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viernes, 7 de diciembre de 2012

La viuda negra


LA VIUDA NEGRA



Ramona espera bajo la lluvia a que su madre pulse el botón del telefonillo para abrir el portal. Está convencida de que se demora a propósito, siempre lo hace cuando está jarreando. Sube las escaleras y al entrar apenas le roza con sus labios la mejilla. Arrastra sus pasos hasta la cocina cargando con las bolsas de la compra y la farmacia. El pasillo está a oscuras, doña Elvira tiene el hábito del ahorro, «por eso habéis podido estudiar tu hermano y tú, haciendo tu difunto padre y yo tantos sacrificios», le gusta insistir. «Aunque para lo que ha servido…», puntualiza siempre con desprecio.

Deja en la mesa de la cocina las bolsas y  empieza a distribuir por la alacena y el frigorífico los alimentos.

—¡Ramoni, se te han olvidado las magdalenas! —ruta mientras hurga en las bolsas—. Siempre se te olvida algo, no tienes cabeza.

—Madre, recuerde lo que dijo el doctor: nada de azúcar. Es por su salud. Tómese la infusión y las pastillas —dice vigilando de reojo cómo se las traga. Sabe que si no viene ella a dárselas no se las toma—. ¿Qué prefiere hoy para cenar?

—¡Café y magdalenas! —chilla golpeando con la cucharilla la taza— eso es lo que quiero, lo sabes de sobras, no sé por qué preguntas.

Ramona no contesta y empieza a  batir un huevo para hacer una tortilla. Todas las tardes le resultan igual de agotadoras. Cuando termina su jornada como dependienta en una tienda de ropa, va al piso de su madre para arreglar un poco la casa y traer los recados antes de regresar a la suya.

—Esta mañana vino a verme tu hermano. Un encanto, tan guapo, tan bueno. Me trajo unos bombones muy ricos, coge uno —señala hacia la repisa —están ahí.

A Ramona le sacude un mal presagio: su hermano Javier, el ausente, el jeta. Hace como seis meses que no saben nada de él y mejor así, siempre que aparece empiezan los problemas.

—Andará justo de dinero, para variar—. Ramona recuerda el disgusto que se llevó su madre cuando el día de su cumpleaños no recibió la tan ansiada llamada de su hijo predilecto, pero prefiere morderse la lengua. Su madre tiene una memoria selectiva y solo escucha lo que quiere oír.

—Ay, Ramonita, no seas envidiosa, que siempre estás con lo mismo. Javier es un buen chico. Me reí mucho con él, hacia tiempos que no me reía tanto; contigo es distinto, tú eres muy seria —se queja haciendo con los labios un puchero de desamparo—. Además, una anciana impedida como yo siempre se alegra de recibir visitas. Me paso el día sooola y me aburro mucho.

Ramona empuja una silla y se sienta junto a ella. Abre el estuche de esmaltes y limas y comienza a arreglarle las uñas.

—Madre, tiene usted setentaicinco años y no está impedida, puede salir cuando guste; y no, no me venga con esas de que la calle está llena de malhechores que atacan y violan a las ancianas, ve usted demasiada tele. Y si se siente sola es por su culpa, nunca le agradan las chicas que contrato para acompañarla durante el día. Y claro que conmigo es distinto, ¡yo vengo todos los días y él solo asoma cuando le falta dinero!  ¿O acaso no se da usted cuenta? ¿Cuánto le pidió esta vez?

—Pero qué pesetera que me has salido, Ramoncha —le lanza una mirada de reproche—. Decir esas cosas de tu pobre hermano. Si además todo queda en casa, no entiendo por qué te tienes que poner así. Javier está pasando por una mala racha y ya está. Tú siempre pensando en las perras. En la cartera tenía unos billetes, eso le di, pero me prometió que a la siguiente vez me los devolvería; qué desconsiderada eres.

Ramona friega los platos sucios, deja preparada una cafetera de descafeinado para el desayuno y descongela una ración de alubias para el almuerzo. A la cabeza se le viene la imagen de su hermano, aquel niño de rizos rubios y ojos azules que derrochaba desparpajo, convertido ahora en un cuarentón calvo que vivía a costa de sablear a familiares, amigos y conocidos vendiéndoles los distintos productos que desfilaban por sus manos como comercial. Desde luego, la cara dura la seguía teniendo.

—Mírame a ver estos pelitos que me salen del bigote, hija — dice la vieja con su voz más meliflua— que los toco y pinchan.

—Madre, eso mañana. Hoy es miércoles y ya le he hecho la manicura. Mañana nos ponemos con la pinza, hoy no da tiempo a todo, tengo que irme, ya lo sabe.

—Siempre estás con las prisas; en cambio, tu hermano Javier…

Ramona no puede más. Se despide con un  beso acelerado y escapa apresurada a la calle. Una lluvia fina la recibe, se ha olvidado el paraguas arriba y ahí se quedará hasta el día siguiente. Se sube el cuello del abrigo y con los puños apretados en los bolsillos enfila sus pasos calle abajo.



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