HUMERA
El lápiz con el que ella, cada
mañana, se lo dibujaba no estaba en el cajón de la cocina. Ni el post-it pegado
a la nevera con el corazón y el «te quiero
. Ni las ventanas abiertas dejando entrar
la tibia brisa del amanecer, ni su taza de café vacía en el fregadero.

Con la bruma etílica lograba Armando
ocultar sus recuerdos; con cada resaca volvía a tropezarse con ellos.