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lunes, 25 de marzo de 2013

La travesía


LA TRAVESÍA. 

Dedicado a Jams.

Seducidos por una invitación a soñar despiertos, coincidimos un grupo de cuentistas en un claro en «El bosque». Aquel encuentro entre musgo y hojarasca, hace ahora un año, nos motivó para continuar juntos por tierra y mar, persiguiendo nuestros sueños. Y así emprendimos un viaje de nueve meses a bordo de la nave de los microcuentos.
Al timón, el capitán, Jams, que con brazo firme pilotaba sin perder el rumbo, noche y día, sorteando pequeñas dificultades. Siempre atento a nuestros temores y dudas, convirtió la travesía en un auténtico viaje de placer. No hubo tempestades, ni chocamos contra ningún iceberg; sí avistamos algún barco pirata que intentó el abordaje, pero que luego quedaría atrás perdido en la inmensidad del océano.
Cada mes atracábamos en distintos puertos, donde embarcaban nuevos pasajeros con sus maletas repletas de historias. Los vientos siempre soplaron favorables y, poco a poco, la nave fue acercándose a su destino, llamado «Estanochetesueño». El sábado 16 de marzo de 2013 a las seis de la tarde, en una jornada muy emotiva, nos citamos en un islote y a la sombra de sus cocoteros celebramos nuestra llegada a buen puerto.
Pero este no ha sido el final del viaje. La mayoría hemos vuelto a liar el petate e iniciado una nueva andadura, siguiendo la estela del inventor de «Estanochetecuento».


jueves, 21 de marzo de 2013

Despedida de soltera


DESPEDIDA DE SOLTERA


—No sé… —murmura Manuela compungida intentando incorporarse de la cama—. ¿Cuándo podré ver al bebé? ¿Dónde está Luis?
—A tu marido le ha dado una lipotimia, luego vendrá. No te levantes, aún estás débil. ¿De verdad, hija, que no recuerdas nada más?
—Mamá, ya te lo he contado todo, fue hace meses. Estuvimos bailando, luego bebimos unas copitas de champán y me mareé un poco. El portero de la discoteca, muy amable, me llevó al almacén hasta que me recuperé y después volví a casa en taxi con mis amigas.
—¡Ahí traen al niño! —exclama el hermano de Manuela—. ¡Joder con el watusi!



Colores


COLORES

Fátima avanza tropezando entre los cascotes con su muñeca escondida bajo la chilaba. La polvareda levantada por los edificios caídos tras el bombardeo le impide orientarse. Ensordecida y medio ciega, choca contra algo blando, cae sobre unos cuerpecitos mutilados y, al incorporarse, aparecen frente a ella los escombros de la escuela judía. Aturdida, ve una luz tras una puerta desvencijada y abandonando sus recelos echa a correr hacia ella.
Tendido en el suelo con una linterna en la mano, Jakob le invita a acercarse y le ofrece una pintura amarilla. Con trazos temblorosos, el niño está emborronando de azul la mitad superior de un folio: de izquierda a derecha, angustiado, lo va tiñendo de un luminoso celeste. La niña se tumba a su lado y despacito dibuja en una esquina el sol. Las líneas de Jakob pronto se rozan con el círculo dorado de Fátima y, sonrientes, celebran la llegada de un nuevo color.
Verde esperanza.
Mano a mano, rellenan de vegetación el resto de la cuartilla hasta completar la estampa del paraíso terrenal. Fátima acuesta a su muñeca sobre el lienzo y cogiéndose de la mano, los dos niños se sientan a esperar que se disipe la niebla.

miércoles, 13 de marzo de 2013

El picadero


EL PICADERO   
                                                                                                                       
…y restos de lágrimas en las mejillas teñidas con el rímel y el colorete. Esa mirada implorante bajo su fusta de cuero, esa preciosidad a cuatro patas sobre el forraje, con las braguitas por las rodillas, ufff…  Solo con el recuerdo de sus cabalgadas sobre la insaciable Kristen conseguía Horace mantener su erección cuando la madre de la joven se presentaba en los establos disfrazada de amazona.

jueves, 7 de marzo de 2013

El horno


EL HORNO

Solo a las niñas guapas y a los hermanos que se las presentaban les asignaban tareas fuera del sótano. Ellas servían café y bollos calientes a los hombres uniformados que desayunaban allí y a los chicos les dejaban conducir sus furgones para repartir las mercancías. Al resto, creo que los mandaban a los hornos;  a muchos no les volví a ver.
Como tengo las manos finas y soy habilidosa, me sentaron a una mesa para rematar la producción. Pero el supervisor ha dejado caer hoy que pronto habrá traslados. Yo al horno no pienso ir, y menos ahora en verano. Mañana mismo preparo el currículum y lo envío al almacén de helados.

Estampas


ESTAMPAS


Vestida con el traje oscuro de asistir a los servicios religiosos y con el cabello recogido en un moño, quiso Francesca quedar inmortalizada para el retrato. A pocos metros de ella, un canoso señor Romanelli abrazaba a su bronceada esposa, con el azul del Mediterráneo al fondo. Unas filas más allá, el joven Giovanni saludaba sudoroso a lomos de su caballo. Todos sonreían.

Aunque era agosto y el sol hacía humear el asfalto de las estrechas avenidas, sentí un escalofrío. Peor aún fue al llegar a la zona reservada para los bambini. La pequeña Isabella, con sus coletas despeinadas y su blusa de princesa, miraba burlona a la cámara. A su lado, unos mellizos diminutos envueltos en un lienzo blanco aparecían retratados inertes. Ya muertos.

Era la isla de San Michele, en la bahía de Venecia. Altos cipreses ocultaban en su interior el camposanto de la ciudad, guardando cientos de sonrisas apagadas para siempre.


Domótica


DOMÓTICA

Las siete horas de viaje a la capital se me hicieron cortísimas comparado con el aburrimiento de esta espera. Hoy por la mañana, mi hija se ha llevado a su padre al hospital para hacerle unas pruebas y no volverán hasta la hora de comer. Los nietos están en la escuela y su padre en la oficina. Ya llevo sentada en este salón como una hora y no se me ocurre nada que hacer. Olvidé el ganchillo en casa, pero aunque lo hubiera traído, ¿cómo voy a tejer a oscuras? No encuentro el interruptor de la luz, esta casa es muy rara. Quise subir las persianas, pero, sorpresa, no tienen cuerdas para tirar. No veo que tengan televisor, qué raro, por lo menos me distraería un rato con algún programa. En la pared frente al sofá hay una pantalla como de cine, pero no lleva botones. La mesa está llena de mandos sin pantalla pero con teclado, mandos sin teclado pero con pantalla, teléfonos sin cables, tablets, o eso pone, ¿qué serán? A veces se iluminan y suenan pitidos. No me atrevo a tocar nada, no sea que lo vaya a romper. Tampoco hay libros, ni periódicos, ni revistas. Y espero que no me entren ganas de orinar, porque antes tuve que vaciar el caldero de agua de fregar en la baza, no fui capaz de dar con la cisterna. Por hacer algo, encontré un chisme parecido a un aspirador en el cuarto de trastos, pero tampoco lo supe poner en marcha. Y en la cocina fue entrar, abrir el frigorífico y salir despavorida. No había alimentos, solo bandejas precintadas con comida de plástico dentro. Me muero de sed, pero los grifos no son de girar ni de apretar y en el frigo solo vi cartones de esos refrescos asquerosos. He pensado en salir a dar una vuelta aunque lo he considerado mejor, y no. La puerta no tiene llave, me han dejado una tarjeta para entrar y salir, pero no me acuerdo cómo funcionaba. Además me da miedo perderme por la urbanización y no saber volver, que todos los chalets son iguales. Me entretendré observando la calle por el videoportero este, para no sentirme tan sola. O igual me meto otra vez en la cama. Ay, qué ganas tengo de volverme al pueblo.