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lunes, 16 de julio de 2018

Miracolo


MIRACOLO

Ni por asomo se le habría ocurrido a nadie llamar «lamparones, cagarruta y pis» a las manchas del sudario... hasta que vino la signora Albertina desde Palermo a visitar a su sobrino el obispo.
Nada más llegar, se puso a curiosear por el patio, y al ver las sábanas y toallas agitándose al viento en el tendal se quedó maravillada. Eran de un blanco tan inmaculado que cegaban. Ya preguntaría a las monjas qué le echaban al agua para conseguir ese albor. Pero luego, cuando entró en la iglesia, se cabreó muchísimo al descubrir aquella tela toda sucia dentro de una vitrina. Obsesiva con la limpieza, porfiada y medio sorda, no oyó lo de la santidad de la sábana y urdió un plan para esa misma madrugada.
En cuanto se aseguró de que no había luz en ninguna de las habitaciones, bajó a la capilla con un trozo de esparto y una garrafa de sosa cáustica. Pero el aleteo de un ser translúcido, surgido como por ensalmo del retablo, y al que Albertina confundió con un tábano descomunal, hizo que olvidase su misión y saliera persiguiéndolo por el claustro, por los jardines, dando bastonazos al aire, intentando espachurrarlo.


lunes, 18 de junio de 2018

La caracola


LA CARACOLA

No solo se escuchaba perfectamente el rumor del océano y el estruendo de las olas rompiendo contra el arrecife; en aquella caracola había muchos sonidos más. Si te la pegabas bien a la oreja, podías oír la danza de algas y anémonas con las corrientes del fondo, el repiqueteo de las langostas en pleno cortejo amoroso, el burbujeo de los galeones enterrados en la arena y hasta el lamento de algún ahogado. A punto estuve de quedármela cuando de pronto sonó el canto de una sirena: una voz en falsete muy ñoña, yo es que soy más de clásica y jazz. Así que la devolví al mar y continué buscando conchas por la orilla de aquella playa de aguas turquesas.


El vertedero


EL VERTEDERO

La vieron cuando ya se marchaban, medio escondida detrás de una tapia. Una mesa casi nueva, sin apolillar. Estaba coja de una pata, pero eso daba igual: con lo que pesaba, seguro que sería de roble o de nogal, de una madera cara. Ya buscarían un taco o algo para calzarla. «Verás qué contenta se pone tu madre», sonrió el hombre mientras la subían entre los dos al remolque. Quedaría ideal en la cocina, en lugar de la mesa de camping. Lo que no tenían claro aún era qué hacer con el viejito que habían encontrado envuelto en una manta y que no paraba de toser.

La máquina


LA MÁQUINA

Al genio de la lámpara le hizo gracia que no quisiera una isla con palmeras, una rubia despampanante en pelotas, o un cofre repleto de joyas y monedas de oro.
—Sea —dijo haciendo surgir de la nada un software. Despejé la mesa de estudio y me quedé contemplándolo, impaciente—. La Inteligencia Artificial que vence al hombre, tal como pediste. Cuídalo bien, que está en periodo de prueba.
Apenas se esfumó lo inserté en mi ordenador. Iba rapidísimo. Enseguida me conecté con el torneo de ajedrez on-line del campus, donde me había inscrito hacía una semana. En pocos días, fue tumbando uno tras otro a todos mis contrincantes. Me hice muy popular, tal como había previsto.
Pero una tarde al llegar a casa noté olor a quemado. Vi que la máquina, que acababa de ganar la partida de semifinales, echaba humo, así que llené un cubo de agua y me acerqué a ella. Estaba agonizando sobre un charco de litio y cables. Limpié el vómito, coloqué un paño húmedo sobre el panel de mandos y le di a cucharadas un caldo de algoritmos. Ya podía ir recuperándose, y deprisa, que al día siguiente teníamos que jugar la final.



Pulso


PULSO

—A buenas horas se me ocurrió dar vida a este leño, con lo tranquilo que estaba yo haciendo taburetes —se lamentaba el viejo carpintero mientras se agachaba para esquivar el serrín que le lanzaba el muñeco. Insistía en que le lijara las orejas de soplillo.
—Bueno, bueno, no te enfades —accedió, cogiendo una lima.
—Como artesano eres bastante torpón —se insolentó, apuntándole con la nariz—. ¿Ya está? Pues hala, recórtame la napia o verás —gritó, amenazándole con una astilla.
—Pero solo un poquito —dijo, serrándole la punta—. Piensa que esa es tu seña de identidad.
El muñeco se miró al espejo. Después de darle una pincelada por aquí y hacerle algún retoque por allá, se veía por fin atractivo.
—Resulta que ahora —anunció de repente— no quiero estar solo. Necesito una novia maciza, de labios carnosos, mirada felina…
—Para, paaara, jovencito. ¿Pero qué te has creído? ¡Si solo eres un chiquillo!
—… que tenga buenas tetas —añadió sin escucharle— y el culo respingón.
—¿Algo más? —se rindió, mientras comenzaba a tallar un tronco en forma de ocho.
—Pues mira, sí. La quiero para hoy.
—Esto me pasa —mascullaba el hombre, arrepentido— por jugar a ser Dios.



Escombro


ESCOMBRO


Los rincones vacíos de la casa ya desmantelada, un puzle sin completar, un gato sucio, frascos con arena, un chotis sonando en un transistor… Todo lo que nadie quería terminaba en el contenedor, donde gente como él se pasaba las horas escarbando. Supuso que hacía poco que habían desmontado un piso por allí; sobre una encimera de cocina humeaba todavía una taza de caldo. 
Mientras se lo tomaba a sorbitos, vio un bastón con una cabeza de pato en la empuñadura. Entonces se echó el saco al hombro y saltó a la acera tirando de él, forcejeando con un anciano desdentado que se resistía a soltarlo. 





Ajetreo


AJETREO

Vuelve a pedirme que le empuje, le patee y le pise, que le ate las muñecas y le inmovilice, le escupa y le insulte, que le asfixie un ratito más con su corbata de seda y le pellizque… pero que me dé prisa. Porque se le había olvidado que hoy es el cumpleaños de su hijo y que en media hora tiene que estar en el jardín de sus exsuegros con la cara pintada, la nariz roja y la peluca de rizos inflando globos.

Amor de verano


AMOR DE VERANO

Salieron juntos cogidos de la mano bajo un arcoíris de pétalos al sol del Caribe, donde se habían conocido aquellas vacaciones. En el cóctel de la playa hubo langosta, caviar y champán, se llenó el cielo de bengalas y bailaron juntos muy pegados. Se besaron y manosearon en la limusina, entraron al hotel sin esmoquin y desabrochados, terminaron de desnudarse en la suite y follaron sobre la encimera del baño. Entonces uno de los dos arrugó la nariz: «Cierra la pasta de dientes, tira de la cisterna, quita esos pelos del lavabo…». Durmieron de espaldas y al día siguiente se despidieron con un apretón de manos.


Bloqueo


BLOQUEO


Se levanta a las siete puntual cada mañana. Mientras sorbe en silencio el café, termino de anudarle la corbata. Su mirada divaga perdida en el infinito cielo crepuscular. Por disimular su tristeza, asegura que le emociona el frágil equilibrio del tráfico. «Un ecosistema perfecto» suele sentenciar. Habla así desde que engaña las horas en algún parque viendo afanarse a hormigas y arañas, o pelearse patos y palomas por las migajas del pan que cuando no miro se guarda.
Antes de salir con su maletín descolorido, me cuenta que hoy toca juzgados. Ayer tenía la renovación del DNI. ¿Qué inventará mañana? Lleva desde el despido fingiendo, y sollozando a escondidas en el baño. A mí no me quedan lágrimas ya.
Le veo subirse al autobús que va en sentido contrario. Ni siquiera en eso repara. Ni en que la chaqueta crema que lleva puesta no combina con la corbata de rayas.


Casting


CASTING


Princesa de cuento, eso es lo que siempre he querido ser: llevar lindos vestidos, tiaras de diamantes, y tener a la puerta de palacio un carruaje con dos corceles blancos. Pero hay cosas por las que no paso: comer manzanas envenenadas o ir besando sapos por las charcas, puag, qué asco. Tampoco tengo intención de pincharme el dedo con el huso de una rueca y tirarme siglos roncando; ni ser la chacha de una madrastra y dos hermanastras, todo el día fregando. Ni hablar. Por eso he venido a este casting  y aquí estoy, tumbada sobre diez colchones, con un guisante debajo. Voy a cruzar los dedos porque, de verdad, qué mal anda el patio.

Contactos


CONTACTOS

—Cuando éramos jóvenes salíamos de bares, conocíamos gente auténtica… —decía ella, poniendo una carita triste—. No había móviles, tablets ni redes sociales. Ahora vivimos tan aislados…
—Sí. En las verbenas se ligaba cantidubi —contestó él marcándose un zapateado flamenco—. Y en los guateques.
—Tío, eso es de viejunos. ¿No tenías 48 tacos?
—Bueno, alguno más —reconoció guiñándole un ojo—, pero no los represento, ¡estoy hecho un chaval!
—¿Qué deporte dijiste que practicabas?
—Voy al fútbol todos los domingos. —Y puso el icono del balón.
—¿Y tu foto de perfil?
—Bah, eso qué importa ya…
—…
—¿Hola?
—…
—¡Eeooo!
—…
—Mujer, ¿sigues ahí?

Crecer


CRECER

De una patada nos enviaban a las calles y no volvíamos hasta que empezaba a oscurecer, al grito de «subid ya o la tortilla os la coméis fría». En medio, entre partidos en el patio, peleas, casetas en los árboles, pactos de sangre, brechas en la cabeza, cigarrillos a escondidas y los primeros besos con lengua, pasamos los años más maravillosos de nuestras vidas. Entonces, sin darnos cuenta, nos hicimos hombres y adiós a la inocencia.

Deliberaciones


DELIBERACIONES

Caminar hasta el trabajo, qué vulgaridad. Un juez elegante tiene que llegar a los juzgados en coche, no oliendo a sudor. Por mucho que insista el médico con lo de los kilos de más. Encima, los atascos me rinden una barbaridad. Entre agentes de tráfico y stops, resuelvo el primer expediente de la mañana con la cabeza muy despejada. Porque ir al volante, completamente solo, escuchando música de jazz… esa intimidad no la encuentro en ningún otro sitio. En casa siempre están que si esto o que si aquello; en el despacho, señoría que si tal o que si cual. Y así no se puede trabajar.
Si me trabo con algún veredicto, y para poder seguir meditando, simulo a traición que se me ha calado el coche al abrirse un semáforo y no lo arranco hasta que vuelve a cerrarse otra vez. Todas las veces que sean necesarias, faltaría más.

Designios


DESIGNIOS

¿A quién se le ocurriría aquella barbaridad? Dicen que el hambre agudiza el ingenio, será eso. Además tuvimos mucha suerte de que nadie investigara el asunto. El caso es que en aquel mes de enero, los temporales visitaban día sí día también nuestra costa. Una noche, Perico y Sito se escondieron en el faro y manipularon el foco de tal manera que a la mañana siguiente apareció la playa llena de contenedores de galletas, leche y latas de conserva. El carguero se hundió frente al acantilado. Hubo también algún cadáver que fue retirado rápidamente con una carretilla.

Doble vida


DOBLE VIDA

Mientras firmaba en la feria mi última novela de la detective Constance, mi alter ego, le vi: gafas oscuras, sombrero, cuellos del gabán subidos hasta la nariz. Comencé a temblar. ¿Llevaría un revólver en el bolsillo? Cuando llegó su turno, resultó ser un tipo anodino y gris.
Para mi próximo libro escribiré algo de amoríos. O mejor, un cuento infantil.

Dulce hogar


DULCE HOGAR

No se me ocurrió anotar todo en un bloc y mi memoria no es precisamente buena. Pero sí puedo afirmar que el mes que pasé en la ciudad se me hizo muy pesado. Allí la gente se pasaba el día corriendo de acá para allá, con prisas, ruidos y jaleo, pendientes de niños, horarios, colegios, de hacer la compra, de lucir siempre bellos… Vamos, que el día que recuperé mi cola de escamas plateadas y regresé al mar fue el más feliz de mi vida. Tendré que pensarme mucho los otros dos deseos que me concedió el genio de la lámpara que encontré en el fondo del océano.


El butanero


EL BUTANERO


Vivir en un quinto sin ascensor tiene sus encantos y no son precisamente las vistas, que el piso da a un patio cerrado. Ver, ver, solo veo tendales y geranios. Pero cuando se acaba el gas, suelen subir la bombona unos maromos de pelo en pecho que cortan la respiración. A veces viene un gordinflas que enseña la raja del culo y llega arriba resoplando, pero esta mañana la trajo uno nuevo.
En cuanto abrí la puerta me enamoré y, sin darme cuenta, comencé a desnudarle con la mirada. Me pasa a veces. Primero le desabroché del todo la camisa; fue fácil, con esos corchetes que ponen ahora. Después le solté el botón del vaquero y le bajé la cremallera. No llevaba calzoncillos y me puse muy nerviosa. Me quedé embobada mirándole el sexo henchido, palpitante: un cosquilleo me recorrió los muslos y noté cómo se me endurecían los pezones. Todo mi cuerpo temblaba.
Entonces oí la voz censora, quisquillosa; la voz interior que decía: «Paquita, te estás congestionando. Relájate, que solo es un chaval… y tu Antonio está al caer». Así que le despedí con unas monedas y salí con el batín abierto al balcón a quitarme el sofoco.



El espectador


EL ESPECTADOR


Una rata enorme cruza un paso de peatones sorteando los charcos. Despreocupada, se detiene unos segundos a olisquear una bolsa de plástico. Una nube de pólvora cubre completamente el sol; todo se ve brumoso, como a través de un cristal empañado. Las calles están desiertas y los coches, sin lunas, esparcidos por la carretera o enterrados bajo los escombros.

Por encima de los tejados, el cielo está encendido. Parecen estrellas fugaces, ojalá lo fueran. Pediría entonces un deseo: que no hubiera más guerras. Pero son misiles que iluminan esa ciudad donde ya solo se escuchan sirenas y estallidos. La rata de antes acaba de desaparecer por un agujero.

Enseguida terminará el informativo, a las diez empieza «Juego de Tronos». Me levanto de un respingo del sofá al oír el timbre de la puerta y abro al repartidor que trae mi pizza con pepperoni, extra de parmesano y salsa barbacoa.


El forense


EL FORENSE

Los pulmones llenos de agua y espuma, todavía con olor a jabón de bebés. No había moratones en cuello o cara. Concluí la autopsia: ahogamiento sin violencia. Una distracción de la madre, que se entretuvo, según el informe, contestando un whatssap.
Nacer, morir.
Cuando disecciono cadáveres de niños no puedo evitar imaginarlos gateando en pijama, bajando el tobogán, metiendo goles en el patio, afeitándose los cuatro pelos de la barba, cogiendo olas con sus tablas, enamorándose por primera vez.
No crecer.
Esa noche Laura me anunció, dichosa, que estaba embarazada. La abracé, llorando. Ella pensó que era de felicidad.


El protector


EL PROTECTOR
                                                    

«Niños, hoy mejor vamos a colorear el mapa; al parque de atracciones iremos mañana», nos decía a los más pequeños aquel hombre fijando su mirada en el suelo encharcado. O «¡fijaos, alguien recibirá esta noche la visita del Ratoncito Pérez!», aplaudía mientras atravesaba el campamento alguna rata. Siempre andaba inventándose cosas, y siempre con una sonrisa en la cara. Algunos, malhumorados, le pedían que se callase, que no nos molestara, pero a mí me fascinaba aquel desconocido que aseguraba oír, más allá de sollozos y lamentos, el trino del petirrojo y el crujido de las ramas; o distinguir, a través de la nube de pólvora que cubría el cielo, la noche estrellada.

Aquella tarde la tormenta desbordó el pozo negro y las aguas fecales inundaron nuestro barracón. Entonces me acurruqué en la litera, cerré fuerte los ojos y concentrándome mucho pude percibir el olor a tierra mojada.


El regalo


EL REGALO

Una caja de témperas envuelta en papel charol, con un lazo fuera. Ella apartó a un lado el paquete y sirvió la sopa.
Esta misma tarde lo devuelves dijo, tragando saliva.
Es tu cumpleaños protestó él, débilmente—. Quiero que vuelvas a pintar, quiero verte contenta.
¿Cuándo? ¿Después de fregar portales, de atender viejos de noche, de remendar ropa al vecindario? ¿Con qué lo pagaste, con el dinero del terapeuta?
Tenía razón. Desde lo del ictus, la pobre no paraba.
Me encontré un billete en la calle mintió.
Ella recogió en silencio la mesa; él se dirigió cojeando al balcón.

El samaritano


EL SAMARITANO

Pesaban muy poco, pero aplastaban sueños. Más o menos esto decía la teoría del caos: que si una mariposa aleteaba al otro lado del mundo, un bróker arruinado podía saltar de lo alto de un rascacielos en Wall Street; o quemársele el pavo a una familia en Michigan; o un adolescente frustrado agitar el frasco de pastillas de su madre, girarlo entre sus dedos abriéndolo, cerrándolo… Así que al ver aquella mariposa atrapada en la telaraña, batiendo sus alas enloquecida, me quedé pensando si ya se habría tomado el chico los ansiolíticos y, por si llegaban a tiempo de hacerle un lavado de estómago, decidí pisotearla.






El sheriff


EL SHERIFF

Tardaría en encontrar la llave que necesitaba, husmearía a través de la mirilla, rozaría con el dedo la cerradura buscando la manera de abrirla, sin dar con ella. A hurtadillas intentaría forzarla con una ganzúa, consiguiendo solo hacer una muesca en la madera. Pero él nunca tiraba la toalla: abriría la puerta y entraría con su revólver y su estrella. Sabía que aquel era un nido de forajidos, aunque no tuviese pruebas.
Y solo ante el peligro se plantó frente a ella y la echó abajo de una patada. La suya no sería una ciudad sin ley, que todo el mundo lo supiera.

En un segundo


EN UN SEGUNDO

No se saca las manos de los bolsillos hasta que no sale del ambulatorio; ni con lejía consigue quitar la roña de las uñas. Le da apuro enseñarlas, ya ves. En la farmacia, igual: guarda rápidamente los antibióticos y después, en vez de irse derechito a la cama, como ha insistido el doctor, se encamina al taller. No puede dejar tirada a la clientela otro día. En un rato vendrá el panadero, le urge cambiar los neumáticos de la furgoneta. Estuvo ayer, pero encontró la persiana bajada.
Mientras le espera, piensa en su hijo. Es buen chico, aunque un poco mandria, qué le vamos a hacer. Hoy está castigado sin salir, alguna habrá liado. Le gustaría que estudiase una carrera, que encontrara un buen empleo, que no fuera siempre lleno de lamparones, como él. Abogado, por ejemplo. Con traje y corbata, eso es.
Sí, estaría bien. Pero ¿y si cuando el niño le ve alejarse calle abajo coge la pelota y sale corriendo hacia la plaza a jugar y cruza sin mirar y el panadero derrapa en un charco y pierde el control del vehículo y le estampa contra una pared?
Un milagro que finalmente todo quedara en un susto.



Evolución


EVOLUCIÓN

Ya se las apañarían para pagar las facturas de la luz y el gas, la hipoteca, los plazos del Audi, las cuotas del gimnasio, los recibos del fisio y las vacunas del galgo. Todo a su momento. Por ahora, dejaban que los días discurriesen plácidamente buscando cangrejos en la orilla, chapoteando en las aguas cristalinas de la playa, despiojándose, copulando sobre la arena fina y blanca… Pero también, qué pesadez, esquivando a sus vecinos los progres, que les lanzaban piedras y palos y les insultaban por comer carne cruda y no llevar taparrabos.

Fin de semana


FIN DE SEMANA

Con los pies a remojo mientras pescaban, jugando a las palas, tomando unas cañas bien frías con una ración de gambas al ajillo, ¿acaso se podía pedir más? Sí, darse un baño refrescante y después meterse mano en la toalla. Caminaban hacia la orilla cuando vieron un grupo de gente arremolinada: unos grababan con sus móviles, otros aseguraban que era la segunda vez este mes. «Pretenden llegar en botes de goma… y luego pasa lo que pasa» les oyeron decir. «A santo de qué nos va a jorobar nadie el fin de semana», pensaban mientras recogían y se alejaban con la sombrilla a clavarla más allá.

Expectativas


EXPECTATIVAS

Pesaban muy poco, pero aplastaban sueños. Palabras livianas como gotas de rocío al principio, pegajosas como telas de araña después, le habían acosado desde pequeño hasta que terminó el Bachillerato. Ese verano no le dejaron en paz ni un momento. Incansables, le persiguieron por su habitación, chocando contra paredes y estanterías, despreciando sus acuarelas y carboncillos, recordándole que «de la pintura viven cuatro; el resto, unos fracasados». Sin argumentos para enfrentarse, rendido, cansado, cogió un bolígrafo y garabateó la solicitud de plaza en Económicas. Sus padres respiraron complacidos: ya le tenían enfilado.



Fetiche


FETICHE

Fue verla entrar por la puerta y caer rendido a sus pies. Al principio metafóricamente, claro. Se llamaba Vanessa. No le pregunté el nombre, qué va. Fue la vieja que iba con ella quien refunfuñó:
—Tacones ni de coña, Vanessa, que pareces un pato mareao con ellos.
Vanessa, Vanessa, paladeé. Anduvo merodeando por las estanterías, cambiando de sitio los zapatos, revolviéndolo todo, y yo detrás, ordenándolo otra vez. ¡Ay, Vanessa, reina mía! En cuanto se hubo decidido, se giró y dijo «eh, tú» y yo acudí presto y feliz a su lado. Después no sé qué pasó, porque nada más entrar en su campo magnético perdí la noción del espacio y el tiempo. Un trance delicioso. Recuerdo ofrecerle una silla, arrodillarme, quitarle una chancla, sujetarle delicadamente el tobillo y deslizar en su piececito, cual Cenicienta, una sandalia de charol negro. Lo siguiente fue despertar de un zapatazo en la sien.
—¡Mamaaa, este tío asqueroso me está chupando el pinrel! —gritaba mi diosa.
Y la bruja, con mirada asesina:
—¡Tú eres gilipollas o qué!
Y tirando de mi Vanessa, Vanessa, salió dando un portazo
Después, lo de siempre. Carta de despido y vuelta a buscar empleo en otra zapatería.

Google maps


GOOGLE MAPS

Los dejaremos entrar. Olvidaos de las lanzas, es inútil: nos han localizado. Sacad de las cabañas a los bebés para que los achuchen y restrieguen las legañas. Que los jóvenes entonen nuestros cánticos y dancen al son del tan-tan. Mostradles las herramientas de hueso, las tiras de anaconda secadas al sol, el pozo de adobe. Permitidles, también, que manoseen a los ancianos desdentados. Pero ante todo no poséis para las fotos ni miréis a las cámaras. En cuanto se marchen, pondremos el asunto de las almas robadas en manos de nuestros abogados. Qué se pensaban.


Gordito relleno


GORDITO RELLENO

Al poco de enamorarme de Piluchi, la de la confitería, engordé un poquitín. «¡Pareces un chonuco, me decía con cariño mamá. Por las mañanas me comía dos palmeras de chocolate; después del almuerzo, un helado de tres bolas; y por las tardes una caja enterita de pastas. Con mucha pena, tuve que abandonar el cortejo cuando se me disparó el colesterol. De la última vez que pasé a verla recuerdo que me llevé puesto lo único que me subía hasta la cintura: la malla morada de licra de hacer pilates mamá. ¡Qué delicia de chiquilla! Imposible olvidarse de sus carcajadas cristalinas, de su risa angelical.


Juez y parte


JUEZ Y PARTE

La fotografía grapada al informe «Atraco a farmacia» mostraba un individuo joven, con greñas, ceñudo, desdentado. Notó un repentino temblor en las manos. «Culpable», sentenció, «ni juicio ni leches». Según su baremo, a esos piojosos les venía muy bien pasarse una temporadita en chirona: cama gratis, comida caliente y metadona a tutiplén.
Se levantó del butacón para desentumecerse junto a la ventana. Enfrente, un columpio vacío se mecía al ritmo de la hojarasca azuzada por el viento. ¿Cuándo había perdido la custodia de Diego? Ah, sí, en el 98, cuando ganó la Sánchez Vicario el Roland Garros. Era un mocoso aún, y la madre una histérica que solo a hostias le dejaba ver tranquilo la tele. Pero ¿por qué había renegado el miserable de su apellido?
Minutos antes de la vista, sacó una petaca y dio un largo trago; le faltaba coraje para enfrentarse a la mirada de aquel desgraciado.

La caja tonta


LA CAJA TONTA

Para cuando el ascensor llegó a su piso, él ya se había aflojado la corbata y soltado el cinturón, y ella llevaba el sujetador de bandolera. Al apartamento entraron hechos un manojo de piernas, brazos y lenguas. Él la puso de cara a la pared, sujetándola por las muñecas, y empezó a lamerle la oreja. Ella gimió empujándole con el culo hacia la ventana, susurrándole «nos van a ver los vecinos», notando al mismo tiempo su erección. Él le quitó las bragas, ella le bajó la cremallera del pantalón. Él se dejó caer en el sofá, ella se sentó encima en cuclillas… hasta que uno de los dos se apoyó en el mando de la tele y ambos perdieron la concentración al oír la voz del presentador, que preguntaba cuál era el nombre del río más caudaloso de Australia. Seis letras.

La frontera


LA FRONTERA

Su padre también le dejaba conducir la furgoneta cuando patrullaban por la alambrada. Tenía casi dieciséis años, pronto se sacaría el carné, y aquel verano le acompañó varias veces al desierto. Allí practicaban el tiro contra una lata vacía o dormitaban a la sombra de una roca. Si había suerte, su viejo le permitía rematar a algún frijolero despellejado por el sol, o manosear a alguna chamaquita aterrorizada antes de esposarla y subirla al remolque.
Se creía un hombre, pero en la comida de Acción de Gracias tuvo que bajar la cabeza cuando su padre le avergonzó por trinchar el pavo antes de terminar de bendecir la mesa.



La otra


LA OTRA

Era nuestro sueño: amarnos allí, al pie de los cocoteros de la playa donde nos conocimos. Aquello era el paraíso: aguas cristalinas, arenas blancas. Llevaría puesto el vestido de organdí, sin nada debajo; sujetaría la pamela que la brisa intentaría robarme y arrebolada le diría que sí, a todo. Como para no suspirar por aquel mulato de ojos verdes. Pero todo se complicó cuando el airecillo se transformó en huracán, el mar comenzó a encabritarse y una ola enorme se tragó a Yefferson.
¡Ay, pobre! ¿Se ahogó?
Es una metáfora, nena. Nos pilló la novia. No veas la tía qué gritos…

La solución


LA SOLUCIÓN

Hablar de muertos vivientes alrededor de una mesa con velas en el sótano de Bruce les parecía divertidísimo. Cómo se reían si alguno daba un respingo al sentir un roce en el pelo. Aunque lo más de lo más era preguntar el futuro a la ouija. Que quién de ellos moriría primero, querían saber. Sí, mucha bromita, mucho jaja jijí, pero cuando el vaso llegó a la letra «b» y un soplo de aire frío apagó las mechas, Bruce anunció, tembloroso, que se terminaba el juego.
Días después Billy se estrellaba con su bici contra un árbol. Parece que iba sin cable de frenos.


Vuela


VUELA

Fue un presentimiento desgarrador, una dentellada en el alma. Me temblaba todo el cuerpo ¡pero te hacía tanta ilusión! Con la nota de Selectividad te daba para matricularte en Medicina, tu sueño de siempre. Pensabas irte de Interrail con tus amigos y estar de vuelta en agosto, para ver las lágrimas de San Lorenzo y pedir juntos mi deseo. El tuyo lo habíamos adelantado dos meses. La maldita moto.
Ahora pediré sola el mío: que partas ya, hijo querido. Y no temas, no tengas miedo, porque no soltaré tu mano hasta estar segura de que emprendiste el vuelo.


Lunes


LUNES


Dio un sorbo a la taza y miró con apatía a su alrededor. Se sentía como un payaso de sonrisa amarga rodeado por unos clones de blanco, negro y gris, que entraban y salían, venían y marchaban, con prisas, sin ganas.
La cafetería le parecía un circo aburrido, los clientes y sus chácharas una pantomima siempre igual: «Buenos días a todos menos a uno» —repetía cada mañana el más bufón, sin ninguna gracia—; «café solo con sacarina»; «para mí descafeinado de máquina con un chorrito de leche templada»; «un capuchino con bebida de soja en vaso alto de cristal». Pero no tenía ni una varita ni una chistera para hacerse desaparecer, ¡voilà!
Con cada trago de café evocaba su sensacional partido de pádel del sábado; la noche de acrobacias y pasión entre las piernas de Wendy; o el domingo mágico en el sofá leyendo a Dan Brown con música de Coldplay y Pearl Jam.
—¡Jeremy! —le sobresaltó la voz avinagrada del encargado—. Espabila, que empieza ya la función: vete poniéndote el uniforme, recoge las mesas, rellena los servilleteros, cambia el barril…
Y cual funambulista sobre una cuerda floja entró, renqueante, en el primer día de la semana.


Manzanas


MANZANAS

Hablar de muertos vivientes, del hombre del saco, de la sombra que acecha en el callejón. Eso hacía mi abuela para atemorizarme de pequeña, por eso apenas salía sola. «Desapariciones de niños», oía decir en la tienda. Al colegio me traía y llevaba, cogida de la mano, clavándome sus uñas llenas de tierra, y nunca iba a jugar al parque ni a ningún otro lugar. Después, con los años, me dediqué al huerto y casi ni me movía de casa. Y ahora que ella ya no está no me alejo demasiado para vigilar a los ladronzuelos que trepan la tapia para robar nuestras manzanas.


Novel


NOVEL


Todo le hacía gracia al puñetero, la verdad es que lo pasábamos genial. En cuanto me veía acercarme a su cuna se olvidaba de que le estaban saliendo los dientes y se echaba a reír. Noche tras noche, procuraba cerrar la puerta de su cuarto para no despertar al resto de la casa con sus carcajadas.
Tenía una risa contagiosa. Yo me tapaba la nariz y apretaba fuerte los labios hasta casi ahogarme, no fuera que alguien me oyese. Si lo sacaba del edredón para volar por el techo chillaba y pataleaba como un condenado, era lo que más le divertía; si me daba por girar la cabeza hacia atrás se partía de la risa; y palmoteaba y hacía gorgoritos cuando me ponía bizco y sacaba la lengua. Después, agotado de tanto jolgorio, solía quedarse dormido y yo regresaba a esconderme dentro del armario.
«A ver cuándo te dejas de memeces y empiezas a trabajar en serio» me reprochaba a mí mismo algunas noches, mientras recogía la víscera del suelo y volvía a ponérmela en la boca. Esas noches, evitaba mirar el reflejo en la ventana de una cara peluda y unas orejas gachas.

Precoz


PRECOZ

—¡Prefiero las ratas voladoras! berreaba el niño, pataleando y dando puñetazos a la madre.
Es el más feo de todos… suspiraba ella mientras pagaba el murciélago en caja. Esa noche, el pequeño se acostó abrazado al peluche. Cuando fue a despertarlo por la mañana lo encontró dormido dentro de un cajón que había vaciado. Dos hilillos de sangre le rodaban desde la comisura de los labios. En la jaula descubrió el cuerpo del hámster tieso como la mojama.
Entonces sintió hundirse el suelo bajo sus pies al recordar la advertencia de sus amigas cuando compró aquellos frascos de semen en una web rumana.


Salto de página


SALTO DE PÁGINA

Bucear en el lago que había al lado de la casa con Tom Sawyer y su pandilla, ¿qué mejor plan para una tarde lluviosa de agosto? Columpiarse en el neumático que colgaba de una rama del sauce del jardín, beber limonada en el porche, si tía Polly estaba de humor ese día, y luego ir a robar manzanas al huerto del vecino. Pero antes de ser descubierto, remontar a grandes brazadas el Mississippi, avanzar unas cuantas páginas y, quién sabe, quizás aparecer a bordo de un barco junto al capitán Ahab oteando el horizonte en busca de una ballena blanca.