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domingo, 30 de abril de 2017

Episodio I

EPISODIO I

Parecía tan hambriento, tan desplumado el pollo aquel, que Calimero enseguida se sintió conmovido.
—Toma esta lombriz —le ofreció, gustoso— que yo acabo de nacer y aún no tengo apetito. —Y con las tripas rutándole, vio cómo el cuco engullía su desayuno sin decir gracias ni nada.
A continuación, este abrió el pico hacia el cielo, piando como un energúmeno, exigiendo más. La mamá iba y venía, agotada, trayendo más insectos para aquel grandullón que abultaba el triple que ella. No aprobaba Calimero los modales del primogénito, pero siguió compartiendo con él sus miguitas, por ganarse su cariño y sentirse menos solo. Era extraño que no hubiera más huevos allí.
Cuando se sintió saciado, el cuco se repantigó todo lo largo que era. A punto estuvo de tirarle fuera del nido.
—Eh, no empujes —protestó Calimero.
Pero el cuco ni se inmutó.
—Mira, canijo —eructó, señalando con un ala el suelo—. ¿Ves esos huesos y plumas de ahí abajo? Pues como me cabrees mucho te mando a reunirte con tus hermanitos, ¿estamos?
Lloroso, Calimero se acurrucó en una esquinita y antes de cerrar los ojos se ajustó el cascarón a la cabeza, por si acaso.
Y menos mal.




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