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domingo, 30 de abril de 2017

Agosoto

AGOSTO 


Eugenio yacía en una camilla arrimada a una pared de la sala de espera. Junto a él, otros dos ancianos y una señora gruesa, no tan mayor, aguardaban en sendos bancos de plástico a ser atendidos por el personal de Urgencias. Cada uno de ellos sujetaba en su regazo una bolsa de viaje. Uno de los viejos dormitaba con la cabeza caída hacia delante; el otro garabateaba la página de pasatiempos del periódico, mordiéndose la lengua; la señora gruesa se miraba la punta de los zapatos, aburrida.
Charo, la mujer que le acompañaba, se había visto sorprendida por la presencia inesperada del doctor («qué joven parece, tendrá la misma edad que Gonzalito», pensó) justo cuando estaba intentando subir una maleta a la camilla.
—Disculpe, señora, ¿necesita ayuda? —le preguntó el médico, agarrando el asa y tirando del bulto hacia arriba.
—¿Có-cómo dice? —se había sobresaltado ella. Cuando se fijó en la bata verde y la tarjeta que llevaba prendida a la solapa, «Dr. Javier Zurita. Servicio de Nefrología», le dio un vuelco el corazón y notó que le subía la sangre a la cara; lo último que se le habría ocurrido es que acudiera un médico tan rápidamente. A esas horas de la mañana, la sala siempre estaba abarrotada.
—Eeestooo… —acertó a musitar—. No, nada, gracias. Ya me iba —dijo echando una mirada al móvil que tenía en la mano. «Uf, las ocho menos diez, ¡voy a perder el avión!».
—Un momento, por favor. Este señor de aquí —El doctor señaló a Eugenio—, ¿ha venido con usted? ¿Qué problema tiene? ¿Es familiar suyo?
Le sudaban tanto las manos a Charo que decidió esconderlas en el interior de su chaqueta de lino para secarlas disimuladamente. Intentó decir algo, pero se había quedado muda.
—Aaayyy, doctor, estoy muy mal… —El hilillo de voz provenía de la camilla. Charo se sintió levemente aliviada—. Tengo un dolor horrible aquí —Eugenio se palpó el abdomen— y aquí —ahora se dio unas palmaditas en el corazón— y aquí...
La señora gruesa dejó de interesarse por sus zapatos y se acomodó en el asiento para seguir atenta la conversación.
El doctor se volvió hacia el enfermo. Tenía unas ojeras enormes. Sacó un palito de un envase de plástico que llevaba en el bolsillo de la bata y le examinó la boca.
—La lengua está limpia. —Miró interrogativo a la mujer, que en ese momento estaba tecleando en el móvil—. ¿Me oye, señora? ¿Cuál es el motivo que les ha traído aquí?
A Charo se le daba fatal improvisar y no sabía mentir.
—Verá, yo…
Eugenio salió en su ayuda.
—¿Pero es que no me ha oído, doctor? Tengo la tensión bajísima y unos calambres horrorosos que me van desde el pecho hasta la cintura. Es un malestar general, me duele todo. Menos mal que este señor —dijo apuntando con un dedo al viejo que en ese momento ojeaba las esquelas— me ha cedido su camilla. Si no, me habría desmayado.
Como ya había completado el Sudoku y leído las noticias varias veces, el del periódico se atrevió a intervenir.
—Con su permiso, doctor. Este hombre tiene muy mal aspecto, fíjese qué ojeras. Yo diría que puede tratarse de alguna complicación pulmonar. ¿Fuma usted, amigo?
El médico buscó en sus bolsillos, sacó una linternita y abrió con el pulgar y el índice los párpados del viejo. Dirigió la luz a la retina. Cuando apartó la mano de su cara, tenía los dedos tiznados de negro.
—Pe-pero ¿qué broma es esta? —exclamó, aturdido—. Oiga, señora… —Pero cuando se giró para preguntarla, ya se había esfumado.
El del periódico se compadeció.
—Es usted nuevo, ¿verdad, doctor… Zurita? —Se dirigió a él con voz paternal.
—Bueno, sí, me he incorporado hace un par de días —contestó, sorprendido por la pregunta—. Aprobé con nota el examen de Médico Residente —añadió con orgullo— y voy a hacer las prácticas en este hospital. De momento, como ve, cubriendo las guardias. A los más veteranos les cuesta lo de hacer turnos. Pero —prosiguió, intrigado—, ¿por qué lo dice? ¿Tanto se me nota? ¿Y por qué —inquirió algo enfadado al de la camilla— se ha pintado usted de negro las ojeras? ¿Es que quiere hacerse el enfermo y pasar la noche en el hospital?
El anciano de la camilla suspiró con tristeza. Se incorporó hasta quedar sentado y se frotó con el puño las mejillas para eliminar la pintura.
—No, desde luego que no. Donde yo quisiera estar es en mi casa del pueblo. Pero desde que se derrumbó el tejado no he vuelto por allí.
—¿Había estado antes en este centro, don…?
—Eugenio Valle. Ya lo creo que sí, doctor. Varias veces, por desgracia, en los últimos años.
—Luego pediré su historial, pero antes dígame, ¿tiene alguna dolencia cardíaca? ¿Complicaciones respiratorias? ¿Recuerda en qué planta estuvo ingresado?
—Bueno, el verano pasado estuve quince días en Traumatología y otros quince en Oncología. Pero donde más simpáticas son las enfermeras es en la Unidad de Neonatos. Aunque allí hace demasiado calor.
El doctor escrutó su rostro detenidamente. Aquel hombre le desconcertaba, pero no parecía que estuviera bromeando. Quizá solo fuera demencia senil.
—Oh, entonces ha tenido usted un nieto hace poco…
—No, qué va. Mi único nieto, Gonzalito, ya está en la Universidad. Es el hijo de Gonzalo. Mi otra hija, Pilar, no pudo tener niños. Mejor así, menuda pécora.
—¿Son sus hijos, Gonzalo y Pilar? —interrumpió la señora gruesa—. Yo también me llamo Pilar. Tata Piluchi, me dicen mis nietos. Solo se acuerdan de mí cuando les falta dinero —balbuceó con los ojos empañados.
El doctor, conmovido, tendió un kleenex a la mujer. Por lo visto llevaba de todo en los bolsillos de su bata. Se quedó dudando unos instantes, antes de preguntar.
—¿Sufrió entonces una caída hace un año, se fracturó algún hueso?
—No, no. De hecho, a mis ochenta años, no necesito ni bastón. Y salgo a pasear por el parque todos los días.
—¿Qué tipo de… ejem… tumor le diagnosticaron?
—¿Cáncer? No, gracias. Hace dos años aproveché mi estancia en el Servicio de Dermatología para quitarme dos lunares de aquí —se señaló el cuello—, pero eran benignos.
El médico estaba cada vez más confundido. Si el tipo aquel estaba sano y fuerte, ¿qué demonios hacía tumbado en la camilla de un hospital?
—Disculpe, Eugenio, pero no entiendo. ¿Tiene algún síntoma que no me haya contado? ¿Por qué ha venido usted a Urgencias?
Se hizo un silencio. El del periódico lo abrió y ocultó la cara en las páginas de deportes. Pilar seguía enjugándose los ojos, cada vez más abatida. Por fin Eugenio habló.
—Perdone, doctor, olvidaba que es usted nuevo. Normalmente nos recibe el Dr. Bermúdez, que enseguida nos busca una habitación vacía en alguna planta. ¿Está de vacaciones?
—Está en un congreso en Milán —repuso acalorado—. ¿Es amigo suyo Bermúdez? ¿Qué significa eso de que les busca una habitación? Esto no es un hotel, señor, pero de eso ya se habrá dado cuenta, ¿verdad?
—¿Ni Bermúdez ni nadie le han explicado a usted…?
—¿Qué es lo que me tienen que explicar? —respondió visiblemente enojado, poniendo los brazos en jarras.
—Verá, doctor —Eugenio bajó la voz—, cuando llegan las vacaciones, nuestros hijos se deshacen de nosotros para irse a la costa. A mí, la primera vez, me dejaron en una gasolinera con un puñado de billetes para pagar la pensión. Siempre es más barato que una residencia. Me pasé toda la noche llorando en el lavabo, hasta que me quedé dormido. Al día siguiente me encontró la limpiadora tiritando en el suelo.
El médico no daba crédito a sus palabras, pero al ver cómo asentían los otros dos y reparar en las bolsas de deporte que apretaban entre sus manos, comprendió. Jamás se habría imaginado que la historia esa de la gasolinera pudiese llegar a ser cierta, ni que los hijos fueran abandonando a los abuelos en hospitales para irse a la playa.
—Esa vez sí que estuve pachucho de verdad. Una neumonía grave. La policía localizó a Gonzalo y su mujer en un hotel de Benidorm. Le ahorro el resto del relato, no quiero aburrirle. Desde entonces, simulo estar enfermo y me paso el mes de veraneo en algún centro sanitario. He llegado a un acuerdo con ellos en ese sentido, y así al menos no me dejan tirado en cualquier sitio. No se está tan mal, ¿sabe? y en agosto suelo coincidir con Dimas —señaló al viejo del periódico, que hizo un gesto de disculpa dirigido al médico—. Es Charo, mi nuera, la que me deja en Urgencias y luego se va; Gonzalo siempre fue un cobarde. Hoy la ha pillado usted por los pelos, supongo que ya estarán en el aeropuerto. Creo que iban a Canarias, pero no sé a qué isla. La verdad, me importa un carajo.
«Doctor Zurita, doctor Zurita, acuda a Recepción, por favor».
El doctor se excusó ante los ancianos y se alejó tambaleante por el pasillo, sintiendo una presión en el pecho que no le dejaba respirar.


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