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domingo, 30 de abril de 2017

La soledad de las cosas

LA SOLEDAD DE LAS COSAS


Siempre le había fascinado la pequeña tienda del final de la calle por la que pasaba cada martes, un poco antes de las diez, para acudir a su cita con el psiquiatra.
Aquella mañana de finales de abril amaneció soleada, aunque el parte meteorológico pronosticaba una jornada lluviosa. «La borrasca atravesará toda la cornisa cantábrica», repetía a cada momento el reloj-despertador, que iba de una emisora a otra mientras Ramón se desperezaba entre las sábanas. 
Cuando subió la persiana de su dormitorio, no vio ninguna nube que amenazara tormenta. «Nunca aciertan», pensó mientras sacaba del armario un pantalón beige, una camisa blanca de algodón y unos mocasines. Entró en el despacho para coger la americana del respaldo de la silla y miró luctuoso a la Remington, su vieja máquina de escribir, que acumulaba polvo sobre la mesa. Desde que un año atrás a su esposa le diagnosticaran un linfoma, no había vuelto a escribir en ella.
En la entrada se tropezó con el paraguas, que le esperaba junto a la puerta. Pero no le apetecía cargar a lo tonto con él y lo metió de vuelta en el paragüero. Al hacerlo, le pareció oír un ggrrr. Cerró la puerta de casa, se metió en el ascensor y salió a la calle.
Antes de entrar en la consulta del doctor, Ramón se entretuvo unos instantes frente al escaparate de la tienda. Le apasionaba contemplar el batiburrillo de objetos que allí se amontonaban: una muñeca de porcelana con su camisita y su canesú a juego, libros viejos con las hojas y tapas amarillentas, un clavicordio, un gramófono, un juego de té, más libros… Y dos maniquíes: uno de mujer vestido con una falda y una blusa de lino floreadas, aunque algo descoloridas; y otro de hombre, con unos vaqueros desgastados y unas zapatillas de deporte.
A Ramón le encantaban las tiendas de segunda mano. Los objetos que habían pertenecido a otras personas cobraban para él un encanto especial. En su casa, tenía varios cachivaches adquiridos en mercadillos y tiendas de antigüedades. Echó una mirada a su reloj de pulsera y se apresuró al consultorio, que estaba a la vuelta de la esquina. «¿A qué hora la abrirán? —se preguntó mientras pulsaba el timbre del primer piso—. Qué pena, siempre está cerrada».
—¿Qué tal le va con las nuevas pastillas, Ramón? —le preguntó el psiquiatra, señalándole el diván para que se tumbara mientras iba garabateando cosas en una libreta. A Ramón le pareció que las gafas del doctor resbalaban por su nariz hasta casi caerse y luego volvían a ajustarse en su lugar. Pero no comentó nada.
—Estupendamente, doctor.
Odiaba mentir. Pero con los años se había especializado. Desde bien joven sabía que de «esas cosas» no convenía hablar. Aún recordaba el disgusto que se había llevado su madre cuando le contó que las canastas que lanzaba sin puntería se encestaban solas, o que las ecuaciones de segundo grado se resolvían en cuanto las ignorabas («se hacen las interesantes, mamá, pero les gusta quedar sin borrones en el cuaderno»). Aquellos delirios del muchacho habían desbordado a sus padres, que tras consultar con varios médicos, decidieron ingresarlo en un hospital horrible, con paredes acolchadas y olor a lejía y alcanfor, de donde regresó unas semanas más tarde con la firme determinación de no volver a pisar nunca más un lugar así. Había aprendido la lección.
—¿Ha dejado de afeitarse con maquinillas desechables? —comenzó a preguntarle el doctor.
—Sí, desde luego. Solo utilizo la eléctrica, como me aconsejó.
—¿Y lo de dejar velas encendidas por la casa…?
—Eso se acabó, doctor. Además, ahora me molesta el olor a cera quemada.
—Y por las noches, ¿se acuerda de cerrar todas las ventanas?
—Y bajo las persianas, también. La alfombra del salón no ha vuelto a salir … —Ramón se detuvo y rectificó a tiempo—; no ha vuelto a llenarse de polvo. Mucho mejor, así tengo menos que limpiar.
Miró de reojo al médico, que en ese momento disimulaba un bostezo mientras seguía escribiendo en la libreta, y respiró aliviado al no percibir en su rostro ninguna mirada suspicaz.
Ramón respondía a todo en tono distendido. Le caía bien aquel hombre; amigos no eran, aunque se conocían desde hacía casi un año. Había comenzado la terapia para tranquilizar a Lorenzo, su hijo. Trabajaba como anestesista en una clínica y le había convencido para que visitara al doctor Simons, colega suyo de la facultad.
—Él podrá ayudarte, papá, es un buen profesional —le había insistido ante su negativa a que le tratara ningún matasanos—. Porque como sigas asustando a los vecinos con contenedores de basura que engullen los gatos desaparecidos en el barrio o semáforos que se compadecen de los cojos y tardan más en cambiar, te denunciarán y terminarás ingresado en un centro de salud mental. Y Laura y yo no queremos eso. Lo que nos gustaría es que vieses crecer a tus nietos. Por favor te lo pido, papá: tienes que seguir un tratamiento y dejar de inventarte historias. Desde que murió mamá estás muy descentrado. Nunca te había visto así.
«Tiene razón», reflexionó. Desde aquel episodio de su infancia, no había hablado con nadie de «esas cosas». Pero al fallecer su esposa había vuelto a interactuar a todas horas con los objetos que le rodeaban. Como cuando era niño.
Ramón dio su brazo a torcer y aceptó. ¿Cómo iba a perderse ver crecer a sus dos nietos? De lunes a viernes lo único que le empujaba a levantarse de la cama era llevar a Celia y Juan a la escuela por la mañana y por la tarde, cuando salían, a los columpios hasta que su nuera salía de trabajar.
Desde entonces los martes, después de dejarlos en la puerta del colegio, acudía a tumbarse en aquel diván y contarle al sujeto de la bata blanca lo que este deseaba oír.
—Parece que todo está en orden, Ramón —se levantó el médico acompañándole a la puerta—, pero no deje de tomar la medicación —añadió extendiéndole una receta—. Por cierto —recordó de pronto—. ¿Cómo va con sus cuentos? ¿Ha conseguido escribir algo?
—Eso lo tengo un poco abandonado, la verdad —se sinceró por primera vez—. Desde lo de mi mujer, no he vuelto a sentarme frente a la máquina de escribir. Aunque las ideas andan revoloteando por ahí, en mi cabeza.
—Pues le animo a que se ponga a ello. Si es la ilusión de su vida, como me comentó, debería comenzar cuanto antes. Ahora que está jubilado es el momento perfecto. Tenga, llévese este taco de folios —dijo ofreciéndole un paquete de cuartillas—. Yo ya no los necesito —señaló al ordenador—. Ahora todo se envía por e-mail.
—Sí, tiene usted razón. Muchas gracias por el consejo.
—Bueno —se despidió el doctor dándole un apretón de manos—, hasta la próxima semana. Cuídese.
Cuando salió a la calle llovía a mares. Entró a la farmacia a canjear la receta por un frasco de pastillas y se lamentó de no haber cogido el paraguas. Llegaría calado a casa. Comenzó a caminar pegado a la fachada del edificio y cuando dobló la esquina le sorprendió muy gratamente ver abierta la tienda de segunda mano. «¡Por fin, qué bien!», se dijo ilusionado.
Lo primero que le llamó la atención nada más entrar fue la música de fondo. Era un sonido antiquísimo, nunca había escuchado nada igual. Luego se fijó en los dos maniquíes, que lucían ahora sendos impermeables y unos gorritos de agua. ¡Pero si solo hacía un rato que había comenzado a llover!
Buscó con la mirada en derredor, pero no vio a nadie. De pronto, sintió un movimiento hacia el fondo del escaparate, donde estaba el clavicordio. Su mirada se posó sobre las teclas que se presionaban solas justo en el momento en que una anciana apoyada en un bastón bajaba la tapa. La música dejó de sonar.
—Buenos días, señora —saludó educadamente—. Verá, todas las semanas paso por delante de su tienda y hoy es la primera vez que me la encuentro abierta. Tiene usted unas cosas muy bonitas. ¿Le importa que me quede un rato a curiosear, mientras deja de llover? Es que he salido de casa sin paraguas.
—Por supuesto, por supuesto —respondió risueña la viejecilla. Calculó que no tendría menos de noventa años—. Solo abro por las tardes, sabe usted; pero hoy he recibido un pedido especial —dijo señalando una caja de cartón llena de sellos que reposaba encima del mostrador.
Ramón asintió. Luego se acercó con curiosidad a los maniquíes. Los examinó. No solo tenían puestos los dos impermeables, sino que llevaban debajo unos polos de cuello alto y calzaban botas de goma en lugar de las sandalias y las deportivas de hacía una hora.
—Se conserva usted de maravilla, señora  —dijo en tono amable.
—Oh, eso intento —se sonrojó esta—. A las ocho cuando cierro, y antes de subir las escaleras —señaló con el bastón unos escalones que separaban la estancia de su vivienda—, me acerco hasta el contenedor de ahí —miró hacia la acera— a tirar la basura. ¿Por qué lo dice?
—Bueno, ha cambiado usted la ropa de los maniquíes en un santiamén. Hace una hora me fijé que iban con atuendo de primavera.
La mujer miró hacia el suelo. Parecía incómoda.
—Y también la he oído tocar el clavicordio… —Ramón dudó antes de seguir—. ¿O era un disco lo que sonaba?
Ella le miró a los ojos. Dulce, fijamente.
—Es usted muy observador. ¿De veras le pareció oír el clavicordio?
Él le mantuvo la mirada y sintió que le desnudaba por dentro. En ese momento supo que no debía mentir.
—Vi —confesó, pronunciando muy despacio las palabras— que las teclas se movían solas. Eso es lo que vi.
La vieja se removió en su sitio, inquieta. Con la mano que tenía libre, se ató y desató un botón de la chaqueta, estiró con el puño la manga, la metió y volvió a sacar del bolsillo de la rebeca. Entonces, apoyando todo el peso de su cuerpo sobre el bastón, se dejó caer en una mecedora, infinitamente cansada.
—No se asuste, señora. Lleva toda la vida ocurriéndome. Mis padres pensaban que estaba chalado y ahora es mi hijo quien lo cree. Por eso voy al psiquiatra de aquí al lado. —Nunca antes se había sentido tan esponjado, tan ligero, tan feliz. ¡No era el único al que le pasaban «esas cosas»!
La vieja le miró. Tenían un brillo travieso sus ojos turquesa. Las arrugas que surcaban su rostro se habían suavizado.
—¿De verdad lleva toda la vida ocurriéndole? —le preguntó señalándole una silla para que se sentara y ofreciéndole una taza de té.
—Sí, señora.
Ella revolvió un azucarillo negro que había puesto en el suyo y continuó.
—Los maniquíes se cambian ellos solos la ropa. Son muy frioleros, sobre todo él. Ella es más presumida. A veces la verá usted en tirantes en pleno invierno.
Ramón se soltó. Como nunca antes se hubiera atrevido. Le contó que en ocasiones, cuando estaba al borde de las lágrimas recordando a su mujer, el tocadiscos se ponía a girar con un disco —que él no había dejado allí— de Astor Piazzola. Esa música le relajaba mucho; que cuando se despertaba empapado en sudor por culpa de una pesadilla —desde niño tenía pánico a la oscuridad—, la casa aparecía completamente iluminada con velas (aunque una vez tuvieron que venir los bomberos avisados por una vecina por un pequeño incendio en el tapete de la mesita de la entrada); que cerraba las ventanas por las noches porque un domingo que madrugó había pillado a la alfombra del salón llegando a las tantas con sus gafas encima; para colmo apestando a alcohol y con el sello de una discoteca en los cristales. 
Le comentó, también, que su máquina de escribir debía estar oxidada, pues hacía tiempo que no daba señales de vida.
Estuvieron intercambiándose anécdotas sobre los objetos que les rodeaban hasta que Ramón oyó que a la señora le rugían las tripas. El reloj de cuco que colgaba de la pared marcaba la una y veinte. Ramón carraspeó y se levantó de la silla. Extendió la mano a la mujer, que ayudada por él hizo otro tanto. Ella se dirigió al mostrador, rasgó con un estilete la caja de cartón y sacó una latita de bronce.
—Es un aceite especial, me lo envían de muy lejos —dijo guiñándole un ojo—. Desatasca cualquier aparato. Tenga, para su máquina de escribir. No, no me pague ahora. Antes pruébelo.
Ramón prometió volver y contarle cómo le había ido. La anciana le acompañó hasta la puerta y se despidió agitando la mano mientras se alejaba por la calle en dirección a su casa. Seguía lloviendo. Llevaba en un bolsillo de la americana el frasco de pastillas, en otro la latita de aceite y en la mano el taco de folios que le había regalado el doctor Simons. 
Caminaba muy animado, liviano; ni notaba el agua de la lluvia que le iba empapando. Cuando estuvo a unos metros de su edificio, el llavero salió del bolsillo de su pantalón, se le adelantó y le abrió el portal, y luego la puerta del piso. Ramón dejó los folios junto a la máquina de escribir y roció el carro de la Remington con unas gotitas de aceite. Lo siguiente que hizo fue tirar el frasco de pastillas en el cubo de la basura, como hacía todos los martes. 
Tras cambiarse de ropa y calentar en el microondas una sopa de fideos, Ramón se sentó en la butaca con un vaso de vodka, para celebrar aquel extraordinario encuentro, y puso un disco de Astor Piazzola. Como no estaba acostumbrado a beber, le entró un agradable sopor y enseguida se quedó dormido.
Una hora más tarde, mientras se espabilaba de la siesta para ir a buscar a los niños, vio desde la sala que sus gafas —las mismas que algunos sábados se iban de jarana— se movían en el aire, de izquierda a derecha, a escasos centímetros de la máquina de escribir. Las teclas de la vieja Remington subían y bajaban, golpeando rítmicamente el folio que había en el carro. Se acercó sin hacer ruido y miró por encima de ellas. Sus ojos se humedecieron y una sonrisa iluminó su rostro mientras leía la primera frase:
«Siempre le había fascinado la pequeña tienda del final de la calle…».





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