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viernes, 25 de abril de 2014

La historia interminable

LA HISTORIA INTERMINABLE

Como cada mañana sobre las ocho, Mariola ficha con su tarjeta al llegar a la oficina.
—¡¡¡Cliiin!!! Plan-ta-ba-ja —retumba una voz átona.
Se monta en el ascensor junto a otros cinco, seis es el máximo permitido, según indica la chapa metálica del fabricante.
—Buenos días —saluda educado Chuchi, de Renta, el último en subirse.
—¡Serán para ti! Ayer en el telediario dieron sol y mira qué chupa traigo. ¡Nunca aciertan! —reniega Pepa, de IVA—. Menos mal que soy previsora. —Y saca unas manoletinas del bolso, explicando que lo mejor es llevarse calzado de repuesto para no estar con los pies calados todo el día.
Paco escucha muy atento la conversación.
—Yo vengo preparado —dice agitando su paraguas de colorines—. Se lo he cogido a mi hija.
—¿Pero el arcoíris no era la bandera del orgullo gay? —pregunta inocente Pedro.
—¡Paco, marica! —Charo, de Recaudación, siempre tan puñetera, termina de hundirle el día a Paco, que oculta sonrojado el paraguas debajo de la gabardina.
Como cada mañana cuando llega a su planta, Mariola decide que a partir del siguiente lunes sube por las escaleras, se ahorra los partes meteorológicos y así de paso hace un poco de ejercicio.



2 comentarios:

  1. Gran solución, Susana. Al principio pensaba que llevar auriculares en el bus era de gente antisocial...
    Un saludo
    JM

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  2. Juan, es espectacular la cantidad de chatarra lingüística en el día a día que tenemos que soportar. Claro, si pones el tamiz, algo decente sacas para que desarrolle la imaginación.
    Pero de verdad te lo digo: me cansan...
    Abrazo.

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