martes, 14 de junio de 2022

En la Toscana

 EN LA TOSCANA

Las manchas de tomate en el mantel de hilo se quitan vaya, algo tienes que frotar, pero las de vino son más complicadas. Por eso hay que dejarlo toda la noche a remojo en una palangana, con agua caliente y polvos de oxígeno activo, que ayudan a eliminarlas. A veces, cuando lo vas a tender, te das cuenta de que aún queda el cerquillo y hala, a repetir todo el proceso desde el principio: frotar, remojo, lavar y colgar para secar.

Y esto a otra persona le da igual, hay sirvientas que hacen su trabajo, terminan la jornada, luego dan las buenas noches y se van a la cama, sin que se les ocurran cosas raras. Pero Antonella no es una mujer muy equilibrada que digamos y cada día está más y más enojada, se enfurruña ella sola, porque nadie la escucha en esa casa. Ella propone poner manteles de papel, comer sopa, salmonetes al horno, patatas guisadas, y beber agua. Pero los Lombardi que no y que no, que quieren la mantelería fina, y el vino Chianti, faltaría más, y espaguetis a la boloñesa, para comer y cenar, y a la pobre Antonella la tienen tan rabiosa que por su cabeza están empezando a circular ideas descabelladas. Y no vamos a adelantar acontecimientos, que seguro que es un pronto y se le pasa, pero hoy se ha puesto a buscar en Internet cómo se hacen desaparecer las manchas de sangre en una colada.

Boletín de noticias

 BOLETÍN DE NOTICIAS

Salvo cuando hay cortes de electricidad y para soportar el silencio que les rodea, el televisor de los Petrov está siempre encendido. Cada cincuenta minutos irrumpe en todos los canales un militar dando el parte de guerra y se llena la pantalla de imágenes tremendas: autobuses incendiados, hospitales sin ventanas, niños con vendas en la cabeza, muertos en las aceras.

En la despensa de los dos ancianos aún quedan arenques en conserva y mermelada de grosella. Resistirán, dicen, hasta que acabe la contienda. Mientras, se turnan con el mando a distancia para no ver los informativos, para no morir de pena.

Cinema

CINEMA

Cada año, la mañana de Navidad, conducía nuestro padre hasta el pueblo para traer a la tía Fuencisla. La llamábamos «tía y pico», porque era hermana o prima o pariente lejana de una bisabuela de mi madre. Realmente, nadie de la familia conocía su verdadera filiación, pero ya era tradición que por Navidad se sentase siempre a nuestra mesa.

Para la ocasión, la peluquera de su residencia le quitaba las horquillas del moño, le echaba un champú para dar volumen y le secaba el pelo al aire, para que quedase más suelto. Después en casa, había que tirar de ella para que dejara de mirarse en el espejo de la entrada. Se la veía feliz con su pelambrera morada y gris, aunque a mí me recordase a un león. Como además estaba media sorda y tenía un buen vozarrón, cada vez que abría la boca para pedir otro langostino o más moscatel, sonaba como un auténtico rugido y me parecía que temblaban las paredes y se movían las cortinas del comedor.

Recuerdo que al principio le tenía un poco de miedo. Pero después de los postres, mi hermano mayor me llevaba al sofá del salón y se sentaba entre ella y yo, y mientras seguía comiendo mazapán y turrón y bebiendo alguna copita más de aquel vino dulce tan cabezón, no paraba de contarnos unas historias entretenidísimas que escuchábamos con la boca abierta. Y después, justo antes de quedarse roque, siempre nos daba un billete de cien pesetas, con la condición de que nos lo gastásemos esa misma tarde en ir al cine a ver una película «de esas americanas en color».

Juegos de niños

JUEGOS DE NIÑOS

Le había prometido Mirta al hijo el regalo que quisiera si aprobaba el curso, convencida de que suspendería. Por eso se le puso esa cara de incredulidad y alegría cuando el niño, que no abría un libro ni de casualidad y estaba todo el día en la calle con los pandilleros, pasándose el balón, oyendo rap o fumando, que aunque él lo negaba ella no era tonta, que le olía el aliento, trajo las notas a casa: todo cincos pelados, pero el año que viene iría al instituto.

Pensaba que le pediría un patinete eléctrico, las zapatillas Air Jordan o un videojuego, pero cuando escuchó lo que quería se le ensombreció el semblante.

El juego de investigador forense o una cartuchera con revólver.

Lo que me faltaba, pensó, mi hijo de bandolero con un arma por el barrio. El dilema estaba entre elegir tener al niño husmeando por el piso en busca de ADN, rascando con el palito el sofá, el mando a distancia, las dos copas de vino de la noche anterior, recogiendo pelos de su almohada, de la toalla de la ducha, sacando sus bragas de la lavadora para recoger restos orgánicos y dibujando el retrato robot de su amigo Antón cada vez que venía a verla, arriesgándose a que se fuese de la lengua cuando el padre volviese el viernes por la noche con el camión… o las dichosas pistolas.

Y eligió, aun sabiendo lo que opinaban las otras madres de los juguetes bélicos.

 

Los últimos atlantes

 LOS ÚLTIMOS ATLANTES

Mientras tensaban las velas de las dos naves que aún flotaban y se proveían de manzanas, tiras secas de anguila, agua dulce, además de herramientas, planos y manuales de construcción, los únicos supervivientes presenciaban, a través de una nube de ceniza, cómo un río de lava incandescente engullía su isla. Todo el esplendor de una civilización levantada sobre aquella tierra fértil, protegida por dioses esculpidos en oro en templos que rozaban el cielo, se hundía en el océano.

Les llegaba el agua por el pecho cuando, entre lágrimas, se despidieron. Uno partiría hacia Egipto, el otro llegaría a la costa de México.

Malvas y blancas

MALVAS Y BLANCAS

Sale el sol aligerando de rocío las telarañas y despertando los aromas del campo: limón, lavanda, tierra mojada, estiércol fresco de vaca. Se oyen ladridos, ruido de tractores, el trino de aves alborotadas.

De estos sonidos y olores, Hanna no percibe nada. Cada mañana disimula los pinchazos en el pecho para no preocupar a sus compañeras del albergue, que intentan animarla charlando con ella, sacándola a pasear. Llega después la traductora y les enseña en español el nombre de algunas plantas: hortensias, margaritas, lirios, jaras.

Pero su mente está en su balcón, a miles de kilómetros de distancia. Allí tras el verano no sobrevivían ni azaleas ni camelias ni nada; se amustiaban en cuanto se debilitaban los rayos de sol. Además era tan pequeño que apenas cabían cuatro macetas, el tendal y la silla donde se sentaba Viktor a fumar. Siente otra punzada en el alma al recordar cómo le reñía cuando se encendía un cigarrillo, ¿no tragas bastante humo en la fábrica?, solía decirle, mientras le quitaba el paquete enfadada.

Hanna escucha esas palabras extrañas y reza en voz baja. Solo pide que su corazón resista, para poder regresar y depositar una corona de flores en su tumba improvisada.

 

 

Encantamiento

ENCANTAMIENTO

Le pareció mágica su luna de miel rural: el murmullo del arroyo acompañado del coro de ninfas y hadas, los cientos de cometas que surcaban un cielo de purpurina malva y, por supuesto, las caricias y el revuelo de sábanas en el colchón de agua.

Cuando los días de ensueño terminaron, ya todo le molestaba: el canto del gallo de madrugada, oír a cada hora las campanadas, las arañas dentro de la habitación, las vacas llenas de boñiga pegada…

Más adelante se enteraría de que aquello era lo normal; en un segundo se rompe el hechizo y pasas de novia a casada.

Sapiens

SAPIENS

Andan últimamente apáticas las musas, sin ánimo de acompañar al artista en sus momentos de éxtasis creador. Muchas no se levantan hasta después del mediodía y se pasan la tarde bostezando, deseando volverse al jergón.

Las que alumbraron aquellos cazadores abatiendo bisontes en las cuevas prehistóricas temen la ira de los animalistas; las del David desnudo, las bacanales renacentistas, la Lolita de Nabokov, causan indignación entre el sector más conservador; las de los cuentos infantiles como La Bella Durmiente o Caperucita son acusadas de tóxicas y sexistas; y las que inspiran las canciones de reguetón y desamor han sido condenadas a la hoguera y amordazadas en un rincón.

Una de las que aún resisten se presentó hace poco ante un escritor. Pero cuando este se bloqueó con un párrafo donde una puta negra de tetas flácidas era brutalmente sodomizada en un callejón del Bronx, la musa hizo ¡Plof! y desapareció.

 

 

domingo, 8 de mayo de 2022

Carnal

CARNAL

Se le ha pasado por la cabeza meter en el jacuzzi que hay en la azotea del chalé pirañas y así, cuando como cada tarde se sumerja junto a ella en el agua burbujeante mientras en el horizonte se diluye el sol y empiezan a parpadear estrellas, morir juntos, morir de amor, morir para siempre con su reina.

«Me estoy volviendo majara, ¿de dónde saco estas ideas?», se dice en un instante de lucidez, frotándose los ojos enramados de no dormir, que lleva cuatro días en vela desde que llegó la nueva doncella. Que dice que como el uniforme le aprieta, anda todo el día desnuda, y él solo de ver sus nalgas ya se marea. Y a nada que se descuida aparece silenciosa por detrás, le rodea la cintura con sus brazos color canela y desliza una mano por dentro del pantalón mientras chupetea golosa su oreja. Entonces es cuando él pierde la noción del espacio, del tiempo y hasta de la gravedad, y se convierte en el juguete de ella, que parece que nunca se cansa. Porque tras dejarle sobre la cama empapado en sudor, recuperando el aliento, se pone a probarse frente al espejo del vestidor, moviendo con gracia las caderas, bikinis y lencería de seda, como si fuera la dueña y señora de la mansión, ¡y qué bien que le sientan a la puñetera! Y en vez de ayudarle a ventilar, quitar el polvo, limpiar la piscina, llenar la despensa, podar los rosales, que la familia está al caer para comenzar su veraneo, lo tiene del todo hechizado, tan arrebatado que está perdiendo la razón y percibe borroso y desdibujado, o más bien no lo percibe, el límite entre amar y morir desmayado de amor.


miércoles, 4 de mayo de 2022

Zafarrancho

ZAFARRANCHO

Qué duro le estaba resultando a Marta comprobar que de la casita de chocolate apenas había quedado en pie alguna pared de turrón y poco más. El helado se había derretido y chorretones de fresa, vainilla y limón cubrían por completo toda la estancia. Las nubes de algodón estaban ahora esparcidas por el suelo, junto a chicles, caramelos y piruletas, y los bombones, mazapanes y regalices se amontonaban por todas las esquinas formando una maraña, como un bosque después de un vendaval.

Respiró hondo, retiró con un dedo una lagrimita tonta que estaba que si caigo, que si no, cerró de golpe el libro de cuentos y lo metió junto al resto de tebeos, cuadernos escolares y juguetes de Mario en una caja de cartón. ¡Ay, su chiquitín, dieciocho años ya, qué rápido pasa el tiempo!, pensaba abatida mientras se ponía —por fin— con la limpieza del trastero.

Vencida

VENCIDA

Hoy ni pinto mis labios de rojo, ni máscara en las pestañas,  ni colorete me pongo. Lo sorprendente es que miro mi cara lavada en el espejo del baño, sin maquillaje, ni pendientes, y siento que ya me da igual todo.

En cuanto dejen de temblarme las piernas saldré al descansillo, entraré en el ascensor y daré al botón, pero no del bajo, sino del último piso. Me he metido en la braga un destornillador para romper el cerrojo de la puerta de la azotea. Entraré y caminaré los cuatro pasos que hay hasta el borde. A partir de ahí, terminará toda esta angustia, toda esta miseria. Después, levantarán los bomberos mi cuerpo del asfalto y vendrá el juez. Unos ignorarán, otros se burlarán, de mis uñas pintadas, mi cuerpo depilado, la silicona…  Seré Miguel, un hombre más en las estadísticas y no Fanny, la mujer que siempre quise ser.

 

Vapores etílicos

VAPORES ETÍLICOS

Le pilló a Cayetano el fatal accidente de su tío con tal cogorza que en el velatorio no fue capaz de sacarse de la cabeza el estribillo del tema que sonaba en el tugurio donde estaba cuando recibió la noticia:

    «Pero al loro,


    que el destino es un maricón,


    sin decoro,


    te da champán y después chinchón…»


Así todo el puñetero día, con ese runrún en plena resaca. Más soportable sería, pensaba exasperado, la tortura china de la gota de agua en la frente cada cinco segundos.

Tan rayado estaba que empezó a valorar si ahorcarse con el cinturón en el hueco de la escalera del tanatorio, o salir de allí corriendo y que le atropellara un camión, o tirarse por un puente a la autovía… Pero después de dos Coca-Colas se lo pensó mejor, que todavía faltaba de leer el testamento, y para morir, siempre hay maneras y maneras

Underground

UNDERGROUND

Del trabajo a casa, de casa al trabajo y vuelta a empezar. Así pasan la vida, yendo en metro de sus barrios al centro, Linda, becaria; Harry, cajero en un banco; James, ascensorista; Amanda, vigilante de museo; Billy, camarero en un Starbucks. La mayoría, locos por que termine la semana y llegar a sus hogares, descalzarse, tumbarse en el sofá, hacer cosquillas al hijo pequeño, darse un baño caliente, tomarse una copa de vino escuchando jazz. Y alguno, como Curtis, músico callejero, alargando su jornada hasta que cierra la última tienda, el último bar, para no tener que volver a su pensión. Le pone tan triste meterse en ese cuartucho sin ventana, que se dedica a ir haciendo trasbordos, de una punta a otra de la ciudad. Su línea favorita es la circular, que es la más larga. Calentito, rodeado de gente y con buena iluminación, resuelve sudokus y crucigramas, sonríe a todo el mundo, cede el asiento a ancianas y cojos, y cuando empieza con el primer bostezo se va preparando para bajar.

Un poco de sal

UN POCO DE SAL

Que no, que no, que me he prometido que esta vez no abro y punto. Que son las once y pico y mañana tengo que madrugar, doy una clase a las ocho. Me he puesto los tapones de espuma, he cerrado la puerta de la habitación, he hundido la cabeza debajo de la almohada, pero nada, imposible no oír los timbrazos. Tampoco me ha servido quedarme inmóvil en la cama y hacerme el dormido. Laura, la nueva vecina de abajo, sabe que estoy, fijo que lo sabe. Porque aunque me moví por la casa en zapatillas para que no crujiera el parqué, cené a oscuras un yogur en la cocina y no encendí ni la radio ni la tele, me habrá oído tirar de la cisterna, vaya fallo el mío, siempre se me olvida.

No tengo ninguna fuerza de voluntad, cuántas veces lo repitió mi madre y qué razón tenía, pienso mientras me pongo unos vaqueros que me ajustan muy bien y una camiseta limpia. Y así, con el pelo revuelto y descalzo, abro la puerta de la entrada y ahí está ella, junto al ascensor, con su melena caoba y su olor a jazmín, que viene a pedir un poco de sal y un limón, y que si la acompaño para ayudarla a abrir una botella de tequila, que no quiere que se le rompa una uña, y que si he oído el nuevo disco de Dorian, que lo acaba de comprar, ya verás qué bien suena. Y aunque sea martes y mañana tenga una jornada maratoniana, bajo con ella, hipnotizado por su perfume embriagador y su sedosa melena.

 

Últimas voluntades

 ÚLTIMAS VOLUNTADES

Anda que no lo repitió Maruja mil veces, ¡si hasta lo dejó firmado en una hoja! «Cuando me muera no quiero misas, ni curas, ni bendiciones, ni olor a incienso, ni una cruz en mi caja, ni hostias en vinagre». Pero el dichoso papel no aparecía por ningún sitio. Algunas de las residentes que la conocían bien insistían que cualquiera que la hubiera tratado sabría perfectamente lo anticlerical que era aquella mujer. Sus razones tendría, decían, aunque los demás no las compartiesen.

Pero no hubo manera. Cuando un anciano fallecía se avisaba al sacerdote y se celebraba el funeral en la capilla del asilo, que para muertes a la carta no estaba esa institución.

Lo único que pudieron hacer por ella sus amigas, insistiéndole mucho al de la funeraria, fue convencerle para que le colocara los brazos a la espalda y pusiera los dedos corazón cruzados sobre los dedos índice.

 

 

Tempus fugit

TEMPUS FUGIT

Fue apearse del taxi, subir a la habitación del hotel, contemplar desde la terraza el azul del Mediterráneo, abrir las maletas, ponerse las chanclas y el bañador, bajar corriendo a la playa, zambullirse en el agua… y de pronto invadirle esa deliciosa sensación de ingravidez que tantos meses llevaba esperando. Once, concretamente.

Después del chapuzón se tumbó sobre la toalla, dejándose arrullar por el vaivén de las olas. «Aah, todo agosto por delante», pensó dichoso mientras cogía un puñado de arena y lo veía escurrir entre los dedos. Pero de repente sintió que la tierra se lo tragaba, como cuando se arremolina el agua en el sumidero o volteas un reloj de arena. Esto último se le ocurrió mientras era arrojado al otro lado; de pequeño se le hacía eterno mirar el hilillo cayendo, pero en aquel momento le pareció más breve que un parpadeo.

No fue hasta que su mujer encendió la luz de la mesilla y le dio un codazo «eh, despierta»— cuando comprendió que el eco impreciso que le taladraba el cerebro era el despertador, que estaba en su cama de siempre y que eran las siete de la mañana del lunes uno de septiembre.

TAS

TAS

Faltan solo veinte minutos para terminar su turno, ya pronto amanecerá, y Pedro, el vigilante de la planta química, está muy cabreado, le da mucha rabia reconocer que al final va a tener que pedir cita en el médico, no quería admitirlo pero tiene la memoria fatal, cada vez con más lagunas, y no es de hoy, que lleva semanas que no sabe dónde deja aparcado el coche o se olvida de comprar el pan, que mira que le insiste su mujer cada noche antes de despedirle, lo rico que está calentito para desayunar, recién salido del horno, pues nada, él lleva ya un buen rato mordiéndose la lengua de lo enfrascado que está, le sabe la boca un poco a sangre pero ni se ha enterado de que tiene los dientes clavados, y con el boli pasa algo igual, está rasgando la hoja del pasatiempos al concentrar en ella toda su frustración, y ni el ruido ensordecedor de las sirenas, ni las luces rojas de alarma, ni el humo que va llenando la sala, ni las chispas que le están chamuscando el pelo y la chaqueta del uniforme llega a notar, empecinado como se halla en que le salga la dichosa palabra del autodefinido, tres letras: «yunque de platero».

Sus labores

SUS LABORES

Hace un par de semanas, mientras Marushka quitaba a paladas la nieve del tejado de su cabaña, resbaló y cayó desde gran altura, rompiéndose una pierna y las dos muñecas. A sus noventa años, acostumbrada a hacer ella todo lo de la casa, da ahora órdenes al marido desde la cama.

—¡Alexei, hace media hora que te he pedido el orinal!
—¡Alexei, atiza la chimenea, que me estoy quedando helada!

—¡Alexei, échale agua y hierba a la cabra!
—¡Alexei, eres un inútil, te estás haciendo viejo!

Y el pobre anciano, que lo único que sabía hacer era beber vodka en la cantina y cantar con sus amigos, tuvo que ponerse el delantal y obedecer, qué remedio. Por suerte, está aprendiendo rápido y lo que más le gusta son los fogones. Ya sabe preparar paté de caviar y unos arenques con salsa agria que consiguen dejar boquiabierta a su exigente mujer.

 

 

Superstar

 SUPERSTAR

Sombra aquí, sombra allá. Colorete para realzar los pómulos, labios perfilados y carmín rojo con efecto gloss. Dientes alineados del color de la porcelana blanca. Agua oxigenada para aclarar la melena de ella, el tupé de él. Chaqueta de lentejuelas para él, vestido de látex negro para ella, marcando las tetas o, mejor dicho, dejando media teta fuera. Mucho brilli brilli, glamour y purpurina, gafas de diseño, manicura perfecta.

Pero nada de esto ve Wendy en el televisor de su cocina, mientras fríe en aceite unas arepas para la cena. Ella tiene la mirada fija en la larguísima alfombra roja que sale en todas las imágenes: inmaculada, sin arrugas, perfectamente dispuesta. Y se siente muy orgullosa de la tarea bien hecha.

Río revuelto

 RÍO REVUELTO

El domingo que se desbordó el río que atravesaba el pueblo lucía un sol espléndido, así que todos los chavales estaban jugando en los columpios donde la chopera. A Lino no le dejábamos ir allí, porque es muy torpón y temíamos que pudiera resbalar y llevárselo la corriente, pero algunas veces desobedecía, dejaba encendida la tele y salía sigilosamente.

Aquel día de marzo soplaba con tanta fuerza el sur que derritió de golpe la nieve de las montañas, provocando una gran riada. Cuando vimos que Lino no estaba en casa, salimos para allá corriendo, pero las aguas turbulentas arrastraban todo a su paso y contemplamos impotentes cómo era engullido por el lodo.

Como a esa edad hay muchos niños similares a él, mi marido y yo cruzamos una mirada de apremio y no tardamos ni un segundo en tomar la decisión de empujar al río a los papás de Telmo.

Pura

 PURA

Mientras vemos en la tele un programa después de dar la cena y acostar al abuelo, Pura señala la pantalla y me dice que me fije en los labios carnosos de una, en el culo respingón y las tetas firmes de otra, en aquella cintura de guitarra de la de más allá. Y, de manera inconsciente, se lleva las manos a su tripita y a su seno derecho, el otro no está, y la veo tan triste que le tomo suavemente de la barbilla, giro su cara hacia mí, beso sus párpados, su nariz, hasta que consigo sacarla una sonrisa, y sigo besando sus patas de gallo, sus arruguitas de reír, sus ojeras hinchadas y siento en lo más profundo de mi corazón que es del todo imposible amar a nadie así.

Paseo

 PASEO 

Con mi amigo Nacho nunca me aburría. Siempre que íbamos a algún sitio, se fijaba en los detalles más inesperados: un búcaro en el cuadro de «Las Meninas», un grafiti de Banksy en la pared del baño de una tasca, el móvil 5G que asomaba en el bolsillo de un mendigo, un tendal donde ondeaba la máscara de un payaso… Algunos domingos de invierno, de esos de lluvia tediosa y aburrimiento, le llamaba para dar una vuelta por alguna parte desconocida de la ciudad. Me encantaba descubrir, a través de su mirada, sus calles y plazas; incluso en aquellas que habitualmente recorría, me señalaba alguna particularidad en la que ni me había fijado.

Hace un par de años quedamos para hacer un itinerario por el barrio fantasma: una zona deshabitada por estar sus edificios enfermos debido a «un conjunto de molestias y males como la mala ventilación, la descompensación de temperaturas, humedades, partículas en suspensión y gases y vapores químicos» y no sé qué más, porque no me dio tiempo a terminar de leerlo en el código QR que había a la puerta de una librería cerrada. Un golpe de viento arrancó de la fachada el letrero oxidado de «Libros» que estaba justo encima de donde se encontraba Nacho.

Desde entonces me quedó por dentro como un temor a la exploración y la aventura que antes tanto disfrutaba. Por eso ya solo viajo en excursiones organizadas, nada de improvisación, con todos los circuitos, comidas y hoteles programados. Sin embargo, siempre, siempre, y gracias a aquellas salidas con Nacho, descubro algún detalle oculto en el lugar más inesperado.

 

Órganos

 ÓRGANOS

No se han olvidado de traer un par de botellas de whisky, hielos y unos vasos largos, porque lo de hoy es como para celebrarlo: un condenado a muerte de solo dieciocho años, con su hígado rosado, sus pulmones intactos, los riñones en perfecto estado.

—¡Esto no se ve todos los días! —brindan los cirujanos mientras realizan la extracción.

El quirófano es clandestino, sí, pero los funcionarios y toda la cadena de mando están conchabados, todos se llevan su comisión. Y además, ¿qué hay de malo en que las vísceras de un negro descarriado terminen sirviendo de algo?, comentan entre ellos, mientras se pegan sus buenos lingotazos.

Lo de sacar los ojos del ajusticiado lo dejan siempre para el final, porque asomarse al pozo oscuro de su mirada llena de pánico, de súplica, de terror y desesperación, es mejor hacerlo cuando ya están totalmente borrachos.

Océanos

 OCÉANOS

Ir pisando arena en la exposición de fotografías del comandante Jacques Cousteau le da un encanto especial. Ver por las esquinas caracolas y conchas, la espuma del mar salpicando las paredes y hasta algún cangrejo huyendo hacia atrás y amenazando con sus pinzas es algo que fascina al público que la visita. Si añadimos, además, el olor a algas y salitre y los graznidos de gaviotas y cormoranes que envuelven la galería, todo el mundo coincide en que es una experiencia única que no hay que perderse en esta vida.

Lo que a la gente menos le gusta es salir de allí con cagadas de pájaro en su pelo y abrigos.

Obra póstuma

 OBRA PÓSTUMA

En su última exposición, el joven artista iba de acá para allá tambaleándose, mecido por la espuma del champán y la heroína. Mientras, el dueño de la galería se frotaba las manos; había acordado con el pintor unos precios muy elevados y como lo más chic de New York no iba a perderse tal acontecimiento, se estaba vendiendo todo de maravilla.

En pleno colocón, el artista metió las manos en unos frascos de témpera y pintarrajeó una chaise longue que había en una esquina y una Bultaco. Y si te acercabas lo suficiente a él y tenías la suerte de que diese un traspié, tropezara y apoyase su mano pringosa en tu chaqueta o vestido, te ibas a casa con una obra de arte puesta. ¡Que ni se te ocurriera meterla a la lavadora!

Para cuando, dos horas más tarde, vino una ambulancia y se lo llevó en coma al hospital, ya no quedaba nada por vender, así que todas las miradas se dirigieron a la moto y el sofá, que no estaban en el catálogo, y comenzaron a hacer pujas.

 

"Novedades Paquita"

 «NOVEDADES PAQUITA» 

Le costó a Paquita decidirse a contratar un CEO y un Community Manager para reflotar su negocio. «Reinventarse», habían dicho ellos. Desde que pusieron una franquicia de la competencia en el local pegado al suyo no le alcanzaba ni para pagar la renta, y eso que era un alquiler antiguo y su género mil veces mejor.

Les dejó la llave un viernes por la tarde y marchó el fin de semana a donde su tía al pueblo. Cuando el lunes fue a abrir, se encontró la acera llena de vecinas que murmuraban entre sí. Lo primero que vio fue el nuevo letrero: ahora se llamaba «Françoise París». Muy chic le pareció. Después se fijó en el escaparate: estaba lleno de neones y cosas que no guardaban relación con su actividad empresarial, y letreros que ponía que si Season, que si Sales, que si Outlet, que si Spring. Pero lo importante, le había dicho el CEO, era llamar la atención, que la gente se fijara, que todo el mundo se parase a mirar.

Lo de dentro había quedado muy en plan minimalista, más neones y pocos percheros y baldas. Tardó un rato en hacerse con el lugar y encontrar las prendas. Se fijó en las etiquetas de los precios y ahí sí que alucinó: casi el doble habían subido los precios en aquellos dos días.

Pero conforme avanzaba la mañana y la calle iba llenándose de gente, empezó a entrar clientela a mirar, a preguntar y a probarse, y Paquita, toda una profesional de lo suyo, pues encantada haciendo lo que mejor se le daba: asesorando de bragas de puntillas o algodón, sujetadores con aros o sin, fajas, rellenos, pantis, encajes y satén.

 

 

Noches de verano

 NOCHES DE VERANO

Durante aquel verano de 1985 coincidíamos cada noche en la discoteca del puerto. En cuanto terminaba en la tienda de souvenirs de mi tío, me iba para allá corriendo y sentadas en la barra solían estar Irene y su prima Bea. Bea cada día más guapa, el pelo más rubio y la piel más bronceada. Me atrevería a decir, incluso, que la falda más corta y la camiseta de tirantes más pegada, marcando los pezones y dejando ver claramente la redondez de sus tetas. Todos los chicos andaban tras ella, y se turnaban para invitarla a porros o cervezas, para después meterle la lengua en la boca, el dedo por abajo o lo que se pudiera, que cada vez estaba más suelta.

Había siempre un corrillo en torno a Bea que Irene y yo aprovechábamos para escapar de las miradas y meternos debajo de una barca varada en la arena.

 

Melancolía

 MELANCOLÍA

Cada sábado el recluso Chester W. Jones espera impaciente a que abran la biblioteca de la penitenciaría para devolver la revista de la semana anterior y recoger con ilusión una nueva. Con el carné de lector y una cuota simbólica de un dólar al año, se ha suscrito a todas: de coches, de bricolaje, de decoración del hogar, de recetas de cocina. Las de porno y tías desnudas, que eran las que le obsesionaban de joven antes de que le enchironasen, esas no, esas las tiene prohibidas. 

Cuando llega un nuevo ejemplar, corre a recluirse en su celda, se acomoda en el camastro, lo abre y mete la nariz entre sus páginas. Primero emplea unos minutos en aspirar el olor del papel cuché y, una vez saciado, se centra en las fotos de los anuncios, que es lo único que le conecta con la vida. Se deleita entonces con el aroma de los perfumes, Chanel y Lancôme son los que más le gustan. Luego pasa la lengua por las hojas donde hay botellas de ron, de tequila, y sigue avanzando por la revista dejando que sus dedos acaricien el pantaloncito o la faldita de cada niña, sus labios se posen en los de cada mujer y sus ojos se llenen de sus pechos voluptuosos, de sus sonrisas dentífricas, de sus caras de felicidad, de su alegría.

A lo largo de la semana manosea, olisquea y chupetea repetidamente la publicación hasta el sábado siguiente, que la devuelve toda húmeda y descolorida. Y con cada nueva entrega no tarda en hacérsele la boca agua al recluso Chester W. Jones mientras se dirige a toda prisa a su celda. 

Mascotas

 MASCOTAS 

La habitación de Candy estaba siempre perfectamente arreglada: cada juguete en su sitio, cada cosa en su lugar. Y limpísima. Pasabas un dedo por cualquier balda y ni una mota de polvo; en la moqueta, ni una pelusa ni un calcetín tirado. Abrías el armario y te encontrabas sus falditas dobladas con esmero y las blusas colgadas en perchas, ordenadas por colores. Los zapatitos, relucientes; las playeras, sin barro ni nada. Todo así, en ese plan.

Además era ella quien lo hacía, no su mamá. Su mamá solo entraba cuando la nena estaba en el cole, y solo cuando olía mal. Retiraba entonces algún animalillo recogido en la calle. Esta mañana, por ejemplo, encontró en una caja de cartón los tres cadáveres mutilados de tres ratas enormes, menudo asco le dio, todo salpicado de vísceras y sangre. Por lo demás, quitando esa manía, su Candy era tan adorable, tan angelical.

Lo sustancial

 LO SUSTANCIAL

«¡No me lo puede creer!», grita Matilda fuera de sí, yendo de un lado para otro de la habitación donde se está vistiendo, «¡esto no puede estar sucediendo!». Un año entero preparando la boda, todo tan bien organizado, y justo unos minutos antes de salir, cuando ya no tiene arreglo, va y le tiene que pasar esto. Con lo laborioso que fue conseguir un sábado de agosto la ceremonia en la catedral, encontrar una limusina blanca con asientos de cuero, la reserva del restorán del club, el banquete de diseño, reunir a unos invitados tan selectos, la orquesta más chic del momento, fuegos artificiales y cóctel de champán, fiestón y Paquito el Chocolatero. Todo calculado al milímetro, hasta el más mínimo detalle del uniforme de los camareros. Y su traje de novia, lo más de lo más, realzando a tope su moreno y su nueva talla de pecho.

Pero los nervios, las prisas, el ponme el moño más tieso, un manotazo sin querer en el espejo ¡y adiós a la uña del dedo donde iba a ir el anillo! Un horror, se desespera Matilda imaginando las fotos de recuerdo. Un drama, una tragedia, se dice mientras posa su mirada en la tele que alguien ha puesto. El boletín de noticias lo ocupa desde hace una semana la erupción de un volcán en Japón. Decenas de muertos sepultados bajo la lava, pueblos enteros borrados de la faz de la Tierra, pero a Matilda eso qué más le da, si está muy lejos. Lo realmente grave es que hoy iba a ser su gran día y la ruina de verdad es lo de su uña partida.

Las palabras son cansancio

LAS PALABRAS SON CANSANCIO 

«No resistiré otro golpe», gimió Gustavo mientras aquel peso pesado le empujaba contra una esquina del cuadrilátero. «A m´hija le quedan las lentejas… Mmm». Era una lucha desigual que su contrincante aprovechaba con cada gancho. «Fíjate qué sarpullido tengo aquí…». La gorda no descansaba y el siguiente directo le dejó contra las cuerdas. «Este es Lucas, mi sobrino nieto, a que es gracioso…», le espetó con voz triunfante pegándole la pantalla del móvil a la nariz.

Cuando sonó la campana y se abrió la puerta del ascensor, Gustavo se juró y perjuró que en adelante subiría andando hasta su oficina.

 

La vida misma

 LA VIDA MISMA

Cerró su Instagram nada más casarse y nacer la cría y borró todas sus fotos. No dejó ni una. En ellas aparecía siempre en situaciones de lo más temerario y provocador: o estaba haciendo el pino con una mano en el borde de una azotea nevada, o colgada bocabajo de un puente sobre la M30, o saludando con todo el cuerpo fuera de un vagón de metro a punto de entrar en un túnel… En unas lucía un bikini diminuto o un vestido de tirantes, siempre tan mona y glamurosa, y en otras llevaba puesto un abriguito sin nada debajo. Aún le tiembla el cuerpo al recordar las tonterías que hacía, ¡con lo friolera que era y el vértigo que tenía! Pero nada comparado al pánico que siente ahora que su hija de diez años, tan parecida a ella, ha conseguido que su ex le regale un móvil 5G.

La señora Williams

 LA SEÑORA WILLIANS

Vivir en mitad de un bosque a treinta kilómetros del pueblo más cercano tiene sus ventajas. La principal, a juicio de Harriet, es la ausencia de miradas indiscretas, de visitas inesperadas, de dimes y diretes, de murmullos y cotilleos. Se vino hace siete años a vivir a esta cabaña de un antepasado suyo y, según sus cuentas, pronto, muy pronto, podrá mudarse al apartamento soleado frente a la costa californiana que está pagando. Ya falta menos para abonar la última letra.

El inconveniente es que, si se descuida y no airea y limpia con la suficiente frecuencia, entra la maleza y lo invade todo. Lo que más lata le da es quitar el musgo, las raíces y las enredaderas del cárdigan de Arthur, porque le resulta súper laborioso volver a meter las mangas al cuerpo amojamado del difunto marido a quien, después del telele que le dejó tieso hace siete años, mantiene escondido para poder seguir cobrando su pensión.

La felicidad era aquello

 LA FELICIDAD ERA AQUELLO 

Mientras yo crecía no me daba cuenta de que el abuelo iba haciéndose viejo, pero siempre encontré tiempo para escuchar sus relatos de habitantes del bosque, de animales fantásticos, de lejanos reinos.

¡Con cuanto cariño le recuerdo! Estaba siempre jugando conmigo o contándome cuentos. Gesticulaba con la cara y las manos y con una voz riquísima en matices —lo mismo era un granjero, una bruja, un cerdito, una piedra o hasta el viento— se inventaba mil historias. Un día, mientras describía una tormenta de nieve sobre las casas de los elfos, el abuelo se perdió para siempre entre la bruma y aunque se fueron disipando sus pensamientos y empañando su mirada, nunca se apagó aquella luz chispeante en sus ojos. Desde entonces hablaba solo, o a las paredes, o al fuego, pero escuchándole supe que sus últimos días los pasó feliz, muy bien acompañado por los personajes de sus cuentos.

 

 

Juego de niños

 JUEGO DE NIÑOS

Entre el sol abrasador que caía sobre sus cabezas durante el día, las heladas nocturnas, las botellas de aguardiente que bebían para combatir el frío y poder conciliar el sueño y su extrema juventud apenas sumaban entre ambos cuarenta años, los dos aspirantes a combatientes perdieron el juicio tras cuatro meses de prácticas en pleno desierto.

Una noche, tras su segunda botella, danzaron con el viento y jugaron a la ruleta rusa. Fue Shafik quien apoyó el arma en su boca y disparó. Afortunadamente, la bala salió por la oreja causando solo una herida, pero al sentir el sabor de la sangre cayó desplomado del susto.

Con tanto alcohol en su debilitado cuerpo, soñó que lo habían enterrado en un reloj de arena. Y que irremediablemente, cada minuto, era engullido y arrojado al otro lado del mismo.

Cuando despertó con aquella terrible resaca, juró que jamás volvería a beber.

I + D

 I + D 

Daba gloria ver las vacas de Manuel, con las ubres tan llenas y sin pegotes de boñiga en las patas. Durante la mañana pastaban por las brañas, al atardecer sesteaban a la sombra de fresnos y hayas y por la noche las lavaba con agua tibia y las cepillaba. Después les ponía jazz, para que se relajaran.

Había instalado unos altavoces en el establo y al comprobar que la producción de leche aumentaba, colgó de una pared una pantalla gigante donde, antes del amanecer, proyectaba vídeos de verdes praderas y toros bravos. Entre la paja donde dormían, puso como adorno unas esculturas de piedra granulada que ellas aprovechaban para rascarse la testuz.

Tanta leche daban que a Manuel se le ocurrió elaborar un queso de nata que le salió riquísimo.

—Eres un artista —decían quienes lo probaban. Pero él, humilde, insistía en que todo el mérito era de las vacas».

Enamorada

 ENAMORADA

Qué guapa va Melody, camino del altar. Por fuera, da gusto verla: la piel color canela, ¡nada de rayos ultravioleta!, gracias a los paseos en yate por la costa caribeña. El vestido de diseño, de Yves Saint Laurent, en tonos pastel y con escote de balcón, por donde se asoman a saludar a quien quiera mirar sus tetas. También lleva una tiara de diamantes que ya quisiera para sí la reina de Inglaterra. Aunque lo que más llama la atención, si uno se fija bien, es el brillo intenso de sus ojos.

Pero por dentro, en cambio, la pobre va fatal: los intestinos, desde el amanecer, es un no parar, con retortijones y diarrea; el estómago no lo ha tenido nunca más revuelto, ni después de una noche de champán y desenfreno; tiene la piel de gallina, y eso que el termómetro marca treinta grados y subiendo; y en la boca, nota el sabor del vómito que pugna por salir, pero ella traga, disimula y sonríe a los fotógrafos del papel cuché, que venga flashes y más flashes, vaya mareo.

Uno podría pensar que es que anoche estuvo de juerga y que el resacón es de primera. O que la leche del desayuno estaba agria y ahora tiene un corte de digestión. O que la mujer es nerviosa y oye, que se casa, y es normal que esté atacada. Pero mira, no, no es nada de eso. Lo que siente es un asco tremendo, un desprecio absoluto hacia su persona por casarse con ese anciano millonetis que cada día le firma los cheques para gastar en joyas y ropa cara en las más lujosas boutiques, y por las noches le exige que le chupe su verga fláccida hasta que se pone un poco dura y correrse, que a veces tarda horas. Y la pobre chica lo sobrellevaba bien, se había puesto mentalmente en modo aséptico con el viejo, hasta que cayó enamorada «nunca me enamoraré de un muerto de hambre», se había prometido al salir de su pueblo en Arkansas del jardinero, un vikingo de casi dos metros.

Por eso la muchacha se halla ahora en esta disyuntiva: su corazón late desbocado por Haakoon mientras que sus ojos, como el Tío Gilito, brillan deslumbrados por el destello del dinero.

 

En línea recta

EN LÍNEA RECTA

Con miedo a decepcionar a sus padres, que tanto se habían sacrificado por él, creció Pablo, evitando distracciones y huyendo de toda tentación. Su vida discurrió, pues, por el buen camino: el que iba derecho del pupitre del instituto a la facultad, del Colegio Mayor al apartamento de alquiler, de la asesoría que heredó del padre al chalet adosado. Llegarían también, cada cual a su debido tiempo, el noviazgo largo, la boda, el pastor alemán, un hijo tan espabilado como él, una hija tan rubia como su madre, e igual de guapa o más.

Pero ahora que lo tiene todo, siente en la boca un regusto amargo cuando sus pensamientos regresan, cada vez con más frecuencia, hacia aquellos desvíos sinuosos, polvorientos y sin asfaltar que no tomó, y donde durante años acecharon las fiestas de la universidad a las que no fue, las compañeras de blusa transparente, ojos ahumados, labios jugosos y tejanos ceñidos a las que no hizo caso, los viajes de fin de curso a los que no se apuntó, los veranos de playa, puestas de sol y amaneceres que no vio y martirizándose, cada vez más abatido, por una vida que no vivió.

 


El corredor

 EL CORREDOR 

Suena el timbre mientras está viendo un programa de maratones olímpicas en streaming: es un repartidor que trae las zapatillas de running que compró ayer por Internet. Entre las diez más vendidas eran las más caras, casi trescientos euros, pero es que tienen de todo: espuma reactiva, memory foam, placa de fibra de carbono, suela con diferentes ángulos de tracción, amortiguación adicional… y además son súper ligeras y transpirables.

Abre la caja y se las pone, para que se vayan haciendo al pie, para que el día que empiece a correr no le salgan ampollas y le dé por desanimarse. Ha acertado con el número, un 42 y 2/3, como indicaba la tabla de tallas según la longitud del talón al dedo. Tirando de una lengüeta que ofrece una fijación uniforme se las ajusta a la perfección; es una compra de diez.

Se levanta, recorre al trote el pasillo, va a la cocina. «Me las dejo puestas, son más cómodas que las pantuflas», se dice complacido. Regresa con otra lata de cerveza y más patatas fritas al salón, se repantinga en el sofá, agarra el mando y da al Play justo cuando un africano descalzo atraviesa la meta proclamándose ganador.

El oro de Tenochtitlán

 EL ORO DE TENOCHTITLÁN 

Un sol sangrante fue lo último que vio Moctezuma mientras agonizaba con el cráneo destrozado.

Como máxima autoridad, había acudido con sus guerreros a la playa a recibir aquellos templos flotantes. Había agasajado a la tripulación con jade y plumas exóticas, águilas y jaguares, maíz y cacao, les había entretenido con sus enanos y jorobados… pero ellos solo querían el oro.

Podríais cargar un poco en cada viaje había sugerido.

Le quita las ganas de vivir a cualquiera, tanto vete y ven había rechazado Hernán Cortés.

Y durante el rifirrafe, se llevó la pedrada que lo enviaría a reunirse con sus dioses.

El heredero

 EL HEREDERO

Preocupa a su majestad el rey que su único hijo varón sea de modales tan delicados. Le ve deslizarse por las galerías del castillo ligero como un soplo de aire y arrullarse como un gatito cuando la doncella le cepilla los rizos dorados antes de acostarse. Y, en contra de su criterio, ha preferido recibir clases de arpa y canto, junto a sus hermanas, que salir con él a cazar jabalíes, corzos y venados.

Le disgusta también, y mucho, que ande siempre entre las faldas de la cocinera. Hoy, mientras ensillan su caballo en los establos, observa al chiquillo en el gallinero. Con qué suavidad escoge un huevo, lo acaricia, le retira las briznas y plumas pegadas, se lo pone en la mejilla para sentir su tibieza, lo coloca con ternura junto a los otros en la cestita que la cocinera se lleva. Al hombre le da una rabia tremenda, piensa que este hijo tiene una tara muy gorda, que no va a servir para el oficio que le espera, pero de pronto el niño agarra una gallina por el pescuezo y con sus manitas gordezuelas le da un giro completo, y otro más, y otro, hasta que separa la cabeza del cuerpo, y sale corriendo con el animal muerto hacia la cocina, y el rey respira con gran alivio y contento porque hoy habrá su guiso preferido en el almuerzo.

 

El guardián

 EL GUARDIÁN 

Fue un instante, un segundo, ni tiempo para un pestañeo hubo. ¿Pudo ser el cansancio acumulado del día? ¿La fatiga de aquellos cuatro años con Sara? A saber, porque menuda lata dio la niña desde que nació de seis meses, tan chiquitina que en varias ocasiones los médicos pensaron que no sobreviviría.
Esa tarde, en la feria, estuvo vigilando que no saltase fuera del hinchable, que se estuviera sentada en el tiovivo, que no se tirase de cabeza por el tobogán, que masticara despacio los churros… y ella venga a dar chillidos. Después, mientras esperaban a subirse al tren de la bruja, un repentino soplo de viento se llevó el globo de la niña, que echó a correr tras él cuando pasaba el primer vagón. Pero gracias a su habilidad, de un tirón consiguió arrastrarla fuera del raíl, lo justo para que solo tuvieran que amputarle un pie.

La cosa es que, desde ese día, la familia le tiene en gran consideración, «¡ay, su ángel de la guarda, cuántas veces la ha protegido!», comenta la abuela en el parque mientras la niña juega quietecita en la arena, y así sus remordimientos se van entibiando mientras sestea plácidamente al sol.

 

El guardabosques

 EL GUARDABOSQUES

Siempre prefirió las noches sin luna para abandonar su cabaña y merodear por el bosque, y con el tiempo llegó a tener muy afinados los sentidos. En la densa negrura, distinguía de qué árboles eran las hojas caídas que pisaba, a qué planta pertenecía cada ramita que le arañaba el rostro, cuántos polluelos dormían en la seguridad de su nido, o qué tipo de insecto masticaba un topo escondido en su madriguera.

Pese al paso de los años, y aunque ya solo se dedica a dormitar y ver los canales de la tele mientras bebe una lata tras otra de cerveza, sigue diferenciando, con exagerada nitidez, cada uno de los sonidos que trae consigo el viento. En particular los quejidos lastimeros de las ánimas que vagan desvalidas, sin rumbo, perdidas. Sentado en la mecedora del porche, concentra la mirada y aguza el oído. No ha olvidado el nombre de ninguna de ellas. Lilly, siete años, solo encontraron su bicicleta; Allison, la del MacDonald´s, su linda melena rubia convertida en una maraña mohosa;  Nora y Cathy, las mellizas de la granja Miller, tan preciosas, llevan décadas lloriqueando, cogidas de la mano, con sus vestiditos sucios de barro y verdín; Kimberly, ¡ay, qué chica, cómo se resistía!, sonríe mientras se acaricia el muñón del meñique que le arrancó de un mordisco.

El estratega

 EL ESTRATEGA

Erico, el rey de suecia en 970, gobernó junto a su hermano Olof hasta que este falleció, pero no detallan las crónicas el trastorno que le supuso tamaño contratiempo. A él lo que realmente le entretenía y le daba mucha paz interior era atender la huerta que había detrás de palacio, rebosante de frutales y hortalizas. Era Olof el encargado de emprender las guerras hasta que un día, mientras talaban unos pinos para hacer más barcos, le cayó un tronco encima y le aplastó el cráneo.

—Qué faena —se lamentaba Erico mientras le ajustaban la corona a la cabeza.

Lo de seguir construyendo buques le era tedioso a más no poder, hasta que se le ocurrió incorporar su pasión, la alimentación sana, a las expediciones. Cinco raciones de fruta y verdura para cada grumete, cada día, les aportó tanta energía y vitalidad que así lograron ampliar muchísimo las fronteras.

El esclavo

EL ESCLAVO

Ni él mismo sabe sus años. «Sesenta, o setenta», sonríe a sus nietos cuando se arremolinan a su alrededor para que les cuente historias. A menudo piensa que ya debería estar muerto, pues no fueron pocas las veces que a punto estuvieron de llevárselo consigo los espíritus de sus antepasados.

Los niños escuchan, muy callados, su relato. Cuando de un machetazo le fue amputado un brazo en la primera plantación donde fue vendido; cuando el siguiente amo le abrasó ambos ojos con un hierro de marcar caballos; cuando le dejaron toda una noche desangrándose tras recibir cien latigazos. Pero su preferida es la de cuando el patrón tuvo hambre, arrastró a la orilla del río a una esclava de trece años, hincó sus colmillos y garras en los tiernos pechos y nalgas y el abuelo, de un garrotazo a ciegas, lo mandó al fondo del Mississippi, donde nunca lo encontraron.