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sábado, 12 de marzo de 2016

Regreso a la base

REGRESO A LA BASE

Me hacía mucha ilusión ser abducida y para ir aclimatándome me apunté a un cursillo preparatorio al espacio.
En la cámara antigravedad me mareé dando volteretas y se me indigestó el liofilizado de pollo al curry, que encima no sabía a nada. Pero lo peor fue en la cabina de la nave. Estrechísima. Nada más entrar se bloqueó con un click la puerta y me agobié. Enseguida noté que me estaba dando un sofocón de los gordos. Hasta las orejas me ardían.
«Cuando estés estresada, respira con el abdomen», solía decirme el monitor de yoga. «Inspira cinco segundos, mantén el aire otros cinco, expira…». Pues tan fácil no será, porque me puse a hiperventilar y se me nubló la vista. Metí la mano en el bolso y busqué la cartera, pero nada. Estaba empezando a ponerme muy nerviosa. Al final la encontré, menos mal. Siempre llevo dentro unas pastillas de Lexatin. Me tragué dos. Como tardan unos minutos en hacer efecto, volví a lo de la respiración: inspira, cuenta hasta tres, ¿o era hasta seis? Uf, qué rato más horroroso pasé.

Entonces decidí dejarme de líos platónicos y hacer más caso a mi Pepe, que le salían riquísimas las paellas.

La familia y uno más

LA FAMILIA Y UNO MÁS


Papá, papaaá… ¿Falta mucho? repite aburrido Alex mientras golpea con un muñeco articulado la cabeza de su hermana, que no para de gimotear y quejarse a su madre. Pero esta no le hace el menor caso porque va parloteando de esto y aquello sin dejar de mover el dial de la radio hasta detenerlo en una emisora donde esa mañana, vaya por Dios, dedican el programa a repasar los éxitos musicales del cantante Joselito, El pequeño ruiseñor.
Al intentar aplastar una mosca, la mujer da un manotazo al mando del limpiaparabrisas que se pone a girar frenéticamente de un lado para otro embadurnando con cagadas de paloma y barro la luna delantera justo en el preciso momento en que están adelantando a dos ciclistas.
Veinte interminables minutos después, el GPS anuncia el final del trayecto. Con las piernas temblorosas y la camisa empapada en sudor, Ramón se apea del coche. El examinador abre una de las puertas traseras y se baja también.
—Enhorabuena, Ramón le felicita dándole unas palmaditas en la espalda, ha aprobado usted el carné de conducir. Algunos días nadie consigue superar la prueba práctica. Por curiosidad, dígame, ¿tiene usted hijos?