viernes, 28 de mayo de 2021

El vendedor

 

EL VENDEDOR 

No había domingo que no vendiese alguno de aquellos trastos que se amontonaban en su tenderete. Todo tipo de cachivaches exhibía, a cual más oxidado, deslucido, inservible o roto.

—Esta escoba sobrevivió a una quema de brujas —afirmaba el melenudo sin temblarle la voz—. Y esta alfombra voladora, recién llegada de Oriente, todavía podría recorrer distancias cortas, pongamos que de aquí allí —decía mirando el muro del cementerio. Y ya estaban dos viejecillas sacándose del bolso el monedero.

Luego mostraba una varita mágica y una lámpara maravillosa, ¡menuda imaginación! El tío todo el rato enseñando cacharros inútiles e improvisando. Yo hasta la hora de comer no tenía prisa, así que me quedaba por allí, disimulando una sonrisa cada vez que algún incauto compraba alguna cosa.

Aquella mañana se fijó en mí y, señalando con un dedo mi calva, cogió un tarro transparente con un potingue dentro y dijo que era un crecepelo muy bueno. Me quedé perplejo cuando me dijo el precio, pero me fui a casa superfeliz, deseando probarlo frente al espejo.

domingo, 16 de mayo de 2021

Alemania

ALEMANIA

Sacude alfombras, barre cuartos, friega las baldosas del baño. Y todo lo hace cantando, pero solo por mitigar el dolor que tiene en el pecho, por reprimir el llanto.

Son las mismas coplas con que su abuela, allá en su pueblo del mediterráneo, espantaba la soledad de sus últimos años. Pese al cielo plomizo y acerado que día tras día descarga su furia sobre esta ciudad gris, ella entona su canto. Los grajos que anidan en los tejados enmudecen, el canario que trajo consigo de España tuerce el cuello y la mira, callado.

Desde otro de los barracones surge, algunas mañanas, una voz masculina que junto a la suya se eleva bien alto e inician una danza, a lo agarrado. Suena el estribillo alegre, y ella siente como si bailara en el aire con aquel extraño. Son sus instantes de felicidad, hasta que regresa Paco de la fábrica agotado, amargado, tachando un día más del calendario. Un día menos, aunque aún falte tanto.

Los domingos, se juntan todos los obreros a comer paella y tortilla de patata y ella, notando el rubor de sus mejillas, le busca en los ojos de cada uno de sus paisanos.

Altamira

ALTAMIRA

Una cosa era dibujar un caballo o la cabeza de un ciervo, aprovechando el relieve de una roca, y otra muy distinta llenar de bisontes la bóveda de aquella cavidad. Deslomado estaba, y medio aturdido del pestazo a humedad y moho. Todos alababan lo bien que le había quedado y no paraban de llegarle pedidos.

—Mañana pásate por mi cueva y me haces presupuesto —le decían.

Aunque lo que realmente le habría gustado no era pintarlos, sino cocinarlos. Con el descubrimiento del fuego, pasó de comer carne y pescado crudos a embriagarse del aroma de un guiso bien especiado o unas chuletas a la brasa. Adivinaba por el olor, a muchos metros de distancia, todos los ingredientes de cualquier receta. 

Con el tiempo, pensó, desarrollaría técnicas propias, como deconstruir una tortilla de patata y servirla en copa de cristal o incluso, por qué no, utilizar nitrógeno líquido en sus platos. Mientras elaboraba mentalmente esta última ocurrencia, un grito le sacó de su ensimismamiento.

—¡Ven un día a mi gruta de la playa, verás qué paredes calizas tiene más majas!

 

Amor remoto

AMOR REMOTO

Lo que se dice mariposas en el estómago no las he sentido nunca, no sé lo que es eso. Sospecho que la gente repite frases hechas por quedar bien, pero yo no necesito de clichés y paripés para afirmar que a mi marido le quiero. Porque si no, ¿cómo íbamos a aguantar casi cincuenta años juntos? Aunque creo que justo ahí es donde radica nuestro secreto: que juntos, juntos, apenas hemos estado en todo este tiempo.

De Bermúdez, es como le llamo yo, me enamoré la víspera de irse a la mili. Estuvimos dos años carteándonos, pero como no venía nunca por los sucesivos arrestos, decidimos casarnos por poderes. Después, cuando se graduó, yo me quedé preñada del mayor. Entonces se enroló en un pesquero de los que iban a los mares del norte y volvían meses después con la bodega hasta arriba de merluza congelada. Así estuvo años, tantos que acabé cogiendo asco a los langostinos. Cuando la niña iba a hacer la Primera Comunión, decidió dejar el barco y buscó trabajo en la construcción. Cada día, yo le llevaba la fiambrera con el almuerzo y una naranja, y me quedaba en la obra un rato, mirándole poner ladrillos y trajinar con la hormigonera. Metía horas extras a tutiplén, pues ya habían nacido los gemelos, y cuando regresaba por las noches estaba tan agotado que, a veces, el pobre caía rendido en un rincón del portal, debajo de los buzones, y dormía toda la noche rodeado de papeles y folletos.

Ahora que se ha jubilado y para que no se aburra, le mando a hacer recados, a mirar obras, a sacar al perro. Le he apuntado a un grupo de petanca, un club de lectura y otro de excursiones por los pueblos. Acaba de volver de hacer una ruta a la cascada del Asón, se ha sentado junto a mí en el sofá y le he preguntado por Whatsapp que qué tal el día. Y él me ha contestado con un emoticono de sonrisas y otro bostezando mientras le daba un masaje en los pies.

Bosque de interior

BOSQUE DE INTERIOR

Al encender la luz de la mesilla, cientos de estrellas se ponían a girar proyectándose en el techo del cuarto de Nina, que se dormía mirándolas mientras su madre le leía un cuento. Solía improvisar, y cada noche inventaba un personaje para que su pequeña fuese un hada, una ninfa o una princesa de ensueño.

La habitación misma recreaba la casita de un duende. Pero un verano las florecillas de la moqueta empezaron a marchitarse y los peluches de la cama —osos, cervatillos, conejos— fueron confinados al fondo del ropero. De los árboles del papel de la pared quedaron solo ramas peladas, parecían esqueletos. La lamparilla dejó de funcionar y el cielo azul celeste se fue cubriendo de nubarrones negros. Hasta el nido de guata y algodón que habían hecho juntas cayó del alféizar de la ventana, desparramándose por el suelo.

La noche de finales de agosto en que Nina regresó a las tantas, descendió de una moto y permaneció largo rato colgada del cuello del conductor, comiéndoselo a besos, las últimas perdices que aún quedaban por allí emprendieron raudas el vuelo.

Cambio de rumbo

CAMBIO DE RUMBO

No quiso preocuparla con los síntomas primero, con sus temores después; tampoco le contó que le habían hecho una colonoscopia hacía dos semanas. Bastante lío tenía ella con sus viajes de trabajo, con las llamadas intempestivas de la oficina, con reuniones hasta las tantas.

Pero aquella tarde tenía hora para los resultados. Por desgracia, serían malas noticias. «Lo siento, Martín, es cuestión de meses», le diría muy serio el doctor. Entonces regresaría a su casa lloroso, hundido, y al llegar se encontraría a Vero en la entrada, a punto de salir con dos maletas, «me marcho, lo nuestro no funciona», le soltaría sin darle tiempo a abrir la boca, «ya hablaremos más adelante» se despediría desde el ascensor.

Porque el destino es así de puñetero: te encuentras de un día para otro al borde del abismo y completamente solo. Y a Martín, a diez kilómetros de terminar la ruta que hacía cada día como conductor de autobús escolar, y después de repartir a todos los niños, se le aparecería de la nada un perro que le obligaría a dar un volantazo y por no embestir a unos ciclistas que venían de frente caería por un barranco dando muchas vueltas de campana.

Afortunadamente para él, de allí no saldría vivo.

Capturado

CAPTURADO

Ahí venían, podía distinguir sus pasos. Esta vez eran dos, el asunto se complicaba, pero yo les plantaría cara hasta el final, les iba a costar atraparme.

Me atrincheré en mi habitación. Como no tenía pestillo apoyé contra la puerta todo lo que había por allí y me metí debajo de la cama. Pero no fue suficiente. De un empujón, abrieron la puerta y entraron. Uno de ellos subió la persiana, otro me sujetó por los tobillos y me arrastró por el suelo hasta dejarme tendido sobre la alfombra de Batman. Oí cómo se reían y susurraban cosas entre ellos. Abrí los ojos. Papá me estaba atando los cordones de unas zapatillas naranjas nuevas mientras mamá recogía peluches, cojines y ponía donde el pupitre la silla que había utilizado para trancar la puerta. Luego me cogieron entre los dos y me hicieron tantas cosquillas que casi no podía respirar de la risa. La mochila de Mickey Mouse también era chulísima, ¡verás qué cara pondría Izan cuando la viera!

Así comenzó mi segundo día de clase en primaria.

Carpe diem

CARPE DIEM

  
De toda la vida cuando alguien iba a morir vislumbraba esperanzado una luz al final del túnel o se relajaba viendo pasar su existencia en imágenes. A los elegidos, una estrella celestial los conducía hacia el sueño eterno. Pero cuando se ponían remolones iba la de la guadaña a por ellos.

Esto lo sabía bien Ernesto. Atesoraba un buen puñado de finales, unos más de andar por casa, otros más épicos. Fue siempre un gran apasionado del cine, del malo y del bueno; a él lo que le interesaba realmente era ver cómo los personajes afrontaban el postrero momento.

Pensaba por ello que, cuando le llegase su hora, estaría preparado para encarar lo que pudiera tocarle. Para el dolor o para una muerte reposada en el hospital, rodeado de sus familiares. Pero lo que nunca imaginó es que el día de su boda, por insistir en afeitarse en plan profesional, a navaja, se seccionaría la yugular. Y que mientras se desangraba en el suelo del baño, le daría la risa floja imaginando a sus amigotes aburridos fuera de la iglesia con un saco enorme de arroz y la cara que se les estaría poniendo.

Clemencia

CLEMENCIA

Me resultaba familiar el tipo que esperaba empapado en la cola donde estaba dedicando ejemplares de mi último libro. Cuando llegó su turno se me acercó sin nada para firmarle, se subió las mangas y me mostró unos cortes recientes en las muñecas.

—Dé-dé-déjeme vivir. Pi-pi-piense en mi ma-madre enferma, so-so-soy lo único que tiene —dijo implorante.

Mientras recogía en la librería caí en que era László, el amante tartaja del comisario de mis novelas. La verdad, me conmovió. En cuanto llegara a casa reescribiría el primer capítulo de la siguiente entrega, y le sacaría vivo de aquella bañera.

 

 

El amigo invisible

EL AMIGO INVISIBLE

«Solo los chalados hablan solos» se decían sus padres al verle parloteando todo el día. Al principio lo escuchaban con curiosidad y cariño, después se fueron inquietando, hasta terminar realmente angustiados los últimos días. Porque ver al hijo entretenido con sus juguetes y su cháchara solitaria, pues bueno, qué le vamos a hacer; pero esas discusiones acaloradas y cada vez más subidas de tono no les hacía ninguna gracia. Empezó a agotárseles la paciencia cuando rajó los peluches y se llenó toda la moqueta de guata y plumas, pero el día que volaron cochecitos, puzles y hasta una silla por la ventana de su habitación dijeron muy serios que hasta aquí.

Lo cierto es que sus padres tenían razón: cada vez se llevaban peor, eran ambos muy testarudos y no había manera de llegar a ningún punto en común. Así que aquella tarde salieron juntos a jugar al jardín, a indios y vaqueros, y en una de esas ¡zas!, le cortó de un tajo la cabellera, lo descuartizó y tiró sus restos al contenedor de basura.

Los padres pudieron por fin respirar tranquilos, al ver que volvía el hogar a la calma. Demasiada calma tal vez, acostumbrados a tanto barullo. Por eso, en cuanto el niño sintió aquel ansia de sangre que le subía por la garganta hasta oprimirle el paladar, como un adicto, y les suplicó comprar un cachorrito, no tardaron ni un segundo en decirle que sí.

El buitre

EL BUITRE

Aunque los rayos de sol le cegaban vio a través de los cristales sucios del coche a Julián, el capataz, doblado por la cintura, recogiendo caricos. La cosecha del siglo, recordarían durante años en la comarca.

Cómo odio este sitio masculló el sobrino del dueño de la finca, mientras arrancaba el motor.

No había dejado ni un tablón del suelo sin levantar. Cajones vacíos, ropa tirada por las habitaciones, tarros de conservas volcados, todos los cuadros separados de sus marcos… Hasta el pajar donde dormía Julián quedó hecho una leonera. Había puesto patas arriba el caserón de su tío fallecido sin encontrar lo que buscaba.

Mientras se alejaba de allí, se enjugó con un pañuelo la frente y no le sorprendió ver que el espantapájaros también sudaba. ¡Como para no, con lo abrigado que estaba! Chaleco, camisa, jersey, americana, gabán.

Cuando pusieron en venta el caserón, Julián desvistió al espantapájaros, se puso su ropa y antes de partir comprobó que el billete de lotería, tal como le había prometido el viejo, seguía en el bolsillo de la chaqueta de pana.

 

 

 

 

El hombrecillo

EL HOMBRECILLO 

Con el confinamiento, lo de llevar pan a los patos del estanque y deshojar margaritas, «sí, no, sí, no…» se le fastidió, pero se sintió aliviado pues siempre salía que no y se quedaba muy tristón.

Una mañana vinieron unas palomas a posarse en la ventana de la mansarda donde vivía. Al principio les daba miguitas, después las sobras de la comida, hasta que la relación se fue estrechando y ya les cocinaba recetas que veía en la tele: ensaladilla rusa, lentejas estofadas… Los domingos, lechazo o merluza rellena y de postre, flan. Confiadas, comían de su mano, por eso se animó a usarlas como mensajeras para enviar sus poemas de amor a Dorita, la portera. Pero se habían puesto tan gordas que ni una pudo desplegar las alas y volar hasta la portería.

Ahora anda tan liado haciendo canelones, purés y empanadillas que casi, casi, casi, ni piensa en ella.

 

El cuento del lechero

EL CUENTO DEL LECHERO

Venancio miraba a su vaca pastar y hacía cuentas. Con la leche recién ordeñada elaboraría un queso de nata que sería premiado en ferias locales y nacionales. Aumentaría la cabaña y su fama atravesaría fronteras. Para no alargarnos: haría un dineral comercializando la marca y compraría medio monte. Cansado de no tener un día libre, lo vendería muy caro a una multinacional, que perforaría la tierra en busca de gas y envenenaría los acuíferos.

Un día la Tierra se vengará; mejor dejarlo estar decidió mientras miraba a su vaca pastar.

 

El principito

EL PRINCIPITO

Desde donde usted se encuentra le ha parecido que al niño le han regalado un diario y claro, le resulta una exageración que por un simple cuaderno en blanco pegue esos saltos de alegría y llene de besos y abrazos a su mamá. Le invito, pues, a acercarse a él; sitúese a un lado del sofá donde acaba de desenvolver el libro y observe atentamente. Cuando lo abra por la primera página, fíjese bien en esos puntitos rugosos que destacan sobre la superficie y que, como un reguero de hormigas, se esparcen sobre la hoja. Y ahora, contemple con qué delicadeza y habilidad se deslizan sus dedos por encima de ellos y cómo brilla el iris blanco de sus ojos de felicidad.

El regreso

EL REGRESO 

El primer día tras el confinamiento fui al pueblo de mi padre, entré a la cochera y subí a su viejo Panda. Al abrir la guantera encontré aquel mapa de cuando todavía no existían las autopistas. Estaba tan arrugado de desplegarlo y volverlo a doblar que se desmenuzaba entre los dedos, y muchos nombres que coincidían en los pliegues no se veían. Rememoré nuestros viajes en aquel trasto: atrás apiñados la abuela, las mellizas, Golfo y yo, y el maletero hasta arriba. Solíamos parar en una chopera a comer los filetes empanados y la tortilla y a la vuelta siempre había que esperar a que alguna vaca atravesara la calzada, llenándola toda de boñiga.

Estos recuerdos me empañaban la vista mientras conducía al camposanto con sus cenizas. Pero sonreí confortado, pues tras el dolor de su muerte solitaria en el hospital descansaría en paz, por fin, en su tierra querida.

 

El retrato

EL RETRATO

Empezó muy despacito trazando un círculo, después añadió una oreja a cada lado y dentro dibujó unas gafas sobre la nariz y una barba. Le vistió con la camiseta verde del equipo de fútbol local, que sabía que era lo que más le gustaba. Con una de sus piernas chutaba un balón. Pintó unos cuantos pelos que le cubrían la calva, tal como solía hacer él cuando se peinaba, incluso añadió alguno de más. Contempló el resultado y sonrió: ya tenía listo el regalo para el Día del Padre que les habían mandado hacer por la mañana en clase. Escribió un «Te quiero, papá», y algo vacilante puso en una esquina, en letra diminuta, «Carla».

Por la tarde se le pasaron lentísimos los minutos, esperando a que regresara a casa. Nada más entrar por la puerta se le acercó y le tendió tímidamente la cartulina, pero tal como había temido, comenzó a vociferar, sin siquiera mirarle a la cara, «¡tú eres sordo o qué, no te lo repito más veces, quítate ahora mismo ese tutú, jamás irás a clase de danza!», mientras hacía una bola con el papel y la arrojaba por la ventana.

El taparrabos

EL TAPARRABOS 

Fueron siete las expediciones que hizo Juan de la Cosa al Nuevo Mundo, pero como si hubieran sido cincuenta: el equipaje lo hacía siempre su mujer.

—Recuerda cambiarte el calzoncillo cada día. Los sucios los vas tirando —repetía, mientras doblaba docenas de ellos en el fondo del arcón—. Si tienes un accidente o algo, que te vean con la muda limpia.

Al cartógrafo no le quedaba otra que asentir mientras hacía sitio a los lápices de colores y los rollos de pergamino en blanco, que luego enviaría a los reyes Isabel y Fernando con el mapamundi del Nuevo Continente.

En él iba dibujando las Antillas, las costas de Haití, el río Orinoco, el norte de Brasil. Lo decoraba con rosas de los vientos, banderas, barcos, reyes y personajes bíblicos. De lo precioso que le estaba quedando, le premiaron los Reyes con el título de Gobernador de Nueva Andalucía, pero cuando iba a tomar posesión del cargo, murió atravesado por unos dardos envenenados.

Al despojarle de los ropajes, los nativos se probaron divertidos las mudas que llevaba de repuesto, y les pareció muy práctico para no llevarlo todo colgando.

 

Esposa

ESPOSA

Me pidió la mano deslizando en mi dedo anular un anillo de oro con una piedra pequeñita, ¡pero cómo brillaba! No podía dejar de mirarla, me tenía deslumbrada, no me cabía en el pecho mayor felicidad.

Al engordar tras el parto de Bea, la alianza me apretaba y tuve que guardarla en un joyero, que fue llenándose con nuevas alhajas que me regalaba, arrepentido, después de cada desprecio, cada insulto, cada amenaza. Con la primera patada que me dio, cuando nuestra hija ya vivía fuera de casa, le dije que me marcharía, que no quería de él nada, pero ¿a dónde iba a ir yo, pobre estúpida desgraciada?, pensé mientras, lloroso y pidiendo como siempre perdón, me ponía en la muñeca un grillete de diamantes del que nunca podría escapar.

Flores tardías

FLORES TARDÍAS

Mariví, la dependienta de la corsetería, soñó anoche que una limusina aparcaba frente a su tienda, un chófer uniformado abría la puerta de atrás y se apeaba Julián, el barbero, que acababa de ganar un millón en el casino. Vestía de frac y olía a perfume caro. Con aires de galán se le acercaba, caía de rodillas a sus pies y deslizaba en su dedo anular un anillo de rubíes. Entonces ella, por hacerse la interesante, le rechazaba un poquitín. ¡Qué delicado, vaya tragedia! ¿Cómo iba a imaginar que aquella misma tarde, en una butaca de su salón, se cortaría las venas?

«Hasta en los sueños me quedo sin pretendientes», se lamenta. Mientras repasa unos albaranes ve entrar a un tipo regordete, patizambo, con tirantes y bombín. Es Simón, el hijo de la estanquera. «Ho-hola», saluda. «Creía que era mudo», piensa ella. Entonces él, temblando como un flan, le ofrece un ramo de margaritas y Mariví, que hace ya tiempo que se tiñe las canas y no soporta cenar sola, le dice que sí.

Fotos

FOTOS

En la bolsa de rafia, de cuadros blancos y rojos, metió todas sus cosas y todavía le sobró sitio. Se habría llevado también el brasero, pues empezaba a sentir humedades en los huesos. Y el butacón, que aunque con algún muelle roto y lleno de quemaduras de cigarrillo, ya había cogido la forma de su cuerpo y dormía ahí muy a gusto.

Pero al asilo solo podía ir con lo imprescindible: el transistor del que no se despegaba nunca, el gabán descolorido, las mudas más nuevas y el jersey de rombos. Con la ropa que llevaba encima tendría para quita y pon. El tabaco de liar lo había escondido abajo de todo. Y, por supuesto, las fotos de la estantería de la mansarda sin baño ni cocina, donde se había refugiado hacía un tiempo, y sobre la que iba a ejecutarse una orden municipal de derribo.

La de la boda era su favorita. Y la del bautizo del primer hijo, la del verano en Benidorm, la de todos posando felices junto a un Ford Fiesta azul. ¡Cuánta compañía le habían hecho estos últimos años! Ojalá, pensaba mirándolas con cariño, hubiese tenido él una familia así.

Genocidio

GENOCIDIO

De la escuela de su aldea quedaba en pie una pared y una pizarra. De camino a ella, iba atravesando edificios en ruinas, humeantes aún los rescoldos, y socavones donde antes hubo coches aparcados o tenderetes del mercado.  Gente que deambulaba gimiendo, de uno a otro lado, y pequeños incendios que los hombres, con cubos de agua, iban sofocando. De vez en cuando, veía bajo los cascotes un brazo o pierna desmembrado. 

Solamente el baobab centenario que presidía la plaza asistía lleno de vida al derramamiento de sangre entre hermanos.

Happy Birthday

HAPPY BIRTHDAY

La señora Sullivan sigue hablando de su pequeño Tommy en presente, como si aquella mañana al cruzar la calle corriendo no hubiera resbalado y caído debajo de un tractor, justo delante de ella. Vinieron los bomberos y tuvieron que tirar de los pelos para despegarlo del asfalto. Desquiciada por la muerte de su único hijo, habría querido morirse allí mismo y pasar a un plano espiritual, para reunirse con el niño, pero su corazón se empecina en latir, sus células en seguir siendo y, pese a su desesperación, hoy ha soplado 105 velas en el sanatorio donde está internada.

La chacha

LA CHACHA

Los lunes Chari cocina y congela en fiambreras para toda la semana; los martes toca colada y plancha; los miércoles encera el parqué; los jueves friega bien fregados los baños; y los viernes a limpiar el despacho del señor.

Siempre está ahí metido, tiene hasta un orinal para no tener que levantarse por si las musas le visitan en mitad del pasillo y ¡zas! se le escapa la inspiración antes de llegar al ordenador. Le dan siempre las tantas aporreando el teclado y luego se queda dormido encima del escritorio, extenuado.

A Chari al principio le daba no sé qué, limpiar con el señor roncando, pero ya se ha acostumbrado. Así que empieza recogiendo los folios arrugados que se amontonan dentro y fuera de la papelera. Hay docenas y esto le lleva un buen rato. Después vacía ceniceros, recoge las tazas de café, ventila el cuarto. Como el señor hace vida ahí, el teclado se va llenando de mierda, por lo que lo vuelca y con un bastoncillo humedecido en alcohol, retira migas de galletas y hebras de tabaco. Alguna uña se encuentra también, y algún moco resecado.

A veces se desprende una tecla y, antes de encajarla en su sitio, Chari saca del hueco montones de párrafos, frases en verso y hermosas palabras cuajar, madreselva, pestañeo que a puntito estuvieron de llegar a la pantalla en un momento de éxtasis creativo. Pero a Chari qué le cuentas, esas cosas ni le vienen ni le van, ella está ahí para sacar brillo y punto. Y al final mete los poemas nonatos junto a las colillas y las bolas de papel, arropa al señor con la bata de cuadros y sale del estudio con la bolsa llena para seguir con el zafarrancho.

La entrevista

LA ENTREVISTA

Ayer cayó el «Gordo» en el asilo, un décimo por cabeza, y dos reporteros del diario local acuden para hacer una entrevista. La directora les advierte que Ofelia es muy parlanchina, pero ellos insisten en hablar con la más anciana.

«Para ser nonagenaria parece muy lúcida», se inquieta el entrevistador, «la imaginaba más cascada».

—A Carmina la he echado —les informa ajustándose la dentadura— que es muy cotorra. Y como ven, también muy desordenada —prosigue señalando la mesilla llena de cajas de medicamentos, blísteres y papeles.

Ofelia, muy animada, les promete que será breve y comienza su cháchara por el año que nació. Les muestra un surco y otro de su cara, «el mapa de mi vida», lo llama. Cada arruga tiene un porqué, cada cicatriz un cuándo, cada mancha un aquél. Uno de los periodistas se revuelve en su asiento; el otro husmea en la mesilla y revisa baldas y cajones, fingiendo hacer fotos, mientras ella soba distraídamente el billete en su bolsillo.

Una hora más tarde Ofelia aún va por el día en que comulgó por primera vez.

 

 

La guerrera

LA GUERRERA

No puede estar más rica el agua. Ha sido alcanzar la meta, meter un pie, después el otro, caminar por el fondo de arenas blancas, avanzar lentamente hasta cubrirte por la cintura, sumergirte entera y después dejarte flotar en el lago, ingrávida. Una gozada sentir la tibia humedad acariciando tu piel. La pena es lo poco que dura el deleite, esa sensación tan placentera que quisieras alargar, de lo a gusto que te hallas. Pero te has dormido. Ha sido cerrar los ojos, notar la ligereza de tu cuerpo y ponerte a roncar. Porque siempre llegas agotada.

Saliste al alba a por el sustento para tus crías y te adentraste en la jungla abriéndote camino a machetazos entre la maraña, pinchándote con las espinas de los arbustos, esquivando víboras, carroñeros y trampas, defendiéndote de sus ataques con colmillos y garras… para, al final de la jornada, regresar con el alma magullada a casa.

Y justo ahora, cuando más profundamente dormida estabas, va y suena un pitido, un ruido estridente, horroroso, que te hace dar un respingo, asustada. Como cada día, a las cinco de la mañana, apagas de un manotazo el despertador, te levantes legañosa de la cama y te metes a la ducha, pensando que mejor no recordar que todavía es martes, que te queda por delante toda la semana.

 

La hipoteca

LA HIPOTECA

¿Qué padres no se sacrifican por un hijo para que tenga todo lo que ellos no tuvieron, para que estudie y llegue hasta donde ellos no pudieron llegar, en definitiva, para que se haga un hombre de pro? Cuando Arturito nació, sus padres en eso estaban, en que nada le habría de faltar.

Trabajarían de sol a sol en un bar que habían visto en venta. Él poniendo cafés, pinchos y raciones, atendiendo las mesas, aguantando a los borrachuzos que no le dejaban echar la persiana hasta bien entrada la madrugada. Ella en la cocina, entre cazuelas, humareda y olor a fritanga, y barriendo y limpiando las meadas del baño. Sin día de descanso, ni vacaciones, ni nada. Todo para ahorrar. Para que su niño estudiase la carrera que quisiera.

¿Te imaginas que, pese a meterse en la tuna y juntarse con lo más bandarra de la facultad, termina, aunque tarde doce años, una ingeniería, pongamos que aeroespacial, y que le contraten los de la NASA, y que a los dos días se enteren de que tiene vértigo y nos lo manden de vuelta para casa? decía el padre a la mientras miraban al recién nacido berreando en la cuna justo antes de firmar lo del bar.

La limpiadora

LA LIMPIADORA 

La librería estaba a oscuras cuando entró Gladys empujando su carrito, pensando qué se encontraría hoy tirado por ahí.

Comenzó por la primera planta, la de juegos y libros infantiles. Con la escoba barrió unas migas de pan y un espejito mágico. Después recogió un zapato de cristal y varias perdices que metió entre las páginas de un libro que había sobre la mesa. «Cenicienta», ponía en la tapa. Vio entonces una manzana roja que había llegado rodando hasta debajo de un radiador.

Mejor esto que la cucaracha que salía ayer de «La metamorfosis» pensó, mientras le daba un mordisco.

 

La parada

LA PARADA

Conocía esa luz. Había escapado otras veces de ella y sabía lo difícil que era no dejarse seducir por su destello hipnótico, cálido, neblinoso.

La primera vez, cuando aquellas fiebres, estuvo una semana deslumbrado, pero su madre sujetó firmemente su mano, día y noche, impidiendo que se lo arrebatara; durante la guerra, cuando una granada le arrancó un brazo y un torniquete hecho a tiempo rompió el hechizo del resplandor; y ya jubilado, y manco, cuando salvó a dos niños de la resaca que los arrastraba mar adentro. Flotaba ingrávido en la llama cegadora, medio ahogado, cuando una ola lo devolvió a la orilla.

—Voy al baño, no tardo. —Su hijo no respondió, ni quitó la vista del surtidor, mientras echaba gasolina. Al volante su nuera, Marisa, sonreía al retrovisor y se humedecía con la lengua los labios. Antes de entrar al lavabo, se giró al oír un chirrido de ruedas y vio la polvareda que levantaba el coche al alejarse.

Entonces sintió un desgarro en el costado izquierdo y notó una tristeza inmensa derramándosele por el pecho, como él por el suelo, y sin oponer resistencia se entregó a la luz que refulgía, esta vez, en todo su esplendor.

La receta

LA RECETA

Yo iba a por cerveza a la nevera cuando una corriente de aire ¡pumba!, cerró la puerta de la cocina a mi espalda. Estoy perdido, pensé al recordar las palabras de Rafa, «cuidado con Maru, es muy pesada», pero es que las latas que había en un cubo con hielo en la sala estaban calentorras y a mí me gustan heladas. 

La tal Maru me arrastró a una banqueta y se puso a rajar sin apartar de mí su mirada. Para que no escapara.

-Las alubias de cocido son estas, con forma de riñón, ¿ves? dijo mientras me metía la cuchara hasta la garganta. A remojo hay que dejarlas ocho horas. Ni nueve ni siete, ocho, ¿entiendes? Y con una hoja de laurel en el agua, para evitar los gases de luego.

Yo no la había pedido ninguna receta, lo juro, pero ahí siguió, recitándola: que si la panceta, el chorizo, la patata. Que si la berza (no repollo) bien picada.

Cuando vinieron a rescatarme, en vez de la cerveza tuve que tomarme un Alka Seltzer y tumbarme en una cama.

 

Land of plenty

LAND OF PLENTY

«El barco estaba a punto de atracar y yo de iniciar mi sueño americano», es como comienza don Celso su relato. Don Celso, así le llama hasta el último de sus bisnietos, pues es como a él le gusta ser nombrado.

Porque con el sudor de su frente se lo ha ganado. De lustrar zapatos en una acera de New York, vestido entero de andrajos, a atravesar las polvorientas carreteras del país con un puñado de dólares escondidos en el calzón. Después meses, años, deslomado en ríos de aguas heladas, subyugado por la fiebre del oro, hasta encontrar aquellas pepitas, ¡qué digo pepitas, si eran como puños!, dos, siete, veinte, hasta treinta y cuatro contaron, todas para él solo si lograba ensillar un caballo mientras los otros dormían y largarse, huir bien lejos, donde los campos de algodón. Allí se hizo con un almacén, con unos acres de tierra, con unos esclavos, y se convirtió en un hombre rico, millonario, y cuando se aburrió de aquel calor pegajoso y de las negras de la plantación, se volvió con su familia al viejo continente, convertido en un respetable indiano.

Y cuando van de visita al caserón familiar, sus nietos y bisnietos escuchan boquiabiertos lo de la larga travesía, lo del oro y el algodón, pero los detalles color sangre, ¿para qué contarlos?, pues tendría que incluir en el inicio, con la pereza que le da recordarlo, que viajó a las américas de polizón y tuvo que apuñalar y tirar por la borda a otro pasajero, un tal Celso, para poder pasar la aduana con una tarjeta de identidad, y esto haría demasiado largo el relato.

Los de fuera

LOS DE FUERA

Después del almuerzo y hasta la hora del cepillado, al gato de los Carvajal le gusta echarse en el balcón, sobre un cojín relleno de plumas muy cómodo que le regalaron por su cumpleaños. Ahí se pasa la tarde, haciendo la digestión, lamiéndose las patas y ronroneando. Hoy está que se cae de sueño, pues ha comido demasiadas albóndigas de espinacas y pavo, pero cuando empezaba a quedarse dormido una escandalera procedente de la calle le ha sobresaltado. Estira las orejas, diríase que contrariado: ahí abajo, entre unos arbustos, una gata intenta amamantar a sus siete gatitos, pero parece inexperta y ellos difíciles de contentar. Donde los cubos de basura, y rodeados de todo tipo de inmundicias, un par de gatos sucios y despeluchados se hallan en pleno rifirrafe, enzarzados por una raspa. Uno maúlla como loco cuando el otro le araña el hocico, pero sin dejar de sujetar con los dientes la cabeza del pescado.

Todo este jaleo le ha desvelado y con cierta displicencia fija su mirada un poco más allá: entre dos coches aparcados, una hembra y un macho están en pleno cortejo amoroso. Él la mordisquea el cuello, ella da varios giros, como intentando evitarle o haciéndose la interesante. Se olisquean y se chupan mutuamente los genitales, y al gato de los Carvajal le dan un poco de asco esas intimidades, aunque al mismo tiempo nota una ligera erección que, por pereza, ignora. Ahora ve otro gato, con el rabo amputado y un ratón entre las fauces. Camina distinguido, luciendo el trofeo, y va tan alelado que al cruzar la calle no le da tiempo a esquivar una moto que pasa a toda velocidad.

Los aullidos que pega el pobre infeliz le resultan del todo insufribles, así que se mete para dentro de la casa y busca a la señora Carvajal, que está bordando en el salón, y se tumba en su regazo para que le acaricie un poco el lomo. ¡Aahh, qué gustito cuando le rasca detrás de las orejas y qué dulces y tibios son aquí los días!, podría estar pensando este gato, ¡y qué estupendo será pasar sus siete vidas entre estas cuatro paredes, a salvo!

Los viejos tiempos

LOS VIEJOS TIEMPOS

Merienda de chocolate y pan o de Bony, Pantera Rosa y Bucanero. Los «¿queda mucho para llegar?», y los «me hago pis, me mareo», repetidos por turnos por los cuatro hermanos. Sorbitos a las Fantas compartidas, para que nos durasen más, hasta beber el último trago del tiempo. Codazos, peleas, «el Veo, veo», las canciones de Parchís y los payasos de la tele en el abarrotado asiento trasero, y cómo no, el «¡Cumpleaños feliz, mamá!», un año más, por supuesto. Ir a sesenta, adelantar un tractor, llegar dos horas después sudorosos del paseo y aparcar el Seat 600 que nos prestaban ese día en el geriátrico. Salir como a presión uno tras otro por la puerta del conductor, y pasar a mamá del asiento del copiloto a la silla de ruedas que tenía preparada un celador. Enjugarle las lágrimas, sentir emoción por su mirada de agradecimiento, despedirnos hasta la siguiente vez, darle muchos besos. Y finalmente regresar a nuestros coches con un nudo en el pecho para, lo primero que hacer, encender nuestros móviles y tabletas, responder los mensajes pendientes, poner caritas y emoticonos, abstraernos en nuestro universo.

Metáfora

METÁFORA

No era que el camino no estuviera perfectamente señalizado. Clavado en lo alto de una vara de avellano, en un trozo de corteza, ponía «Mermelada artesana. 200 metros», y señalaba un sendero mullido de hierba y salpicado de florecillas silvestres. A lo lejos se oía el rumor de un riachuelo y el canto alborotado de los pájaros.

Sin embargo elegí avanzar por una senda pedregosa y embarrada, llena de raíces traicioneras, y abrirme paso a través de ramas espinosas por donde la luz del sol apenas lograba entrar.

Quizá la ruta fácil la hiciera al regresar

Pero amanece

PERO AMANECE

Suele despertarte canturreando, y tú la recibes con torpes palmadas mientras abre las ventanas y entra el aire limpio de la mañana. Te enjabona todo el cuerpo y te aclara con una esponja que escurre en una palangana. Las sábanas las cambia en un pis pas, se nota que tiene práctica y, aunque se mueve con rapidez, unta con mimo la pomada en las rozaduras que te hace el pañal. Huele bien esa loción, y gorjeas de gusto cuando te pone el pijama. Ibas a decir mamá, pero qué rabia, no consigues articular palabra. Te peina los cuatro pelos con suavidad, te quita las babas y se despide, «hasta mañana, Julián».

Entonces te llega ese asqueroso olor a caca, arrugas disgustado la nariz y al subir el embozo de la sábana notas un líquido pegajoso que resbala por tus piernas, traspasa el pañal, te empapa el pantalón y hace charco bajo tu espalda. Pero la señora gorda de coleta que entra ahora ya no es tu mamá, te llama cochino viejo de mierda mientras enrolla la ropa sucia de mala gana y es cuando te viene un fogonazo, el recuerdo nítido de quién eras, y te echas a llorar.

Preliminares

PRELIMINARES 

Casi nada de lo que proponía la revista para preparar una velada romántica convencía a Flori. Las velas las descartó; si a Mauricio le olía a cera se ponía muy pesado preguntando que dónde era el funeral. Los pétalos de rosa sobre la colcha, ni hablar; bastante tenía ella con barrer los pelos de Bola. El champagne, tampoco; a Mauricio no le sacabas del vino con casera. Y lo de las ostras, el foie y los dips con salsa de yogur, vaya moderneces más tontas; unos huevos con chorizo y era el hombre más feliz del mundo. Al final se volvió de los recados con el carrito medio vacío.

Pero cenaron muy a gusto. En la cocina, para no sacar la vajilla buena. Y mientras estaba todo entretenido pasando la lengua por el plato, Flori se levantó a por las fresas, encendió la música y comenzó a sonar el «Despacito» al tiempo que dejaba caer al suelo la bata de franela. Debajo llevaba únicamente un delantal rojo diminuto, tan apretado que se le salían las tetas fuera.

Mogisss —susurró con aquel acento francés que tan cachondo le ponía, contoneándose y untándose de nata los pezones— el postre aquí, mmmon chéri

 

 

Tesituras

TESITURAS

La discusión fue subiendo de tono, empezaron a insultarse, se engarraron y al final acabaron a tortas. No me extrañó demasiado porque ya había ocurrido otras veces. Las niñas y jóvenes que antaño fui aparecen siempre en los momentos en que estoy tomando una decisión importante. Según ellas, vienen como meras observadoras, interesadas simplemente en que el proceso culmine en la opción más idónea. Sin embargo, algunas no son tan conciliadoras como su sonrisa angelical podría hacer pensar sino que, más bien al contrario, son superrencorosas. No me perdonan que prefiriera irme a vivir con papá cuando se divorciaron mis padres, dicen que por mi culpa mamá se trastornó; ni que no me tirara a aquella poza a rescatar a Calcetines cuando se ahogó; ni que dejara a Luis, con lo que me quería; ni que estudiase para enfermera en vez de matricularme en Filología, con lo buena escritora que podría haber llegado a ser. Al menos esta vez os puedo curar las heridas y escayolar, les replico mordaz. Pero siempre me dejan pensando qué cosas maravillosas me habrían podido pasar.

The end

THE END

En la librería de Melissa, junto a los cuentos de hadas y princesas, había puesto su mamá un nidito hecho con guata, plumones de almohadón, terciopelo y organdí para que las perdices de los finales estuvieran confortables y felices, y nunca se quisieran ir. No contaba esta señora con las noches calurosas de verano, la ventana del dormitorio de su hija abierta de par en par y los ojos amarillos de aquel buitre baboso que se relamía contemplando a la criatura mientras, con sus dedos sucios, partía en dos el cuello de cada uno de los pajarillos.

Vocacional

VOCACIONAL

Desde bien chiquitín, Julito cantaba que daba gloria oírle. Ya en la cuna, acompasaba los berridos a su respiración, lo que les dotaba de un volumen y duración acordes a sus demandas: no era lo mismo un pañal un poco mojado que todo el pastelón de mierda desbordándose por el elástico y resbalando por sus muslos hasta empapar las sábanas y el colchón. Ni gritaba igual cuando no encontraba el chupete que cuando se cayó aquel día a la calle desde el balcón.

De los cuatro hijos era al que más quería Luciana. Andaba siempre pegado a sus faldas, y como ella era mucho de entonar coplas y rumbas mientras hacía la casa o despachaba en el colmado, pues el chiquillo se aprendió todas las canciones. También las de la radio y los programas de televisión.

Con todo, lo que mejor se le daba era la zarzuela. «La voz masculina se clasifica en diferentes categorías» explicó una tarde el maestro de escuela a Luciana mientras se recomponían a toda prisa en el almacén, «la del niño es barítono tenor».

Por eso cuando el padre regresaba con el barco después de faenar durante meses en altamar, Luciana obligaba a Julito a soplar la flauta mientras alguno de los hermanos destrozaba un villancico por Navidad.

 

domingo, 3 de mayo de 2020

Penumbras


PENUMBRAS

Le huele a madreselva cada vez que abre el álbum por donde la foto de su hija vestida de Primera Comunión. Fue lo único que su suegra le permitió hacer aquel día, ocuparse de las flores.
Estuvo toda la mañana fuera escogiendo las más coloridas: naranjas, rosas, rojas, lilas. Apenas almorzó y dedicó la tarde entera a trenzar la corona. La hizo y deshizo una y otra vez, de lo que le temblaban las manos. El ramo le resultó más sencillo, solo tuvo que atarle un lazo. Mientras tanto, la suegra arreglaba a la niña. Los calcetines de perlé, los guantes con borlas, las merceditas. Con el vestido tardó un poco más, la cremallera de la espalda no subía, pero resolvió el contratiempo con unos cuantos alfileres y unos imperdibles.
Para la foto no hubo más que discutir, con aquella mujer no se podía. Aunque ahora, años después, al mirar el retrato reconoce que fue la mejor decisión: sentada en la butaca de orejas del salón, para apoyar su cabecita. Y con los cortinones echados, para que no se notara su piel cetrina, los ojos comidos por los peces, la hinchazón tras una semana hundida en el fondo del río.


Musarañas


MUSARAÑAS

En un lugar que a Camilo se le antojaba remotísimo, aunque pudiera verlo desde la ventana del aula, una niña de coletas pelirrojas y pecas por toda la nariz saltaba a la comba con sus amigas. Estaban en su rato de recreo. Pero no importaba dónde estuviese Lucía, pues hasta con los ojos cerrados podía imaginar sus párpados de muñeca, su piel tan blanca y fina, sus uñas color chicle. A punto estaba de imaginar, también, el color de sus braguitas debajo del uniforme azul cuando un pescozón del maestro lo despertó para señalarle el pupitre. El examen en blanco todavía estaba allí.

Terapia express


TERAPIA EXPRESS

Tropezamos en la T4. Me miró. Fue un instante para él, toda una vida para mí. Se disculpó, me ayudó a levantarme y continuó su camino. Yo me quedé con el roce de sus dedos en mi mano y mientras seguía pasando la mopa, mi mente voló a Tokyo. Ah, que no lo he dicho: era japonés, o chino.
Viviríamos en una casita muy feng shui: cada cosa ordenada en su sitio. Yo cuidaría del frondoso jardín, de las flores de loto, de los pececillos del estanque. Y él prepararía un té de jazmín en nuestra cocina requetelimpia. Y tendríamos un hijo precioso, con sus ojos rasgados y su flequillo liso.
Pero el amor se acabaría, porque éramos tan distintos. Yo me volvería a mi país y vaya lío con el vete y ven del crío, que si dónde pasaría las navidades, los cumpleaños, las vacaciones…
Cada vez que riño con mi Pepe me choco intencionadamente con algún pasajero atractivo mientras limpio la terminal. Se me suele quitar así el cabreo y luego vuelvo a casa deseando darle un achuchón al atontado de mi marido. Eso nunca, ni con el japonés ni con ningún otro, me habría apetecido.

El sofá


EL SOFÁ

En el lugar más inesperado aparecen a veces las cosas y lo que es peor aún: en el momento más inoportuno. Ni me acordaba de los calzoncillos que me regalaron en mi despedida de soltero, los de tirantes que se metían por la raja del culo. Y de la stripper mulata.
La noche de bodas se le coló a Laura el móvil por el sofá y al buscarlo aparecieron ahí, hechos un gurruño. Se lo expliqué, ocultando mi rubor, lloriqueó con desconfianza y mientras la tranquilizaba y se quedaba roque sobre mi hombro, tanteé entre los cojines. Al menos el condón usado todavía estaba allí.

El primer chef


EL PRIMER CHEF

Las palabras iban surgiendo al mismo ritmo que los acontecimientos: nubes, tormenta, rayo, árbol, fuego…
Una tarde gris de invierno estaba rumiando unos nabos a la entrada de la caverna cuando vi humo a lo lejos, ¿qué sería aquello? Y para allá me fui corriendo. Daba pena ver el bosque así, tan negro. Deambulando entre troncos y matojos encontré una ardilla chamuscada, me dio por hincarla el diente, le chupé hasta los huesos.
Los del clan dejaron de hablarme. «¡Qué asco!», dijeron los más viejos. Hasta que un día asé sobre corteza de abedul unas codornices y ni uno vegano quedó en cuanto las olieron.


Convivencia


CONVIVENCIA


—Como la tortilla de patata que hacía mi abuela, ninguna. Esto, compañeros, no admite discusión —empezó a decir Mauro. Era el más hablador de los cuatro.
Se me está haciendo la boca agua. Gerardo se restregó con la manga la barbilla por donde le caía un hilo de baba.
Al ver que los otros no decían nada siguió con su relato. Se le hacía insoportable tanto silencio.
—Teníamos un huerto continuó, animado. Era pequeño, pero había de todo: patatas, puerros, calabacines, repollos. También una higuera y perales. Ya os digo, de todo. Yo siempre me ofrecía voluntario para ir a por cebollas. Escogía las más tiernas y aromáticas, ¡cómo olían cuando las arrancaba! Y luego mi abuela hacía el sofrito con un pimiento verde. Mientras aquello se pochaba a fuego lento y un aroma delicioso impregnaba la cocina el recuerdo de esto le llevó a estirar un poco el cuello y olisquear el aire, yo batía los huevos recién puestos por gallinas que vivían tan campantes, picoteando por el corral y los prados, comiendo cereal y gusanos…
—Por qué no te vas a la puta mierda —gruñó Luciano, que llevaba un buen rato mascando un nabo reseco.
Román escuchaba con el ceño fruncido mientras pelaba con dedos temblorosos unas bellotas heladas. Miraba la navaja, miraba a Mauro. No conocía de nada a aquellos tres tipos con los que le había tocado patrullar por el monte. Cuando se dieron cuenta de que el enemigo era más fuerte que ellos, corrieron a buscar refugio; y suerte tuvieron de encontrar aquel hueco en una pared de piedra.
En el interior de la cueva, los cuatro soldados se apretujaban unos contra otros para darse calor, para no morir congelados, para seguir vivos hasta que pasase el peligro. Si es que lograban salir con vida de aquel confinamiento.