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domingo, 3 de mayo de 2020

Penumbras


PENUMBRAS

Le huele a madreselva cada vez que abre el álbum por donde la foto de su hija vestida de Primera Comunión. Fue lo único que su suegra le permitió hacer aquel día, ocuparse de las flores.
Estuvo toda la mañana fuera escogiendo las más coloridas: naranjas, rosas, rojas, lilas. Apenas almorzó y dedicó la tarde entera a trenzar la corona. La hizo y deshizo una y otra vez, de lo que le temblaban las manos. El ramo le resultó más sencillo, solo tuvo que atarle un lazo. Mientras tanto, la suegra arreglaba a la niña. Los calcetines de perlé, los guantes con borlas, las merceditas. Con el vestido tardó un poco más, la cremallera de la espalda no subía, pero resolvió el contratiempo con unos cuantos alfileres y unos imperdibles.
Para la foto no hubo más que discutir, con aquella mujer no se podía. Aunque ahora, años después, al mirar el retrato reconoce que fue la mejor decisión: sentada en la butaca de orejas del salón, para apoyar su cabecita. Y con los cortinones echados, para que no se notara su piel cetrina, los ojos comidos por los peces, la hinchazón tras una semana hundida en el fondo del río.


Musarañas


MUSARAÑAS

En un lugar que a Camilo se le antojaba remotísimo, aunque pudiera verlo desde la ventana del aula, una niña de coletas pelirrojas y pecas por toda la nariz saltaba a la comba con sus amigas. Estaban en su rato de recreo. Pero no importaba dónde estuviese Lucía, pues hasta con los ojos cerrados podía imaginar sus párpados de muñeca, su piel tan blanca y fina, sus uñas color chicle. A punto estaba de imaginar, también, el color de sus braguitas debajo del uniforme azul cuando un pescozón del maestro lo despertó para señalarle el pupitre. El examen en blanco todavía estaba allí.

Terapia express


TERAPIA EXPRESS

Tropezamos en la T4. Me miró. Fue un instante para él, toda una vida para mí. Se disculpó, me ayudó a levantarme y continuó su camino. Yo me quedé con el roce de sus dedos en mi mano y mientras seguía pasando la mopa, mi mente voló a Tokyo. Ah, que no lo he dicho: era japonés, o chino.
Viviríamos en una casita muy feng shui: cada cosa ordenada en su sitio. Yo cuidaría del frondoso jardín, de las flores de loto, de los pececillos del estanque. Y él prepararía un té de jazmín en nuestra cocina requetelimpia. Y tendríamos un hijo precioso, con sus ojos rasgados y su flequillo liso.
Pero el amor se acabaría, porque éramos tan distintos. Yo me volvería a mi país y vaya lío con el vete y ven del crío, que si dónde pasaría las navidades, los cumpleaños, las vacaciones…
Cada vez que riño con mi Pepe me choco intencionadamente con algún pasajero atractivo mientras limpio la terminal. Se me suele quitar así el cabreo y luego vuelvo a casa deseando darle un achuchón al atontado de mi marido. Eso nunca, ni con el japonés ni con ningún otro, me habría apetecido.

El sofá


EL SOFÁ

En el lugar más inesperado aparecen a veces las cosas y lo que es peor aún: en el momento más inoportuno. Ni me acordaba de los calzoncillos que me regalaron en mi despedida de soltero, los de tirantes que se metían por la raja del culo. Y de la stripper mulata.
La noche de bodas se le coló a Laura el móvil por el sofá y al buscarlo aparecieron ahí, hechos un gurruño. Se lo expliqué, ocultando mi rubor, lloriqueó con desconfianza y mientras la tranquilizaba y se quedaba roque sobre mi hombro, tanteé entre los cojines. Al menos el condón usado todavía estaba allí.

El primer chef


EL PRIMER CHEF

Las palabras iban surgiendo al mismo ritmo que los acontecimientos: nubes, tormenta, rayo, árbol, fuego…
Una tarde gris de invierno estaba rumiando unos nabos a la entrada de la caverna cuando vi humo a lo lejos, ¿qué sería aquello? Y para allá me fui corriendo. Daba pena ver el bosque así, tan negro. Deambulando entre troncos y matojos encontré una ardilla chamuscada, me dio por hincarla el diente, le chupé hasta los huesos.
Los del clan dejaron de hablarme. «¡Qué asco!», dijeron los más viejos. Hasta que un día asé sobre corteza de abedul unas codornices y ni uno vegano quedó en cuanto las olieron.


Convivencia


CONVIVENCIA


—Como la tortilla de patata que hacía mi abuela, ninguna. Esto, compañeros, no admite discusión —empezó a decir Mauro. Era el más hablador de los cuatro.
Se me está haciendo la boca agua. Gerardo se restregó con la manga la barbilla por donde le caía un hilo de baba.
Al ver que los otros no decían nada siguió con su relato. Se le hacía insoportable tanto silencio.
—Teníamos un huerto continuó, animado. Era pequeño, pero había de todo: patatas, puerros, calabacines, repollos. También una higuera y perales. Ya os digo, de todo. Yo siempre me ofrecía voluntario para ir a por cebollas. Escogía las más tiernas y aromáticas, ¡cómo olían cuando las arrancaba! Y luego mi abuela hacía el sofrito con un pimiento verde. Mientras aquello se pochaba a fuego lento y un aroma delicioso impregnaba la cocina el recuerdo de esto le llevó a estirar un poco el cuello y olisquear el aire, yo batía los huevos recién puestos por gallinas que vivían tan campantes, picoteando por el corral y los prados, comiendo cereal y gusanos…
—Por qué no te vas a la puta mierda —gruñó Luciano, que llevaba un buen rato mascando un nabo reseco.
Román escuchaba con el ceño fruncido mientras pelaba con dedos temblorosos unas bellotas heladas. Miraba la navaja, miraba a Mauro. No conocía de nada a aquellos tres tipos con los que le había tocado patrullar por el monte. Cuando se dieron cuenta de que el enemigo era más fuerte que ellos, corrieron a buscar refugio; y suerte tuvieron de encontrar aquel hueco en una pared de piedra.
En el interior de la cueva, los cuatro soldados se apretujaban unos contra otros para darse calor, para no morir congelados, para seguir vivos hasta que pasase el peligro. Si es que lograban salir con vida de aquel confinamiento.



domingo, 22 de marzo de 2020

La siembra


LA SIEMBRA 

Toca este año cultivo de maíz, pero como si fuese de patatas o remolacha: el pronóstico dice que no caerá una gota de agua, otra cosecha perdida. Pese a todo ahí sigue Desideria, removiendo la tierra, cavando zanjas, quitando caracoles, arrancando zarzas.
Budapest, ¡qué preciosidad! Vio una foto del puente en el escaparate de una agencia de viajes un jueves que bajaba al mercado con sus hortalizas. Incluso a Cáceres se habría ido ella de luna de miel. Pero su boda se hizo a toda prisa y luego fue la campaña de la fresa, la de la aceituna y entonces llegó Genaro. Sietemesino, repetía la abuela, pese a los cuatro kilos largos que arrojó la balanza. Uno tras otro fueron naciendo Chelo, Rosaura, Juanillo, Tomasa, Chiqui y Nandín. Y, a lo último, aquellos dos pingajos de piel transparente, que hasta se les veían las venas, y que se le escurrieron entre los muslos cuando tendía la colada. Los enterró bajo la tierra amarilla sin contarle a nadie nada.
Piensa en esto y en acordarse de zurcir unos calcetines mientras se mete en el bolsillo del mandil unos huesecillos que han salido de la tierra con la última palada.





Perdidos


PERDIDOS

Intuyo que los científicos irán desapareciendo. Unos devorados por los lobos al salir a buscar leña, otros desangrados de un botellazo en la cabeza debido a alguna trifulca por el abuso del vodka. El resto de frío o hambre, al agotarse las provisiones. ¿Cómo iban a imaginar al refugiarse en aquella cabaña de ensueño, a orillas de un lago y rodeada de frondosos bosques de abetos, que se verían atrapados por la peor ventisca del siglo? En una ventana empañada un superviviente escribe «Help» con un dedo y yo, extasiado con la escena, agito de nuevo la esfera de cristal para que siga nevando.


Voyeur


VOYEUR

En otras familias no sé si se pondrán de acuerdo para bajar a la playa todos a juego, pero en la de los Sánchez eso nunca pasa.
Tapando lo justito pa´ que no te queden marcas dice Tania, dieciocho recién cumplidos, mientras su padre extiende la toalla mirando para el chiringuito. Roxana, la hija mayor, les llama despectivamente textiles mientras su novio le unta con absoluta dedicación el protector solar hasta donde no le cubre el tanga.
Ya no se lleva llevar nada dice, tapándose con la mano el bulto que va in crescendo mientras manosea a la novia.
Como de eso no entiendo recurro a Google, donde  veo que las influencers, youtubers e instagramers muestran cómo se tumban en trikini, bañador, bikini, tanga o en bolas, medio enterradas las desnudeces por la arena o la espuma del mar.
Entonces me tumbo bocabajo y espero que se me pase el sofocón para seguir mirando a las hijas de los Sánchez, que cada verano están más guapas.

Vivo


VIVO

Despertó totalmente empapado, tiritando de frío. Preguntándose qué lugar era ese y cómo había llegado allí. Ni cuando sus ojos se adaptaron a la negrura que lo envolvía logró identificar aquel sitio. El techo, metálico y gris, era altísimo, como el de los graneros que edificaban en las plantaciones de arroz y mijo, aunque él nunca había estado en ninguno.
Al estirar los brazos se dio cuenta de que estaba dentro de una caja. Como no respiraba ni se movía cuando lo encontraron bajo el fango, lo habían metido allí, igual que a otros cientos de cuerpos que en remolques o carros eran transportados a aquella morgue improvisada.
Trató de levantarse, pero no pudo: tenía rota la cadera. Recordó entonces la riada de guijarros, ramas y lodo que lo había arrastrado mientras apacentaba el rebaño.
Durante horas estuvo pidiendo auxilio, pero las paredes desnudas le devolvían el eco de sus palabras. Gritó hasta el agotamiento, después se quedó dormido. Soñó con los ladridos del perro, brincando alegremente alrededor de las cabras, pero tan fuerte ladraba que no oyó cómo ponían encima una tapa y los martillazos que daban para clavarla.

Vil metal


VIL METAL

Vaya contrariedad, justo ahora que estaba en plena convalecencia por la extracción de una muela van y me citan. Con este flemón me costará contestar las preguntas del tribunal. Afortunadamente siempre he salido victorioso y con la reputación reforzada de cambalaches más gordos.
Porque con el acoso de tanto mamarracho suelto por Internet, opinando de todo, que ni saben escribir y lo mismo ponen las haches donde no es o una coma entre el sujeto y el verbo, me veo entre la espada y la pared. ¡Me quieren repudiar porque no encuentro el título de doctorado! Pues no, no conservo papeles: mi esposa, que cuando se pone a recoger termina tirándolo todo, pensaba decirle al juez.
Pero un «pajarito» me ha soplado que Darío, el hijo de mi chófer, está acabando su tesis. Podría amañarlo.
Sé por experiencia que todos tenemos un precio. Y hoy mismo lo sabrá él también.



Vecindad


VECINDAD

Quizá ocurra mañana el milagro, quién sabe. He gritado mis plegarias en el patio, que me oiga bien: a ver si cesa la lluvia de migas de pan, cortezas de queso, pellejos de chorizo y cachos de papel pringoso que caen sobre la ropa mojada de mi tendal cada vez que la vieja de arriba sacude el mantel. Para no cagarme en todo mientras la vuelvo a lavar, pongo a los ACDC a tope y hago oídos sordos a los timbrazos de la puerta.
Al día siguiente los pelos del puto gato en mis calzoncillos, y así una y otra vez.

Suplicio


SUPLICIO

¿Quién iba a decirle al gato con botas que sería en su propio hogar donde gastaría su séptima vida? Tantos años por ahí, revolcándose con gatas casadas, saliendo maltrecho de mil batallas, esquivando pedradas y chuchos sarnosos… y precisamente en su retiro en palacio terminarían sus andanzas.
Porque que el mayordomo le sirviese en bandeja de plata ratones a las finas hierbas ¡puaf! un horror. Que la princesa le vistiera con chaleco de satén, le cabreó. Pero que le trajeran una gata de angora para hacerle compañía agotó su paciencia.
La pobre gata murió ahogada en el foso. A él le pillaron por las botas mojadas y le hicieron disecar. Pero el taxidermista estaba de boda y al aprendiz se le olvidó vaciar al animal.
Mientras su corazón se apagaba lentamente, lo peor fue tener que aguantar cada tarde a la princesa, peinándole y echándole encima perfume de azahar.

Soledad


SOLEDAD

Dejaron de ir al pueblo a visitarla el día que les gritó que no volvieran más por allí. Se enfadó mucho su hijo, pero la rabieta de Sole era por la manía que le había cogido a su nuera, Flavia. Todo el tiempo quejándose del olor a chimenea, pasando el dedo por las baldas, chillando por una araña en la pared o protestando porque el rumor del río la despertaba.
Vivía sola desde que enviudó. El día en que enterraron a Julián sintió como si las paladas de tierra mojada fueran cayendo pesadamente sobre su cabeza. Pero ¿a quién confiar tanta tristeza, tanto desamparo? ¿A las vecinas, a la del colmado, al sacristán?
Fueron pasando los años y tan distanciada estaba de todo que solo sus gatos supieron lo del bulto que se le iba endureciendo tan cerca del alma.

Sola


SOLA

Un corazón de lana y acero comenzó a latir rítmicamente dentro de aquel torso blancuzco y lampiño. «Encima calvo y gafotas», pensé. No estaba mal del todo, pero cuando le pinché un pie con una aguja que llevo siempre se confirmaron mis temores: era suavizante lo que salía. Me recordó a José Manuel, un novio muy soso del que enseguida me aburrí. Di más vueltas por el almacén, asomándome a las bañeras de formol, pero no había ninguno que me gustara. Y me volví sola a casa.
Cuando iba a ponerme el pijama me dio por mirar en mis contactos. Y vi que conservaba aún el número de José Manuel.





Silencios


SILENCIOS

Al asomarse al agujero, se le tiñe la mente con el rojo de la mercromina que ella ponía en sus rodillas despellejadas y evoca sus besos y soplidos en las costras, para que no le picaran. Uno tras otro, los delantales de mamá fueron su refugio durante toda su infancia, cada vez que volvía magullado de jugar en la plaza.
El olor a leña, donde cocinaba galletas, guisos de cuchara, buñuelos o tartas de manzana, le calmaba. Ella iba y venía cantarina por la casa, cercana, trajinando en la cocina, haciendo las camas o la colada. Siempre dispuesta para atenderle, con un pañuelo arrugado metido en la manga, para enjugar las lágrimas de aquel hijo esmirriado, enteco y triste, que apenas hablaba.
Una hilera de imágenes y recuerdos de la única persona que le amó, y todos los «te quiero» y «gracias» que nunca pronunció, ni de niño ni mientras anoche acariciaba sus canas, se diluyen ahora junto a las lágrimas que resbalan por su cara, mientras ve cómo cada palada de tierra va cubriendo la caja.



Sensación de vivir


SENSACIÓN DE VIVIR

Todo aquel que lo probaba decía que era alucinante sentarse en un noray a ver las olas rompiendo contra el espigón, oír graznar a las gaviotas, sentir sobre la piel la espuma salada del mar y embriagarse con el olor a salitre. Desde que los océanos habían muerto envenenados, la experiencia del puerto pesquero era una de las más demandadas.
El bramido de una sirena muy parecida a la de un buque, ¡brruuum, brruuum!, avisaba a los usuarios para que se fueran quitando las gafas 3D y se levantaran, que los sesenta minutos de realidad virtual habían terminado.

Resistencia


RESISTENCIA

—La tortilla de patata de mi abuela estaba riquísima —empezó a decir Mauro. Era el más hablador de los cuatro.
Se me está haciendo la boca agua. Gerardo se restregó con la manga la barbilla por donde le caía un hilo de baba.
—Siempre me ofrecía voluntario para acompañarla a la huerta a por cebollas continuó, animado. Escogíamos las más tiernas, ¡cómo olían cuando las arrancábamos! Y luego hacía un sofrito con un pimiento verde. Mientras aquello se pochaba a fuego lento, y un aroma delicioso inundaba el aire, yo batía los huevos recién puestos por gallinas que vivían felices, picoteando por el corral y los prados, comiendo cereal y gusanos…
—Por qué no te vas a la puta mierda —susurró Luciano, mientras mascaba un nabo reseco.
Román escuchaba pensativo mientras rajaba con dedos temblorosos unas bellotas heladas. Miraba la navaja, miraba a Mauro. En el interior de aquel zulo, en medio del bosque, los cuatro soldados, casi niños, se apretujaban unos contra otros para darse calor, para no morir congelados, para seguir vivos hasta que el peligro hubiera pasado.
Fuera del refugio llevaba todo el invierno nevando.

Refranes


REFRANES

Ya lo dijo el abuelo allá por Pascua: «A cada cerdo le llega su San Martín». Pues justo ayer mamá echó a la cazuela al viejo Porky. Y aunque algo secorro, con los nabos tiernos y el eneldo quedó bastante sabroso.
Cuando nos juntamos todos en alguna comida familiar lo pasamos en grande. En estos tiempos de vacas flacas, con todos en paro y subsistiendo con la mísera pensión del abuelo, de lo único que andamos sobrados es de humor. Nos reímos mucho contando anécdotas de la granja. Aquellas botas de piel que nos fabricó el tío Harvey con el pellejo de Sultán. ¡Con la borrachera que tenía las hizo todas del pie derecho, jajaja! «A caballo regalado no le mires el diente», respondía cuando le enseñábamos las ampollas en los talones. O aquella vez que fuimos a columpiarnos al sauce del jardín y nos encontramos al galgo balanceándose bajo una rama, colgado de una soga. «Muerto el perro se acabó la rabia», sentenció papá. Y nadie más en el pueblo volvió a infectarse.
Pero Fígaro, ¿qué demonios andas buscando? Deja de arañar la puerta. Te recuerdo lo que suele decir mamá: «La curiosidad… mató al gato».


Prevención de riesgos laborales


PREVENCIÓN DE RIESGOS LABORALES 

Al poco de nacer, nuestros padres ya nos animaban a que peleásemos entre nosotros. Así, jugando, aprendimos a defendernos y luchar. También a salir en estampida, en caso de avistar osos o algún hombre armado con un rifle. Desde pequeños nos enseñaron a cazar, a trocear las presas más grandes y a enterrar pedazos de carne para cuando nevara. Corríamos a diario para ser los más veloces y nos habituamos a dormir ojo avizor y a oler al enemigo a varias yardas de distancia.
Pero sobre todo nos inculcaron que, aunque nos rutaran las tripas, huyésemos despavoridos en cuanto viéramos aparecer por el sendero del bosque a una niñita con caperuza roja y mirada angelical. Por más que nos apeteciera hincarle el diente a ella o a la tarta de manzana que llevaba en su cesta, en eso nos insistieron mucho. Ninguno queríamos acabar como el antepasado aquel, incauto y tragón, al que llenaron de piedras el estómago mientras dormía tras zamparse a la abuela de la niña. Y que horas después despertó con muchísima sed, bajó al río a beber, resbaló y del peso se hundió hasta el fondo y el pobre desgraciado se ahogó.



Peregrinación


PEREGRINACIÓN

No pudo encontrar la paz la duquesa ni en la cola para venerar las reliquias de la Santa, y eso que se había esforzado. Pero le daba muchísimo bajón ver gente sin piernas, brazos o manos, y su mirada vagaba de las vidrieras a las inscripciones de las lápidas del suelo y otra vez hacia arriba. Todo menos ver tanta miseria. Pero lo que le hizo marcharse por donde llegó fueron los latigazos que se daba en la espalda desnuda un señor calvo con gafas que tenía delante.
«La media hora más horrorosa de mi vida», pensó, muy acalorada, pisando al escapar del templo cinco tulipanes púrpuras.


Olvido


OLVIDO

Se pasó todo el trayecto con la nariz pegada a la ventanilla, mirando el paisaje con mucho interés. Como si fuese la primera vez. De cuando en cuando señalaba con el dedo una bicicleta apoyada en una verja o unos terneros que pastaban. Movía entonces los labios intentando articular una palabra que no le llegaba a salir.
Jatos, papá le ayudaba yo. Como los que teníamos en casa.
Entonces me miraba con curiosidad, sonreía y volvía a girar la cabeza hacia el cristal.
Cuando el horizonte comenzó a cubrirse de bloques de viviendas y el verde de los prados se volvió gris me apretó con fuerza la mano.
Estaremos bien, Lola, ya lo verás.
Y no pude más que abrazarle para que no me viese llorar, para intentar quitarme aquel nudo que me impedía respirar, para no explicarle que yo era Laura y que acabábamos de enterrar a mamá.

Naufragio


NAUFRAGIO

O peces muertos y cangrejos desmembrados o ramas de árboles hinchadas y plásticos. Cada mañana era lo que recogíamos del suelo del cuarto del abuelo. Mamá nos hacía meterlo todo en bolsas y sacarlo al contenedor de basura de madrugada para esquivar preguntas, para evitar miradas. Bastante teníamos, decía, como para explicar.
Pero ayer encontramos los restos de un barco medio hundido en la orilla, las olas más encrespadas de lo habitual y la cola podrida de una sirena. Para que mamá no se preocupara, me quedé en su habitación a pasar la noche con él.
Hoy me despertaron los rayos del sol y el alboroto de unos delfines que saltaban alegremente sobre las olas. Entonces retiré una estrella de mar que había sobre su almohada, le besé en la frente y cerré sus ojos con suavidad.


Muerte dulce


MUERTE DULCE

Habían llegado haciendo eses a la cama y no llevaban ni media hora roncando cuando su hermano y anfitrión se puso a levantar persianas. Los destapó y como tampoco reaccionaban les echó encima sendas jarras de agua.
¡Arriba, gandules, esto no es un hotel!
Decidió mandarlos fuera. Uno a por higos, otro a por algarrobas. Ya que solo sabían construir casitas de troncos y paja, a ver si al menos aprendían un oficio y se largaban.
De paso despejan la resaca pensó mientras recogía del suelo una botella de tequila y un mocasín, que anoche debió ser gorda.
Estaba pelando bellotas para el almuerzo cuando notó que las paredes de ladrillo temblaban. Entonces oyó un crujido y tuvo suerte de salir antes de que se derrumbaran.
Más tarde, bajo los escombros de la despensa, encontró sus dos cadáveres. Aún olían a alcohol y del morro les salía compota de manzana.



Mimetismo


MIMETISMO

El baúl de los juguetes está cada vez más vacío. Al regresar del internado Bosco ha decidido despejar su habitación. La consola, el tren eléctrico, los puzles… todo se lo da a la cocinera. Para sus gemelos. Qué envidia, tener un hermano gemelo.
—Pero prométeme —dice— que no contarás a mis padres cuando vuelvan del crucero que vino Rober a estar esos días conmigo.
La mujer asiente, apenada. Por seguirle la corriente, pone en la mesa otro plato de sopa y mira a Bosco, que parlotea con la silla. Para ser sinceros, no le sorprende ver que el contorno de su boca, su cara, su cuerpo, se van desdibujando hasta desaparecer del todo.





Merienda


MERIENDA

Es época de lluvias en el Serengueti. Despreocupados los cachorros saltan sobre la hierba, pelean entre sí, hacen como que se mordisquean pero sin hincarse los colmillos, que eso duele. A veces salen de su guarida y corren a enredarse entre las patas de su madre, que de un gruñido los aleja. Lleva un rato inmóvil, con los ojos clavados en una gacela que, alejada de su rebaño, ramonea unas hojas de acacia tiernas.
En el momento preciso, inicia la leona una carrera que culmina con la caza de la presa. Ha sido fácil, piensa mientras regresa con el cuerpo inerte entre las fauces. Suena entonces un DING y Jacobo le dice a su mamá que en qué piensa, que el horno acaba de sonar, que saque de una vez la pizza boloñesa y que quite el documental y ponga en la tele los dibujos, que ya empiezan.


Magíster


MAGÍSTER

Prefiero las ratas, los callejones oscuros, las cloacas. Un alud en la montaña, el hundimiento de una patera, un coche bomba en una plaza. La imagen de un campo de amapolas rojas mecido por la brisa primaveral no me dice nada. Para emocionar hay que bajar al foso y chapotear en el barro, pasar la yema del dedo por la hoja del hacha, sentir el aliento del psicópata en la cara, ¿entendéis lo que os digo? Bien, es hora de irse. Para el lunes me traéis escrito un relato de cien palabras que os ponga los pelos de punta. Afilad vuestros lápices.

Magia potagia


MAGIA POTAGIA

Tan misteriosamente como apareció, se cierra el puño… y ahora… ¿dónde está? El mago señala entonces a Juanín, que asiste a la actuación sin pestañear, invitándolo a subir al escenario. Haciendo el paripé, que si nada por aquí, nada por allá, acerca la mano cerrada a la oreja del crío y ¡chaaraaraa!, saca una paloma blanca, y luego otra, y otra más. Así hasta diez aves. Cuando termina el truco, ve al chavalín tan emocionado que le regala su varita mágica.
Después vuelven a casa. La mamá, feliz con el móvil lleno de fotos. Y él con más pájaros en la cabeza de los que llevaba.


Los inicios


LOS INICIOS
  
Elegir un marco sencillo para la orla y colgarla en la pared junto a los otros diplomas y el certificado del Colegio de Abogados era su mayor ilusión. Que el despacho fuese diminuto, el lavabo estuviera en el rellano, que diera a un patio interior o fueran a declarar el edificio en ruinas no le parecía una tortura. Siempre se podría tapar el ventano con un vinilo o poner un ambientador de agua de jazmín para mitigar el olor a repollo hervido o el tufillo de las tuberías. Un engaño provisional. «Los inicios siempre son duros», solía decir su padre.
Y tanto que sí, suspiraba Miguel a dos días de que acabara su contrato en una gestoría, mientras colocaba en una huevera, a modo de bandeja, los vasos de la máquina de café: un expresso para el de laboral y dos cortados y un capuccino para los de fiscal.


Los huéspedes


LOS HUÉSPEDES

Con el  viejo del desván no teníamos mucho trato; hola y adiós cuando nos cruzábamos en las escaleras y poco más. Pero nos daba cosa verle tan solo. Andaba algo achacoso, tropezaba con las paredes y últimamente chocheaba. Solía desorientarse cuando salía al jardín, por eso a veces nuestros padres nos mandaban fuera a buscarlo. 
La hojarasca cubría el fondo de la piscina, se escuchaban los ladridos del perro intentando cazar un ratón y donde el tendal tampoco estaba. Entonces volvimos dentro. Miramos detrás de las puertas, en los armarios, debajo de las camas. Nada. Hasta que le oímos gritar en la cocina. Tuvimos que aguantarnos la risa al verle en la lavadora, girando entre toallas y paños, los dos agujeros de su sábana mirándonos espantados. 

Las lavanderas


LAS LAVANDERAS


A la difícil batalla contra las manchas se consagra un grupo de mujeres obsesionadas con la limpieza. No se amilanan ante la cantidad de mierda pegada y con las manos encallecidas en su lucha diaria contra la suciedad, frotan cada letra, cada párrafo, cada melodía, dejándose en ello el alma. Golpean las estrofas contra el pilón, las restriegan con el raspador, enjugan la espuma negra que les salpica la cara y frotan otra vez, hasta que se vuelve cristalina el agua.
Arrastradas por el remolino jabonoso, canciones enteras se esfuman por el sumidero. Primero desaparecen un puñado de palabras, después frases, párrafos y sha-la-la-las, y al final los títulos, hasta no quedar ninguna marranada. El grupo se regocija al ver el «despacito» sumergirse «pasito a pasito» junto a otras guarrerías del estilo «suave suavecito» por el agujero, dejando sus conciencias tranquilas. Por último aclaran, rocían con perfume y tienden al sol las canciones sin mácula para que esta noche en la verbena las toque la charanga.




Lapsus


LAPSUS

El último día de vacaciones llegó la galerna que llevaba toda la semana fraguándose. Yo volvía del spa, del masajito diario de Wilson, cuando al entrar por la puerta vi que un nubarrón ocultaba el sol, se levantaba un vendaval y empezaban a caer gruesos goterones. Era como si un tornado hubiese revuelto la habitación y puesto todo patas arriba.
Vamos, que jamás había visto así de enloquecido a Jorge, venga a llorar mientras hacía jirones mis vestidos y trajes de baño. Me miraba con mucho odio mientras señalaba con un dedo acusador la alianza que me había dejado olvidada en el lavabo.



La zambullida


LA ZAMBULLIDA


Una traidora, como las otras. Unas ingratas es lo que son. ¿Acaso se merece el pobre Sherman tamaño desprecio? Siempre que las encuentra entre sus redes, enganchadas a un anzuelo o mordidas por un tiburón, cura sus heridas, jabona sus cuerpos y las conforta en sus febriles sueños. Al principio ¡qué falsas! le juran amor eterno. Pero bien poco les duran sus camelos.
Hoy, al levantarse, ve en cubierta un rastro de agua que conduce hasta su lecho. De puntillas se acerca, la contempla. ¡Qué hermosa está sonriendo! Tiene las mejillas arrobadas, le chorrea el cabello. Pero ¡oh, cielos! En sus pechos, hombros y cuello multitud de círculos rojos de ventosas, y un hilillo de tinta brillante que mana de su boca. De cintura para abajo… ¡ay, mejor que no la destape, que no lo vea!
Entonces la agarra de la cola y sordo a sus súplicas y arrepentimientos la arrastra fuera del camarote. Agarra un cuchillo atunero y ¡zas! la parte por la mitad. «No volveré a dejarme encandilar por ese canto hipnótico», se engaña Sherman, cogiéndola de los pelos y arrojando el tronco al océano, bien lejos.
El resto lo guarda en la bodega. Para caldo. 




La venganza


LA VENGANZA

Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba que a todo cerdo le llega su san Martín y que «cría cuervos y te sacarán los ojos». Lo de los chones estaba bien, porque después de la matanza la abuela hacía unos chorizos riquísimos.
En cuanto a las aves, no me daban ningún miedo hasta que un día mi hermano Fito cogió prestada la escopeta de perdigones de mi padre y nos adentramos en el bosque. Mientras yo camelaba a unos pájaros alimentándolos con un panecillo él disparó y mató a dos de un tiro. Desde entonces no se van de mis pesadillas mochuelos, cárabos y búhos, pues desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

La venda


LA VENDA

«Vaya suerte la mía», pensó Andrés mientras echaba el freno de mano. Había aparcado en el mismísimo portal de casa. ¿Cuántas veces le había ocurrido antes, y menos a esas horas de la tarde? Además ni le había pillado el embotellamiento de la rotonda ni la salida del colegio ni el semáforo de siempre.
Subió hasta su piso y abrió la puerta. «Ya llegueeé», voceó a la pared mientras ponía el maletín en el taquillón y colgaba en el perchero el abrigo. Después fue al dormitorio, donde le pareció oír unos ruidos.
En la mesilla vio dos copas medio vacías junto a una botella de albariño. Sobre las sábanas revueltas jadeaba Lola, en cueros, totalmente congestionada y con el rímel corrido. Llevaba unos ligueros rojos que no reconoció y tenía las piernas abiertas en uve. La observó en silencio, unos segundos, hasta que se agachó a desatar los pantis que la sujetaban a las patas de la cama.
Hoy no se excusó, bajando la persiana y recostándose, me duele la cabeza. No veas qué día más malo he tenido.
Tardó una eternidad en quedarse dormido. O eso le pareció a Tomás, a quien la espera se le hizo larguísima, ahí desnudo dentro del armario, sin atreverse a salir hasta oír sus ronquidos.



La varita mágica


LA VARITA MÁGICA

—Está oscureciendo —dijo Caperucita agachándose junto al Hada, que removía a conciencia la hojarasca—. Mire, quédese a dormir en casa de mi abuela y mañana madrugamos y seguimos buscándola, ¿le parece bien?
—Jo, qué rabia, si tiene que estar por aquí —se lamentó el Hada. Pero apenas se veía y aceptó agradecida la invitación de aquella niña tan simpática.
Unos minutos más tarde llegaron a una cabaña. Caperucita abrió la puerta y acompañó al Hada a la chimenea para que se calentara. Allí le atravesó el corazón con el atizador. Entonces agitó la varita y ¡ploff! se convirtió en lobo feroz.
Cortó al Hada en filetes y los envasó, empaquetó los huesos y guardó las vísceras en tarros de cristal, para el largo invierno.
—Aún queda espacio en la alacena —pensó relamiéndose, mientras recordaba a aquellos dos niñitos que había visto merodeando por los alrededores, tirando migas de pan.

La telaraña


LA TELARAÑA

Ordenó sin pestañear el chamizo y tranquilamente recogió sillas y platos que habían caído al suelo durante el forcejeo. En una bolsa de plástico metió la sudadera rosa, las zapatillas, los leggings y las braguitas. Con la fregona limpió canturreando la sangre de las baldosas. Después se restregó las uñas, se roció el pelo con colonia y mirándose al espejo sonrió.
Pero aquella sonrisa se desvaneció cuando con la alfombra enrollada al hombro fue a abrir el maletero del coche. Un líquido caliente empezó a bajarle por las piernas, empapándole el pantalón, al ver una araña que tejía su tela en la cerradura.

La séptima vida


LA SÉPTIMA VIDA

¿Puede un héroe con una hoja de servicios tan impecable como la suya terminar así de mal? Pues sí; si no pregúntale al gato con botas. Aunque mejor que ni te molestes, pues no te podrá contestar.
Porque mucha palmadita en el lomo cuando puso su gallardía e ingenio al servicio de aquel donnadie y ahora, el muy ingrato, ni a mirarle a la cara se atreve.
Desde que se apoderó, gracias a él, del castillo y desposó con la hija del rey, todo había empezado a torcerse. La princesa era una maniática y le prohibió andar con las botas llenas de barro por los mármoles recién fregados. Pero peor fue cuando le cortó las uñas, le puso unos quiquis y le empezó a llamar Misifú. Demasiado para él, que se lió a arañazos con aquella siesa.
Ahora, desde el alféizar donde lo colocaron, contempla eternamente el cielo con sus ojos de cristal.

La primera página


LA PRIMERA PÁGINA

Aquel libro contenía algo más que una historia, me di cuenta nada más abrirlo. «Para Javichu, mi fantasía, mi amor, mi destino. Érika».
Me reconcomía las entrañas, pero no podía parar de leerlo. Todo el viaje en metro desde la biblioteca pública hasta casa sin pasar de esa página, imaginando a Javichu con esa hija de puta. Si él nunca leía, ¿qué coño hacía con un libro dedicado por su amante, una escritora?
Del cabreo que me pillé tuve que bajarme una parada antes, para darme el aire. Cuando recobré la respiración, me prometí no volver a leer ninguna dedicatoria, pero eso de imaginarme en otra piel, buff, creo que volvería a hacerlo.

La pantalla


LA PANTALLA

Desde el instituto me arranco las uñas, me rapo la cabeza y simulo una joroba exagerada. Un día me clavé un punzón en la rodilla, para cojear, y ahora camino apoyándome en un hacha.
Llevo toda la vida preparándome para conseguir un puesto de fantasma. ¿Dónde? Me da igual: en el caserón de una colina, el pasillo de un hotel, un descampado, un desván, una pared desconchada…
Cualquiera de esos lugares me viene bien, pero antes quiero empaparme de los grandes. Aprender. Por eso me dedico a ver pelis de miedo, de muertos, de psicópatas. «El resplandor» es una de mis favoritas.
La he metido hoy en el vídeo, pero no sé qué ha pasado que las dos niñitas han echado a correr por el pasillo, han girado la pantalla y se han sentado en la primera fila del patio de butacas.
Y ahora me están mirando, comiendo palomitas, jugando con unas cerillas, discutiendo entre ellas si prender fuego a la pantalla.


La nube


LA NUBE

Pero los padres de Tomás insistían en recuperar al estúpido de su hijo. Nonagenarios ellos, decidieron no morirse sin antes decirle adiós. Hacía lustros que habían dejado de torturarse con lo de «qué habremos hecho mal, nunca le faltó de nada, tanto sacrificio para darle unos estudios y mírale, hecho una piltrafa en su pocilga, que ni deja entrar a limpiar». Pasaron entonces a la acción. 
Ella dejó el taller de bolillos, la gimnasia en el centro de día y los sudokus. Él abandonó las partidas de petanca, las de tute y el Pasapalabra, donde estaba hecho todo un profesional.
Qué emoción el primer día en el curso de Internet al dar al intro. Pronto, muy pronto, llegarían a su nube.





La mosca


LA MOSCA 


Podía haber tenido una muerte natural, sin sobresaltos, pero vete a saber cómo se desenredó de la telaraña de detrás del cabecero, no se desplomó en el parqué tras chocarse una y otra vez contra el cristal de la ventana, y logró más tarde esquivar el zapatillazo que la habría espachurrado en la pared.
Ya puestos, habría sido incluso preferible que saliera volando por el balcón para terminar estampada en un parachoques o engullida por una paloma. Cualquier cosa, lo que fuese, antes que caer en aquel plato de caldo humeante y agonizar escaldada entre fideos, trocitos de pollo y zanahoria mientras esperaba que unos labios rosas sorbieran la cuchara.