LO SUPERFLUO
En la delegación de asuntos educativos, los responsables
se afanan en optimizar el presupuesto. Hay que acabar con el despilfarro en
esta área y en esas están, en ajustar el gasto en el diseño de la futura
escuela.
«El cielo va
a seguir ahí, ya lo verán cuando se vayan a casa después de clase. Se evita,
además, que se distraigan mirando pasar las nubes, ¡así que fuera!». Y
eliminan todas las ventanas del edificio. Uno de los expertos sugiere aprovechar
los viejos contenedores del puerto, colocando uno junto a otro y apilándolos
hasta tres alturas, en lugar del proyecto de obra tradicional con sus ladrillos,
mortero, escayola, revoco, cristales, persianas y demás zarandajas.
Tras restar todas estas partidas y animados por el
ahorro que esta idea supondría para las arcas, dirigen su mirada al terreno del
plano. «No tiene sentido tanto espacio
desaprovechado, lleno de porterías y canastas, ¡que jueguen en sus barrios,
caramba!». Y con unas tijeras recortan el patio del recreo.
Tanto gustico les da el sonido de las cuchillas,
chas-chas, seccionando el papel, que
continúan eliminando más cosas: las aulas de música, dibujo, audiovisuales y
también, por qué no, el laboratorio, la biblioteca y el gabinete de apoyo. «Aquí se viene a aprender y aprobar el curso;
los caprichos, extraescolares y terapias que se los paguen sus padres».
Con los recortes que se van amontonando encima de
la mesa, hacen unos gurruños que tiran a encestar, con más o menos tino, en la
papelera.