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miércoles, 25 de noviembre de 2015

Tiempos nuevos

TIEMPOS NUEVOS

El remite de la carta que traía el diácono lo firmaba Andrey, el nuevo miembro de clausura. El prior no había elegido al imberbe aquel por gusto, sino pensando en un futuro relevo. Con un estilete rasgó el sobre y sacó una fotografía.
Se quedó mirándola, pensativo. No faltaba ninguno de los seis. Sokolov, con las manos en las orejas, no se había tomado el analgésico que le envió, ¡qué testarudo! El cáncer de Pávlov, terminal. El viejo Petrov con la cincha de atar al burro sujetándose el hábito, como siempre. Nóvikov, bueno, este dormido hasta de pie. Y Morózov, que se había trasegado el licor ceremonial otra vez.
Pero en la instantánea algo había… que no le cuadraba. Volvió a contarlos: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. ¿Pero quién había tomado la fotografía? ¿Y por qué sostenía Andrey aquel palito?
Al pie del retrato, una nota que no entendió.

«¡Selfie!»

A salvo

A SALVO

Salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos con la conciencia tranquila. Gracias a los cuentos que inventan para ellos, a Lucía y Daniel nunca se les aparecerán en sueños brujas que ceban con turrón a los niños para luego zampárselos, nada de eso. En sus relatos, los bosques son los lugares más seguros del mundo para salir de paseo, sin lobos ni madrastras ni manzanas envenenadas.
Cuando el silencio invade la casa, Lucía despierta a su hermano. Juntos vacían cajones y revisan armarios hasta dar con los dos monstruos amordazados. Entonces les liberan de sus ataduras y, consolándoles, vuelven a dejarlos debajo de sus camas.


Penumbras

PENUMBRAS


Lo que más disgustaba a Damián de trabajar en la carbonera de su tío Basilio era salir de ella cubierto de una capa de polvo negro. Dos semanas atrás, su madre les había confesado entre lágrimas a los dos hermanos lo mal que andaban las cosas en casa y la suerte que tenían de contar con un pariente empresario. Desde esa noche sus sueños fueron en blanco y negro.
—Ya casi estás hecho un hombre, Damián —le decía rozando con un dedo la pelusa que empezaba a oscurecerse encima del labio—. Hasta que vuestro padre no salga del sanatorio tenemos que arrimar todos el hombro, hijo.
Y eso hacían. Arrimar el hombro. Guille se lo tomaba muy al pie de la letra y cuando se metían en aquel antro, se pegaba tanto a él que más de una vez acabaron los dos rodando entre las pilas de carbón. Aquello le fastidiaba mucho.
—¡Mira cómo me has puesto! —le reprendía sacudiéndose el hollín del pantalón de arpillera. Pero al ver los dos surcos blancos que caían rodando por su cara tiznada, le rodeaba con un brazo los hombros y trataba de consolarle.
—Espérame fuera, anda, que termino de cargar los sacos y hacemos el reparto. —Entonces Guille se abrazaba a él muy fuerte, sin poder contener los hipidos, y salía zumbando a la calle. Las babas que le dejaba pegadas a la camisa le daban igual, bastante porquería tenía ya encima.
Era precisamente esto lo que más coraje le daba. Porque si su hermano pequeño tenía pánico a la oscuridad y a los monstruos que imaginaba agazapados en cada rincón, lo que él más temía era cruzarse en alguna esquina con Laurita y que le viera lleno de mugre.
Cada tarde les llevaba unas dos horas hacer el reparto del carbón y cuando acababan volvían derechos a casa, donde su madre tenía ya preparado un barreño de agua caliente y un guante de crin con el que les restregaba las rodillas, el pescuezo y las uñas. A continuación, les envolvía con una toalla y les dejaba terminándose de secar frente a la lumbre mientras preparaba dos tazones de leche tibia y unos mendrugos de pan.
—Repasáis una hora la lección y luego podéis salir a jugar.
Y seguía en la cocina frotando la ropa sucia, pelando patatas, vigilando el guiso del puchero, fregando la vasija. A veces, derrengada, se sentaba un momento y con el delantal se secaba la frente. Pero enseguida se reponía y con una sonrisa continuaba con sus quehaceres.
Muchas veces, Damián se quedaba allí con su madre. Le gustaba verla trajinar y siempre estaba dispuesto a ayudarla a poner la mesa o a secar con un trapo los cacharros. Pero se moría de ganas de ver a Laurita. Desde muy pequeños se habían entendido muy bien: habían comenzado las mismas colecciones de cromos y peleado por alguno casi imposible de conseguir; en los cumpleaños de sus amigos, habían desafinado intencionadamente hasta caérseles las lágrimas de la risa; habían echado cientos de carreras con sus bicicletas hasta el río… Cada vez que uno recibía algún juguete nuevo, corría a enseñárselo al otro. Pero hacía unos meses, cuando terminaron las clases, Damián se había sentido atraído por ella de una manera distinta. Hasta ese día, nunca antes se había fijado en el color verde grisáceo de los ojos de la niña.
El viernes de esa semana, se despidieron del tío Basilio hasta el lunes. Damián caminaba con paso rápido, deseando llegar a casa para ver la cara de su madre cuando le entregaran las monedas que se habían ganado. Pero Guille iba arrastrando los pies y apenas pronunció una palabra en todo el camino.
—Estás muy pálido, hijo —se asustó su madre al verlos entrar. Le puso la mano en la frente, el niño abrasaba—. Damián —ordenó mientras le desabrochaba la chaqueta—. Vete a avisar al doctor.
Salió como un rayo hacia la casa de don Tomás, el médico, que vivía al otro lado del pueblo. Empezaba a anochecer, pero no había ninguna luz en las ventanas. El coche tampoco estaba aparcado fuera. Aporreó con fuerza la puerta de roble hasta pelarse los nudillos. Le corría un sudor frío por la espalda, sentía el cuerpo rígido, pero inconscientemente seguía dando golpes. No se dio cuenta de que alguien le zarandeaba por detrás hasta que oyó su voz. Entonces reaccionó.
—No hay nadie, Damián. Se han ido todos a la boda de una sobrina y no vuelven hasta el domingo. —Era ella. Laurita—. ¿Se ha puesto alguien malo en tu casa? Podemos avisar a mi madre, ya sabes que a veces ayuda a su primo Sebas en la botica.
Carmela, la madre de Laura, desinfectó con alcohol las heridas de su mano. Después se dirigieron los tres a casa. Encontraron a Guille tumbado en el sofá junto a su madre, que le enjuagaba la frente con un paño húmedo.
—Estaba que se caía de cansancio. Le he dado una infusión y se ha quedado dormido —musitó—. Es culpa mía, no tenía que haberle mandado a trabajar, si es solo un chiquillo, pobrecín.
—Flori —le susurró dulcemente Carmela—. Tú también estás agotada. No puedes pasarte todo el día en la vaquería, ir luego a ver a tu marido y seguir en casa como si nada. Si continúas así la que vas a caer enferma eres tú, y a ver quién cuida entonces de los niños. Hablaré con Sebas, seguro que  algo puede hacer.
Flori rompió a llorar. Carmela hizo ponerse el gabán a Damián y les mandó a Laurita y a él a la calle. Desde fuera, vieron cómo acaldaba en un momento la cocina y ponía a hervir un cazo con un hueso, cebollas y zanahorias. Luego le ayudó a acostarse y se quedó un rato hablando con ella, que la miraba con gratitud.
Mientras, se sentaron a esperar en el poyo de la entrada. Empezaba a refrescar y Laurita se acurrucó a su lado. Podía sentir la tibieza de su aliento y el olor a heno de sus trenzas rubias. No quería manchar su chaqueta de lana, pero no se atrevía a moverse. Ella cogió suavemente su mano descarnada y empezó a tocar uno a uno sus dedos hasta quedar enlazados con los suyos. Entonces oyeron abrirse la puerta.
—Ah, ya viene mi madre. Oye, mañana podemos ir a coger ranas al río. Si puedes ven a buscarme, ¿vale? ¡Adiós, Damián!
Entró al cuarto de su madre. Escuchó su respiración profunda y supuso que alguna medicina le habría dado Carmela para dormir. Se desvistió, se lavó en el fregadero y se metió en el camastro. Tardó un rato en quedarse dormido, aún podía sentir las caricias de Laurita sobre su piel. Esa noche soñó con la espuma blanca del río, con unas bicis apoyadas en los troncos musgosos de los chopos y con unas trenzas rubias.


Garbanzo negro

GARBANZO NEGRO

Lo de Rufus fue la gota que colmó el vaso de su paciencia. Llevaba toda la tarde removiéndose en la silla frente al ordenador, cruzando y descruzando las piernas, mordiéndose las uñas… De vez en cuando se levantaba y caminaba de un extremo a otro del pasillo del apartamento, intentando aclararse las ideas. Comenzó a dolerle la cabeza y se tomó un comprimido de ibuprofeno. ¿Se merecía tantas molestias el tal Martín Bombín?
Lo había admitido en su círculo de amistades por invitación de unos amigos comunes. La primera vez que lo vio, el hombre llevaba unas patillas de forajido y unas gafas de espejo. A Fina le hizo gracia la gorra roja de beisbol puesta del revés y su sonrisa un poco golfa, y no dudó en brindarle su amistad.
Aquel hombre le recordaba al detective gracioso de una serie de la tele, por eso le cayó bien. Poco a poco empezaron a coincidir por aquí y por allá. Algunas tardes incluso se quedaban charlando a solas de sus cosas, cosas sin importancia: la receta del pastel de queso, o el momento exacto en que había que echar los percebes al agua hirviendo. Fina no se daba cuenta, pero cada vez le gustaba más Martín Bombín.
Mientras contemplaba en el vaso las burbujitas efervescentes que salían del segundo analgésico que se iba a tomar esa tarde, recordó el empeño que desde el principio había puesto aquel hombre en mostrarse atento. Por ejemplo, insistía siempre mucho en cuánto le gustaba su arroz salvaje de los domingos y también alababa las tartas que con tanto mimo decoraba ella con arándonos o rodajitas de fresa. Para Fina, la presentación de sus platos era fundamental y se sentía muy complacida cuando sus amigos se lo hacían saber.
Por su parte ella, en cuanto terminaba su tedioso turno en la cadena de montaje, corría a devolverles la visita. Como no conocía a nadie en aquella ciudad donde había obtenido por fin un empleo, quería conservar a toda costa a aquel grupo de amigos y solía deshacerse con ellos en halagos, del tipo «qué maravilla de hortensias crecen en tu jardín: azules, malvas, blancas… ¡son de todos los colores!» o «qué suerte, quién tuviera una piscina como la tuya, con el calor que hace» o «está guapísima tu hija hasta disfrazada de vampira», y cosas así. Siempre, siempre, tenía palabras amables para todo el mundo.
Porque Fina, aunque a veces se sintiera triste, o cansada, ante la gente se comportaba con mucha dulzura y no escatimaba en atenciones. Ni un dolor tan terrible de cabeza como el que tenía en ese momento le iba a hacer cambiar de actitud. Sus amigos eran su mayor tesoro y tenía que mimarlos.
Pero ahora empezaba a ser consciente de lo poco que sabía de Martín Bombín. Siempre había sido un hombre muy reservado: nunca hablaba de sus viajes, de sus hobbies o de su familia. Aunque eso sí, le pareció un encanto cuando por su cumpleaños no olvidó mandarle un ramo de rosas rojas, sus favoritas, y un montón de besos. Otra cosa que también hacía sentir bien a Fina era lo mucho que celebraba él sus chistes; aunque tenía una forma de reírse un poco cursi, se reía así «jijijij».
Pero en pocas semanas, concretamente el día que les enseñó a todos su nuevo álbum de fotos «Naturaleza agreste», Martín Bombín empezó a resultarle muy antipático. Las pocas veces que últimamente se dejaba ver, las aprovechaba para burlarse de las imágenes de amaneceres, setas y hojas caídas que iba compartiendo y, poco después, se puso también a criticar los versos que con tanta pasión componía y las canciones que escuchaba. ¿Pero qué le pasaba? ¿Era esa su forma de alejarse de ella?
Tumbada en el sofá, sujetándose un paño húmedo sobre la frente y acariciando la cabeza del Fox Terrier, que a lametazos le correspondía con muestras de cariño, vio de repente que no tenía por qué soportar a un individuo que hasta la marca de pienso que compraba para el perro le parecía mal. ¡Aquello ya era el colmo!
Convencida de que no podía continuar así, se incorporó enfadada y volvió a la mesa del ordenador. Y por primera vez en su tan entretenida vida virtual, llegó a una triste conclusión: con un ligero temblor en la mano, situó el cursor sobre la pestaña «eliminar de mis contactos» en Facebook, pulsó decidida el ratón y Martín Bombín desapareció para siempre de su lista de amigos.


La portera


LA PORTERA

Los tabiques de papel de fumar, siempre tan dicharacheros, no soltaban prenda esa mañana; las mirillas de las puertas  de los vecinos, legañosas, como cada domingo. Decidió entonces encaramarse al balcón del melenudo no le pareció temerario, era un bajo derecha y asomarse dentro. Eso hizo. Pero las persianas estaban echadas y las cortinas corridas. «Qué aburrimiento en agosto», pensó mientras se sentaba a dormitar en su taburete de la portería.
Repentinamente el tintineo de unas llaves en el rellano le despertó. Unas huellas en el suelo recién fregado bastaron para sacarla de su sopor: ya podía comenzar su ronda diaria.