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lunes, 21 de abril de 2014

Tiempos nuevos

TIEMPOS NUEVOS

Al principio, nadie le dio importancia. A todos les pareció hasta divertido que Laura, siempre tan desaliñada, que igual le daba andar con la misma falda toda la semana que con el pelo recogido de cualquier manera en una coleta, de pronto se pasara horas cepillándose la melena frente al espejo de su habitación.
Amparo fue la primera en darse cuenta de la metamorfosis. Un viernes a la hora de cenar, mientras servía en los platos unos muslos de pollo, se fijó en que llevaba las uñas pintadas de rosa chicle. Prefirió no molestarla con sus comentarios, pues Laura era muy suya y a veces demostraba muy mal carácter cuando veía invadido su terreno, pero se propuso vigilarla muy de cerca.
El sábado por la mañana apareció por la puerta de casa estrenando flequillo y una media melena color caramelo. La verdad es que le favorecía mucho.
—Oye, Lorenzo —Amparo se acercó hasta el sofá donde dormitaba su marido tapado hasta el cuello con las hojas del periódico— no te hagas el tonto, que has visto lo mismo que yo. ¿Qué te parecen esos cambios? Estoy un poco mosca, quizá deberíamos hablar con ella. —Dicho esto, le dio un manotazo en la cabeza—. ¿Me estás escuchando? Y baja los pies del sofá, corcho, te he dicho mil veces que tienes que dar ejemplo a tus hijos.
—Déjala tranquila, mujer, serán cosas de la edad. Además, ¿qué hay de malo en que quiera ponerse guapa? Ya era hora de que se arreglara, que iba hecha un asco —respondió Lorenzo entre bostezos.
Ese día por la tarde, mientras esperaban a que empezara el «Informe Semanal», Laura, que parecía progresar muy rápido en lo referente a su nuevo estilismo, se plantó en mitad del salón con los labios pintados de rojo y los ojos perfilados de negro.
—Me voy, que he quedado con unas amigas —informó mientras metía un brazo en una cazadora de piel que Amparo no recordaba haber visto antes—. No volveré tarde. Pasadlo bien. —Y a bordo de unos tacones, se fue hacia la puerta, contoneándose como una modelo de pasarela,
—Vale, vale… —balbuceó Amparo. No se le ocurrió nada mejor que decir.
Se asomó a la ventana, escondida tras las cortinas viendo cómo se alejaba a paso inestable calle abajo, y cuando se aseguró de que estaba lo suficientemente lejos, fue corriendo a su habitación. Sin revolver mucho para que no se notara que había estado fisgando en sus cosas, echó un vistazo a los cajones de la cómoda. No le sorprendió demasiado verlos llenos de esmaltes de uñas, pintalabios, pinceles, coloretes… En cambio, sí que se quedó pasmada al descubrir el nuevo fondo de armario de Laura. Había arrinconado los viejos pantalones y faldas y en las perchas colgaban ahora vaqueros de distintos colores, blusas con escote, vestidos de tirantes… Debajo de la cama, encontró varias revistas de moda. Pero lo que le alarmó sobremanera fue ver subrayados con rotulador algunos artículos: unos eran sobre operaciones de aumento de pecho y otros de relleno para los labios.
—¡Lorenzo, ven aquí en seguida! —chilló fuera de sí. El hombre se acercó hasta la habitación—. ¡Mira esto!— Muy nerviosa, golpeaba con el dedo sobre las tetas de silicona que lucía una mujer en una fotografía—. ¿Sigues pensando que exagero?— Amparo se dejó caer en la cama, abrumada— Aquí pasa algo raro y tú no lo quieres ver. No creo ni siquiera que haya quedado con sus amigas, más bien sospecho que se está viendo con un hombre.
Lorenzo, aunque intentaba disimular su estupor, también estaba sorprendido y no sabía qué decir.

—¿Pero es que no lo ves? ¡Si hasta está pensando en hacerse la cirugía de pato, qué horror! Eso sí que no lo soportaría, cruzarme con mi suegra todos los días en el pasillo y verla con esos morros de mamarracha. De mañana no pasa que hables con ella, que a mí nunca me escucha. A ver si pones un poco de orden en esta casa, ¡que ya está bien!