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domingo, 30 de abril de 2017

La herencia

LA HERENCIA

Cuando llegué a la casa de la abuela no quedaban ni los enchufes. Desde luego nunca tuvieron tacto mis primas, ni gusto. Porque llevarse aquellas horrorosas cortinas de cretona,  era como para matarlas.
El día que murió, yo estaba en la Patagonia con mi familia, avistando ballenas. Y tampoco era cosa de dejar el viaje a medias. Así que cuando por fin pude ir al pueblo, lo único que encontré fue una mecedora de plástico. Como cabía en el maletero del coche, me la llevé.
A mis hijos les dio un ataque de risa al verme entrar en casa con aquel cachivache. Pero mi marido envió una foto a un colega suyo, diseñador en una mueblería sueca.
Ricos, ricos, no nos hicimos. Nos llegó, eso sí, para otro viajecito. ¡Pero cómo disfruté las pasadas navidades fastidiando a mis primas con la mecedora en la portada de esta revista!


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