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viernes, 7 de diciembre de 2012

El partido


EL PARTIDO

Guillem aparca el coche de cualquier manera en la plaza reservada para minusválidos y corre hacia el portal. La llave se resiste unos instantes en la cerradura. El ascensor no funciona, así que sube las escaleras de dos en dos y entra por fin en su apartamento. Se sienta en el sofá, abre una de las latas de cerveza que trae, coge el mando a distancia del televisor y da al botón de encendido. 
Dos horas antes, a las seis y media, mientras bebía el séptimo café de máquina, casi se ahoga al oír la propuesta de su jefe: pedir en la cafetería de abajo unos pinchos y refrescos y ver todos juntos la final de la liga entre el Barça —su equipo— y el Real Madrid en la sala de reuniones. Don Ignasi era un pelota de tomo y lomo: llevaba todo la mañana y toda la tarde aplaudiendo las sugerencias de los tres ejecutivos venidos de la capital, seguramente pensando en su posible ascenso. Daba pena ver al pobre barrigudo cincuentón besar el suelo que pisaban los tipos aquellos. Desde el momento en que se les presentaron, a Guillem no le habían caído nada bien. La flacidez dando la mano le pareció lo menos parecido a un apretón como dios manda. Y además los veía clónicos: gafas de pasta, trajes oscuros (no se habían quitado la chaqueta) y corbatas de lunares. Hasta la raya de la cabeza la llevaban en el mismo lado y no se les había movido ni un pelo después de tantas horas de trabajo. Pero en un día como hoy le parecían, además, adversarios, pues algún chistecillo desafortunado habían soltado sobre el desenlace del partido que le había hecho hervir la sangre hasta ponerse rojo como un pimiento, disimulando su rabia con un repentino acceso de tos. ¿Un culé como él viendo un partido con sus jefes y rivales? Antes muerto.
Cuando apagaron los ordenadores portátiles, el reloj marcaba las ocho menos diez y faltaban cuarenta minutos para que diera comienzo el partido. La reunión con los directivos de Madrid se había prolongado, daban demasiadas vueltas a los expedientes antes de llegar a alguna conclusión. En la última hora y media, Guillem no había escuchado nada de lo que se decía, intentando pensar en una buena excusa (tenía que resultar creíble, don Ignasi le preguntaba siempre por sus padres, debía inventarse algo sin implicar a los suyos) para largarse de allí como fuera. La camisa la tenía empapada por la espalda y axilas y los cabellos revueltos de tanto pasarse las manos adelante y atrás.
Con una aplicación que se ha descargado en el móvil en una de sus escapadas al lavabo, recibe una llamada ficticia que atiende haciendo aspavientos delante de sus colegas. Ha practicado la comedia mentalmente y no le sale nada mal: es el presidente de su comunidad, que le alerta de una fuga de agua en su piso. Tiene que acudir a cerrar la llave de paso urgentemente.
Se disculpa azorado, ya le habría gustado quedarse, en otra ocasión será. Se despide deseándoles buen viaje de vuelta y se lanza a la calle como un rayo. En cuanto entra en su coche respira hondo, esboza una sonrisa de alivio y mirando su reloj de pulsera, arranca y mete primera, segunda, tercera… Si no le pilla un atasco, en veinte minutos estará en casa. Se para en una gasolinera a comprar unas cervecitas frías, el fútbol sin ellas no es lo mismo. En la caja, se cuela de un matrimonio de unos setenta años con la excusa de que llega tarde a buscar a su hijo a la guardería. La pareja mira las ocho latas que lleva y no dice nada. Vuelve al coche y en la primera rotonda, vaya por dios, tráfico lento. Adelanta por el arcén mientras los otros conductores no paran de tocar el claxon y enfila hacia su barrio. Por el camino se salta una señal de «ceda el paso», lo que provoca que un repartidor de pizzas caiga de la moto al intentar esquivarle. Contrariado, se detiene unos metros más allá, pero al ver por el retrovisor al muchacho incorporarse con la ayuda de unos transeúntes, decide que no necesita su ayuda y continúa su camino. El velocímetro del coche marca 80 km/hora en un tramo en el que la velocidad máxima permitida es de cincuenta, pero él  va pensando en una sola cosa.
Está tan absorto que cuando llega a su barrio no se da cuenta de que las farolas están apagadas y los bares semivacíos o cerrados. En los edificios, todas las ventanas a oscuras. Cuando Guillem entra al portal y llama al ascensor, tampoco se percata de que la flecha verde no se enciende y, sin pensarlo, sube al galope los cinco pisos hasta su apartamento. «¿Qué coño le pasa a la tele?», se pregunta mientras golpea el mando contra la mesa.
Todavía sin comprender, sale al descansillo de la escalera y pulsa el timbre de la vecina. Como no oye el pitido, golpea tres veces con los nudillos. Una anciana con moño blanco y un gato disecado debajo del brazo abre la puerta. Una caída en el sistema eléctrico, le informa, ha provocado un apagón en el barrio a las seis de la tarde y, según dicen en la radio, tardarán todavía unas dos horas en restablecer el servicio.

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