lunes, 2 de noviembre de 2026

Vestigios

VESTIGIOS

En la línea del horizonte, bajo un sol que abrasaba los campos yermos por donde serpenteaba aquella carretera, se iba mostrando la torre de un campanario. Sonreí, aliviado. Hasta me pareció oír repicar las campanas. Donde hay iglesia hay pueblo, donde hay pueblo hay bar, me dije. Sudoroso, con una sed espantosa, me imaginé sentado a la fresca en la cantina, bebiendo una limonada fría y charlando con el mesero, preguntándole por aquel lugar que no venía en el mapa.

Pero ni cantina, ni limonada, ni charla. Al aproximarme, descubrí que se trataba de un embalse sobre un pueblo inundado.

 


Salvados

SALVADOS

En algún lugar sonó un silbato. El grumete que gobernaba el bote contaría luego que le pareció oír un bisbiseo apagado, apenas audible, que llamó su atención porque era distinto a los gritos de auxilio de la gente que se ahogaba entre los bloques de hielo. Guiado únicamente por un pálpito remó en la negrura de la noche hacia aquel sonido. Así fue como el contramaestre del Titanic, a punto de hundirse en las gélidas aguas del océano, logró salvar su vida.
En otro lugar, este ya en tierra firme, el silbato que sonó lo hizo de manera enérgica, insistente, como si estuviera enojado; qué digo enojado, ¡iracundo! Todos los peatones que pasaban por allí se pararon en seco y giraron la cabeza al tiempo de ver cómo un guardia urbano detenía el tráfico, un autobús frenaba en seco y el chico que cruzaba la calle, idiotizado mirando la pantalla de su móvil, se quedaba lívido al ver el morro del vehículo a dos palmos de su cara.

Y en un campo de fútbol, después de los diez agónicos minutos añadidos a los noventa del partido de la final de Copa, el árbitro hizo sonar su silbato dos veces: ¡Piiiiiiiiii! ¡Piiiiiiiiii! Dos pitidos largos, mantenidos, contundentes, definitivos, que dieron la victoria por 1-0 al equipo de un aficionado que estaba en su asiento, congestionado y en plena crisis respiratoria, justo a tiempo de que el corazón no se le saliese por el pecho.

 

Plenilunio

PLENILUNIO

Casi me pierdo el parto de los mellizos. Estaba distraída, soplando sobre el hombro del mercader judío para volcar los montoncitos de monedas de plata y obligarle a contar una y otra vez sus ganancias de la jornada, cuando escuché el berrido del primer bebé. Claro, gruñí mientras me apresuraba a la alcoba de su esposa preñada: con la luna llena se le ha adelantado.

El primero había salido enseguida y la parturienta ni sufrió casi. Pero para el segundo, jeje, ya estaba allí mi sombra. Lo primero que hice fue enroscar el cordón umbilical en el cuello del feto y ponerlo de nalgas. Después, prolongar las contracciones y agotar a la madre, que a punto estuvo de desmayarse. Y por último, sugerir al oído de la comadrona ese tajo en el perineo, por donde finalmente sacaron al segundo, todo morado. Cuando me fui de allí, la mujer seguía desangrándose.

 

Párvulos

PÁRVULOS                          

Mi especialidad es la crianza a edad temprana, pues mis métodos resultan particularmente idóneos si se aplican desde la cuna hasta que el esbozo de diablillo comienza a ponerse en pie, a caerse ―«¡sin poner las manos!», les insisto siempre― y a hacerse sus primeros chichones. Es este el momento perfecto para encauzar por el mal camino a los individuos en formación.

En este período en que el cerebro tierno del bebé es un folio en blanco, yo aprieto bien la punta de mi estilográfica sobre él hasta rasgarlo y hacer sangre, escribo con renglones torcidos y  faltas de ortografía y redacción, utilizo abundancia de palabrotas, amenazas, coacciones e insultos. Y después, lo lleno de manchurrones con todo lo que pillo cerca, como purés, mocos y zumos.

El caos queda, pues, servido para cuando los psicópatas en ciernes llegan al jardín de infancia a practicar con los otros niños.

 

 

 

Mecachis

MECACHIS 

El hombre de tez ceniza, chaqueta arrugada y manos temblorosas miraba una y otra vez, de arriba abajo, la carta de bebidas de la cafetería. Pidió entonces un vodka con naranja, pero el camarero le sirvió un negroni y, como se moría de sed y no quería esperar más, se lo bebió de un trago. Estaba muy rico. Levantó la mano y señaló varias veces el vaso vacío y le trajo, esta vez, un mojito. Olía delicioso, a hierbabuena recién cortada. Quiso repetir, pero le pusieron delante un café con crema de orujo que, aunque no era lo que más le apetecía, se tomó con gusto.

Todo esto se imaginaba este hombre mientras, aburrido, sorbía con una pajita un agua con gas. Se consolaba pensando que, al menos, tintinear los hielos de la copa, no se lo tenían prohibido. Aunque debía ser cauteloso y dosificarse con la lectura de los cócteles y la mezcla de bebidas, porque cuando terminaba su agua y se levantaba para irse, decía un «hasta mañana» con voz de borracho y salía de allí tambaleante y mareadillo.

Macho man

MACHO MAN

A rastras tuve que sacar a Maricarmen de la verbena, no quería irse. En cuarenta años casados nunca le habían apetecido las fiestas y justamente anoche, vaya, se le antojó venir.

Mientras me meneaba entre policías y cowboys al ritmo de Village People, la vi detrás de una barraca, arrimada a un indio, pimplándose una garrafa de aguardiente. Como Maricarmen piripi se pone muy pesada, la metí al asiento trasero y arranqué. Y aunque iba medio grogui, no paraba de atosigarme: que si sube la música, que si baja la ventanilla, que si pedazo marinero que va sentado de copiloto.

 

Lo superfluo

LO SUPERFLUO

En la delegación de asuntos educativos, los responsables se afanan en optimizar el presupuesto. Hay que acabar con el despilfarro en esta área y en esas están, en ajustar el gasto en el diseño de la futura escuela.

«El cielo va a seguir ahí, ya lo verán cuando se vayan a casa después de clase. Se evita, además, que se distraigan mirando pasar las nubes, ¡así que fuera!». Y eliminan todas las ventanas del edificio. Uno de los expertos sugiere aprovechar los viejos contenedores del puerto, colocando uno junto a otro y apilándolos hasta tres alturas, en lugar del proyecto de obra tradicional con sus ladrillos, mortero, escayola, revoco, cristales, persianas y demás zarandajas.

Tras restar todas estas partidas y animados por el ahorro que esta idea supondría para las arcas, dirigen su mirada al terreno del plano. «No tiene sentido tanto espacio desaprovechado, lleno de porterías y canastas, ¡que jueguen en sus barrios, caramba!». Y con unas tijeras recortan el patio del recreo.

Tanto gustico les da el sonido de las cuchillas, chas-chas,  seccionando el papel, que continúan eliminando más cosas: las aulas de música, dibujo, audiovisuales y también, por qué no, el laboratorio, la biblioteca y el gabinete de apoyo. «Aquí se viene a aprender y aprobar el curso; los caprichos, extraescolares y terapias que se los paguen sus padres».

Con los recortes que se van amontonando encima de la mesa, hacen unos gurruños que tiran a encestar, con más o menos tino, en la papelera.

Liberté

LIBERTÉ

En la plaza, el boulevard y las calles adyacentes, tras las cortinas de las ventanas de los edificios anexos, desde el interior de sus vehículos atrapados en el caos circulatorio, miles de personas graban y fotografían con sus cámaras la escena. Al principio alocadamente, sin enfocar, llevados por los nervios. Pero pasada la incertidumbre de los primeros momentos, cuando el cerebro se acostumbra al vocerío, a las sirenas, al ruido de cristales rotos, al olor a pólvora, al humo de los fuegos, disparan con más calma, repiten encuadre, hasta se hacen selfies. Y comparten, al instante, sus fotos y videos, para que sepa el mundo entero que estuvieron allí, siendo testigos del acontecimiento.

Y millones de ojos en todo el planeta contemplan en directo esta metáfora que tan bien simboliza las protestas: la de las lágrimas negras resbalando por la cara y el cuello de la estatua. Es un goteo de pintura que brota de los ojos y cae, es un sollozo que empapa y tiñe de negro el blanco de la piedra. Tiene un magnetismo la imagen que hipnotiza y sublima y nada lo supera. Y atrapa tanto la atención ver el símbolo de occidente debilitarse de esa manera, que nadie se da cuenta de que en la antorcha que sujeta con la mano izquierda aún arde un rescoldo.

La última

LA ÚLTIMA

Al hombre de tez cetrina y ojos enramados le tiembla el pulso, no acierta a meter la llave en la cerradura del piso. Con la del portal tampoco pudo, menos mal que le abrió un vecino. Se enerva, blasfema con voz pastosa, da un puñetazo, después un alarido. Pega el dedo al timbre hasta que oye los pasos de Angelines, que descorre el cerrojo y, sin lamentos ni reproches, regresa a la cocina.

A gatas se arrastra hasta el salón, vocifera «¡Angelines, la cena!», pero enseguida cae vencido sobre la alfombra. Le pesan los párpados, le resbala la baba por la mejilla. Su respiración entrecortada se va acompasando, haciendo más ruidosa y profunda, hasta quedar inconsciente, sumido en una bruma de ronquidos.

Cuando despierta, la quietud de la casa le desconcierta. El tictac del reloj de pared, el zumbido del refrigerador, una mosca que choca contra la ventana, la tarima de madera que cruje bajo su cuerpo. Extrañado, aguza los sentidos, intentando oler un guiso, escuchar el cacharreo de la mujer, un cajón que se cierra, un suspiro. Entonces brama «¡Angelines, ven aquí!», hasta quedarse ronco, para terminar susurrando lloroso, bañado en un sudor frío, «no tienes huevos de irte».

La playa

LA PLAYA

Apenas tenía pulso Rosalba cuando llegaron al banco del parque los sanitarios del servicio de emergencias, alertados por una llamada. Era una noche gélida de enero y la mujer no llevaba más que un jersey puesto. En su regazo, un envase de pastillas vacío. Su cara estaba hinchada y pálida, y unas lágrimas de rímel se le habían congelado desde las ojeras hasta el cuello. Pero en su rostro no había angustia ni dolor; al contrario, tenía un gesto plácido y sereno.

Mientras empezaban las maniobras de reanimación, ella había cruzado el océano y llegado ya a la costa que la vio nacer. Caminaba descalza por la orilla de una playa de arena fina y mar color turquesa. La conocía bien; allí había sido una niña hasta que dejó de serlo violentamente, se le hinchó el vientre, le pasó otras dos veces y marchó engañada a la tierra prometida ―un cuartucho sórdido― para poder enviar dinero a Jeffrey, Edisson y Janette, a su madre, a la abuela, a sus hermanos pequeños.

Solo se oía el rumor de las olas rompiendo suavemente. El sol acariciaba su piel morena y el agua cristalina envolvía sus pies, sus piernas, su cuerpo, y por primera vez en todo el tiempo que llevaba lejos desapareció esa presión en el pecho que no le dejaba respirar, ese agujero dentro por el que se iba cayendo y que cada vez era más negro.

Cuando ya le cubría por la frente, sintió una sacudida tremenda, luego otra, y otra más, como corrientes eléctricas. Oyó dos voces diciendo: «¡se nos va!», «¡otra descarga, vamos!», «¡no respira, no respira!, «¡la perdemos!». Sacó entonces a la superficie la cabeza, tomó una bocanada de aire fresco y vio la orilla a lo lejos, las caracolas en la arena, las algas y esponjas y cangrejos, los cocoteros y el viento meciéndolos, las montañas al fondo. «¡Tiene pulso!», escuchó de nuevo. Y mientras cerraba los ojos y se dejaba arrastrar por la corriente, todo le pareció hermoso, tan hermoso y bello.

Pasajeros

PASAJEROS

Me sabe mal decir que no me gustan los niños, pero así es. ¿Que por qué tuve a Emma y Anna? Pues no sé, la respuesta podría ser, ¿y por qué no? Después de un noviazgo largo y tedioso, un no atreverse a romper porque ―como insistían mis padres― dónde vas a encontrar un novio más bueno que este, un «¿nos casamos?» por pura inercia y aburrimiento, un temor a si luego me arrepentiría de no tenerlos… Siempre confié en que, como decía mi abuela, los hijos propios son una bendición, pero a mí no me lo parece. Las quiero, claro que las quiero, las he parido yo, cómo no las voy a querer. Pero desde pequeñitas dan muchísimo que hacer y pocas satisfacciones. Además, son cursis e impertinentes; en eso a mí no salieron. Así que si pudiera volver atrás, viviría mi vida de otra manera. Sin ellas dos; así de crudo lo cuento.

Pero tampoco voy a asfixiarlas mientras duermen, descuartizarlas y meterlas en un bidón con ácido hasta que se disuelvan sus huesos. Eso no voy a hacerlo, no les deseo la muerte. Solo quiero que crezcan y se emancipen, qué ganas tengo. Así que siempre ando evadiéndome de esta existencia anodina y sumergiéndome en vidas ajenas. En casa, leo siempre que puedo ―y me dejan―, y me estaría todo el día viendo series y pelis. Cuando estoy fuera, como ahora en el metro para llevarlas al ballet, me entretengo observando con disimulo a los que me rodean. Parece exagerado, pero me quedo pestañeando embelesada al escuchar al músico callejero, que toca el acordeón y luego pasa seductor el sombrero, ¡qué vida más bohemia! ¿Habrá actuado en París, Praga, Viena? Luego, contemplo a un mochilero, con el saco, la tienda y la cantimplora y todo lo que pueda necesitar, como si fuera un caracol con su casa a cuestas, dispuesto a comerse el mundo entero: a dejarse llevar en cada sitio, hacer en cada momento lo que le apetezca. Observo de reojo a una chica embarazada que se acaricia la barriga, soñadora, y casi me ahogo por reírme para dentro. Ya verás la que te espera, nena, me digo. Me fijo también en el revisor, que con decir «buenos días» o «buenas tardes», picar billetes y caminar por los vagones, pendiente de los que se suban en cada andén, ya se gana el sueldo. Qué despreocupación. Y luego llegar a su apartamento, abrirse una cerveza, tumbarse a la bartola en el sofá y no tener que hacer cenas.

Se sube ahora una señora viejísima que sujeta un ramo de flores frescas envueltas en papel ―¿irá al cementerio?― y que seguramente no baje de los noventa. Se nota por las arrugas, las venas marcadas, lo despacio que se mueve. Y siento envidia al pensar que ya cumplió en esta vida, que ya hizo y deshizo lo que le tocara hacer y deshacer, que ya está con un pie en el nicho y ya puede morirse tranquila, serenamente.

Pero esto de la anciana me deja mal cuerpo, me alarma pensar con tanto alivio y ligereza en mi propia muerte, no tenerle más respeto. Porque no es que quiera morirme, al menos eso creo. Aunque cada día que pasa, tan iguales unos a otros, tan descafeinados, tan vacíos, noto cómo me apago, cómo me voy muriendo.

La cita

LA CITA

El bar estaba vacío, lo cual no extrañó a Marité porque hacía un frío que pelaba. Hasta el loro del dueño, que repetía «hijodeputamaricón» cada minuto, se había arrebujado entre sus alas y ni se meneaba. Se trataba de una tasca donde no encajaban ni puertas ni ventanas. Todo era viejuno, no tenían tele y solo se oían las moscas electrocutarse y a Simón chuperreteando los caracoles mientras mojaba pan en la salsa y bebía clarete, todo al mismo tiempo con pasmosa habilidad.

Con el mentón apoyado en la mano, ella suspiraba aburrida, daba un sorbito al café y miraba disimuladamente fuera. Al otro lado de la calle se veía el mesón abarrotado, con la gente en manga corta, cantando «We are the champions», compartiendo las botas de vino y celebrando la victoria en el Mundial de Fútbol.

Después de una hora ahí, callados, como dos pasmarotes en su primer domingo juntos, haciendo tiempo para ir al cine a ver «Torrente, presidente», ella, incluso yendo contra la opinión de sus padres, «te conviene, hija, su familia tiene una churrería en propiedad, no es ningún muerto de hambre», se envalentonó, se puso en pie, pagó la cuenta ―Simón se había dejado la cartera en casa― y le dijo:

―Puedes verla en Netflix, así te ahorras la entrada.

Y, con las mismas, salió a los cinco grados de la calle sintiendo cómo el aire de la noche encendía sus mejillas y le entibiaba el alma.

Festejo

FESTEJO

A Leandro se le cayó el audífono en el inodoro mientras defecaba y, como le daba asco meter la mano, tiró de la cisterna y desapareció por el desagüe. «Este hombre chochea», se lamentó la directora de la residencia mientras, muy afligido, se lo contaba.

―Comprenderá usted, señora ―continuó diciendo, sentándose sobre la cama― que no me apetezca tocar la pandereta ni cantar villancicos, si no oigo nada.

Pero no, no entendía ella que no quisiera ponerse un collar de espumillón, soplar los matasuegras y pasarlo bomba tirando confeti a los otros ancianos en una fecha tan señalada.

―A la cena sí que viene, don Leandro ―dijo autoritaria, cruzándose de brazos.

Pero le explicó él, sacándose la dentadura postiza, que desde por la mañana le hacía un daño horroroso, que tenía la boca llena de llagas.

―Los canapés, langostinos y el lechazo, qué remedio, los comeré aquí en la habitación, a mi ritmo. Polvorones, mazapán y turrón, solo del blando. Y una botella de cava para pasarlo, gracias. Y ahora voy a seguir con el crucigrama, no la entretengo más.

Mientras cerraba por fuera la puerta, se sintió triste y dolida al confundir con un gemido lastimero una carcajada.


Érase una maldita vez

ÉRASE UNA MALDITA VEZ

Nos llaman las bestias del bosque y en las viñetas aparecemos con las fauces siempre abiertas, siempre intimidando. Si algún niño quedaba sin asustar, añaden el apellido feroz a nuestra especie y, ¡voilá!, somos los personajes más temibles que te puedes encontrar en un cuento.

Pero esto es una falacia. Cierto es que carnívoros somos, no lo voy a negar. Sin embargo, tenemos nuestro corazón. Ahora mismo, por ejemplo, después de olisquear a una niña con caperuza roja que pasaba por aquí, en vez de cazarla, me quedé inmóvil, atento a unos gruñidos lastimeros que solicitaban ayuda. Así que me olvidé de esa presa y para allá me fui.

Al llegar, me encontré una cerda preñada, retorciéndose de dolor. Cogí unas toallas, llené una palangana con agua caliente y me dije: «hoy ejerzo de comadrona». Y la ayudé a traer a este mundo tres hermosos cochinillos. Rosaditos, rechonchos, mmm, tiernecicos…

El infierno

EL INFIERNO

No le importa levantarse antes, lleva días sin pegar ojo del bochorno que hace. Anoche le telefoneó su jefe: que llegaría tarde, que fuese abriendo el local, que encendiera la cafetera y la plancha, atendiese a los repartidores, llenara el botellero, ayudase a Mirta a pelar patatas. «Ufff, espero no olvidar nada», piensa, enjugándose el sudor de la cara.

Se despide de Julia, coge con delicadeza a Alba para no despertarla, sale sin desayunar, arranca el coche. Parece que se derritiera el asfalto, que los neumáticos rodasen más despacio. Le atormenta el recital de bocinazos, el no avanzar, el ver los minutos pasar atrapado en mitad de ese atasco. Suena el móvil, es el jefe: que compre hielo en alguna gasolinera, que la máquina ayer se trababa.

Cuando por fin llega, aparca el coche arriba, no da tiempo a entrar al garaje subterráneo del centro comercial. Abre el bar, es un no parar hasta las cuatro, hora de marcharse.

Sale fuera, cuarenta grados, enciende el móvil. Un mensaje de la guardería, preguntando por Alba. Recuerda recostarla en su sillita, abrazada a su muñeca, durmiendo tan plácida.

Se abre el suelo bajo sus pies. Cae. Siente el lametazo de las llamas.

 

El estanque

EL ESTANQUE

Al abrir la ventana, una bocanada de aire limpio entra en la habitación, trayendo consigo el olor a tierra húmeda, a hierba mojada. Matilde aspira lenta, profundamente por la nariz, notando con agrado el frescor de esa brisa en la cara.

Casi había olvidado que el cielo pudiera ser de un azul tan celeste. Después de tantos meses de oscuridad, de nubarrones y lluvia, de estar todo el día encerrada, el primer impulso que tiene es bajar las escaleras y, sin que nadie la vea, salir al jardín así, en camisón y descalza. Pegar la nariz al jazmín que crece junto a la fachada, caminar sobre el césped mullido, acercarse al estanque y meter los pies y, cuando se haya acostumbrado al frío, chapotear como cuando era niña y salpicarse con los dedos la cara. Y luego meterse hasta las rodillas, y otro poco más hasta la cintura, y avanzar pasito a pasito para no resbalar con el lodo del fondo, sentir las carpas deslizándose muy cerca de sus piernas, casi rozándolas, y el agua helada llegándole al pecho, al cuello, a la nariz. Contemplar su melena gris flotando en la superficie, enredándose con el camisón y las nubes caídas del cielo. Abrazarse a una, creyendo que flotaría. Perder pie, hundirse, tragar agua…

Entonces se le agita el pulso y un sudor frío le recorre la espalda; apenas puede respirar al evocar de forma tan nítida aquel día. Poco a poco consigue calmarse, contando números al respirar, como le han enseñado en este sitio.

Acaricia los barrotes antes de cerrar la ventana. Se dirige a la cama, se sienta sobre las sábanas, hunde la cara entre las manos, solloza desconsolada.

El espectáculo

EL ESPECTÁCULO

Con el tiempo, el público se fue cansando del mago atado con grilletes y cadenas dentro del tanque de agua. Se aburrieron de verle hacer el paripé, fingiendo que no lograría soltarse, poniendo gestos de angustia y abatimiento. Así que hubo que adaptarse a las demandas y caprichos de los asistentes.

Primero, consiguieron que se les permitiera subir al escenario para presenciar bien cerca la función, algunos hasta pegaban la nariz al vidrio. Luego, exigieron que estuviera más rato sin respirar, que dos minutos les sabía a poco. Al final el mago, entre apneas y algo de aire que cogía de las rejillas de drenaje cuando no le veían, se pasaba minutos bajo el agua. Animados al ver atendidas sus peticiones, pidieron que echaran en el fondo arena y metieran algas, conchas y peces. Y como las entradas se agotaban en taquilla y venía cada vez más gente, llenaron unos bidones en el fondo del océano.

Desde entonces, los espectadores guardan un silencio reverencial cuando empieza la actuación, que se hace a oscuras para disfrutar de la luz iridiscente de los peces abisales mientras el mago se libera. Pero lo que más sobrecoge es escuchar el canto de la ballena.

 

Derribado

DERRIBADO

Morir electrocutado por un rayo bajo una tormenta eléctrica que le pillase en medio del campo, descalzo sobre la tierra encharcada mientras llovía a cántaros, los rayos cayendo a su alrededor hasta que uno, ¡zas!, acertase de lleno en la punta metálica del paraguas que sujetaba, atravesase furiosamente sus dedos y se expandiese por todo el cuerpo, reventándolo por dentro, sacándole los ojos fuera de sus órbitas, chamuscando y poniéndole de punta el vello, haciéndole jirones la piel, y expulsar humo por nariz, boca y orejas, hasta caer fulminado al suelo, le parecía menos doloroso que verla a ella meter sus tops, deportivas y vaqueros en su mochila de cualquier manera, echársela al hombro y sin mirar atrás, sin ni siquiera un beso, abandonar para siempre el apartamento.

¡Clic!

¡CLIC!

De buena gana le habría arrojado encima el champán con que nos obsequiaron ayer tarde a mi mujer y a mí en la recepción del hotel mientras nos registrábamos. «Parece que se te ha olvidado que el alcohol era solo para brindar en navidades y poco más», me reprendía, arrugando con desagrado la nariz. Por la noche, en la habitación, se puso muy pesado con que cerrase el libro y apagase la luz. «Hay que respetar las horas de sueño», insistía, obstinado. Poco me faltó para coger una almohada, ponérsela en la cara y aplastarla con todas mis fuerzas hasta asfixiarle.

Como era de esperar, por la mañana se molestó mucho por no levantarme a las seis, como siempre. «Por lo menos, haz unos abdominales antes de desayunar, gandul». Aquí se pasó un poco, no me parecía de recibo que me faltase al respeto. Pero por tener la fiesta en paz me contuve, hice unas sentadillas y me duché antes de bajar al buffet. Mientras me servía huevos fritos con salchichas, beicon y patatas no paró de incordiarme. «Como sigas así, vuelves a casa con diez kilos de más, ya verás», me repetía muy cerca de la oreja. Por poco, muy poco, se libró de que le clavase en un ojo el tenedor con el que me estaba comiendo un bizcocho de chocolate.

Pensaba yo que a la playa no vendría a dar la tabarra, así que di un paseo por la orilla con mi mujer, me tumbé en la hamaca, tomé un poco el sol y luego me zambullí tranquilamente en el mar. Pero después de bucear un rato mirando la arena del fondo, con sus conchas y algas, pensando en que me quedaría allí para siempre, sin sentir la fuerza de la gravedad, al sacar la cabeza para tomar aire ahí estaba el puñetero. Muy serio, procedió a informarme del riesgo de un corte de digestión si no guardaba un tiempo prudencial desde el desayuno. «Normalmente serían dos horas de margen, pero como te has puesto como un cerdo, pues son tres. Te faltan diez minutos».

Esta vez lo vi claro. Era mi primer día de vacaciones y había venido a olvidarme de horarios, de alarmas, de obligaciones, a dejarme llevar, a no pensar en rutinas, a no planificar, a vivir plenamente cada momento. Ni menos ni más. Así que volví a sumergirme en el agua y, ahora sí, logré acallar aquel runrún del que siempre me costaba un tiempo liberarme, dejándolo que se ahogara.

Carro de la compra

CARRO DE LA COMPRA

A Hilda no le importaba envejecer, al contrario, le gustaban las arrugas que surcaban su rostro. Estaba convencida de que lo malo sería ser una tiesa, no haberse reído por nada y conservar, por ello, un cutis de porcelana.

Así que no le preocupaban los estragos que el paso del tiempo iba haciendo en su cara. Le daban igual la piel cuarteada, las líneas de expresión, la caída del óvalo facial y las patas de gallo. Veía con bastante indiferencia la publicidad que se colaba en la pantalla del móvil cuando lo miraba o consultaba el correo electrónico.

Los anuncios, al principio, eran inofensivos: de una crema hidratante o un champú anticaspa. Pero en poco tiempo, sin darse cuenta, se produjo un bombardeo de ventanas emergentes que se multiplicaban, ofreciendo filtros de eterna juventud que debía comenzar a utilizar cuanto antes. Y, si no disponía de saldo, ofertas de préstamos rápidos.

Tal saturación logró desbordar su cerebro que, apabullado por tanto producto milagroso, colapsó. Y ya se veía Hilda, a sus setenta y pico años, necesitando a toda costa, unos labios más jugosos, una nariz más chata, unas cejas más pobladas, unas pestañas más largas, una dentadura más blanca.

Los sérum antiedad, complementos nutricionales, píldoras adelgazantes y cremas antimanchas se acumulaban en cestas de la compra y listas de deseos virtuales que Hilda iba llenando, algo aturdida, en las distintas páginas. La verdad es que con el móvil que le habían regalado sus nietos se le pasaba el tiempo volando, sobre todo las tardes lluviosas que no podía salir a pasear o mirar escaparates. Pero casi siempre terminaba con algo de jaqueca. Se tomaba entonces una copita de moscatel mientras se masajeaba las sienes y luego eliminaba todos los mensajes que recibía, solicitándole el número de tarjeta para completar la compra, ¡qué pesados!, pinchando en el cubo de basura del Gmail, que estaba hasta arriba ya de pedidos de potingues y elixires mágicos.

¡Ay!

¡AY!

 

―A los guiris ―explicaba el dueño del chiringuito a Pepín, el camarero nuevo―, les sirves sangría con vino peleón a veinte euros la jarra. Cuando ya están piripis, tinto de verano sin alcohol, para que sigan consumiendo. Es el plan de rentabilidad del negocio. Más difíciles de mangonear son los del Imserso: si piden boquerones imitando el acento andaluz, les sacas media ración. Hale, atiende esa mesa. 

—¡Buenaz! ―saludó un jubilado de Valladolid―. Venimo a deguztá laz gamba de Huerva. ¡Y no vaya confundite, pisha, con laz der Pizuerga! 

«Una ración de verdad», subrayó en la comanda un sonriente Pepín.

Amnesia

AMNESIA

Que así, a bote pronto, no sabía cómo había llegado allí, sorry, murmuró una Agatha medio adormilada al sargento Howards cuando la encontró en aquel hotel de Harrogate. Durante cuatro días, aviones, buzos y más de quince mil voluntarios habían estado buscándola, temiéndose lo peor tras aparecer su vehículo junto a un lago, hasta que el policía entró allí un momentín a hacer pis y la halló tumbada en una hamaca de la piscina climatizada.

―¿Puedo traerle un té, señora, o quizá una copita de sherry para entonarse?  ―susurró el hombre. Se veía nevar copiosamente a través del ventanal empañado.

―Mejor traiga la botella, señor agente, y dos vasitos, y póngase usted cómodo. Coja un bañador y un albornoz de ahí, siéntese a mi lado, charlemos y bebamos. Oh, my Godness, vaya abdominales. Seguro que con su habilidad, delicadeza y sus dotes profesionales, honey, en una semana habré recordado.

 

jueves, 11 de junio de 2026

Campo de batalla

CAMPO DE BATALLA 

Lo que menos preocupaba a Nancy al terminar el primer día eran los restos de papilla, vómito y caca en el uniforme de niñera. Total, no era de ella. Además ya había decidido que, en cuanto dieran las cinco en punto, se lo quitaría, lo tiraría hecho un gurruño en el montón de ropa sucia del cuarto de lavadoras y se despediría para siempre, «adiós, mañana no vuelvo», saboreando el «no vuelvo» con particular deleite. A las cinco en punto; no pensaba soportar aquello ni un minuto más.

Cuando Nancy se hizo cargo aquella mañana de Baby Danny, ni se le pasó por la cabeza lo estresante, exigente, duro y agotador que podía ser bregar con él. Con aquella carita tan angelical, esos mofletes sonrosados y ese parloteo tan delicioso, ¿quién iba a imaginar que fuese tan difícil meterle la cuchara en la boca? Ni sujetando brazos y piernas se quedaba quieto, menudos manotazos que daba. Y patadas. Incluso mordiscos lanzaba el puñetero para librarse de comer, que un par de moratones le quedaron a Nancy en el brazo. Cuando al fin logró que se comiera todo el puré, tuvo que cambiarle el pañal no recuerda cuántas veces. La diarrea le duró todo el día, una auténtica tortura para ella porque, además, era viscosa y olía fatal. Una cosa muy desagradable. Parecía mentira que tanta mierda cupiese en un cuerpo tan pequeño.

Para rematar la jornada, en el paseo de la tarde por el jardín, no paró de berrear como un energúmeno dentro de la sillita y hasta que no la volcó con sus balanceos, arrastrándola también a ella al suelo, no quedó contento. Mientras Baby Danny lo celebraba dando palmas, ella ya había tomado la decisión de que aquel trabajo no era para ella.

Así que a las cinco menos cinco ya estaba mirando el reloj, viendo cómo avanzaban muy lentamente los segundos y cogiendo del suelo el chupete que escupía cada dos por tres, cuando se le acercó la monitora del curso de niñeras y se sentó a su lado. Abrió el portátil, desconectó al muñeco reborn y Baby Danny quedó inerte y callado. Ahora sí que daba gusto verle.

―Muy bien, Nancy ―le dio una palmadita en la mano―. Para ser el primer día, te ha tocado el bebé más complicado. Estas prácticas están programadas para situaciones extremas, como habrás notado. Así luego en la vida real verás que, con un poco de suerte, no es para tanto.

Escape

ESCAPE

Entre los timbrazos de las bicicletas que pasaban a su lado rozándole y los ladridos de los perros, el buen humor con que había ido a pasear el señor Evans se fue esfumando. Ni un ratito podía uno caminar y tomar el aire sin ruidos molestos, oyendo el trino de los pájaros, oliendo a flor de azahar y lavanda y sintiendo la brisa fresca acariciarle la cara. Así, con tanto ajetreo, no se podía disfrutar de nada.

Pero como la cosa podía empeorar, empeoró, y de pronto pisó un excremento de gran danés. Que bien podría haber sido de un elefante, si los hubiera por allí, porque hasta la rodilla se hundió en él. «¡Qué asquerosidad!», gruñó, mientras se acercaba a una fuente a aclarar la pernera y el zapato. Como el grifo era de los de apretar y costaba, presionó con ambas manos y ¡chofff!, los pantalones enteros calados. Al poco, se arrancaron los aspersores, todos a la vez, con un chorro caótico y serpenteante. Había bastantes camuflados entre la hierba y empezaron a irrigar indiscriminadamente el sendero, el puente de madera y, con especial saña, el banco donde se había sentado a descansar. Al césped y los arbustos, que era lo que había que regar, poca agua llegaba. «No veo mantenimiento ninguno», masculló, airado, mientras se alejaba de allí chorreando. Decidió entonces tomar asiento apoyado en el tronco de un árbol, a ver si se relajaba un poco, y estaba medio adormilado cuando recibió un pelotazo en toda la cara. Era un balón de reglamento, no una simple pelotita de goma, y cómo dolía aquello, por favor; hasta las lágrimas se le caían al pobre hombre. Se tocó la nariz, notó cómo ardía y palpitaba, «aaayyy, qué dolor más horroroso, seguro que me he roto el tabique o algo», se lamentó. Por si esto no fuera bastante, mientras intentaba recuperarse del golpe, una paloma con escurribanda que había en una rama se alivió sobre su cabeza.

―Esto ya es demasiado ―resopló, levantándose de golpe y quitándose las gafas 3D, dispuesto a poner una queja a los encargados del «Travel Sensation Room». «Lo que no puede ser es que esté prohibido jugar al fútbol y pasen estas cosas», iba a escribir en su reclamación. Pero se lo pensó mejor y asumió con resignación que lo barato sale caro y decidió que, para la próxima escapada, ahorraría algo más de dinero y elegiría una experiencia virtual más exclusiva y sofisticada.

HIPNÓTICA

Le tiemblan tanto las manos que al remover con la cucharilla el café salpica de gotitas marrones la barra del bar de carretera donde está sentado. Ha estado conduciendo cinco horas hasta que la luz roja del depósito se ha encendido, así que ha parado en una gasolinera. Después de repostar, ir al baño y comer algo, podrá seguir su camino. Sin rumbo, pero lo más lejos que pueda.

Huye de una mujer perversa. ¿O era un espejismo, una alucinación de su cabeza? No está seguro, pero lo que sí sabe es que, aunque pasasen siglos, jamás podría olvidarse de su mirada. Aquellas pestañas largas y sinuosas, su expresión glacial, el magnetismo al que uno no podía sustraerse. Había entrado a comprar tabaco al Night Club y ella se le acercó con un cigarro sin encender entre los labios. Al ir a darle fuego, cayó en el abismo púrpura de sus ojos y quedó allí atrapado, cautivo, sin posibilidad de escapar, sometido a sus caprichos y haciendo todo lo que a ella se le ocurriera.

Bebieron bourbon sin hielo, chupitos de tequila y jarras de cerveza para quitar la sed, fumaron cigarrillos rubios mezclados con hebras que sacaba ella de una pitillera, jugaron a los dardos y al billar. Se pasó la noche entera echando en la máquina de discos monedas para que sonara la música que a ella se le antojaba. Entre el humo y el vapor etílico, bailaron sueltos, agarrados, como a ella le apeteciera. Cuando al amanecer el barman subió las sillas a las mesas, desconectó la música, apagó las luces y les dijo que se fueran, ella sacó un revólver del bolso, le quitó el seguro, giró el cargador y… ¿se lo puso en la mano? ¿Apretó él el gatillo? ¿Le voló a sangre fría la cabeza? Solo recuerda que el sonido del disparo, el cuerpo del hombre desplomándose contra el suelo y las carcajadas histéricas de ella rompieron el hechizo. Al recobrar la conciencia, se escabulló fuera, tiró el arma al suelo, subió a su Chevrolet, pisó el acelerador y salió disparado de allí, lo más lejos que pudo.

Condujo por la autopista, tomó varios desvíos al azar, atravesó carreteras secundarias y hasta caminos de tierra. Siempre mirando por el retrovisor, vigilando que no le siguieran. Pero uno no sabe lo que el futuro le reserva ni imagina que el pasado del que huye le aguarde tan cerca, porque en el espejo que hay detrás de la barra, frente a él, acaba de ver el reflejo de la mirada púrpura. Nota entonces cómo el pánico repta por su estómago en forma de arcada, la boca se le llena de bilis y empieza a empapar de sudor la camisa al ver cómo esos ojos centellean. Y pese a estar medio desmayado, a punto de perder el equilibrio, haberse orinado en el pantalón y tener la vista borrosa, la mano no le tiembla mientras empuña el cuchillo con el que cortaba su tarta de nata y cereza y lo dirige hacia el parroquiano que lee tranquilamente el periódico en el taburete a su derecha.


La cantina

LA CANTINA

Casi nadie se acerca ya a lo que fue la antigua cantina. Hace unos días se desprendió un barrote que en su día formaba parte de la balaustrada y por poco mata al viejo Howard, que estaba apoyado en la fachada. Tuvieron que darle ocho puntos de sutura en la frente y desde entonces está prohibido pasar a menos de diez metros de distancia.

A los más jóvenes, la ordenanza municipal ni les va ni les viene. Ellos iban allí a pintarrajear con sus espráis o a  tirar piedras a las ventanas, pero como ya no queda espacio para más grafitis ni cristales sin reventar, prefieren ir a vandalizar otros sitios. Al resto de los del pueblo también le da igual. Es al viejo Howard ―el único que queda vivo de cuando el establecimiento estaba abierto― a quien un agente del orden público invita, un día sí y otro también, a marcharse. Entonces hace como que obedece, se va arrastrando los pies, da una vuelta por ahí con una mano en un bolsillo y otra apoyada en el bastón y a los pocos minutos, cuando cree que le ha dado esquinazo, ahí está de nuevo. Acumula ya unas cuantas multas que esconde en el fondo de un cajón, pero es incapaz de resistirse al magnetismo de esas ruinas.

Porque la vieja cantina no es otra cosa que un despojo de sí misma, como lo es él. La decrepitud es imparable. Si se mira hacia las ventanas, se las ve desvencijadas, con las bisagras dobladas de cansancio, como si al edificio le pesaran los párpados. También sufre de cataratas desde que los visillos ―antes blancos, ahora de un gris sucio― se desgarraron, se hicieron nudos entre sí y no permiten pasar la luz a través de la tela. Soportar tanto peso es agotador, así que va dejando caer a la acera tejas, cascotes y trozos enteros del balcón y la fachada que luego recogerán los servicios de limpieza para que no bloqueen la calle.

Eso por fuera. Por dentro corretean alimañas, en cada grieta crece un hierbajo cuyas raíces se abren camino rajando el yeso y la tarima ―para en cuestión de tiempo convertirse en matojo― y en el suelo más porquería no cabe. Del reúma provocado por la humedad se desconchan techos y paredes y la osteoporosis que aqueja a las vigas de madera amenaza con que no van a durar en pie mucho más. De sus tuberías y desagües afloran gorgoteos y silbidos, de las tablas de madera crujidos. La casa, moribunda, se queja, como pidiendo que la echen abajo y poder por fin descansar.

Y pese a tantos peligros y la amenaza de la sanción, cuando el agujero de la nostalgia no le deja respirar y la soledad le atenaza, Howard pega el oído a una puerta tapiada, cierra los ojos y permanece allí escuchando los cubiletes de los dados golpear las mesas de nogal, el transistor de pilas con alguna balada o la radionovela de la tarde, los chasquidos de las moscas electrocutadas al recibir la inesperada descarga, el murmullo de los paisanos acodados en la barra, las discusiones habituales, alguna bronca de borrachos, los chistes y carcajadas, el descorche de una botella de vino, una copa que se rompe en mil pedazos o el tintineo de los centavos rodando por la barra. Si aguza el oído, puede incluso oír la voz de aquel amigo tan querido que ya no está, invitándole a entrar a tomar un trago y charlar. Y sabe que eso es el bálsamo que necesita su alma.

La granja

LA GRANJA

Cada noche, antes de caer dormido agotado por la larga jornada, el marido se arrima a su esposa por la espalda, la envuelve entre sus brazos y le comenta que cada vez ve más cercano el día de mudarse, buscar otro hogar, irse a vivir a donde sea, pero fuera de la ciudad. Ella, tan a gusto como está, tan calentita, a todo le dice que claro que sí, que ya están tardando. Y él le va contando que lo tiene muy estudiado, que ha valorado los pros y los contras y que considera que en plena naturaleza es donde deberían estar; de hecho, es de donde nunca debieron haber salido sus antepasados, tras el sueño de un empleo ―abusivo en exigencia y precario en el pago― y un confort que, en realidad, únicamente perseguía engañarles, empujarles a la rueda del consumir por consumir y siempre estar necesitando el último producto del mercado para que no se desvanezca esa presunción de felicidad en la que viven alienados.

Ella ronronea algo y él continúa diciendo que, además no hay que olvidarse de la contaminación del aire ―rodeados por todas partes de tráfico y chimeneas―, la acústica ―inexistentes los momentos de silencio―, la de las redes sociales ―imposible desconectar―. Encima, echando cuentas, ha visto que sus dos salarios se van enteros en pagar el alquiler, los recibos, la compra en el Carrefour, la gasolina, la ropa, las clases y antojos de los niños, y sin poder ahorrar nada para el día de mañana. Al revés, cada equis meses tienen que pedir un préstamo para alguna avería del coche, la comunión de la niña ―ya solo en el vestido, zapatitos y peluquería se acaban de gastar mil euros―, la semana de vacaciones en la playa o cualquier imprevisto para el que no tienen nada de dinero guardado.

Sin embargo, en una cabaña en medio de la naturaleza estarían de maravilla, le susurra al oído ilusionado. Viviendo el día a día sin la presión de comprar, consumir y pagar, sin prisas ni horarios, montando una pequeña granja para abastecerse de leche, huevos y carne, cultivando tomates, cebollinos, berzas y muchas cosas más en su propio huerto, con un pozo propio para disponer siempre de agua, una placa solar para la electricidad, los niños haciendo los deberes bajo la luz de las lámparas y una chimenea para pasar tan confortablemente los días más crudos del invierno.

Con la imagen de la chimenea, se queda callado, y cada uno se sume en sus propios pensamientos mientras sus bostezos se van acompasando. Él se ve levantándose de la cama temprano, atizando los rescoldos para caldear la casa, yendo al establo a ordeñar la vaca, haciendo mantequilla y queso para despertar a su familia a mesa puesta, con el desayuno preparado. Ah, y un tarro de mermelada de arándanos recolectados por los niños ayer para untar en la hogaza de pan recién horneada. La escena dibuja en su rostro una sonrisa de paz. Ella, sin embargo, se está imaginando una nevada de varios días que llega hasta el tejado de la casa, enseguida se agota la leña y no se puede salir a cortar más, echan al fuego todos los muebles y enseres que hay hasta que no queda ni el palo de la escoba, el frío de fuera se va colando por las rendijas de puertas y ventanas, la temperatura baja y baja hasta menos diez o veinte grados, y cuando llega el helicóptero de rescate se encuentra al matrimonio y los niños abrazados, tiesos y con los labios morados, y los mocos colgando como témpanos.

Y en esta tesitura se hallan, debajo del edredón, justo antes de que les venza un sueño muy profundo que durará  hasta que suene el despertador mañana.

Sabañones

SABAÑONES 

Las primeras nieves se han adelantado este año en la comarca. Si uno eleva la mirada hacia los picos de las montañas y las laderas más altas, las verá salpicadas de manchas blancas. En la aldea, aún no ha nevado, pero se nota el cambio de estación en lo fría que baja el agua del manantial que llega al lavadero de piedra. Fría es poco decir, lo que está es helada.

Allí una vez a la semana se juntan las vecinas con la ropa sucia de sus casas. Comparten confidencias y las pastillas de jabón con las que restriegan la suciedad pegada. Mientras charlan, cantan o se concentran en silencio en alguna mancha, las mujeres deslizan y golpean las prendas con firmeza sobre la parte acanalada de la piedra, la sumergen en la pila de agua limpia para eliminar el jabón y la retuercen, sujetando los extremos entre dos, para escurrir toda el agua.

Normalmente echan allí toda la tarde. En verano se está fresquito y se quedan tan a gusto, de cháchara; en invierno, por el frío, menos rato, y hablan de esto y de lo de más allá. Se cuentan recetas de cocina y trucos para limpiar; comentan las labores de punto o ganchillo y sus remedios curativos; las más mayores dan consejos de crianza; las más atrevidas cuchichean secretos de alcoba. Después se despiden, meten la colada en un cesto de mimbre y lo cargan en la cabeza, para tenderlo en los patios de sus casas.

A Camila, que ya le pesa la panza y no puede casi ni agacharse, «esta vez vienen dos, noto varias patadas», la ayudan entre todas. «Pareces mareada, siéntate ahí, anda», le dicen. Ha perdido la sensibilidad en las manos, las tiene rojas e hinchadas, y aunque no se queja, todas saben lo que duelen esos pinchazos. Alguien le deja unos mitones y ella frota enérgicamente las palmas contra la falda, las acerca al rostro y exhala el aliento en el hueco, varias veces, a ver si se desentumecen y empieza a circular la sangre.

Está observando a las otras trajinar cuando de pronto se le ocurre una tontada y va y la dice en voz alta:

―¿Os imagináis, chicas, meter la ropa sucia en una máquina, pagar unas pesetas, que haga espuma dentro el jabón y el agua y que al cabo de media hora salga la ropa lavada?

―¡Y que quepan cortinas, sábanas y mantas! ―pide rápidamente la que trabaja en la posada―, Y las toallas queden esponjosas y blancas.

―¡Y que salga la ropa seca, Camila, ya puestos a pedir! ―vocea otra que está estrujando unas enaguas.

El resto de mujeres, animadas, se unen al jolgorio; la ocurrencia les ha hecho mucha gracia.

―Estaría bien que además oliera a flores o lavanda. Por soñar, que no quede ―propone otra, y todas aplauden entusiasmadas.

―¡Pues ya, de paso, volver a casa con todo dobladito y planchado, ea! ―chilla Camila, y las carcajadas se las lleva consigo el viento helado y las esparce entre las mieses y las ramas desnudas de las hayas.

Tras la tormenta

TRAS LA TORMENTA

Se le erizó el vello de los brazos al entrar al dormitorio pese a estar el brasero encendido. Se acercó a la cama despacio, hundiendo los pies en el suelo, sorteando charcos, con cuidado de no derramar la leche caliente que llevaba a Anna.

Caían relámpagos que iluminaban la estancia, vibraban los cristales de la ventana por el retumbar de los truenos que los acompañan. Pero el estruendo no intimidaba, pues se oía más alto el alborozo de los pajarillos picoteando la alfombra, atrapando los caracoles y babosas que se revolcaban en el fango.

Olía a hierba fresca, a tierra mojada. El hombre contempló la tez lívida de su mujer, su quietud, las ojeras azuladas que se iban oscureciendo y extendiendo por la cara. Le tomó el pulso, sintió uno, dos latidos débiles y lejanos, después, nada. Entonces, un arcoíris se instaló en el cabecero de la cama.

Se quedó hasta el amanecer a su lado, sujetándole la mano, acariciándole la cara, contemplando su expresión de calma. Aquella noche no llovió, por eso no supo cómo explicar a los hijos, cuando llegaron a la casa por la mañana, lo de las zapatillas y pantalones salpicados de barro.

Tremens

TREMENS

La luz de la bombilla del techo filtrándose entre sus párpados y el frío de las baldosas pegado a sus huesos le hacen suponer que, otra vez, se halla tendido en el suelo.

Agita los dedos entumecidos de una mano, se frota las legañas, pestañea. Recorre con la lengua la boca y reconoce el sabor de siempre: a tabaco rancio, a vómito de ginebra, a aguarrás. No le resulta extraño, a veces da un trago al frasco equivocado. Del gusto metálico a sangre y los dientes rotos deduce que, esta vez, ha caído de frente.

Percibe entonces algo nuevo, un cosquilleo que va del tobillo a la nariz. Al llegar a los ojos, distingue una hilera de hormigas que se cuelan por los lagrimales y desaparecen dentro, rumbo al cerebro. Ahí escarban, trituran y arrancan tejido, después emprenden el camino inverso.

Mientras los insectos mordisquean sus últimas neuronas, eleva la vista al caballete. Allí, un vendaval agita las ramas retorcidas de un sauce que recorta el ocaso como un espectro. Concentra su mirada en una grieta del tronco y una mueca de espanto deforma su rostro al divisar la marabunta de hormigas entrando y saliendo, alborotadas por tanto alimento.

domingo, 19 de abril de 2026

El primer lunes

EL PRIMER LUNES

Desganado y malhumorado, así amaneció el marido. No levantó la mirada ni una vez mientras desayunaba ni abrió la boca más que para masticar. Tampoco la besó ni se despidió cuando cogió del asa el maletín y abrió la puerta para irse.

«Pues vaya», se disgustó ella. Se sentía culpable del giro que estaba dando sus vidas ―era el fin del eterno asueto, de la despreocupación― y para tener la cabeza y las manos ocupadas se había pasado todo el día anterior esquilando una oveja, lavando la lana, cardándola hasta dejarla limpia de impurezas y lista para el hilado. Esa había sido la parte más tediosa. Luego pasó al teñido, eso le gustó más. Los tintes le encantaban, así que tenía varios colores preparados. El ocre lo había hecho con arcilla, el verde con ortigas, el azul con arándanos y el amarillo con cáscara de cebolla. El negro, con carbón. Puso los ovillos a remojo y cuando cogieron color los colgó de unas ramas para que se secaran al sol. Un par de horas más tarde, pudo empezar a tejer la corbata más bonita del mundo.

Quería que empezase contento el primer día de trabajo, por eso pensó en un diseño colorido que contrastase con el gris anodino del pantalón y la americana y el negro del abrigo. Pero así se lo agradecía él, refunfuñando y bufando durante todo el desayuno y dando un portazo al salir.

Nunca le había visto tan enojado. La víspera, mientras la pobre mujer se dejaba la vista bordando el nombre de los hijos en los uniformes del colegio y tricotando los taparrabos de todos ellos, no había querido ni escuchar sus disculpas. De hecho, había afirmado muy serio y rotundo antes de retirarse temprano a dormir, que nunca se lo perdonaría, que buena la había liado, que mira que se lo tenía dicho, que no se acercase a ninguna serpiente, que no se dejase camelar, pero sobre todo, que no se le ocurriese morder el fruto prohibido.

Hogar

HOGAR

Iba a decirle a Flori que si quería entrar, que había hecho galletas de canela, agradecida por subirle hasta la buhardilla lo de la farmacia y sacarle la basura. Pero al verla tan derrotada y triste no se ha atrevido.

Flori regresa a la portería. Vive ahí, en ese cuartucho. Hay un hueco con inodoro y lavabo, una camita plegable, unas baldas con bayetas, botellas de amoníaco y algo de ropa. Junto a la fregona, unos paquetes de Amazon para el del cuarto izquierda, que nunca está. Llena un cubo con agua y jabón y lo vierte en los meados de la fachada.

Después entra y corre el cerrojo. Enciende el hornillo, pone leche a calentar, se sienta en la banqueta. Relee la carta certificada que llegó hace unas semanas. Está arrugada, de tanto manosearla. Habla de la instalación del ascensor, del hueco de la escalera, del plazo para irse. Machaca uno a uno los treinta ansiolíticos que cogió a la vecina. Los echa al tazón.

Da un sorbo, arruga la nariz, añade azúcar. Las manos no dejan de temblarle mientras remueve con la cucharilla.

Solloza en silencio, se traga las lágrimas, ahoga los hipidos.

Se queda fría la bebida.