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domingo, 30 de abril de 2017

Quizá mañana

QUIZÁ MAÑANA


La decisión estaba tomada: lo haría. Este sábado quedaría con sus amigas sin inventarse ninguna excusa de última hora. Si Diego no quería venir, que se quedase en casa viendo la final del curling. Y si le parecía mal que saliese, ya podía ir recogiendo sus cosas y largarse de su apartamento. Ya estaba cansada de aquella situación.
Frente al espejo de la entrada, Ana se colgó del hombro el bolso de flecos y se subió la capucha del anorak verde que había comprado la tarde anterior. Le quedaba genial con su minifalda vaquera y los botines con hebillas. Se había puesto mascarilla de pestañas y pasado las planchas por su melena caoba. Ana se vio guapa. Sin embargo, agradeció secretamente la tenue iluminación de la bombilla parpadeante antes de abrir la puerta. Así veía distorsionado el reflejo de su mirada culpable.
Regresó un momento al balcón de la cocina al ver que las cortinas se agitaban con la lluvia. Mientras cerraba las puertas correderas, se entretuvo un rato mirando la calle. Esa tarde caía una llovizna mansa, pero el viento sur convertía las gotas de agua en chorros dispersos que calaban a los transeúntes y ponían del revés las varillas de sus paraguas. Alguna papelera albergaba ya en su interior varios de aquellos despojos de tela y metal.
El empedrado parecía resbaladizo por la humedad. Un señor mayor apoyado en una cachava estuvo a punto de caerse al suelo, menos mal que pasaba en ese momento un policía que reaccionó rápido y pudo sujetarlo por un brazo. Las hojas caídas de los árboles giraban alocadas sobre la acera formando remolinos. Ajenos a la lluvia, dos chicos fumaban tranquilamente a la puerta de un bar de la plazuela. Vio a la vecina del quinto con un plástico atado a la cabeza corriendo apurada tras la bolsa que una ráfaga de viento acababa de arrebatarle de la mano. Cuando tras varios amagos consiguió atraparla, volvió sobre sus pasos y se agachó a recoger los excrementos que su Fox Terrier había dejado junto a una farola. Sintió Ana de pronto un fuerte anhelo de formar parte de aquella escena callejera.
Eran así todas las noches de sábado en su barrio. Alegres, distendidas. Relajadas. Todo lo contrario a cómo se sentía desde que empezó a vivir con Diego tres semanas atrás. El joven se había instalado en su apartamento, casi sin preguntar. Una mañana en un descanso entre las clases, la invitó a un café en el bar de la Facultad y le comentó lo bien que estarían viviendo juntos; así se ahorrarían un alquiler. En aquel momento, le pilló tan de sorpresa que no supo qué decir. Su compañera de piso se había marchado hacía dos semanas a un Colegio Mayor y la idea, así de pronto, no le pareció tan disparatada. Sus amigas siempre la estaban diciendo que había vida más allá de las cuatro paredes de la biblioteca. Desde el instituto, no se había vuelto a enrollar con ningún chico. Además, desde que salía con Diego, había dejado de ser invisible para el resto de alumnos, y era esa una sensación nueva y especialmente placentera para ella, que siempre había sido una niña muy introvertida y vergonzosa. La tan modosita Ana, siempre a la sombra de los demás, tan tímida y callada, por fin ocupaba un lugar en el mundo, aunque fuera de consorte. Esa misma tarde el chico se presentó con la mochila en su casa, metió de cualquier manera sus bártulos entre la ropa de su armario y se tumbó con desparpajo sobre su colchón.
Todo había comenzado tres meses antes. Diego, el chico más guapo de Derecho, según sus amigas, empezó a sentarse a su lado en las clases. Al principio, le pareció que tenía mucho morro, pidiéndole siempre los apuntes para hacer fotocopias. Ana no faltaba a una sola clase y llevaba las materias puntualmente revisadas y pasadas a limpio. Con títulos en mayúsculas, párrafos separados y frases destacadas y subrayadas con rotuladores fosforito. Pero el muchacho tenía un encanto especial y no supo negarse.
Era el alumno más popular del centro; en la cafetería, el ganador absoluto en las partidas de mus; y en las fiestas que cada viernes se organizaban con un motivo u otro, el más simpático y divertido. En una de ellas, Ana, tras beberse unos chupitos de un mejunje al que no estaba acostumbrada y cuyo nombre nunca recordó, terminó por primera vez en su cama, en el piso que compartía con otros dos chicos.
Cuando se levantó aquella mañana en el destartalado apartamento y pese a los intensos pinchazos que le acribillaban la cabeza, le dio por ponerse a limpiar vasos sucios, vaciar ceniceros repletos de colillas, fregar el suelo y la encimera de la cocina… Ana era así. Desde bien chica, cuando su madre venía a darle el beso de buenas noches, guardaba antes todos sus juguetes en las estanterías, quitaba a su Barbie los tacones y dejaba a sus muñecas acostadas en sus literas y bien tapaditas con sus mantas minúsculas.
Al terminar de recoger, vio que eran casi las doce de la mañana y que en el apartamento de Diego solo se oían ronquidos. Entonces decidió despertarle. Se puso a comerle la polla este era uno de los consejos que daba siempre Sandra; según ella, a los tíos era lo que más, por no decir lo único, les gustaba; pero antes exprimió unas naranjas que encontró en un armario de la cocina. El chico, cómo no, le agradeció todo muchísimo: la mamada y el zumo. Y se disculpó por el desorden del piso, asegurando que era todo por culpa de sus dos compañeros y las fiestas que montaban casi cada día; que por eso faltaba a algunas clases y que así era imposible estudiar.
Eso había ocurrido hacía dos meses, y solo hacía tres semanas que se había mudado a su casa. Ana presentía que todo había ido demasiado deprisa, que no estaba preparada para un tipo de convivencia así. Pero sobre todo, empezó a ser consciente de que no le gustaba nada su nuevo rol de criada y que su rendimiento académico estaba empezando a bajar.
Cerró la bolsa de la basura llena de latas de cerveza y cogió su paraguas transparente.
¿Dónde vas? Te has arreglado mucho, ¿no? le preguntó al verla entrar al salón. Ana había pensado darle un beso y decirle que se marchaba, pero le empezaron a atenazar las dudas al percibir en su voz un ligero tono de reproche.
Al bar de Manu, si ya te lo dije. He quedado con Sandra y Laura para tomar algo y después iremos al centro a dar una vuelta. Ana se sentía acobardada. El llavero se le clavaba en la palma de la mano de tanto apretarlo sin darse cuenta.
¿Cómo? ¿Pero no te quedas conmigo a ver el curling? Que hoy es la final, nena. Anda, ven aquí, que te hago un sitio dijo él, poniéndose de costado en el sofá, palmeando con la mano el espacio vacío.
Llevaban viendo el dichoso Campeonato del Mundo, retransmitido en directo desde Toronto, toda la semana. El curling era un deporte que practicaban por equipos unos tíos vestidos con trajes elásticos blancos de la cabeza a los pies; tenían que lanzar una especie de disco sobre el hielo y hacerlo rodar hacia otros discos, dejándolo lo más cerca posible de estos. Parecido a la petanca. Más aburrido, imposible. Ana hubiera preferido meterse a su cuarto a estudiar, pero él había insistido cada tarde en que aquello no se lo podía perder.
En ese preciso momento, sonó un pitido en el móvil. Era Sandra, su amiga. Leyó su mensaje.
«Hoy no te escaqueas. O bajas o subo y te saco de los pelos».
Y casi al mismo tiempo, la voz de Diego. Su tono imperioso le anulaba.
¡¡Ana, están empatados, no te lo pierdas!! Vente para acá, cariño, que esto es la hostia. Ah, y pilla unas cervezas de la nevera.
Ana escribió precipitadamente en el móvil lo primero que se le ocurrió «acaban de llegar mis padres por sorpresa», lo silenció, se quitó el anorak y la bufanda y cogió del frigorífico dos latas frías. Para no tomarlas con el estómago vacío, sacó de un envoltorio unas lonchas de jamón y cortó en taquitos un trozo de queso de cabra. Lo puso todo en una bandeja y volvió a la sala, con una sonrisa triste. Otra vez se había dejado derrotar.
Porque era la final del Campeonato aguantaría una noche más. Pero de mañana no pasaría. La decisión de que Diego se fuera del piso estaba tomada. Ya solo dependía de que se presentase una ocasión mejor.


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