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domingo, 4 de marzo de 2012

Tres por dos


TRES POR DOS

Tendría yo unos veinte años cuando aprobé las oposiciones y decidí independizarme. Mi hermana pequeña se quedó encantada con la habitación entera para ella sola y mis padres me ayudaron a amueblar el piso nuevo. Había llegado el momento de demostrar que podía valerme por mí misma y aunque no tenía ni idea de cocinar, ni de hacer la compra, ni del precio de las cosas, ni de nada, me daba igual: ya lo iría aprendiendo.
Unos meses después me di cuenta de que no podía vivir solo de latas, espaguetis y tortillas, así que un sábado me acerqué hasta el mercado de la ciudad donde solían gastar mi madre y mi abuela. Los puestos de frutas y verduras estaban ordenados en hileras en la calle y los de carne y pescado dentro del edificio, a la sombra, para preservarlos del calor. Me quedé maravillada de la gran variedad de nombres que tenían algunas frutas; de las berzas colgadas en las esquinas de los tenderetes; de las legumbres de todos los colores en saquitos para ser vendidas a granel. El trajín de las mujeres con sus carros llenos de bolsas, el vocerío del género, el olor a cebollas tiernas y quesos… Me sentí inmersa en un mundo lleno de vida que hasta entonces no conocía.
Mientras disfrutaba del paisaje y decidía qué iba a comprar—no llevaba una lista con lo necesario—  me quedé parada a la altura de un puesto de lechugas. Me llamó mucho la atención lo grandes que eran, pero no recuerdo haber pronunciado palabra.
—¡¡¡Niña, aprovéchate, que por el precio de dos te llevas tres!!! Y con una habilidad pasmosa para su envergadura, la mujer no había terminado la frase y ya me había colocado en la mano una bolsa con tres lechugas enormes. No supe negarme, no protesté. La bolsa estaba en mi mano, ¿cómo se la iba a devolver? No me pareció apropiado hacerle un desprecio, quizá era una de esas ofertas que no se podían rechazar…
Esta sencilla lección de economía quedó grabada a fuego en mi memoria. Terminé mis compras y acabé llevando doscientos gramos de jamón York que pesaron trescientos cincuenta, «guapina, se puede congelar, eh», casi dos kilos de naranjas (solo había pedido uno) y no sé qué más. «Hay que ver el remango que tienen en este sitio», pensé abrumada, «creo que me han visto cara de pardilla». Cuando llegué a casa rendida por el peso miré con cariño la tienda que hay justo debajo. Con cierto desasosiego me dejé caer en una silla de la cocina y contemplé abatida las bolsas. Tenía la sensación de que me habían estafado. ¿Qué voy a hacer con tanta lechuga? Se me ocurrió organizar una cena con los amigos a base de ensaladas, pero enseguida descarté la idea, pues en las reuniones solíamos tirar más de embutidos, quesos y pinchos. Se habrían extrañado, me habrían acosado a preguntas incómodas y habría tenido que reconocer mi torpeza, y no. También pensé en montar una granja de conejos, pero tampoco era viable, porque vivo en un segundo sin terraza.
Así que tuve que asumirlo: resolvería el problema verde yo sola. Durante los siguientes días me estuve alimentando de ensaladas y sándwiches vegetales, bien rellenos de hojas de lechuga y doble de jamón York. Pero llegó un momento en que se pusieron tan mustias y negras que ya no había por dónde cogerlas, así que no me quedó otra que tirarlas a la basura. En concreto, dos lechugas y un cuarto acabaron en el cubo: la inversión no había resultado rentable.
Como en esta vida hay que hacer una lectura positiva de todo, aprendí de la experiencia. Desde entonces adquiero solo lo necesario. Ya no pido la fruta por kilos, sino por piezas, y a ser posible las escojo yo; el jamón, por lonchas; no he vuelto a acudir a esos sitios donde atan con una gomita cinco o seis puerros y te los despachan en manojo; siempre voy con la lista hecha y tengo mucho cuidado con las ofertas. Puedo afirmar con orgullo que no tiro nunca nada por haber comprado en exceso.
Me sigue fascinando el bullicio de los mercados y cuando viajo a otras ciudades no dejo de visitarlos, pues siempre me ha parecido que aportan una información muy valiosa de la zona. Los que más me gustan son los de abastos de pescado y los mercadillos de flores. Pero si veo que hay poca clientela me quedo a una distancia prudente y los contemplo desde lejos, no vaya a ser que me pillen despistada y sufra una recaída.

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