miércoles, 24 de julio de 2013

Apariencias

APARIENCIAS

¡Tienes los pies fríos, cariño! ¡¡Atiza ese fuego, dame calooor!! ¡¡¡Grggg!!!
Tres noches sin pegar ojo enturbian la mente a cualquiera, incluso al más avezado explorador. Surcando los más impetuosos océanos, Vincent es capaz de dormir hasta en litera, pese a los temporales y los envites de las olas en alta mar. Pero aquí, en su propio palacete, o mejor dicho, el de su acaudalada Cècile, le resulta imposible conciliar el sueño con ese eco insolente retumbando en su cabeza. «Parece que no ha sido suficiente con despedir al mayordomo», se dice. Entonces se incorpora y sigiloso se dirige al salón. Le tiembla un poco el pulso al acallar los gritos, «¡¡…dame calooor, aaaghh…!!». En el porche se sacude las plumas pegadas a sus manos y regresa a la cama junto a la loro infiel, que sigue roncando como si nada. Habría preferido no tener que sacrificar esa pieza por la que tantos doblones pagó. ¡Qué excelente ejemplar!



El nidito

EL NIDITO

El «estudio diáfano, céntrico» del anuncio resultó ser una antigua carbonera rehabilitada con una ventanita encima del fregadero; eso sí, orientada al sur. Para dividir espacios hice instalar un tabique hasta el techo, con espejos por ambos lados. Daba tal sensación de amplitud que decidí colgar otro detrás del cabecero. El viernes, para la inauguración, descorché unas botellas de sidra con los amigos. Cuando ya nos despedíamos, Diego insistió en que no podía conducir, que veía doble, y se quedó en casa. En mi cama. No me dejó dormir en todo el fin de semana. Insaciable, practicaba todo tipo de posturas, excitado con nuestras imágenes reflejadas. El lunes ni nos levantamos; el martes se acabaron las provisiones de la nevera; así que el miércoles, en el despacho…
—Oye, Clarita, reina —me despertó mi socia. Tenía la cabeza apoyada en el teclado y percibí  cierto tono de reproche en su voz—. Ya te vale, ¿eh? Este expediente era para ayer. Venga, mueve… ¿Llevas betún o son ojeras? —Ahora la noté envidiosa.

Esa tarde le comuniqué a Diego que lo nuestro no podía ser. Por supuesto, los espejos se quedaron donde estaban, con el dineral que me habían costado…

lunes, 22 de julio de 2013

Mario

MARIO

La muerte programada, un tema complejo que araña las consciencias y hace tambalear nuestras convicciones. No pretendo hacer una apología, ni siquiera convencer. Con esta reflexión en voz alta intento acercar mi postura hacia una realidad que viví hace dos años.
Mario acababa de cumplir los cuarenta cuando un día se desplomó en su apartamento. Vivía solo. Trabajaba como celador por turnos en un hospital y dedicaba su tiempo libre a navegar en un pequeño velero, propiedad de un amigo. Alguna vez nos invitó a salir con él, una experiencia deliciosa. Coincidíamos los viernes en el bar del barrio. Solía venir solo, lo cual me sorprendía, pues con su conversación tan ocurrente y su buena facha siempre me pareció un chico muy a tener en cuenta.
Doce meses tardó su corazón en asumir lo que los análisis clínicos confirmaban: un tumor localizado en el cerebro, nada que hacer, cuestión de tiempo. Doce putos meses. Silla de ruedas. Rehabilitación inútil. Radioterapia innecesaria. Falsas esperanzas. Promesas sin futuro. Fue entonces cuando comprendí el verdadero significado de las palabras «desesperación», «sufrimiento», «dolor». Nada que ver con el uso que solemos darlas a diario: «Me desesperas, Anita, recoge tu cuarto de una vez»; «sufro cuando me quedo sin batería en el móvil»; «me duele que Jorge no venga a cenar esta noche». Etcétera.
Mario percibió desde el primer momento lo que le estaba ocurriendo. No opuso resistencia al tratamiento, al contrario: se dejaba conducir feliz al hospital donde había trabajado durante años. Conocía a todo el mundo y se dejaba querer por el conductor de la ambulancia, los enfermeros y demás personal sanitario: médicos, auxiliares… Todos le mostraban un cariño sincero.
Pero sé que habría preferido morir sin agonía. Lo sé porque me lo aseguró entre lágrimas en los primeros días de su enfermedad.
Cuando todavía podía comunicarse.

Estoy muy segura, amigo, de que no has olvidado llevarte tu brújula para surcar el inmenso cielo azul. Un beso, Mario.

domingo, 7 de julio de 2013

Caso resuelto

CASO RESUELTO


—Si ya lo decía yo: ese hombre nunca fue trigo limpio —asevera Julita, la panadera, mientras se restriega las manos de harina en el delantal—. Lo sorprendente es que no lo descubriéramos antes. ¡Cuatro sabuesos envenenados en un mes! Y ahora el pobrecito teckel, con lo simpático que era...
Es la hora del descanso antes de comer y a los vecinos de esta aldea les gusta reunirse junto a la chimenea del mesón a tomar el aperitivo y repasar los acontecimientos del día.
—A mí también me daba mala espina el guardia civil  —ahora es Marisa, la pescadera, la que toma la palabra—. Todos los perros le ladraban incluso antes de que doblara la esquina.
Don Severino, el cura, reflexiona meditabundo y escupe el hueso de una aceituna:
—Como mínimo, era sospechoso que no investigaran el caso con más profundidad, ¡tenían al mismísimo demonio infiltrado entre sus filas! —Se mete otra aceituna en la boca y prosigue—. En todos los rebaños del Señor, ¡ay!, tiene que haber siempre una oveja negra. Que cumpla su condena y después que venga a la parroquia a confesarse.
El periódico local va pasando de mano en mano, mientras se mofan de lo feo que ha salido el Nardo en las fotos. El caso del envenenador de perros de Jumentera ha sido resuelto, «…gracias a las pesquisas realizadas por uno de sus vecinos. Bernardo P., propietario del bar, descubrió al bellaco…».

Les hace gracia salir en la prensa. A fin de cuentas, Jumentera es un pueblo de esos donde nunca pasa nada.



sábado, 6 de julio de 2013

La sidra

LA SIDRA

En el fondo, muy en el fondo, se condensaba en un poso de placidez. Solo cuando la agitaban burbujeaba su deseo. Sabiéndose la elegida esperaba, ansiosa, que la aferrara esa mano para elevarla a lo más alto y vaciar todo su ser.

Dedicado  a Jams y a su mujer, María Jesús. En el Sendero del Agua, Cantabria, sidra sin aditivos, mermelada casera y lo mejor y más difícil: personas.


lunes, 24 de junio de 2013

Jerarquías

JERARQUÍAS

—Somos dos tíos fuertes, ¿a que sí?— El monaguillo revuelve el cabello de Luca y mete un billete de cinco en el bolsillo de su camisa—. Juntos hemos expulsado al demonio de mi cuerpo, no sé qué habría hecho sin ti. Anda, sécate las manos con esta toalla y no estés triste: te prometo que el padre Gregor reconsiderará tu situación y podrás seguir en el coro. ¿Cómo dices? Pues claro, también en el comedor

Retorno

RETORNO

Supo que su dama regresaba a buscarle cuando con los ojos entrecerrados le cegó su aura de paz. Era una luz más deslumbrante que en ocasiones anteriores. Ella le susurró su invitación al oído y le ofreció su mano. Él se dejó mecer entre sus brazos y bailaron un vals en la orilla del mar. Ella le subyugó con su vaivén, le sedujo con su canto de sirena y poseyó todo su cuerpo, su alma, su ser. Dando vueltas y giros, él se dejó guiar hacia el horizonte, danzando sobre la superficie del océano. En la cresta de la ola más alta que jamás había surcado, sintió como aquel mar de sensaciones salpicaba con espuma sus pies. Sabía a brisa, olía a sal. Sonreía, ingrávido, dichoso.
Cuando ella decidió que era hora del regreso, besó sus labios llenos de costras y se desvaneció en la bruma. Después, la bruma se diluyó y no hubo nada más. Él se fue hundiendo en la inmensidad azul, sin notar ya la presión de la goma anudada en su brazo izquierdo ni el bombeo de bienestar en sus venas.
Al fondo del callejón terminó su último viaje.


domingo, 16 de junio de 2013

Intemperie

INTEMPERIE

No exagero al afirmar que permanecí oculto una eternidad en mi universo de piedra. Durante siglos nadie vino a molestarme; más tarde algunos trataron de perturbar mi paz, pero fueron abandonando la tentativa, quizá no me intuyeron. Entonces llegó aquel hombre obstinado y empezó a dar martillazos; poco a poco fue retirando el mármol que me cubría hasta dejarme al descubierto, totalmente desnudo.
Hoy todos ensalzan mi belleza, pero yo me mantengo alerta: cuando oscurece y me quedo solo en la galería, desciendo del pedestal y practico con la honda: Goliat podría aparecer en cualquier momento.


Cebo vivo

CEBO VIVO


La sirena cautiva vomita pulpos de siete patas en la taza del váter, después se limpia la boca y los dedos en el lavabo. Desde su esquina solitaria, observa asqueada cómo a las otras prisioneras les empiezan a colgar lorzas por encima de la cola de pescado. No, eso no le ocurrirá a ella, cavila mientras mordisquea con desgana unas algas. Aguardará paciente a que algún pescador se prende de su belleza. Pero no uno de esos brutos que de cuando en cuando enganchan con un arpón a las más gordas y las sacan del acuario dando coletazos.

martes, 28 de mayo de 2013

En el aire

EN EL AIRE


¡¡¡…AAALWAYS LOOOOOVE YOOOOU…!!!
—Nada, mi comandante, que no hay manera —se rinde el copiloto mientras toma asiento en la cabina. —Ni la azafata ni yo hemos conseguido hacerla callar. No se atiene a razones y encima ahora parece que canta más alto.
—¿Y no se la puede atar y amordazar? Ya, ya sé que es un disparate, pero nada comparable a esta tortura china. Tenía que haber hecho caso de mi horóscopo: «Durante toda la semana evite los viajes en avión». ¡Pues ya no aguanto más, ea! Solicitaré autorización a la torre de control más cercana alegando una emergencia para aterrizar en el siguiente aeropuerto, y esa loca abandonará el avión. De lo contrario, no garantizo la seguridad de la nave.
Veinte minutos más tarde, el capitán invita a los pasajeros a sentarse en sus butacas y abrocharse el cinturón. El pequeño avión de hélice hará una escala de diez minutos para recoger una valija diplomática y luego continuará su ruta. Eso, al menos, es lo que les ha contado a través del micrófono. En realidad, una vez en pista, una ambulancia equipada se hará cargo de una pasajera víctima de un ataque agudo de epilepsia.
¡¡¡…AND AAAAAAIAAAAAAIAAAAAAA…!!!
Tras tomar tierra, cuatro sanitarios suben a bordo e inmovilizan a la mujer, que se resiste repartiendo patadas y mordiscos. Uno de ellos consigue inyectarle en el brazo un potente anestésico y entre todos la sujetan a la camilla y se la llevan al hospital.
Al rato, el piloto inicia el despegue y la nave prosigue su vuelo. Al resto de la veintena de pasajeros les ha parecido una maniobra algo irregular por parte del piloto, pero nadie se atreve a decir nada. De hecho, soportar aquellos gritos todo el trayecto era un auténtico tormento. Y hablando de tormentos, parece que ahora atraviesan un túnel de nubes negras y turbulencias. El avión se agita, da botes y pierde estabilidad. Saltan las mascarillas de oxígeno y el equipaje de mano sale despedido de los compartimentos. La nave se queda a oscuras y de pronto solo se escucha el silencio.
Desde la autopista, los de la ambulancia elevan espantados la vista al cielo en el momento en que un rayo se estrella contra el avión, convirtiéndolo en una gran bola de fuego.
¡¡¡…LOOOVEEE YOOOUUU…!!!


miércoles, 22 de mayo de 2013

Juzgado de guardia

JUZGADO DE GUARDIA


El tribunal apreció cierta rigidez en su mirada, flacidez en su sonrisa y morbidez en su lengua. Al magistrado se le trababa la sentencia de nuevo, así que uno de los vocales fingió un desvanecimiento y el juicio quedó aplazado hasta que a su señoría se le pasara la borrachera.

La tarta

LA TARTA

La novia no ha lanzado el ramo por los aires ni se ha despeinado el moño. Tampoco se ha mojado los labios en el brindis. Sonríe mostrando una dentadura blanquísima, como su vestido de organza y satén. Hoy es su gran día, se siente una auténtica princesa y muy complacida se deja acariciar por las miradas de los invitados. Su príncipe azul está muy elegante con el chaqué y aunque sus manos apenas si llegan a rozarse, solo tienen ojos el uno para el otro. Llevan así toda la noche hasta que el filo de un cuchillo se desliza entre sus rostros, desplaza el suelo y los hace caer en sendos platos de postre, cada uno con su porción de hojaldre.
¿Es la despedida? Eso parece cuando entran los camareros y empiezan a retirar el servicio, pero Noemí, la sobrina de ocho años, se les ha adelantado y con una risita traviesa envuelve a la pareja en una servilleta que esconde en el bolso de su madre.
Comienza la luna de miel.


domingo, 19 de mayo de 2013

Cabeza de turco


CABEZA DE TURCO

El cabo Hopkins repartía las cartas con la izquierda, y con la derecha metía los fajos de billetes y estrechaba calurosamente la mano de los oficiales que desfilaban por su garita, todos los primeros viernes de cada mes. Con su pulcra letra copiaba los nombres de los mandos en los sobres y escribía en un cuaderno una relación de cobros, tal como le había ordenado su capitán.
Desde el húmedo calabozo donde está recluido recuerda con amargura cómo todos ellos, el día del juicio, se lavaron las manos, igual que Poncio Pilato.

lunes, 6 de mayo de 2013

Reinventarse o morir


REINVENTARSE O MORIR

Disfrazado de vendedora de manzanas aguardo mi turno junto al resto de comerciales en la sala de espera. El gerente de la sidrería asoma medio cuerpo por la puerta y  risueño menea una mano arriba, abajo, arriba, abajo. ¡Siguieeente!, chilla con voz aflautada, y un hombre regordete y colorado, con dos trenzas rubias postizas, entra danzarín con su canastilla de fruta. Yo aprovecho estos minutos para repasar mi discurso y practico la ridícula reverencia que aprendí en el cursillo de vendedor. Y mientras me atuso los bigotes,  no paro de preguntarme si se me habrá pasado algo por alto.

Fumata


FUMATA


—…y aburrida de esperar a ver qué narices pasa, espero paciente a que aparezca el lobo acompañado de Alicia, el conejo y el sombrerero, que se troncha burlándose de todos ellos con sus acertijos. —En este punto interrumpe el relato y se queda embobada contemplando cómo las sombras de las rejas se distorsionan en las paredes del cuartucho al atravesar la bocanada de humo que expele.
—Zzz…—Paula se arrebuja en su camastro, aprieta fuerte los ojos y se gira fingiendo dormir. ¡Así no es el cuento! Cómo detesta los días de visita, cuando  viene el tío Nacho y mete a escondidas en el bolsillo de su babi esos apestosos cigarrillos verdes.

miércoles, 24 de abril de 2013

El becario


EL BECARIO

Chang Hoo Ling pulsa el botón del ascensor y se retira una legaña del ojo frente al espejo de la cabina. Los lunes por la mañana nunca oye el despertador y ya es la tercera vez este mes que llega tarde al trabajo. Se baja en el piso 57 de la torre Bangkok donde hace sus prácticas como becario en la cadena de televisión local “Ecos del mundo”. Entra sigiloso como una serpiente en su habitáculo de seis metros cuadrados, cierra la puerta tras de sí y respira aliviado. Parece que no le ha visto el jefe, menos mal. Abre la ventana para airear el cuartucho y se deja caer en la silla, aflojándose la corbata para recuperar el resuello.
Como todos los días, se encuentra sobre la mesa las carpetas con las noticias del primer avance informativo. Su tarea consiste en completar la escueta nota periodística, revisar la redacción y estilo y añadir una imagen al texto. Está empleado en la sección “Crónica social y cultural europea”. Cuando se licenció en la universidad su sueño era conseguir un contrato en algo relacionado con el mundo del deporte, pero con su mediocre  expediente académico  y su falta de experiencia solo consiguió un contrato en prácticas de tres meses. Para empezar no está mal, Chang, le había dicho su padre. Lo primero es conseguir un empleo, adquirir conocimientos y ya llegará el momento de demostrar tu valía.
Antes de ponerse a la tarea, se acerca a la máquina de café del pasillo a por un expreso bien cargado y al regresar se encuentra todos los expedientes esparcidos por el suelo. La corriente se ha llevado por los aires fotos y documentos y ahora está todo desordenado sobre la moqueta. Bastante molesto, se agacha a recoger fotos y papeles y cuando termina con la limpieza, se pone a darle al teclado con la primera de las noticias.
“Muere Margaret Thatcher”. Bien, ¿y esta quién era? Ah, sí, la ministra británica aquella que mandaba tanto, se dice después de consultar en google. Revisa rápidamente la reseña, copia y pega un párrafo de la Wikipedia y escanea una foto de Meryl Streep que había volado desde una estantería y vino a aterrizar justo encima de esta carpeta. Aquí se la ve más jovencita, más saludable. Es mejor ser recordado así por el público, concluye.
“Premio Nadal 2013 entregado a…”. Qué raro, piensa, una noticia de deportes. Hombre, no deja de ser un premio, y por tanto, puede tener cabida en la crónica cultural, por qué no. Ahora bien, a estos deportistas occidentales  los veo un poco maduritos para andar ganando premios todavía. O igual es un homenaje. No importa, Rafa Nadal me encanta, es uno de mis favoritos. Y a continuación copia el texto, corrige las faltas, busca una foto del tenista y deja preparada la noticia para el boletín de las 12 horas. Se le está dando bien la mañana, ya solo falta el último artículo y podrá salir a tomar el almuerzo y respirar un poco de aire fresco, que buena falta le hace
“Vandalismo contra uno de los símbolos más representativos y universales del arte. Un enajenado lanza un bote de pintura sobre la escultura del genio del Renacimiento”. Esto creo que está en Italia, me suena de la asignatura de historia en el instituto. Y redacta el título de su último informe: “El Miguel ángel de David sufre el ataque de un desaprensivo. La restauración comenzará…”

sábado, 20 de abril de 2013

Haikus de vino


HAIKUS DE VINO


 Embriaguez

Vidrio rosado
saboreo una ilusión
besos soñados

Tierra de caldos

Viñedos en flor
maderas nobles, tiernas
labios frutales




Resaca


RESACA


El primer destello de sol se batía inexpugnable contra la amodorrada niebla nocturna cuando bajó los desgastados peldaños de la escalera y se adentró en el temible domingo, tropezando contra el aparador de la entrada y las paredes del pasillo.

Nunca antes había sentido tanta sed, o al menos no lo recordaba. La cabeza le giraba como una noria, la luz abrasaba sus ojos, sentía el estómago arrugado y tenía por lengua un estropajo. Aquello era un descenso en toda regla a los infiernos, que inevitablemente emprendía de cuando en cuando. De sábado en sábado, para ser más exactos. Lo que sí recordaba (ahora), es que tendría que cumplir con esta dura penitencia; por lo menos, hasta después de comer algo. De momento, lo que necesitaba era dar un trago de agua.
Comenzó su escalada el sábado al mediodía, al salir de la oficina. Era el cumpleaños de Rafa, el de informática, que se empeñó en convidarle a «un vinito». Ahí iniciaron, mano a mano, el ascenso a la cumbre: que si unos aperitivos y unos vermús por aquí, que si unas cañas y unas tapas por allá… Así hasta las nueve de la tarde, momento álgido del día, cuando uno de los dos, qué importa quién, propuso tomar unas raciones en una bodeguita de moda. Ninguno consideró oportuna la retirada ni vio el peligro, así que allí se fueron a picar algo de queso y a trasegarse unos litros de vino.
Unas horas más tarde, ya convertidos en incondicionales amigos de toda la vida, los dos compañeros brindaban cada trago… ¡Pero qué bien se lo estaban pasando! Después de ventilarse unos chupitos para hacer la digestión y con el ánimo por las nubes, se acercaron a la zona de ambiente a tomar una copichuela «tranquila» en una terracita. Que al final se convirtió en varios cubatas y unos bailes con la camisa desabrochada y la corbata anudada en la frente.
Cuando salieron del pub comenzaba a clarear el cielo. Aquí sería, más o menos, donde nos encontrábamos al principio de esta crónica etílica.
Al despertarse en su habitación, con los pies sobre la almohada y los números rojos del reloj de la mesilla marcando las 13:24, lo último que recordaba de la noche anterior era la luz verde del taxi que le llevó a casa y los escalones torcidos y resbaladizos que le separaban de su cama.
Y lo primero que se le ocurrió fue que, si se espabilaba un poco, lo justo para darse una ducha, todavía estaría a tiempo de acercarse a la tasca del barrio para hacer la ronda de blancos.

miércoles, 17 de abril de 2013

En vela


EN VELA

… ¡Calla y arregla de una vez la cisterna del váter, que gotea!... ¡Calla y arregla de una vez la ciste… AAAGGGHHH…!
Elliot se sacude las plumas pegadas a sus manos y regresa a la habitación de invitados. Echa una última ojeada a los números rojos del reloj de la mesilla: son las 02:47. Se cubre con la manta hasta las orejas y emite un sonoro bostezo. «Que no se me olvide mañana, después de la batida, —se dice mientras cae en el abismo del sueño— acercarme al pueblo y comprar a tía Dorothy unos peces de colores».


Veneno en la piel


VENENO EN LA PIEL

Margaritas, orquídeas, claveles… Cada domingo de los últimos tres meses, le llevo la bandeja con el desayuno a la cama y pongo unas flores sobre la almohada.  Desde que descubrió mi desliz con la camarera de la terraza, se acabaron los aperitivos. Me amenazó con echarme de casa, pero ¿dónde iba a ir yo, de qué iba a vivir? ¡Si nunca he tenido un empleo! Entre sollozos y promesas, poco a poco  la fui convenciendo de mi arrepentimiento. Y creo que ya casi lo he conseguido.
Ayer por su cumpleaños le preparé una sorpresa muy especial. La llevé a un salón de masajes y durante dos horas estuvo recibiendo todo tipo de cuidados. Que si el cuello, la espalda, los glúteos… Para dejar los pies como nuevos, han ideado una curiosa técnica que consiste en meterlos a remojo en un acuario lleno de pececillos que van mordisqueando las durezas. Cuando lo leí por primera vez en una revista, comencé a urdir un plan. La engañé para alargar la sesión y estuvo allí sentada hasta que algunos bocados le provocaron pequeñas heriditas en los dedos. Después, sustituí la pomada suavizante por un potente veneno para plagas, me puse unos guantes y la masajeé, solícito, hasta que el pringue quedó bien absorbido.
Y parece que el producto ha hecho su efecto. No ha pegado ojo en toda la noche debido a los calambres y picores. Por la mañana no ha podido ni levantarse, se queja de tener los pies dormidos y las piernas entumecidas. Le he administrado un somnífero y la he cogido de la mano hasta que se ha quedado profundamente dormida. Si todo va como tengo previsto, pronto me convertiré en un viudo millonario. Mañana pasaré a última hora por la floristería para encargar una corona de crisantemos y convidar a un café a la guapísima dependienta.

sábado, 13 de abril de 2013

Deseos


DESEOS

—Y tú para de leerme la mente, maleducado. Y ahora no  le vayas  con el cuento del Ratoncito Pérez a mamá, que vas a estropear la sorpresa…  —le regaña Clara mientras apaga de un soplido las ocho velas.
—¿Y por qué no pides un deseo para ti? —le pregunta al escucho el niño masticando un trozo de tarta.
—Pareces tonto, Nico. ¿No ves lo triste que está  desde que se le cayeron los dientes?


jueves, 4 de abril de 2013

Aficionados


AFICIONADOS

—Que se arrime un poco más al borde de la cama, que haga muecas ridículas frente al espejo o prefiera la postura del misionero, ya me da lo mismo —comenta resignado el director del rodaje al operador de cámara—. Esto me pasa por aceptar películas de bajo presupuesto. Pero, por favor, no le grabes de rodillas para abajo. He intentado convencerle de que se quitara esos calcetines blancos con rayas azules y rojas, pero dice que se desconcentra si se le quedan los pies fríos.

Los viajes de Juanjo


LOS VIAJES DE JUANJO

Mientras juega con un cangrejo en la orilla, Juanjo saluda a los delfines que brincan sobre las olas del mar. Ha estado nadando con ellos toda la mañana y parece que se le ha abierto el apetito. Con una roca golpea un coco y se tumba a la sombra de una palmera para saborearlo sin prisa. Después irá a buscar palos y palmas y seguirá con la construcción de su balsa, no quiere que sus padres estén tristes pensando que le ha pasado algo malo. Juanjo es estos días un Robinson Crusoe de once años y lo único que le fastidia es que todavía no le haya crecido la barba.
La semana pasada, estuvo navegando por el Mississippi con sus amigos, los piratas Tom y Huck. Y aunque prefiere la playa porque allí no hay escuela, a veces los echa mucho de menos.
Pronto emprenderá un nuevo viaje, pues en el escaparate de la librería de su barrio ha visto en una portada la foto de tres niños aprendices de mago y le ha seducido bastante la idea. Además, sabe que siempre que lo desee podrá regresar a su isla desierta.

La armadura


LA ARMADURA


El combatiente atraviesa victorioso el umbral de su fortaleza y contempla con admiración en el espejo el porte del vencedor. Durante varios minutos se recrea ufano con la imagen. ¡Cuántas conquistas logradas con esa vestidura! El sabor del éxito le despierta el apetito y su cerebro se anticipa al olor de los huevos con chorizo que esta noche se va a zampar.
Al quitarse el yelmo aparta la vista de su rostro, no reconoce esa mirada de cobarde. Se desprende de la coraza y frunce el entrecejo al descubrir su barriga peluda. Tampoco se identifica con ese cuerpo fofo, y rompe de un puñetazo el espejo. Se está poniendo de muy mal humor… y ese pestazo... Pero no tiene ningún sentido seguir fingiendo, aquí en casa no necesita el disfraz.
Entra en la cocina y se le envenena el ánimo del todo al ver a la foca friendo unos salmonetes. Nunca imaginó que el matrimonio pudiera deteriorar así a una mujer. Y además, hoy no le apetece cenar pescado. ¿Tanto cuesta complacerle? Enfurecido por la afrenta, se da media vuelta y regresa al vestíbulo para desenvainar su espada.
Otra vez provocándole, la muy zorra. Pues ella se lo ha buscado.

Se las llevó el viento


SE LAS LLEVÓ EL VIENTO

A su paso por cada ciudad amurallada o aldea perdida en el bosque, el desconocido ocupaba una esquina en la plaza y empezaba a contar las más hermosas historias jamás oídas. Atraída por sus palabras, la gente iba acercándose a él y, guardando un reverente silencio, le escuchaban durante horas, recreándose con cada nueva expresión con gran entusiasmo Al ciego se le iluminaba la cara, el loco se sumergía en un pozo de calma y el poeta sufría delirios al intuir el tesoro que poseía el extraño. Entre los más ancianos alguno afirmaba haberle visto antes en otro lugar, pero en seguida lo olvidaba, dejándose acunar por la melodía de sus cuentos.
Arrastraba una carreta que contenía un viejo baúl. Permitía a los niños asomarse a su interior y sonreía enigmático cuando, admirados, comentaban que no veían el fondo. Atendía a unos y otros con interés, abría cajitas y siguiendo sus deseos les obsequiaba con voces cargadas de música, de sentimientos… Las guardaba clasificadas por su significado, por su belleza, y siempre hallaba las más precisas para cada uno. Pasado un tiempo, desaparecía en la noche y proseguía su camino.
Un día supo que había llegado al final de su viaje: ni uno solo de los reinos sobre la tierra había quedado sin visitar. La semilla había sido esparcida. Se retiró a lo alto de una colina, destapó el baúl e imploró al firmamento. De pronto se levantó un vendaval que se llevó consigo todas las palabras y frases que atesoraba.
El cuerpo del desconocido nunca apareció y el baúl vacío fue encontrado por el poeta que, ávido de nuevas palabras, le había acompañado en el último tramo de su recorrido. Desde ese día, se dice que cuando la musa se escapa a jugar con sus amigas, los escritores elevan anhelantes la mirada al cielo.

El sol


EL SOL

La risa un poco ronca y una barba que siempre pinchaba cuando me dabas un beso. Tu mano retorcida se sujetaba fuerte a mi brazo  para no perder el equilibrio al mismo tiempo que me ofrecías con la otra unos caramelos, siempre de naranja o limón. Antes de salir, te pasabas varias veces el peine por los cuatro pelos rociados con tu colonia favorita y metías unas monedas en el bolsillo de tu chaqueta para los mendigos apostados en las esquinas de nuestro recorrido habitual. No olvidabas torcer un poco el gesto ante el espejo de la entrada, ensayando una sonrisa, la más hermosa que guardo en mi memoria.
Abuelito, no habrá más salidas para ti, pero no olvidaré nunca la alegría con la que saludabas cada nuevo día.


En memoria de mi abuelo Jesús.

Dos haikus enfrentados


DOS HAIKUS ENFRENTADOS

LIBERACIÓN

Altos cipreses
Olor a crisantemos
Soy libre, cabrón
…………………………..

PÁNICO

Velas ardiendo
Terciopelo ineficaz
Caja cerrada

lunes, 25 de marzo de 2013

La travesía


LA TRAVESÍA. 

Dedicado a Jams.

Seducidos por una invitación a soñar despiertos, coincidimos un grupo de cuentistas en un claro en «El bosque». Aquel encuentro entre musgo y hojarasca, hace ahora un año, nos motivó para continuar juntos por tierra y mar, persiguiendo nuestros sueños. Y así emprendimos un viaje de nueve meses a bordo de la nave de los microcuentos.
Al timón, el capitán, Jams, que con brazo firme pilotaba sin perder el rumbo, noche y día, sorteando pequeñas dificultades. Siempre atento a nuestros temores y dudas, convirtió la travesía en un auténtico viaje de placer. No hubo tempestades, ni chocamos contra ningún iceberg; sí avistamos algún barco pirata que intentó el abordaje, pero que luego quedaría atrás perdido en la inmensidad del océano.
Cada mes atracábamos en distintos puertos, donde embarcaban nuevos pasajeros con sus maletas repletas de historias. Los vientos siempre soplaron favorables y, poco a poco, la nave fue acercándose a su destino, llamado «Estanochetesueño». El sábado 16 de marzo de 2013 a las seis de la tarde, en una jornada muy emotiva, nos citamos en un islote y a la sombra de sus cocoteros celebramos nuestra llegada a buen puerto.
Pero este no ha sido el final del viaje. La mayoría hemos vuelto a liar el petate e iniciado una nueva andadura, siguiendo la estela del inventor de «Estanochetecuento».


jueves, 21 de marzo de 2013

Despedida de soltera


DESPEDIDA DE SOLTERA


—No sé… —murmura Manuela compungida intentando incorporarse de la cama—. ¿Cuándo podré ver al bebé? ¿Dónde está Luis?
—A tu marido le ha dado una lipotimia, luego vendrá. No te levantes, aún estás débil. ¿De verdad, hija, que no recuerdas nada más?
—Mamá, ya te lo he contado todo, fue hace meses. Estuvimos bailando, luego bebimos unas copitas de champán y me mareé un poco. El portero de la discoteca, muy amable, me llevó al almacén hasta que me recuperé y después volví a casa en taxi con mis amigas.
—¡Ahí traen al niño! —exclama el hermano de Manuela—. ¡Joder con el watusi!



Colores


COLORES

Fátima avanza tropezando entre los cascotes con su muñeca escondida bajo la chilaba. La polvareda levantada por los edificios caídos tras el bombardeo le impide orientarse. Ensordecida y medio ciega, choca contra algo blando, cae sobre unos cuerpecitos mutilados y, al incorporarse, aparecen frente a ella los escombros de la escuela judía. Aturdida, ve una luz tras una puerta desvencijada y abandonando sus recelos echa a correr hacia ella.
Tendido en el suelo con una linterna en la mano, Jakob le invita a acercarse y le ofrece una pintura amarilla. Con trazos temblorosos, el niño está emborronando de azul la mitad superior de un folio: de izquierda a derecha, angustiado, lo va tiñendo de un luminoso celeste. La niña se tumba a su lado y despacito dibuja en una esquina el sol. Las líneas de Jakob pronto se rozan con el círculo dorado de Fátima y, sonrientes, celebran la llegada de un nuevo color.
Verde esperanza.
Mano a mano, rellenan de vegetación el resto de la cuartilla hasta completar la estampa del paraíso terrenal. Fátima acuesta a su muñeca sobre el lienzo y cogiéndose de la mano, los dos niños se sientan a esperar que se disipe la niebla.

miércoles, 13 de marzo de 2013

El picadero


EL PICADERO   
                                                                                                                       
…y restos de lágrimas en las mejillas teñidas con el rímel y el colorete. Esa mirada implorante bajo su fusta de cuero, esa preciosidad a cuatro patas sobre el forraje, con las braguitas por las rodillas, ufff…  Solo con el recuerdo de sus cabalgadas sobre la insaciable Kristen conseguía Horace mantener su erección cuando la madre de la joven se presentaba en los establos disfrazada de amazona.

jueves, 7 de marzo de 2013

El horno


EL HORNO

Solo a las niñas guapas y a los hermanos que se las presentaban les asignaban tareas fuera del sótano. Ellas servían café y bollos calientes a los hombres uniformados que desayunaban allí y a los chicos les dejaban conducir sus furgones para repartir las mercancías. Al resto, creo que los mandaban a los hornos;  a muchos no les volví a ver.
Como tengo las manos finas y soy habilidosa, me sentaron a una mesa para rematar la producción. Pero el supervisor ha dejado caer hoy que pronto habrá traslados. Yo al horno no pienso ir, y menos ahora en verano. Mañana mismo preparo el currículum y lo envío al almacén de helados.

Estampas


ESTAMPAS


Vestida con el traje oscuro de asistir a los servicios religiosos y con el cabello recogido en un moño, quiso Francesca quedar inmortalizada para el retrato. A pocos metros de ella, un canoso señor Romanelli abrazaba a su bronceada esposa, con el azul del Mediterráneo al fondo. Unas filas más allá, el joven Giovanni saludaba sudoroso a lomos de su caballo. Todos sonreían.

Aunque era agosto y el sol hacía humear el asfalto de las estrechas avenidas, sentí un escalofrío. Peor aún fue al llegar a la zona reservada para los bambini. La pequeña Isabella, con sus coletas despeinadas y su blusa de princesa, miraba burlona a la cámara. A su lado, unos mellizos diminutos envueltos en un lienzo blanco aparecían retratados inertes. Ya muertos.

Era la isla de San Michele, en la bahía de Venecia. Altos cipreses ocultaban en su interior el camposanto de la ciudad, guardando cientos de sonrisas apagadas para siempre.


Domótica


DOMÓTICA

Las siete horas de viaje a la capital se me hicieron cortísimas comparado con el aburrimiento de esta espera. Hoy por la mañana, mi hija se ha llevado a su padre al hospital para hacerle unas pruebas y no volverán hasta la hora de comer. Los nietos están en la escuela y su padre en la oficina. Ya llevo sentada en este salón como una hora y no se me ocurre nada que hacer. Olvidé el ganchillo en casa, pero aunque lo hubiera traído, ¿cómo voy a tejer a oscuras? No encuentro el interruptor de la luz, esta casa es muy rara. Quise subir las persianas, pero, sorpresa, no tienen cuerdas para tirar. No veo que tengan televisor, qué raro, por lo menos me distraería un rato con algún programa. En la pared frente al sofá hay una pantalla como de cine, pero no lleva botones. La mesa está llena de mandos sin pantalla pero con teclado, mandos sin teclado pero con pantalla, teléfonos sin cables, tablets, o eso pone, ¿qué serán? A veces se iluminan y suenan pitidos. No me atrevo a tocar nada, no sea que lo vaya a romper. Tampoco hay libros, ni periódicos, ni revistas. Y espero que no me entren ganas de orinar, porque antes tuve que vaciar el caldero de agua de fregar en la baza, no fui capaz de dar con la cisterna. Por hacer algo, encontré un chisme parecido a un aspirador en el cuarto de trastos, pero tampoco lo supe poner en marcha. Y en la cocina fue entrar, abrir el frigorífico y salir despavorida. No había alimentos, solo bandejas precintadas con comida de plástico dentro. Me muero de sed, pero los grifos no son de girar ni de apretar y en el frigo solo vi cartones de esos refrescos asquerosos. He pensado en salir a dar una vuelta aunque lo he considerado mejor, y no. La puerta no tiene llave, me han dejado una tarjeta para entrar y salir, pero no me acuerdo cómo funcionaba. Además me da miedo perderme por la urbanización y no saber volver, que todos los chalets son iguales. Me entretendré observando la calle por el videoportero este, para no sentirme tan sola. O igual me meto otra vez en la cama. Ay, qué ganas tengo de volverme al pueblo.

domingo, 24 de febrero de 2013

Pelusa


PELUSA

Desde la habitación de su hermanita hasta la sala, veintiocho pasos. Desde que su padre se encierra en el baño hasta que suena el ruido de la cisterna, trescientos cinco segundos. Desde que hace cuatro días llegó la recién nacida a casa, cincuenta besos menos. Desde que su madre se prepara el café y las tostadas hasta que termina de recoger la mesa de la cocina, diecisiete cabezazos contra la pared. Desde que se encarama a los barrotes y deja caer al bebé por el balcón, tres pisos y dos rebotes en el asfalto.

Al vino, vino


AL VINO, VINO


Yo, señor, no soy malo. Tan solo pretendía dar un escarmiento a aquel pecador, desanimarle a que siguiera viniendo al restaurante todas las semanas. ¿Quién iba a sospechar que padecía del corazón? Desde luego una dieta sana no llevaba. Tanto le daba zamparse una pierna de cordero a la brasa, que un bogavante o un besugo al horno, la especialidad de la casa. ¡Gula, eso es, señor juez! Hasta el plato lamía, qué asco. Y el muy ladino se ponía rojo como un pimiento si algo no era de su agrado; al final conseguía repetir ración sin pagar por la segunda. Y eso que ya se encargaba él de restregarnos su cartera bien repleta de billetes.

En cuanto a mí, qué contarle… Poco a poco fue minando mi paciencia. Me martirizaba haciéndome detallar las bondades de cada botella de la carta de vinos, espléndidos caldos provenientes de los mejores viñedos de la región. Sí, señor, del país también. Se dejaba asesorar, escogía los más caros y luego se hacía servir un botellín de gaseosa ¡y los mezclaba! Pues créaselo. El vino, como la sangre de Cristo, señor, es sagrado para un sumiller. Esto era más de lo que un hombre en su sano juicio podía soportar. Hasta que lo perdí. El juicio, quiero decir.

Así que un día inyecté una dosis de insulina en el refresco. Le dieron unos espasmos y se desplomó. El resto de mi declaración está recogida en el sumario. ¿Cómo dice, señor? Oh, yo con el pescado siempre recomiendo un buen Albariño.


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Lo natural


LO NATURAL

Los días que dispone de más tiempo, a Irene le gusta alargar el rato del aseo e incorpora algunos rituales en la ducha. Además del champú de pepino y el acondicionador de melón para el cabello graso y con tendencia a la caspa y del gel de almendras dulces que se aplica suavemente con la esponja para nutrir la piel, se masajea con una piedra pómez la planta de los pies añadiendo un exfoliante de lavanda, para mantener a raya las durezas y callos, y con un guante de crin se frota los muslos con el gel anticelulítico a la clorofila, quedándole una agradable sensación de frescor en la piel.
Deja que cada producto actúe un ratito y se aclara con un chorro de agua fría. Entonces sale de la cabina, se seca con una toalla esponjosa, lavada con suavizante, y se aplica en el pelo durante cinco minutos una mascarilla hidratante de extractos de manzana para que no se abran las puntas. Después, haciendo círculos con los dedos y de arriba abajo, esparce una loción de vainilla por todo el cuerpo y protección solar con aroma a jazmín, para evitar las tan nocivas radiaciones ultravioleta. Nunca olvida el desodorante con frescor salvaje a los limones del Caribe y la crema de extracto de miel para las manos agrietadas.
Termina la sesión de belleza con el tónico de flor de azahar para el cutis, el fondo de maquillaje a la arcilla, el gloss de fresa en los labios y el perfilador de pestañas. Boca abajo, se pasa el secador por el pelo y lo pulveriza con un poco de laca para lograr un aspecto desenfadado.
Antes de salir del baño para vestirse, contempla el frasquito de perfume francés que le regalaron las navidades pasadas. Ahí sigue sin estrenar y así se quedará. Irene sostiene vehemente ante sus amigas que es alérgica a los compuestos químicos y que ningún olor puede superar su irresistible fragancia natural.

Fantasías animadas


FANTASÍAS ANIMADAS

De pequeña oía decir a mis padres que soñar era gratis. Como éramos pobres de solemnidad, yo me lo tragué tan contenta y me dispuse a alimentar a los monstruos agazapados en mis pesadillas con truculentas historias. Durante mi infancia y juventud los  tuve sometidos, o eso creía yo, que mis largas noches de terapia con los peluches me costaron.
Luego yo crecí y ellos se multiplicaron y, agobiados por la falta de espacio, decidieron pasar a la acción: hace ahora casi tres años que se aficionaron a campar a sus anchas del teclado a la pantalla del ordenador. Al principio algo cohibidos, después con muy mala uva. Desde entonces solo me dedico a su crianza.
Como nunca tuve claro qué quería estudiar o hacer con mi vida, un día aposté veinte duros a la primitiva y me tocó el premio gordo. Para poder dedicar más tiempo a esta prole, contraté a un paseador de perros, un personal shopper y un monitor de pilates. «A estos diablillos los domestico yo como sea, que no se crean que se me van a subir a la chepa así como así», me prometí, solemne, siguiendo los consejos del artículo de una revista, «cómo enfrentarse a las compañías tóxicas y mantener un rostro sin arrugas».
Así que lo de que soñar es gratis, nada de nada. Mantener a esta plantilla incentivada cuesta un dineral. Las navidades pasadas les tuve que comunicar que no les abonaría la paga extra, pero parece que se lo han tomado bien: cada viernes por la noche se siguen turnando los tres para hacer realidad mis fantasías nocturnas. Y hasta ahora no he recibido ninguna queja. 


miércoles, 13 de febrero de 2013

Impune


IMPUNE

El leve crujir de la viga de la que cuelga su padre se convierte en un fuerte ¡paf! cuando el peso del cuerpo parte en dos la madera podrida por la carcoma. «Qué fastidio», se lamenta Howard mientras se inclina sobre el viejo tensando la soga hasta que deja de respirar. «Con madre fue más fácil, un empujoncito desde el bote de remos y listo. Ni siquiera gritó cuando se hundía», sonríe complacido al evocar las burbujas en la superficie del lago. Pronto le llegará el turno a su hermana Eleanor y la casa será suya. Pese a la ventaja que le confieren sus noventa quilos,  la gorda es asmática.

martes, 12 de febrero de 2013

El arte cisoria. Las tijeras.


EL ARTE CISORIA.  LAS TIJERAS.

Cuando queremos colgar un cuadro de la pared recurrimos al martillo; para barrer el suelo, a la escoba; para prender un cigarrillo, al mechero (las cerillas casi quedaron sepultadas en el recuerdo). Pero si de lo que se trata es de recortar algo, cómo no, necesitaremos unas tijeras. Y he aquí la cuestión, ¿qué tipo de tijeras?
Sería muy interesante poder observar a través de las paredes de un bloque de apartamentos el momento en que los vecinos se disponen a usar esta herramienta. Veríamos al encargado de la pescadería situada en el bajo comercial limpiar unos ojitos con unas un poco gruesas y bastas; a la niña del segundo “A”, recortar de una revista de naturaleza la foto de un pingüino para su tarea del cole con unas de punta roma, para no hacerse sangre; a la abuela del primer piso, arreglar los bajos del pantalón del nieto, retirando los hilos sobrantes con las de coser; al caballero atildado del principal, eliminar los pelitos que le sobresalen de los orificios nasales con unas de punta curvada, para evitar una escabechina; al electricista que ha venido a cambiar la instalación en la escalera, con unas especiales para pelar la funda del cable sin tocar los filamentos del interior; al chaval tumbado sobre la cama, examinar su nueva navaja suiza, en la que tampoco faltan, entre varias e insólitas piezas más, unas tijeritas plegables; y al de la terraza del ático, podar sus plantas con unas especialmente reforzadas para quebrar las ramas.
Queda por tanto comprobado que las tijeras se encuentran en una escala evolutiva superior a la alcanzada, por ejemplo, por un simple bolígrafo o una sartén monda y lironda. Incluso para los zurdos existen diseños adaptados. También pueden servir como arma letal, aunque en esto no voy a entrar, pues para matar a alguien sirve casi cualquier cosa.
De todos modos, las tijeras más inquietantes y que más daño hacen son invisibles y están en manos de un grupo de impresentables que dirigen la nación y con las que se divierten haciendo recortes a los derechos sociales adquiridos con tanto sudor y lágrimas.

martes, 5 de febrero de 2013

La novicia


LA NOVICIA

—Lleva horas durmiendo en su cunita como un ángel. ¿A que es bonico? Fíjense, fíjense en los lunares de los mofletes y en sus bucles de oro. ¿Podré quedarme con este, padre Dimas? Es un siervo del Señor, a su viva imagen y semejanza, usted tiene que reconocer las señales. Pero, madre superiora, ¿qué va a hacer con esa pala? 

Se vende


SE VENDE


Al salir no podía evitar mirar de reojo la puerta de su apartamento: dieciocho metros cuadrados de dulce hogar, no pedía nada más.
Cada mañana se despertaba cuando aún no había amanecido y acudía puntual a su trabajo: media jornada retribuida en el almacén donde dedicaba unas diez horas diarias, pero él se sentía afortunado. Mientras tanto, hordas de posibles compradores irrumpían en el piso revolviéndolo todo, arrasando sin compasión, pero tampoco le importaba. Por las noches comía algo caliente por ahí y a su vuelta limpiaba el desastre, leía algún catálogo y se echaba a dormir.
El vigilante nocturno de la mueblería sueca hacía la vista gorda cuando, a su paso, el pobre infeliz se escondía debajo de la cama.