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sábado, 27 de octubre de 2012

Citius, altius, fortius


CITIUS, ALTIUS, FORTIUS

Por las páginas del álbum de fotos de Marcos se desliza un dedo tembloroso que acaricia cada una de las estampas: la carita del recién nacido, la sonrisa de dos dientes, sus primeros pasos, el pecoso disfrazado de ovejita…
Después llegaría la bici, el marinero de rodillas peladas, el adolescente respondón. En la última instantánea se frota la vista, evita mirar: su hijo sentado sobre la maldita moto que le compraron a los dieciséis. Y luego, nada. Las tinieblas ocuparon los rincones de la habitación juvenil y no se volvió a sentir la suavidad de la luz ni el sonido de las risas en aquella casa.
No hubo más fotos.
Un año de ingresos, operaciones, recaídas, lágrimas y desesperación. Y por último, el alta: «No se puede hacer más, la lesión es irreversible». Marcos se fue hundiendo en un abismo del que nadie conseguía sacarle. Hasta que un día apareció aquel psicólogo, que logró convencerle de que en la vida hay más opciones, todas igual de válidas. Un desganado Marcos aceptó seguir la terapia y nada más sumergirse en la piscina del hospital sintió que algo estallaba en su interior. 
—Mamá, cuando termine en el instituto estudiaré psicología y seguiré entrenando, dentro de cuatro años participaré en los Juegos Olímpicos, ya lo verás —sonríe el chico mientras enjuga las gotas saladas que caen del rostro de su madre, emborronando sus recuerdos.  Ella  termina de colocar la foto del muchacho saludando con la mano desde su silla de ruedas al borde del agua, listo para zambullirse.
Quedan muchas páginas en blanco en este álbum y está convencida de que, con su determinación, Marcos las  llenará de vida y color.

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