semana. Cuídese.
Cuando salió a la calle llovía a mares. Entró a la farmacia a canjear la receta por un frasco de pastillas y se lamentó de no haber cogido el paraguas. Llegaría calado a casa. Comenzó a caminar pegado a la fachada del edificio y cuando dobló la esquina le sorprendió muy gratamente ver abierta la tienda de segunda mano. «¡Por fin, qué bien!», se dijo ilusionado.
Lo primero que le llamó la atención nada más entrar fue la música de fondo. Era un sonido antiquísimo, nunca había escuchado nada igual. Luego se fijó en los dos maniquíes, que lucían ahora sendos impermeables y unos gorritos de agua. ¡Pero si solo hacía un rato que había comenzado a llover!
Buscó con la mirada en derredor, pero no vio a nadie. De pronto, sintió un movimiento hacia el fondo del escaparate, donde estaba el clavicordio. Su mirada se posó sobre las teclas que se presionaban solas justo en el momento en que una anciana apoyada en un bastón bajaba la tapa. La música dejó de sonar.
—Buenos días, señora —saludó educadamente—. Verá, todas las semanas paso por delante de su tienda y hoy es la primera vez que me la encuentro abierta. Tiene usted unas cosas muy bonitas. ¿Le importa que me quede un rato a curiosear, mientras deja de llover? Es que he salido de casa sin paraguas.
—Por supuesto, por supuesto —respondió risueña la viejecilla. Calculó que no tendría menos de noventa años—. Solo abro por las tardes, sabe usted; pero hoy he recibido un pedido especial —dijo señalando una caja de cartón llena de sellos que reposaba encima del mostrador.
Ramón asintió. Luego se acercó con curiosidad a los maniquíes. Los examinó. No solo tenían puestos los dos impermeables, sino que llevaban debajo unos polos de cuello alto y calzaban botas de goma en lugar de las sandalias y las deportivas de hacía una hora.
—Se conserva usted de maravilla, señora  —dijo en tono amable.
—Oh, eso intento —se sonrojó esta—. A las ocho cuando cierro, y antes de subir las escaleras —señaló con el bastón unos escalones que separaban la estancia de su vivienda—, me acerco hasta el contenedor de ahí —miró hacia la acera— a tirar la basura. ¿Por qué lo dice?
—Bueno, ha cambiado usted la ropa de los maniquíes en un santiamén. Hace una hora me fijé que iban con atuendo de primavera.
La mujer miró hacia el suelo. Parecía incómoda.
—Y también la he oído tocar el clavicordio… —Ramón dudó antes de seguir—. ¿O era un disco lo que sonaba?
Ella le miró a los ojos. Dulce, fijamente.
—Es usted muy observador. ¿De veras le pareció oír el clavicordio?
Él le mantuvo la mirada y sintió que le desnudaba por dentro. En ese momento supo que no debía mentir.
—Vi —confesó, pronunciando muy despacio las palabras— que las teclas se movían solas. Eso es lo que vi.
La vieja se removió en su sitio, inquieta. Con la mano que tenía libre, se ató y desató un botón de la chaqueta, estiró con el puño la manga, la metió y volvió a sacar del bolsillo de la rebeca. Entonces, apoyando todo el peso de su cuerpo sobre el bastón, se dejó caer en una mecedora, infinitamente cansada.
—No se asuste, señora. Lleva toda la vida ocurriéndome. Mis padres pensaban que estaba chalado y ahora es mi hijo quien lo cree. Por eso voy al psiquiatra de aquí al lado. —Nunca antes se había sentido tan esponjado, tan ligero, tan feliz. ¡No era el único al que le pasaban «esas cosas»!
La vieja le miró. Tenían un brillo travieso sus ojos turquesa. Las arrugas que surcaban su rostro se habían suavizado.
—¿De verdad lleva toda la vida ocurriéndole? —le preguntó señalándole una silla para que se sentara y ofreciéndole una taza de té.
—Sí, señora.
Ella revolvió un azucarillo negro que había puesto en el suyo y continuó.
—Los maniquíes se cambian ellos solos la ropa. Son muy frioleros, sobre todo él. Ella es más presumida. A veces la verá usted en tirantes en pleno invierno.
Ramón se soltó. Como nunca antes se hubiera atrevido. Le contó que en ocasiones, cuando estaba al borde de las lágrimas recordando a su mujer, el tocadiscos se ponía a girar con un disco —que él no había dejado allí— de Astor Piazzola. Esa música le relajaba mucho; que cuando se despertaba empapado en sudor por culpa de una pesadilla —desde niño tenía pánico a la oscuridad—, la casa aparecía completamente iluminada con velas (aunque una vez tuvieron que venir los bomberos avisados por una vecina por un pequeño incendio en el tapete de la mesita de la entrada); que cerraba las ventanas por las noches porque un domingo que madrugó había pillado a la alfombra del salón llegando a las tantas con sus gafas encima; para colmo apestando a alcohol y con el sello de una discoteca en los cristales. 
Le comentó, también, que su máquina de escribir debía estar oxidada, pues hacía tiempo que no daba señales de vida.
Estuvieron intercambiándose anécdotas sobre los objetos que les rodeaban hasta que Ramón oyó que a la señora le rugían las tripas. El reloj de cuco que colgaba de la pared marcaba la una y veinte. Ramón carraspeó y se levantó de la silla. Extendió la mano a la mujer, que ayudada por él hizo otro tanto. Ella se dirigió al mostrador, rasgó con un estilete la caja de cartón y sacó una latita de bronce.
—Es un aceite especial, me lo envían de muy lejos —dijo guiñándole un ojo—. Desatasca cualquier aparato. Tenga, para su máquina de escribir. No, no me pague ahora. Antes pruébelo.
Ramón prometió volver y contarle cómo le había ido. La anciana le acompañó hasta la puerta y se despidió agitando la mano mientras se alejaba por la calle en dirección a su casa. Seguía lloviendo. Llevaba en un bolsillo de la americana el frasco de pastillas, en otro la latita de aceite y en la mano el taco de folios que le había regalado el doctor Simons. 
Caminaba muy animado, liviano; ni notaba el agua de la lluvia que le iba empapando. Cuando estuvo a unos metros de su edificio, el llavero salió del bolsillo de su pantalón, se le adelantó y le abrió el portal, y luego la puerta del piso. Ramón dejó los folios junto a la máquina de escribir y roció el carro de la Remington con unas gotitas de aceite. Lo siguiente que hizo fue tirar el frasco de pastillas en el cubo de la basura, como hacía todos los martes. 
Tras cambiarse de ropa y calentar en el microondas una sopa de fideos, Ramón se sentó en la butaca con un vaso de vodka, para celebrar aquel extraordinario encuentro, y puso un disco de Astor Piazzola. Como no estaba acostumbrado a beber, le entró un agradable sopor y enseguida se quedó dormido.
Una hora más tarde, mientras se espabilaba de la siesta para ir a buscar a los niños, vio desde la sala que sus gafas —las mismas que algunos sábados se iban de jarana— se movían en el aire, de izquierda a derecha, a escasos centímetros de la máquina de escribir. Las teclas de la vieja Remington subían y bajaban, golpeando rítmicamente el folio que había en el carro. Se acercó sin hacer ruido y miró por encima de ellas. Sus ojos se humedecieron y una sonrisa iluminó su rostro mientras leía la primera frase:
«Siempre le había fascinado la pequeña tienda del final de la calle…».





Sueños rotos

SUEÑOS ROTOS

Cae una lluvia fina que nutre las huertas, refresca los pastos, empapa su abrigo remendado. Simona juega despreocupada, saltando charcos con sus hermanos, y fantasea: cuando sea mayor diseñará chubasqueros de colores, viajará en avión, comprará una tele para su madre…
Esta noche retransmiten la Champions y sin clientes Simona no está lo bastante borracha para esquivar sus recuerdos. Un automóvil se detiene a su lado, baja la ventanilla; veinte euros (para comprar tequila luego) y el asiento seco del copiloto, a resguardo de una lluvia que la ahoga por dentro, la empujan a decidirse. Simona se sube en silencio.


Mare nostrum

MARE NOSTRUM


La cabaña se alzaba en lo alto del acantilado que guarecía la aldea de la bravura del océano. A sus pies, un puñado de moradas de pescadores se resistía a duras penas al olvido. Una era la de los padres de Ernesto. Casi todas las demás habían sido abandonadas por sus propietarios, hastiados de la dureza de aquella vida. Sus tejados de uralita y las paredes de adobe se habían ido convirtiendo en un amasijo informe de escombros donde en invierno jugaban los únicos niños que quedaban en la aldea: los hermanos Damián, Ernesto y Miguelín. Esto ocurría los fines de semana, cuando volvían del internado. Eso sí, solo cuando el padre estaba faenando con el bote y la madre vendiendo el género en su puesto del mercado, que distaba cinco kilómetros de allí.

A los tres hermanos les fascinaba la cantidad de tesoros que hallaban entre tanta ruina. Pero en cuanto oían a lo lejos el motor de la furgoneta de su madre o intuían la figura del padre empujando su carretilla cargada de peces por el camino que bordeaba la colina hasta el bocal, salían disparados hacia la casa.
—¿Qué habéis estado haciendo hoy, niños? —les preguntaba la madre mientras descargaba las cajas vacías. Y siempre contestaban que después de terminar los deberes, habían ido a recoger conchas en la orilla. Así justificaban la suciedad de sus manos y la arenisca pegada en la rodillera de los pantalones.
—A la cabaña de la colina ni os acerquéis —les repetía siempre con voz severa—. No es lugar para niños. Os podríais lastimar.
Lo cual no hacía más que acrecentar su curiosidad.
Las incursiones por los alrededores les iban aproximando cada vez más a aquel sitio. El sábado por la mañana, Dimas había lanzado un pedrusco contra una de sus ventanas. Cuando Ernesto se acercó a asomarse por el agujero abierto, un crujido en las tablas del suelo y unas cortinas sucias batiéndose contra los cristales le erizaron el vello de la nuca y le hicieron dar un respingo. Agarró a Miguelín de la mano y tiró de él colina abajo hasta llegar a la plaza. Allí se sentaron a recuperar el resuello junto al lavadero y le hizo prometer que no contaría nada a sus padres. El pobre estaba temblando y le juró que nunca más regresaría a aquel horrible lugar. Medio lloroso corrió a refugiarse a la cocina.
Dimas apareció bastante más tarde, con las manos en los bolsillos de su pantalón de arpillera, silbando y pateando los guijarros del camino. No parecía asustado.
¿Vi-vi-vienes de la ca-ca-casa de la co-co-colina? —Al articular la frase, Ernesto se dio cuenta de que aún no se le había pasado el susto.
—Pues claro; y mañana volveré. —«Los hermanos mayores, por lo visto, nunca tienen miedo de nada», pensó el chiquillo—. Tú qué, ¿vendrás conmigo o estás cagao de miedo como los niños chicos? —prosiguió, apoyando la espalda contra el muro mientras se hacía el interesante rumiando una ramita, como solía hacer el padre después de comer.
Menos mal que oyeron a lo lejos las voces de la madre llamándoles para la cena y no le dio tiempo a contestar. Seguro que habría seguido tartamudeando.
Los sábados por la tarde los pasaban en familia, jugando a las cartas o al parchís, dando una vuelta por la playa, recogiendo bayas por los matorrales del camino… Y los domingos por la mañana subían todos en la furgoneta para ir a misa al pueblo. Cuando terminaba, solían sentarse en la tasca a beber unas gaseosas y después les compraban unos cucuruchos de garrapiñadas.
Guardadlos para el postre, niños. La comida la haremos en casa, no es cosa de andar tirando el dinero por ahí, que somos muchas bocas que alimentar decía siempre el padre. A los chicos eso no les importaba. Después de comer un riquísimo pescado al horno con ajos fritos y patatas crujientes, los padres se acostaban a echar la siesta. Tenían entonces varias horas por delante hasta que la camioneta que recogía a los escolares de los pueblos de la zona viniera a buscarlos.
No hay moros en la costa oyó Ernesto decir a Dimas, que se había asegurado de que sus padres estuvieran roncando.
Miguelín se hizo el dormido en el sofá, pero Ernesto no pudo negarse a acompañarle; ya estaba en cuarto curso, ya era casi un hombre. Aquella tarde el sol pegaba con ganas, y tardaron casi una hora en subir hasta la cima. Cuando llegaron arriba, se sentaron en una roca a dar un trago de la cantimplora y recuperar el aliento.  Con mucha prudencia, Ernesto se arrimó al borde del acantilado para contemplar cómo las olas batían con su espuma blanca las rocas. Pudo sentir la tirantez de la sal en su cara, el sabor del mar en los labios. Contempló el color acerado del océano, el graznido tumultuoso de las gaviotas, la brisa con olor a algas. Y el desplome de la puerta tumbada por Dimas a patadas.
Entonces se acercó a la ventana que su hermano había roto con una piedra el día anterior. Antes de hacerse a la oscuridad, pudo oír sus pasos vacilantes sobre las tablas podridas. Después le vio, confiado, dando saltos sobre un colchón mohoso, con las manos en los bolsillos de su pantalón de arpillera y mascando un palito de madera. Y por último un fuerte craaack, o boom, no sabría reproducir aquel ruido; un túnel que se abría en el suelo y se tragaba a Dimas, el colchón y la tarima de la estancia, Todo escurriéndose en dirección al mar, como por un desagüe. Con su hermano dentro.
Cuando cesó el estrépito de la caída y se apagó el alarido de terror de su hermano, Ernesto volvió a escuchar los mismos sonidos de antes: el bramido furioso de las olas contra el acantilado, el triste ulular del viento, la escandalera de las gaviotas.

Como si no hubiera ocurrido nada.

La tienda de antigüedades

LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES


El vestido de fiesta era auténtico y el carruaje y los caballos también, así que la clienta se fue contentísima con la ganga. Pero pasadas las doce de la noche me despertó hecha una fiera, amenazándome con un zapato de cristal, y tuve que devolverle el dinero. Se lo había advertido lo de la medianoche, venía bien clarito en el libro de instrucciones, pero ni caso. Y mírame ahora: recogiendo del mostrador jirones de seda, pedrería y organdí y dando escobazos a estos dos ratones.
De verdad, qué descuidada es la gente, ¡está todo inservible! En cuanto amanezca quemaré los harapos en la chimenea, sacaré a la gata para que acabe con los intrusos y pondré una olla con agua a hervir para hacer crema de calabaza.


Mutis

MUTIS


La tía Mariasun siempre tan callada, tan discreta. Tan prudente que, con tal de tener la fiesta en paz, quitaba siempre el hierro a cualquier asunto. Nunca la oímos quejarse, ni protestar. Fíjate cómo sería que se pasó una semana entera sin gas porque al de las bombonas se le olvidó dejarle un lunes la suya, y estuvo la pobre mujer durante siete días a latas de mejillones y aseándose con agua fría.
Así que a ninguno nos sorprendió que muriera calcinada en el incendio del entresuelo donde vivía. Dicen los vecinos que olieron a quemado y avisaron a los bomberos, y que en ningún momento la oyeron gritar ¡fuego, fuego! ni nada parecido. Una bendita era, la tía Mariasun.


Menú

MENÚ


«Delicioso el sorbete de ostras, oyes. La hamburguesa de fresas y la ventresca de anémona, también. Sabrosísima la hoja de parra bañada en espuma de pistachos, toda una trampa para los sentidos. Y no te digo nada de la lasaña de cangrejo servida con salsa de brócoli dentro de la cáscara de una vieira. Ah, y de postre gelatina de cortado en una taza».
Porque de lo último de lo que aquel cuentista arruinado se iba a olvidar, para martirio de los otros comensales, era de ficcionar hasta en un comedor social.

Protagonistas

PROTAGONISTAS

El otro, hombre o mujer, siempre muerto. A veces es que ni se les reconocía, esa era la verdad. Con las sudaderas empapadas, la cara cubierta de algas, los pelos pegados al cráneo… Se los encontraban siempre en muy mal estado y sin tarjetas de identificación. Entonces comenzaba el trabajo anónimo de los encargados de la basura y el depósito municipal: unos arrastraban con el rastrillo los cadáveres a la orilla; los otros les tapaban con una manta y enganchaban tarjetas al pulgar del pie con un elástico.
Pero el click del fotógrafo en el momento exacto era el que se hacía viral.




Quizá mañana

QUIZÁ MAÑANA


La decisión estaba tomada: lo haría. Este sábado quedaría con sus amigas sin inventarse ninguna excusa de última hora. Si Diego no quería venir, que se quedase en casa viendo la final del curling. Y si le parecía mal que saliese, ya podía ir recogiendo sus cosas y largarse de su apartamento. Ya estaba cansada de aquella situación.
Frente al espejo de la entrada, Ana se colgó del hombro el bolso de flecos y se subió la capucha del anorak verde que había comprado la tarde anterior. Le quedaba genial con su minifalda vaquera y los botines con hebillas. Se había puesto mascarilla de pestañas y pasado las planchas por su melena caoba. Ana se vio guapa. Sin embargo, agradeció secretamente la tenue iluminación de la bombilla parpadeante antes de abrir la puerta. Así veía distorsionado el reflejo de su mirada culpable.
Regresó un momento al balcón de la cocina al ver que las cortinas se agitaban con la lluvia. Mientras cerraba las puertas correderas, se entretuvo un rato mirando la calle. Esa tarde caía una llovizna mansa, pero el viento sur convertía las gotas de agua en chorros dispersos que calaban a los transeúntes y ponían del revés las varillas de sus paraguas. Alguna papelera albergaba ya en su interior varios de aquellos despojos de tela y metal.
El empedrado parecía resbaladizo por la humedad. Un señor mayor apoyado en una cachava estuvo a punto de caerse al suelo, menos mal que pasaba en ese momento un policía que reaccionó rápido y pudo sujetarlo por un brazo. Las hojas caídas de los árboles giraban alocadas sobre la acera formando remolinos. Ajenos a la lluvia, dos chicos fumaban tranquilamente a la puerta de un bar de la plazuela. Vio a la vecina del quinto con un plástico atado a la cabeza corriendo apurada tras la bolsa que una ráfaga de viento acababa de arrebatarle de la mano. Cuando tras varios amagos consiguió atraparla, volvió sobre sus pasos y se agachó a recoger los excrementos que su Fox Terrier había dejado junto a una farola. Sintió Ana de pronto un fuerte anhelo de formar parte de aquella escena callejera.
Eran así todas las noches de sábado en su barrio. Alegres, distendidas. Relajadas. Todo lo contrario a cómo se sentía desde que empezó a vivir con Diego tres semanas atrás. El joven se había instalado en su apartamento, casi sin preguntar. Una mañana en un descanso entre las clases, la invitó a un café en el bar de la Facultad y le comentó lo bien que estarían viviendo juntos; así se ahorrarían un alquiler. En aquel momento, le pilló tan de sorpresa que no supo qué decir. Su compañera de piso se había marchado hacía dos semanas a un Colegio Mayor y la idea, así de pronto, no le pareció tan disparatada. Sus amigas siempre la estaban diciendo que había vida más allá de las cuatro paredes de la biblioteca. Desde el instituto, no se había vuelto a enrollar con ningún chico. Además, desde que salía con Diego, había dejado de ser invisible para el resto de alumnos, y era esa una sensación nueva y especialmente placentera para ella, que siempre había sido una niña muy introvertida y vergonzosa. La tan modosita Ana, siempre a la sombra de los demás, tan tímida y callada, por fin ocupaba un lugar en el mundo, aunque fuera de consorte. Esa misma tarde el chico se presentó con la mochila en su casa, metió de cualquier manera sus bártulos entre la ropa de su armario y se tumbó con desparpajo sobre su colchón.
Todo había comenzado tres meses antes. Diego, el chico más guapo de Derecho, según sus amigas, empezó a sentarse a su lado en las clases. Al principio, le pareció que tenía mucho morro, pidiéndole siempre los apuntes para hacer fotocopias. Ana no faltaba a una sola clase y llevaba las materias puntualmente revisadas y pasadas a limpio. Con títulos en mayúsculas, párrafos separados y frases destacadas y subrayadas con rotuladores fosforito. Pero el muchacho tenía un encanto especial y no supo negarse.
Era el alumno más popular del centro; en la cafetería, el ganador absoluto en las partidas de mus; y en las fiestas que cada viernes se organizaban con un motivo u otro, el más simpático y divertido. En una de ellas, Ana, tras beberse unos chupitos de un mejunje al que no estaba acostumbrada y cuyo nombre nunca recordó, terminó por primera vez en su cama, en el piso que compartía con otros dos chicos.
Cuando se levantó aquella mañana en el destartalado apartamento y pese a los intensos pinchazos que le acribillaban la cabeza, le dio por ponerse a limpiar vasos sucios, vaciar ceniceros repletos de colillas, fregar el suelo y la encimera de la cocina… Ana era así. Desde bien chica, cuando su madre venía a darle el beso de buenas noches, guardaba antes todos sus juguetes en las estanterías, quitaba a su Barbie los tacones y dejaba a sus muñecas acostadas en sus literas y bien tapaditas con sus mantas minúsculas.
Al terminar de recoger, vio que eran casi las doce de la mañana y que en el apartamento de Diego solo se oían ronquidos. Entonces decidió despertarle. Se puso a comerle la polla este era uno de los consejos que daba siempre Sandra; según ella, a los tíos era lo que más, por no decir lo único, les gustaba; pero antes exprimió unas naranjas que encontró en un armario de la cocina. El chico, cómo no, le agradeció todo muchísimo: la mamada y el zumo. Y se disculpó por el desorden del piso, asegurando que era todo por culpa de sus dos compañeros y las fiestas que montaban casi cada día; que por eso faltaba a algunas clases y que así era imposible estudiar.
Eso había ocurrido hacía dos meses, y solo hacía tres semanas que se había mudado a su casa. Ana presentía que todo había ido demasiado deprisa, que no estaba preparada para un tipo de convivencia así. Pero sobre todo, empezó a ser consciente de que no le gustaba nada su nuevo rol de criada y que su rendimiento académico estaba empezando a bajar.
Cerró la bolsa de la basura llena de latas de cerveza y cogió su paraguas transparente.
¿Dónde vas? Te has arreglado mucho, ¿no? le preguntó al verla entrar al salón. Ana había pensado darle un beso y decirle que se marchaba, pero le empezaron a atenazar las dudas al percibir en su voz un ligero tono de reproche.
Al bar de Manu, si ya te lo dije. He quedado con Sandra y Laura para tomar algo y después iremos al centro a dar una vuelta. Ana se sentía acobardada. El llavero se le clavaba en la palma de la mano de tanto apretarlo sin darse cuenta.
¿Cómo? ¿Pero no te quedas conmigo a ver el curling? Que hoy es la final, nena. Anda, ven aquí, que te hago un sitio dijo él, poniéndose de costado en el sofá, palmeando con la mano el espacio vacío.
Llevaban viendo el dichoso Campeonato del Mundo, retransmitido en directo desde Toronto, toda la semana. El curling era un deporte que practicaban por equipos unos tíos vestidos con trajes elásticos blancos de la cabeza a los pies; tenían que lanzar una especie de disco sobre el hielo y hacerlo rodar hacia otros discos, dejándolo lo más cerca posible de estos. Parecido a la petanca. Más aburrido, imposible. Ana hubiera preferido meterse a su cuarto a estudiar, pero él había insistido cada tarde en que aquello no se lo podía perder.
En ese preciso momento, sonó un pitido en el móvil. Era Sandra, su amiga. Leyó su mensaje.
«Hoy no te escaqueas. O bajas o subo y te saco de los pelos».
Y casi al mismo tiempo, la voz de Diego. Su tono imperioso le anulaba.
¡¡Ana, están empatados, no te lo pierdas!! Vente para acá, cariño, que esto es la hostia. Ah, y pilla unas cervezas de la nevera.
Ana escribió precipitadamente en el móvil lo primero que se le ocurrió «acaban de llegar mis padres por sorpresa», lo silenció, se quitó el anorak y la bufanda y cogió del frigorífico dos latas frías. Para no tomarlas con el estómago vacío, sacó de un envoltorio unas lonchas de jamón y cortó en taquitos un trozo de queso de cabra. Lo puso todo en una bandeja y volvió a la sala, con una sonrisa triste. Otra vez se había dejado derrotar.
Porque era la final del Campeonato aguantaría una noche más. Pero de mañana no pasaría. La decisión de que Diego se fuera del piso estaba tomada. Ya solo dependía de que se presentase una ocasión mejor.


Vacaciones en el mar

VACACIONES EN EL MAR


Algunos días me acuerdo de aquel día en que Carmela y yo decidimos hacer un crucero. Hay fechas que marcan un antes y un después en la vida, y esa sin dudarlo fue una de ellas. Pero a veces creo que prefiero no recordarla. Desde que entráramos a trabajar al servicio de la marquesa siendo aún unos chiquillos, nunca habíamos disfrutado de unas vacaciones. Vamos, que no conocíamos nada más allá del pueblo. Había que estar siempre a expensas de la señora, con sus manías y su delicada salud. Si no era un resfriado que le duraba tres meses, eran unas terribles jaquecas durante las cuales me hacía segar el césped de la finca que rodeaba el palacete con un dalle, y a Carmela le pedía que limpiara los suelos de la mansión sin aspirador. Cualquier ruidito de nada era insoportable para ella. Siempre estaba igual.
En nuestras tardes libres, bajábamos Carmela y yo al pueblo y nos metíamos al cine. Después en la taberna nos tomábamos un café y dejábamos pasar el tiempo ojeando alguna de las revistas que amarilleaban amontonadas junto a las ventanas. Aquel día, cayó en nuestras manos un ejemplar de «Viajar» dedicado a los cruceros. Unos buques blancos, enormes, llenos de tiendas, piscinas, ascensores, casinos y no sé cuantas cosas más, ilustraban el reportaje. Algo se me agitó por dentro. Sin que nadie me viera, escondí el ejemplar debajo de la chaqueta antes de regresar a la casa.
Durante varias semanas cuando me iba a dormir me entregué bajo las sábanas a la contemplación de aquellas fotografías. Hipnotizado. Los camarotes tenían balcones individuales, se podía ir al gimnasio a cualquier hora y pedir una botella de champán al servicio de habitaciones cuando te diera la gana. Un fuerte deseo iba formándose en mi cabeza y una mañana en que la señora estaba especialmente contenta tras haberse tomado unas copitas de cariñena, me decidí a hablar con ella.
—Doña Lucrecia, con su permiso —dije tímidamente asomando la cabeza por la puerta entreabierta del salón—. ¿Tiene unos minutos? Quería comentarle una cosa.
—Pasa, pasa, Romualdo. —Mi verdadero nombre es Rogelio, pero hace tiempo que lo dejé estar—. ¿Quieres un chinchón? Fíjate, la botella llena y yo, con esta salud tan delicada, no puedo ni tocarlo.
—No, gracias, señora. Verá, Carmela y yo hemos estado pensando que son ya casi treinta años a su servicio sin disfrutar de unas vacaciones y que nos gustaría hacer un viajecito. Sería solo una semana. La hija del panadero nos ha prometido que vendrá todos los días a prepararle la comida y traerle cualquier cosa que necesite.
—¿Un viaje? Claro que sí, Ronaldo. No hay nada como viajar. Cuando mi esposo vivía viajábamos mucho. París, Roma,.. Qué tiempos más felices. —Se restregó con el puño la nariz para quitarse la moquilla que empezaba a gotear—. ¿Y dónde vais a ir, si puede saberse?
—Un crucero por el Mediterráneo. Con escalas en Niza, Marsella, Túnez…
—¡Un crucero, me apunto! ¡Corre a comprar los billetes, muchacho!
—Pepepero… En su estado, si me lo permite, señora, no debería salir de casa —farfullé aterrado.
—La brisa del mar, jovencito, llenará de aire puro los pulmones de esta pobre anciana —insistió—. Nada, nada. Está decidido. ¡Nos vamos todos de viaje!
Y así fue como, unas semanas después, zarpábamos los tres en el puerto de Barcelona. Dos mozos hicieron falta para acarrear con todos los baúles de la señora, que al menos tuvo el detalle de contratar a la hija del panadero como asistenta para el viaje.
—No pretendo ser una carga para vosotros —había dicho antes de partir en uno de sus raros ataques de sensatez—. Quiero que disfrutemos todos. ¡Qué bien lo vamos a pasar!
El primer día en el barco fue sensacional. La marquesa insistió en hacerse la manicura en uno de los salones de belleza y Carmela y yo nos fuimos a pasear por el laberinto de aquella ciudad encantada. Comimos en un restaurante pakistaní, nos probamos unos sombreros mexicanos, chapoteamos en una piscina de agua salada y terminamos tomando un té irlandés. A las nueve fuimos al camarote de la marquesa a darle las buenas noches.
—Hacía muuucho tiempo que no disfrutaba tanto. —Se la veía radiante con su nuevo corte de pelo, estaba realmente feliz. Había varias bolsas por el suelo llenas de vestidos de flores y pamelas—. Ha sido un día maravilloso, pero ahora se me caen los ojos. Robin, magnífica idea la del crucero, sí señor. Buenas noches a todos.
Nos despedimos y Carmela y yo subimos a cubierta a contemplar las estrellas. El mar andaba revuelto y el barco se movía mucho. Carmela dijo que se estaba mareando, así que a las doce y pico nos fuimos a dormir. Todavía no había amanecido cuando nos despertaron unos golpes en la puerta. Era la hija del panadero.
—¿Cómo que no está en su cama? —pregunté asustado. La muchacha temblaba. Se la veía fatal.
Tardó unos minutos en reaccionar Carmela. Entonces rompió a llorar. Nos habíamos olvidado de avisar a la chica de que doña Lucrecia era sonámbula y que tenía la costumbre de salir a estirar las piernas sobre las cinco de la mañana. Era una de sus manías. Pero en la finca era imposible que saltara los muros y además yo me encargaba siempre de echar el cerrojo a la verja de la entrada. En el barco no había muros, ni puertas, ni cerrojos. Nunca volvimos a verla.
Terminó el viaje y volvimos muy tristes al palacete, con la intención de recoger nuestros bártulos. Pero para nuestra sorpresa, la señora nos lo había dejado en herencia. Y aquí seguimos. Yo, segando el césped y podando los rosales. Y Carmela, en la cocina, que dice que si no, no se halla. Para limpiar la casa, eso sí, hemos contratado a la hija del panadero.