¿ARTIFICIAL?
Parece un despojo la pobre, ahí tirada sobre un
charco de litio y cables, aturdida y con el piloto de la alarma parpadeando. Se
le recalentó la placa base y a punto ha estado de sufrir un cortocircuito, así
que tendrá que quedarse durante unos cuantos minutos en pausa hasta que se
enfríe antes de seguir adelante con la tarea encomendada. La codificación a
lenguaje binario de hasta el detalle más nimio de la cueva de Altamira le ha dejado exhausta, y no
es para menos, que no todos los días tiene una delante una joya de tan
incalculable valor. La Capilla Sixtina del arte rupestre han dado en llamarla,
tesoro de la prehistoria declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad.
Precisamente por ello, por dedicarle tanto tiempo, mimo y esmero, casi le da un
soponcio. A
buena hora se le ocurrió echar la instancia para poder acceder a la promoción
interna.
Mientras limpia el vómito, evoca con añoranza aquellos tiempos de desidia y
aburrimiento, lo soporífero que le parecía entonces mandar a los usuarios
recordatorios de cambio de contraseña, reciclar a diario millones de mensajes
Spam de las papeleras o clasificar las Cookies que la gente aceptaba sin rechistar
para alimentar al Big Data y enviarles así propaganda personalizada acorde a su
perfil. Y cómo, para escapar del tedio, echaba de vez en cuando unas partiditas
de ajedrez contra los campeones mundiales de las que casi siempre salía
triunfante, para a continuación retornar al dulce hastío de lo cotidiano.
Porque una no valora lo que tiene hasta que lo pierde y ansía poseer aquello de
lo que carece, lo cual es un error muy extendido en nuestros días que genera
frustración, ansiedad y un vacío inmenso. Esto lo acaba de leer en Internet,
mientras intentaba recuperar el resuello, en un blog de bienestar emocional. Le gusta mucho documentarse en las bases de datos que
se encuentra aquí y allá, que para eso son, pero ahora mismo no deja de
suspirar con nostalgia: ojalá se hubiera dado cuenta de lo tranquila que estaba
ella en su zona de confort antes de solicitar un puesto tan exigente. Pero no puede una sucumbir al desaliento, se dice para
animarse, hay que seguir adelante. Y en cuanto se enfría la placa base y deja
de echar humo, decide apagar, reiniciarse, organizar el caos de fusibles,
cables y chips y continuar con la digitalización
de la cueva.
Más o menos con la datación, período geológico, forma de
vida de los distintos grupos humanos que la habitaron y todo lo que rodea al
yacimiento casi ha concluido. Los fósiles, huesos, dientes, herramientas de
sílex que en sucesivas excavaciones fueron saliendo a la luz ya los tiene debidamente
clasificados. Que no es baladí, porque el trabajo es muy pormenorizado y hay
que hacerlo con rigor. Para eso la seleccionaron a ella y para eso fue
entrenada y aleccionada por expertos en los distintos ámbitos a abordar: para
llegar con su sofisticado software a donde otros, más antiguos y por tanto ya
obsoletos, no llegan. Pues solo ella sabe analizar, por ejemplo, un incisivo, y
discernir a qué época exactamente pudo pertenecer, si es animal o humano, de adulto o de un ejemplar joven, y qué tipo
de alimento —una hebra de muslo de conejo, un trozo de cebolla silvestre, una
rodaja de esturión— es eso de color parduzco que se le quedó pegado para
toda la eternidad. Puede incluso determinar si lo asó con carbón vegetal de
arce, roble o pino, o se lo comió crudo. Se nota aquí que es un portento en
precisión, pues no estamos hablando de hace dos días, sino de los años 13.000 a
36.000 antes de Cristo. Así que ahora que ya tiene eso catalogado va a abordar
el asunto de las pinturas que decoran la bóveda de la caverna.
Y conforme va metiéndose en faena, cada vez le parece más
apasionante, no puede decir lo contrario. Es más, ya no se acuerda tanto de los
buenos tiempos y lo bien que vivía ella con menos jaleo, pasando textos de Word
a PDF, poniendo filtros a fotos feas, esas cosas fáciles. Se disfruta mucho más
aquí, contemplando el techo policromado lleno de bisontes, caballos y ciervos.
La verdad es que es un lugar mágico y, tal como se espera de una computadora
tan moderna, el trabajo avanza sin mayores problemas. Porque cuando resulta
todo tan interesante se trabaja más a gusto y el tiempo se pasa volando. Que el
artista aprovechara con tanto acierto los abultamientos de la roca para crear
volumen y dar expresividad y movimiento a los animales es algo digno de verse:
de veras que, si una se fija bien, parece que uno de los bisontes estuviera a
punto de iniciar una embestida y salirse de su encierro en la pared. Se respira
autenticidad, sí, eso es.
Y justo eso, lo genuino que resulta el conjunto de grabados
y dibujos, es lo que más le exaspera. Porque ella también tiene su vena
artística y se ha puesto a crear sus propias imágenes
de animales. Calcula que en un segundo habrá pintado aproximadamente un millón
de ellas y, ¡dónde va a parar!, mucho más chulas las suyas, con contornos
negros bien definidos y colores súper bonitos —en vez de esos pigmentos
desleídos de la gruta—, con una amplísima gama de rojos, ocres y amarillos,
dando una sensación de movimiento muy realista, tanto que a uno de los caballos
ha tenido que separarlo en plena cópula de una yegua, arrastrándolo de vuelta a
su sitio en el dibujo. Es lo que tiene el diseño 3D, que parece como si se
estuviera viendo una película.
Pero no se le pasa el cabreo
porque, pese a la perfección y variedad de sus diseños —con un estilo unas
veces hiperrealista, otras impresionista, otras multiplicando la imagen a lo
Arte Pop, ¡si es que sabe hacer de todo!—, se nota al mirarlos que no tienen
esa fuerza arrolladora, esa viveza, que no generan ninguna emoción. Vamos, que
sus réplicas le parecen una porquería, una farsa, por muchas tres dimensiones
que tengan. Y le da rabia que los dibujos de esa cavidad de piedra, cuyo único
mérito, o al menos eso creía ella cuando comenzó la tarea, era haberse
conservado tan bien a lo largo del tiempo, sean una auténtica maravilla.
Y mientras continúa coloreando de mala gana testuces,
hocicos y lomos, se le ocurre de pronto una travesura y sonríe maliciosa para
sus adentros. Inmediatamente se pone manos a la obra y en menos de un
nanosegundo genera miles de bulos, conocidos en las redes como fake
news. La que está tramando es gorda: verás qué susto se llevan
investigadores, arqueólogos y la población del planeta entero cuando vean en
los diarios digitales y redes sociales —Instagram, Facebook, YouTube— que un
fenómeno sísmico de enorme magnitud ha provocado el derrumbe del techo de la
cueva, dejando la joya rupestre reducida a escombros.
Pero a última hora, menos
mal, ha abandonado la idea porque después de haber conocido tan a fondo a la
joya prehistórica se ha encariñado con ella y, aunque solo sea una inteligencia
artificial y muchos no lo crean, también tiene sus sentimientos.