jueves, 11 de junio de 2026

Campo de batalla

CAMPO DE BATALLA 

Lo que menos preocupaba a Nancy al terminar el primer día eran los restos de papilla, vómito y caca en el uniforme de niñera. Total, no era de ella. Además ya había decidido que, en cuanto dieran las cinco en punto, se lo quitaría, lo tiraría hecho un gurruño en el montón de ropa sucia del cuarto de lavadoras y se despediría para siempre, «adiós, mañana no vuelvo», saboreando el «no vuelvo» con particular deleite. A las cinco en punto; no pensaba soportar aquello ni un minuto más.

Cuando Nancy se hizo cargo aquella mañana de Baby Danny, ni se le pasó por la cabeza lo estresante, exigente, duro y agotador que podía ser bregar con él. Con aquella carita tan angelical, esos mofletes sonrosados y ese parloteo tan delicioso, ¿quién iba a imaginar que fuese tan difícil meterle la cuchara en la boca? Ni sujetando brazos y piernas se quedaba quieto, menudos manotazos que daba. Y patadas. Incluso mordiscos lanzaba el puñetero para librarse de comer, que un par de moratones le quedaron a Nancy en el brazo. Cuando al fin logró que se comiera todo el puré, tuvo que cambiarle el pañal no recuerda cuántas veces. La diarrea le duró todo el día, una auténtica tortura para ella porque, además, era viscosa y olía fatal. Una cosa muy desagradable. Parecía mentira que tanta mierda cupiese en un cuerpo tan pequeño.

Para rematar la jornada, en el paseo de la tarde por el jardín, no paró de berrear como un energúmeno dentro de la sillita y hasta que no la volcó con sus balanceos, arrastrándola también a ella al suelo, no quedó contento. Mientras Baby Danny lo celebraba dando palmas, ella ya había tomado la decisión de que aquel trabajo no era para ella.

Así que a las cinco menos cinco ya estaba mirando el reloj, viendo cómo avanzaban muy lentamente los segundos y cogiendo del suelo el chupete que escupía cada dos por tres, cuando se le acercó la monitora del curso de niñeras y se sentó a su lado. Abrió el portátil, desconectó al muñeco reborn y Baby Danny quedó inerte y callado. Ahora sí que daba gusto verle.

Muy bien, Nancy le dio una palmadita en la mano. Para ser el primer día, te ha tocado el bebé más complicado. Estas prácticas están programadas para situaciones extremas, como habrás notado. Así luego en la vida real verás que, con un poco de suerte, no es para tanto.

Escape

ESCAPE

Entre los timbrazos de las bicicletas que pasaban a su lado rozándole y los ladridos de los perros, el buen humor con que había ido a pasear el señor Evans se fue esfumando. Ni un ratito podía uno caminar y tomar el aire sin ruidos molestos, oyendo el trino de los pájaros, oliendo a flor de azahar y lavanda y sintiendo la brisa fresca acariciarle la cara. Así, con tanto ajetreo, no se podía disfrutar de nada.

Pero como la cosa podía empeorar, empeoró, y de pronto pisó un excremento de gran danés. Que bien podría haber sido de un elefante, si los hubiera por allí, porque hasta la rodilla se hundió en él. «¡Qué asquerosidad!», gruñó, mientras se acercaba a una fuente a aclarar la pernera y el zapato. Como el grifo era de los de apretar y costaba, presionó con ambas manos y ¡chofff!, los pantalones enteros calados. Al poco, se arrancaron los aspersores, todos a la vez, con un chorro caótico y serpenteante. Había bastantes camuflados entre la hierba y empezaron a irrigar indiscriminadamente el sendero, el puente de madera y, con especial saña, el banco donde se había sentado a descansar. Al césped y los arbustos, que era lo que había que regar, poca agua llegaba. «No veo mantenimiento ninguno», masculló, airado, mientras se alejaba de allí chorreando. Decidió entonces tomar asiento apoyado en el tronco de un árbol, a ver si se relajaba un poco, y estaba medio adormilado cuando recibió un pelotazo en toda la cara. Era un balón de reglamento, no una simple pelotita de goma, y cómo dolía aquello, por favor; hasta las lágrimas se le caían al pobre hombre. Se tocó la nariz, notó cómo ardía y palpitaba, «aaayyy, qué dolor más horroroso, seguro que me he roto el tabique o algo», se lamentó. Por si esto no fuera bastante, mientras intentaba recuperarse del golpe, una paloma con escurribanda que había en una rama se alivió sobre su cabeza.

Esto ya es demasiado resopló, levantándose de golpe y quitándose las gafas 3D, dispuesto a poner una queja a los encargados del «Travel Sensation Room». «Lo que no puede ser es que esté prohibido jugar al fútbol y pasen estas cosas», iba a escribir en su reclamación. Pero se lo pensó mejor y asumió con resignación que lo barato sale caro y decidió que, para la próxima escapada, ahorraría algo más de dinero y elegiría una experiencia virtual más exclusiva y sofisticada.

HIPNÓTICA

Le tiemblan tanto las manos que al remover con la cucharilla el café salpica de gotitas marrones la barra del bar de carretera donde está sentado. Ha estado conduciendo cinco horas hasta que la luz roja del depósito se ha encendido, así que ha parado en una gasolinera. Después de repostar, ir al baño y comer algo, podrá seguir su camino. Sin rumbo, pero lo más lejos que pueda.

Huye de una mujer perversa. ¿O era un espejismo, una alucinación de su cabeza? No está seguro, pero lo que sí sabe es que, aunque pasasen siglos, jamás podría olvidarse de su mirada. Aquellas pestañas largas y sinuosas, su expresión glacial, el magnetismo al que uno no podía sustraerse. Había entrado a comprar tabaco al Night Club y ella se le acercó con un cigarro sin encender entre los labios. Al ir a darle fuego, cayó en el abismo púrpura de sus ojos y quedó allí atrapado, cautivo, sin posibilidad de escapar, sometido a sus caprichos y haciendo todo lo que a ella se le ocurriera.

Bebieron bourbon sin hielo, chupitos de tequila y jarras de cerveza para quitar la sed, fumaron cigarrillos rubios mezclados con hebras que sacaba ella de una pitillera, jugaron a los dardos y al billar. Se pasó la noche entera echando en la máquina de discos monedas para que sonara la música que a ella se le antojaba. Entre el humo y el vapor etílico, bailaron sueltos, agarrados, como a ella le apeteciera. Cuando al amanecer el barman subió las sillas a las mesas, desconectó la música, apagó las luces y les dijo que se fueran, ella sacó un revólver del bolso, le quitó el seguro, giró el cargador y… ¿se lo puso en la mano? ¿Apretó él el gatillo? ¿Le voló a sangre fría la cabeza? Solo recuerda que el sonido del disparo, el cuerpo del hombre desplomándose contra el suelo y las carcajadas histéricas de ella rompieron el hechizo. Al recobrar la conciencia, se escabulló fuera, tiró el arma al suelo, subió a su Chevrolet, pisó el acelerador y salió disparado de allí, lo más lejos que pudo.

Condujo por la autopista, tomó varios desvíos al azar, atravesó carreteras secundarias y hasta caminos de tierra. Siempre mirando por el retrovisor, vigilando que no le siguieran. Pero uno no sabe lo que el futuro le reserva ni imagina que el pasado del que huye le aguarde tan cerca, porque en el espejo que hay detrás de la barra, frente a él, acaba de ver el reflejo de la mirada púrpura. Nota entonces cómo el pánico repta por su estómago en forma de arcada, la boca se le llena de bilis y empieza a empapar de sudor la camisa al ver cómo esos ojos centellean. Y pese a estar medio desmayado, a punto de perder el equilibrio, haberse orinado en el pantalón y tener la vista borrosa, la mano no le tiembla mientras empuña el cuchillo con el que cortaba su tarta de nata y cereza y lo dirige hacia el parroquiano que lee tranquilamente el periódico en el taburete a su derecha.


La cantina

LA CANTINA

Casi nadie se acerca ya a lo que fue la antigua cantina. Hace unos días se desprendió un barrote que en su día formaba parte de la balaustrada y por poco mata al viejo Howard, que estaba apoyado en la fachada. Tuvieron que darle ocho puntos de sutura en la frente y desde entonces está prohibido pasar a menos de diez metros de distancia.

A los más jóvenes, la ordenanza municipal ni les va ni les viene. Ellos iban allí a pintarrajear con sus espráis o a  tirar piedras a las ventanas, pero como ya no queda espacio para más grafitis ni cristales sin reventar, prefieren ir a vandalizar otros sitios. Al resto de los del pueblo también le da igual. Es al viejo Howard el único que queda vivo de cuando el establecimiento estaba abierto a quien un agente del orden público invita, un día sí y otro también, a marcharse. Entonces hace como que obedece, se va arrastrando los pies, da una vuelta por ahí con una mano en un bolsillo y otra apoyada en el bastón y a los pocos minutos, cuando cree que le ha dado esquinazo, ahí está de nuevo. Acumula ya unas cuantas multas que esconde en el fondo de un cajón, pero es incapaz de resistirse al magnetismo de esas ruinas.

Porque la vieja cantina no es otra cosa que un despojo de sí misma, como lo es él. La decrepitud es imparable. Si se mira hacia las ventanas, se las ve desvencijadas, con las bisagras dobladas de cansancio, como si al edificio le pesaran los párpados. También sufre de cataratas desde que los visillos antes blancos, ahora de un gris sucio se desgarraron, se hicieron nudos entre sí y no permiten pasar la luz a través de la tela. Soportar tanto peso es agotador, así que va dejando caer a la acera tejas, cascotes y trozos enteros del balcón y la fachada que luego recogerán los servicios de limpieza para que no bloqueen la calle.

Eso por fuera. Por dentro corretean alimañas, en cada grieta crece un hierbajo cuyas raíces se abren camino rajando el yeso y la tarima para en cuestión de tiempo convertirse en matojo y en el suelo más porquería no cabe. Del reúma provocado por la humedad se desconchan techos y paredes y la osteoporosis que aqueja a las vigas de madera amenaza con que no van a durar en pie mucho más. De sus tuberías y desagües afloran gorgoteos y silbidos, de las tablas de madera crujidos. La casa, moribunda, se queja, como pidiendo que la echen abajo y poder por fin descansar.

Y pese a tantos peligros y la amenaza de la sanción, cuando el agujero de la nostalgia no le deja respirar y la soledad le atenaza, Howard pega el oído a una puerta tapiada, cierra los ojos y permanece allí escuchando los cubiletes de los dados golpear las mesas de nogal, el transistor de pilas con alguna balada o la radionovela de la tarde, los chasquidos de las moscas electrocutadas al recibir la inesperada descarga, el murmullo de los paisanos acodados en la barra, las discusiones habituales, alguna bronca de borrachos, los chistes y carcajadas, el descorche de una botella de vino, una copa que se rompe en mil pedazos o el tintineo de los centavos rodando por la barra. Si aguza el oído, puede incluso oír la voz de aquel amigo tan querido que ya no está, invitándole a entrar a tomar un trago y charlar. Y sabe que eso es el bálsamo que necesita su alma.

La granja

LA GRANJA

Cada noche, antes de caer dormido agotado por la larga jornada, el marido se arrima a su esposa por la espalda, la envuelve entre sus brazos y le comenta que cada vez ve más cercano el día de mudarse, buscar otro hogar, irse a vivir a donde sea, pero fuera de la ciudad. Ella, tan a gusto como está, tan calentita, a todo le dice que claro que sí, que ya están tardando. Y él le va contando que lo tiene muy estudiado, que ha valorado los pros y los contras y que considera que en plena naturaleza es donde deberían estar; de hecho, es de donde nunca debieron haber salido sus antepasados, tras el sueño de un empleo abusivo en exigencia y precario en el pago y un confort que, en realidad, únicamente perseguía engañarles, empujarles a la rueda del consumir por consumir y siempre estar necesitando el último producto del mercado para que no se desvanezca esa presunción de felicidad en la que viven alienados.

Ella ronronea algo y él continúa diciendo que, además no hay que olvidarse de la contaminación del aire rodeados por todas partes de tráfico y chimeneas, la acústica inexistentes los momentos de silencio, la de las redes sociales imposible desconectar. Encima, echando cuentas, ha visto que sus dos salarios se van enteros en pagar el alquiler, los recibos, la compra en el Carrefour, la gasolina, la ropa, las clases y antojos de los niños, y sin poder ahorrar nada para el día de mañana. Al revés, cada equis meses tienen que pedir un préstamo para alguna avería del coche, la comunión de la niña ya solo en el vestido, zapatitos y peluquería se acaban de gastar mil euros, la semana de vacaciones en la playa o cualquier imprevisto para el que no tienen nada de dinero guardado.

Sin embargo, en una cabaña en medio de la naturaleza estarían de maravilla, le susurra al oído ilusionado. Viviendo el día a día sin la presión de comprar, consumir y pagar, sin prisas ni horarios, montando una pequeña granja para abastecerse de leche, huevos y carne, cultivando tomates, cebollinos, berzas y muchas cosas más en su propio huerto, con un pozo propio para disponer siempre de agua, una placa solar para la electricidad, los niños haciendo los deberes bajo la luz de las lámparas y una chimenea para pasar tan confortablemente los días más crudos del invierno.

Con la imagen de la chimenea, se queda callado, y cada uno se sume en sus propios pensamientos mientras sus bostezos se van acompasando. Él se ve levantándose de la cama temprano, atizando los rescoldos para caldear la casa, yendo al establo a ordeñar la vaca, haciendo mantequilla y queso para despertar a su familia a mesa puesta, con el desayuno preparado. Ah, y un tarro de mermelada de arándanos recolectados por los niños ayer para untar en la hogaza de pan recién horneada. La escena dibuja en su rostro una sonrisa de paz. Ella, sin embargo, se está imaginando una nevada de varios días que llega hasta el tejado de la casa, enseguida se agota la leña y no se puede salir a cortar más, echan al fuego todos los muebles y enseres que hay hasta que no queda ni el palo de la escoba, el frío de fuera se va colando por las rendijas de puertas y ventanas, la temperatura baja y baja hasta menos diez o veinte grados, y cuando llega el helicóptero de rescate se encuentra al matrimonio y los niños abrazados, tiesos y con los labios morados, y los mocos colgando como témpanos.

Y en esta tesitura se hallan, debajo del edredón, justo antes de que les venza un sueño muy profundo que durará  hasta que suene el despertador mañana.

Sabañones

SABAÑONES 

Las primeras nieves se han adelantado este año en la comarca. Si uno eleva la mirada hacia los picos de las montañas y las laderas más altas, las verá salpicadas de manchas blancas. En la aldea, aún no ha nevado, pero se nota el cambio de estación en lo fría que baja el agua del manantial que llega al lavadero de piedra. Fría es poco decir, lo que está es helada.

Allí una vez a la semana se juntan las vecinas con la ropa sucia de sus casas. Comparten confidencias y las pastillas de jabón con las que restriegan la suciedad pegada. Mientras charlan, cantan o se concentran en silencio en alguna mancha, las mujeres deslizan y golpean las prendas con firmeza sobre la parte acanalada de la piedra, la sumergen en la pila de agua limpia para eliminar el jabón y la retuercen, sujetando los extremos entre dos, para escurrir toda el agua.

Normalmente echan allí toda la tarde. En verano se está fresquito y se quedan tan a gusto, de cháchara; en invierno, por el frío, menos rato, y hablan de esto y de lo de más allá. Se cuentan recetas de cocina y trucos para limpiar; comentan las labores de punto o ganchillo y sus remedios curativos; las más mayores dan consejos de crianza; las más atrevidas cuchichean secretos de alcoba. Después se despiden, meten la colada en un cesto de mimbre y lo cargan en la cabeza, para tenderlo en los patios de sus casas.

A Camila, que ya le pesa la panza y no puede casi ni agacharse, «esta vez vienen dos, noto varias patadas», la ayudan entre todas. «Pareces mareada, siéntate ahí, anda», le dicen. Ha perdido la sensibilidad en las manos, las tiene rojas e hinchadas, y aunque no se queja, todas saben lo que duelen esos pinchazos. Alguien le deja unos mitones y ella frota enérgicamente las palmas contra la falda, las acerca al rostro y exhala el aliento en el hueco, varias veces, a ver si se desentumecen y empieza a circular la sangre.

Está observando a las otras trajinar cuando de pronto se le ocurre una tontada y va y la dice en voz alta:

¿Os imagináis, chicas, meter la ropa sucia en una máquina, pagar unas pesetas, que haga espuma dentro el jabón y el agua y que al cabo de media hora salga la ropa lavada?

¡Y que quepan cortinas, sábanas y mantas! pide rápidamente la que trabaja en la posada, Y las toallas queden esponjosas y blancas.

¡Y que salga la ropa seca, Camila, ya puestos a pedir! vocea otra que está estrujando unas enaguas.

El resto de mujeres, animadas, se unen al jolgorio; la ocurrencia les ha hecho mucha gracia.

Estaría bien que además oliera a flores o lavanda. Por soñar, que no quede propone otra, y todas aplauden entusiasmadas.

¡Pues ya, de paso, volver a casa con todo dobladito y planchado, ea! chilla Camila, y las carcajadas se las lleva consigo el viento helado y las esparce entre las mieses y las ramas desnudas de las hayas.

Tras la tormenta

TRAS LA TORMENTA

Se le erizó el vello de los brazos al entrar al dormitorio pese a estar el brasero encendido. Se acercó a la cama despacio, hundiendo los pies en el suelo, sorteando charcos, con cuidado de no derramar la leche caliente que llevaba a Anna.

Caían relámpagos que iluminaban la estancia, vibraban los cristales de la ventana por el retumbar de los truenos que los acompañan. Pero el estruendo no intimidaba, pues se oía más alto el alborozo de los pajarillos picoteando la alfombra, atrapando los caracoles y babosas que se revolcaban en el fango.

Olía a hierba fresca, a tierra mojada. El hombre contempló la tez lívida de su mujer, su quietud, las ojeras azuladas que se iban oscureciendo y extendiendo por la cara. Le tomó el pulso, sintió uno, dos latidos débiles y lejanos, después, nada. Entonces, un arcoíris se instaló en el cabecero de la cama.

Se quedó hasta el amanecer a su lado, sujetándole la mano, acariciándole la cara, contemplando su expresión de calma. Aquella noche no llovió, por eso no supo cómo explicar a los hijos, cuando llegaron a la casa por la mañana, lo de las zapatillas y pantalones salpicados de barro.

Tremens

TREMENS

La luz de la bombilla del techo filtrándose entre sus párpados y el frío de las baldosas pegado a sus huesos le hacen suponer que, otra vez, se halla tendido en el suelo.

Agita los dedos entumecidos de una mano, se frota las legañas, pestañea. Recorre con la lengua la boca y reconoce el sabor de siempre: a tabaco rancio, a vómito de ginebra, a aguarrás. No le resulta extraño, a veces da un trago al frasco equivocado. Del gusto metálico a sangre y los dientes rotos deduce que, esta vez, ha caído de frente.

Percibe entonces algo nuevo, un cosquilleo que va del tobillo a la nariz. Al llegar a los ojos, distingue una hilera de hormigas que se cuelan por los lagrimales y desaparecen dentro, rumbo al cerebro. Ahí escarban, trituran y arrancan tejido, después emprenden el camino inverso.

Mientras los insectos mordisquean sus últimas neuronas, eleva la vista al caballete. Allí, un vendaval agita las ramas retorcidas de un sauce que recorta el ocaso como un espectro. Concentra su mirada en una grieta del tronco y una mueca de espanto deforma su rostro al divisar la marabunta de hormigas entrando y saliendo, alborotadas por tanto alimento.

domingo, 19 de abril de 2026

El primer lunes

EL PRIMER LUNES

Desganado y malhumorado, así amaneció el marido. No levantó la mirada ni una vez mientras desayunaba ni abrió la boca más que para masticar. Tampoco la besó ni se despidió cuando cogió del asa el maletín y abrió la puerta para irse.

«Pues vaya», se disgustó ella. Se sentía culpable del giro que estaba dando sus vidas era el fin del eterno asueto, de la despreocupación y para tener la cabeza y las manos ocupadas se había pasado todo el día anterior esquilando una oveja, lavando la lana, cardándola hasta dejarla limpia de impurezas y lista para el hilado. Esa había sido la parte más tediosa. Luego pasó al teñido, eso le gustó más. Los tintes le encantaban, así que tenía varios colores preparados. El ocre lo había hecho con arcilla, el verde con ortigas, el azul con arándanos y el amarillo con cáscara de cebolla. El negro, con carbón. Puso los ovillos a remojo y cuando cogieron color los colgó de unas ramas para que se secaran al sol. Un par de horas más tarde, pudo empezar a tejer la corbata más bonita del mundo.

Quería que empezase contento el primer día de trabajo, por eso pensó en un diseño colorido que contrastase con el gris anodino del pantalón y la americana y el negro del abrigo. Pero así se lo agradecía él, refunfuñando y bufando durante todo el desayuno y dando un portazo al salir.

Nunca le había visto tan enojado. La víspera, mientras la pobre mujer se dejaba la vista bordando el nombre de los hijos en los uniformes del colegio y tricotando los taparrabos de todos ellos, no había querido ni escuchar sus disculpas. De hecho, había afirmado muy serio y rotundo antes de retirarse temprano a dormir, que nunca se lo perdonaría, que buena la había liado, que mira que se lo tenía dicho, que no se acercase a ninguna serpiente, que no se dejase camelar, pero sobre todo, que no se le ocurriese morder el fruto prohibido.

Hogar

HOGAR

Iba a decirle a Flori que si quería entrar, que había hecho galletas de canela, agradecida por subirle hasta la buhardilla lo de la farmacia y sacarle la basura. Pero al verla tan derrotada y triste no se ha atrevido.

Flori regresa a la portería. Vive ahí, en ese cuartucho. Hay un hueco con inodoro y lavabo, una camita plegable, unas baldas con bayetas, botellas de amoníaco y algo de ropa. Junto a la fregona, unos paquetes de Amazon para el del cuarto izquierda, que nunca está. Llena un cubo con agua y jabón y lo vierte en los meados de la fachada.

Después entra y corre el cerrojo. Enciende el hornillo, pone leche a calentar, se sienta en la banqueta. Relee la carta certificada que llegó hace unas semanas. Está arrugada, de tanto manosearla. Habla de la instalación del ascensor, del hueco de la escalera, del plazo para irse. Machaca uno a uno los treinta ansiolíticos que cogió a la vecina. Los echa al tazón.

Da un sorbo, arruga la nariz, añade azúcar. Las manos no dejan de temblarle mientras remueve con la cucharilla.

Solloza en silencio, se traga las lágrimas, ahoga los hipidos.

Se queda fría la bebida.

 


La otra orilla

LA OTRA ORILLA

A nadie extrañó en la residencia que Rosi, que andaba pachucha y renqueando de una neumonía, se muriese. Cuando al amanecer entró la celadora a su dormitorio y se acercó a ella para ayudarla a incorporarse, se la encontró lívida, con los labios azulados y la mirada perdida en el techo. En realidad, la mirada la tenía siempre vidriosa y desenfocada, pues una telilla, o mejor dicho una nube muy gorda, se había adueñado de sus pupilas e iris, y solo veía sombras y movimientos. Pero el doctor opinaba que dada su avanzada edad noventa y siete años, el deterioro senil que la imposibilitaba comunicarse y, total, para lo que había que ver esto no lo decía, pero lo pensaba, no merecía la pena operarla. Y tampoco lo decía aquello suponía un gasto menos.

Si le hubiese leído el pensamiento, Rosi le habría dado la razón. Había perdido la noción del tiempo que llevaba allí ingresada y en todos esos años, ¿cuántas visitas había recibido? Ninguna. Sus amigas de jugar a las cartas y tomar café, sus vecinos de la aldea, todos habían fallecido ya o estaban en ello. Y a Dimas, ¡ay, Dimas!, el esposo, se lo había llevado un cáncer muy agresivo décadas atrás. Hijos le hubiera gustado tener, pero nunca llegaron. Quizá, por tanto, fue una bendición del cielo que a la mujer se le hubiera ido la cabeza; al fin y al cabo era una forma de esquivar la soledad y el sufrimiento. Si una no recuerda a los que se fueron, no los echa de menos ni siente el desgarro de la añoranza. Aunque había días en que, inesperadamente, unas ráfagas de lucidez alumbraban su cerebro. Entonces, no se levantaba de la cama abrumada por tanto abatimiento.

Después de que el cura le administrase la extremaunción, entraron dos auxiliares a prepararla para el entierro a toda prisa, pues en un par de horas ocuparía la habitación la siguiente de la lista de espera. Le pusieron su abrigo de paño, le colocaron las manos cruzadas sobre el pecho, cubrieron su cara con un velo de encaje negro y entre los dos la sujetaron por las piernas y los brazos, la izaron y la metieron en el féretro.

De repente, Rosi se recuperó del paro respiratorio y comenzó a inhalar y exhalar débilmente. Coger cada bocanada le suponía un esfuerzo; tenía la garganta como estropajo y no llegaba bien el aire adentro. Y si ya antes no entendía ni discernía, ahora con el daño causado por la falta de oxígeno al cerebro, menos. Pero se sintió tan feliz de oír la voz de sus amigas asomadas al ataúd, «date prisa o empezamos la partida sin ti», las de sus vecinas admirándose de lo guapa que la veían después de tanto tiempo, y la de Dimas, «ay, Rosi, por fin, qué largo se me ha hecho», que simplemente se dejó ir, mecida entre sus recuerdos.

domingo, 29 de marzo de 2026

Adrenalina

ADRENALINA

No van a creerme los amigotes cuando les cuente si logro salir vivo de aquí las aventuras que he vivido este verano, menos mal que hay fotos. El «seta» me llaman, ja, pues tendrán que ir pensando en otro mote cuando me vean buceando en un mar infestado de tiburones blancos y rayas, lo van a flipar.

Para ser sinceros, yo aquellos días libres que tuve el primer mes, cuando trabajaba de camarero en Nueva Zelanda, habría preferido quedarme en una tumbona en la playa, bajo un cocotero, bebiendo piña colada en una copa con su sombrillita decorativa y masajeando con crema protectora la espalda de Giorgia, que siempre iba con tanga. Ay, Giorgia, qué pibón. La conocí en la barra del bar donde servía y me volvió loco. Loco del todo. Pero ella era más de aventuras, de acción, y no iba yo a quedarme atrás y a todo le decía que sí. O, mejor dicho, a nada le decía que no, aunque siempre intentaba proponerle otro plan, más tranquilo, como la observación de ballenas desde un barco, aprender un baile maorí o ir a fotografiar canguros. Pues nada, que no había manera; ella se ponía a bostezar cada vez que le mostraba los folletos turísticos, se quedaba dormida como un tronco y al día siguiente se hacía lo que ella mandaba.

Así que poco después del chapuzón entre escualos, nos colamos dentro de un volcán y nos hicimos un selfie a dos metros de la lava incandescente y burbujeante. Estaba prohibidísimo acercarse, pues recientemente se había detectado actividad sísmica, pero a Giorgia esas cosas le motivaban y no paraba hasta que se plantaba lo más cerca posible del peligro. Así era ella.

También dormimos durmió, yo no pegué ojo una noche en el desierto, en una tienda de campaña, rodeados de vete a saber qué animales salvajes. No sé si pasé más frío o miedo, pues una envolvente acústica de aullidos, gruñidos, bufidos, rugidos y estampidas de fieras nos amenizó la velada. «Estarían cazando para cenar», dijo Giorgia por la mañana al despertarse. Había dormido del tirón mientras yo temblaba dentro del saco.

Y así, toda la semana. La verdad es que, después de casi no encontrar la salida de aquellas cuevas que se empeñó en visitar y por cuyos laberintos estuvimos extraviados unas horas yo pensé que no salíamos, sin agua y casi sin poder respirar, decidí que hasta aquí hemos llegado, que esto no podía continuar, que me la estaba jugando y aún era joven para morir. Acepté una última incursión que no me sonó tan temeraria, así me despediría de ella como un valiente, que se le quedase un buen recuerdo de mí. Se trataba de pasear por un bosquecillo, trepar a algún árbol, y dije que venga, que sí.

Pero la muy puñetera siempre se reservaba alguna sorpresita no me había contado todo. El bosque en cuestión era un invernadero enorme, como todo por aquí, de plantas carnívoras. Ojo, plantas que crecían como árboles, con sus troncos y ramas y esas flores con dientes y colmillos que daba pánico mirarlas. Porque no solo las mantenían en unas condiciones de temperatura y humedad óptimas, sino que las cebaban para que crecieran desmesuradamente. Desayunaban, almorzaban, merendaban y cenaban. ¿Que qué comían? Buf, de todo, aunque difícil saber, pues en el suelo no había huesos ni dentaduras ni pellejos, no hacían ascos a nada, todo les aprovechaba. Pude ver desde lo alto, mientras trepábamos por una, unas jaulas con ovejas, canguros, vacas Angus, patos y conejos. Y toneladas de verduras de todo tipo. Según me contó, formaba aquello parte de un proyecto científico de una farmacéutica, creo, y como es obvio, no estaba permitido el acceso. Pero Giorgia siempre encontraba la manera de entrar.

Y en esta rama de esta planta carnívora, colgados de los brazos, balanceándonos, nos encontramos ahora Giorgia y yo. Se la ve feliz, feliz a la muchacha. Pero a mí esto me cansa, no soy tan disfrutón, así que en breve le diré que se está haciendo tarde, que se acerca la hora de comer y que mejor no andar por aquí cerca cuando estas flores llenas de colmillos nos detecten y empiecen a salivar.

 

domingo, 22 de marzo de 2026

Tormenta

TORMENTA

Lo único que le tranquiliza cuando no está dormitando es el árbol. Observar a las orugas chapotear en las hojas jabonosas, a los pulgones chupar el suavizante que fluye por el tronco, a los jilgueros picotear la fruta y cagar sales de baño. Cuando llueve, le relaja el aroma a aceites esenciales de la espuma que forman los jabones en los charcos.

Pero hoy le despierta del dulce sopor un relámpago que enciende el cielo plomizo al tiempo que un fogonazo de lucidez ilumina su mente nublada. Y evoca, horrorizado, un puñal en sus manos ensangrentadas.

Sintiéndose miserable, queriendo eliminar esa imagen, se dirige al árbol y en cuclillas empieza a frotarlas. Restriega, enjuaga, rasca con una piedra, se hace llagas, las descarna. Entonces dos celadores se aproximan, se lo llevan en volandas, lo sedan, le limpian el barro, le ponen una camisa con las mangas cruzadas a la espalda.

Tokyo

TOKYO 

Con lo que ganaba de lavaplatos en un bar del Mercado de Tsukiji, a Takeshi apenas le alcanzaba para poder pagarse un camastro en un cuartucho de dos metros cuadrados. Pero le cabían debajo unas cajas donde guardar sus cosas, así que con eso le bastaba. Tuvo que comprar, eso sí, un urinario portátil porque en los pisos compartidos a veces uno no puede aguantar hasta que el aseo de la casa queda libre. Aparte de eso, Takeshi pensaba que no necesitaba más. 

En la cocina donde llevaba cerca de veinte años trabajando, aprovechaba y comía las sobras de los platos. Aunque sobras lo que se dice sobras no eran. Muchas veces los comensales pedían de más, se saciaban antes de lo que pensaban y las raciones volvían intactas, sin ni siquiera haberlas pinchado con un tenedor. Y acababan en el cubo de la basura. Por eso, Takeshi llevaba una dieta muy variada: unos días comía sushi, otros ramen, otros gyozas, y casi siempre fideos, que le encantaban. Para cenar se metía en un bolsillo unas rosquillas o un bollo de semillas de sésamo. 

Sus días transcurrían todos igual. En la cocina, las nueve horas las pasaba vaciando en el cubo los platos que le iban trayendo, enjabonando con un estropajo, aclarando bajo el grifo de agua templada, poniéndolos a escurrir y después secándolos, abrillantándolos y colocándolos en las alacenas metálicas. Lo mismo hacía con tenedores, cuchillos, cucharas y vasos. Y así sin parar, todo el rato, porque era acabar con un montón de vajilla sucia y vuelta a empezar con el siguiente. 

Cuando terminaba la jornada, colgaba el mandil, se ponía su ropa, salía corriendo a la calle y se metía en la estación de metro. Le llevaba cada trayecto dos horas, y tenía que darse prisa, nada de pararse a contemplar en las pantallas luminosas las imágenes de la última versión de un Smartphone o de un conocido futbolista mostrando su dentadura blanca y luciendo un Rolex en la muñeca; había que apurarse y llegar rápido al andén, antes de que la megafonía anunciara la llegada del siguiente tren. Porque un día se entretuvo mirando un Lamborghini en una valla publicitaria y como era hora punta no pudo ponerse de los primeros y fue arrastrado al interior del vagón por una marabunta, casi en volandas, quedando su pie derecho atrapado por fuera de la puerta junto al maletín de otro señor hasta la siguiente parada. Vaya susto que se llevó, menos mal que no pasó nada y llegó ileso a casa. 

Aquella noche, metido en su cama, tardó mucho en conciliar el sueño, tal era la excitación y el alivio que sentía por haber esquivado la desgracia. Había sido el azar, quizá, o el karma. Y mientras daba vueltas a lo afortunado que era, le vino la imagen de los cerezos en plena floración y con el pensamiento de pasear sobre el lecho de pétalos caídos bajo sus ramas rosadas el siguiente día que librara, logró por fin quedarse dormido ¿Acaso podía un hombre para sentirse pleno desear más?

 

Tinieblas

TINIEBLAS

Enredado en la espesura pegajosa de mil telarañas y perdido sin remedio en una nebulosa de hilo negro contempla desconcertado el anciano una tarántula que, amenazadora, lo mira frotándose las patas.

Meses atrás, había entrado en pánico al ver la primera araña. Aunque era diminuta, a poco que se moviera ensombrecía algunos de sus recuerdos y le emborronaba las palabras, pero como asomaba con cautela —como sin querer molestar— y solo de cuando en cuando, no le fue difícil ignorarla.

Poco después aquella bolita peluda engordó, cogió confianza y empezó a desplazarse a sus anchas, hilando una telaraña. Pronto llegaron otras, que crecían y se multiplicaban. Ocupaban ya todo el espacio y se afanaban en tejer, sin descanso, una maraña cada vez más compacta donde sus neuronas iban quedando atrapadas y, por asfixia, terminaban agonizando y finalmente se apagaban.

En esa bruma, confuso y desorientado, incapaz de moverse ni pensar, de entender qué es lo que pasa, mira ahora el anciano al monstruo con curiosidad, sin sospechar que va a clavarle un colmillo, a inyectarle un veneno letal que licuará lo poco que queda en su cerebro para poder succionarlo con ansiedad.

Hasta no dejar nada.   

 

 


Tarde de duelo

TARDE DE DUELO

Sin apurarse, con calma, intenta transitar la joven viuda por el duelo, «¡Ha sido tan repentino!», suspira en el velatorio enjugándose las lágrimas. A continuación balbucea un «necesito estar sola, disculpadme» y sale compungida al jardín de la mansión.

Allí busca un banco alejado, se acomoda y empieza por el principio, por la negación. Pero ¡ay!, lo único que no se puede negar es que estas cosas, antes o después, pasan; y más si tienes noventa años y estás achacoso perdido. Es lo que hay, no se hable más. Y con las mismas, llega a la ira, pero a decir verdad este sentimiento le golpea con escasa intensidad. Aprieta los puños, frunce la nariz, intenta enojarse, pero nada. Con lo cual decide acometer la negociación, tercera fase, pero como no sabe qué es eso, pasa a lo siguiente, que es la tristeza profunda, la sensación de vacío, la depresión. El  para qué seguir adelante.

Y en esta tesitura se halla, cuando unas manos le tapan los ojos por detrás y nota un beso en el cuello. Es el jardinero quien pone la guinda a la quinta fase, la aceptación, la de aprender a vivir con su nueva realidad.

 

 

El emigrante

EL EMIGRANTE

Las cumbres nevadas al fondo y más acá las chimeneas humeantes le guiaron en el último tramo hasta la aldea de donde había partido hacía sesenta años. Su temor a no hallar el camino después de tanto tiempo desapareció mientras enfilaba la cuesta empedrada, rumbo al cementerio, donde estaban enterrados sus antepasados.

El olor a castañas asadas y el tolón de los cencerros no apaciguaban su desasosiego; temía que, por su aspecto avejentado y su acento, no lo reconocieran. Lo que sí logró abstraerlo fue comprobar que una simple ánima como él pudiera hundir el pie en una boñiga fresca.

Sombras

SOMBRAS

No era la oscuridad ni aquellas aguas heladas lo que les asustaba. Tampoco les pareció un lugar nauseabundo, sucio y desagradable como los sitios por donde solían transitar: los puertos pesqueros atestados de raspas y cabezas podridas de pescado; las calles llenas de baches, piedras y charcos; las plazas rebosantes de colillas, cascos rotos, excrementos de animales, orines y escupitajos; los mercadillos donde montones de inmundicias se acumulaban al terminar la jornada. Pero verse repentinamente ahí, somnolientas aún, flotando en la superficie del océano, les hizo sospechar que algo malo estaba pasando.

Conforme transcurrían los minutos, el miedo y la incertidumbre fueron adueñándose de ellas. Algunas se pusieron a sollozar en silencio, otras chillaban, las más se resignaban. Porque ¿acaso podían hacer ellas algo? La respuesta era no. Nada. Lo único apretujarse, bien juntitas, para infundirse ánimos, para confortar a las más angustiadas, para decirles que aguantasen, que enseguida vendrían a rescatarlas, que pronto conocerían el suelo americano, que esta pesadilla quedaría olvidada.

Pero lo que pasó fue que la mayoría de las sombras que intentaban mantenerse a flote a merced de los bloques de hielo fueron arrastradas al fondo del mar. En aquellas dos horas y cuarenta minutos que tardó en hundirse el Titanic, más de mil quinientas desaparecieron bajo las gélidas aguas, quedando atrapado en el aliento brumoso del océano un lamento desesperado.


Sombra de ojos verde

SOMBRA DE OJOS VERDE

Con estropajo y jabón Chimbo la suciedad sale mejor, aunque no huela tan rico como el de karité, el favorito de la señora. Lo sabe Gladys bien, satisfecha al ver desaparecer de las uñas de sus pies la mugre. Mientras le ciñe el corsé, sonríe al ver desparramarse las lorzas por todos lados. Ya se lo decía anteayer cuando la veía atiborrarse de tarta.

—Señora, ¿no prefiere que le traiga unos chips de zanahoria?

—¿Acaso insinúas, enana asquerosa, que tengo cara de conejo? —bufaba escupiendo migas.

Después de hacerle el moño falta solo maquillarla. El tono marrón oscuro irá bien, porque vaya cutis más lívido que se le quedó anteayer a ese monstruo tras atravesarle el cráneo con una aguja de tejer por restregarle la boca con jabón Chimbo y estropajo.

Para quitar el olor a podrido, le echa no una gota de Channel Nº 5, sino todo el frasco.

 

Sol de medianoche

SOL DE MEDIANOCHE

Podía sentir la tibieza de la noche encendida en sus párpados cerrados; estaba ya muy cerca —por fin— de disiparse para siempre en ella. Los púrpuras, verdes, naranjas y azules de la aurora boreal que atisbaba en el horizonte le parecían más hermosos que nunca. Imaginaba cómo aquel manto de colores cubría los campos blancos y una luz cálida ablandaba la tierra helada y la derretía, dejando a la vista una alfombra de musgo mullido. Escuchaba, también, el lejano murmullo del silencio como un rumor en el que pronto se sumergiría y que ahogaría el bramido inclemente de la tormenta de granizo y nieve en medio de la cual se hallaba retenido.

¡Lo poco que le faltaba y lo largo que se le estaba haciendo morirse! Intentaba mantenerse sereno, calmado, pero la angustia y la espera le impacientaban. ¿Cuánto tiempo tardaría la benzodiacepina que le habían inyectado en el hospital en llegar a su corazón y obligarlo de una vez a dejar de latir? Se sentía exhausto de luchar contra aquella ventisca, dolorido por las agujas de hielo que como puñales se clavaban en sus entrañas, agotado de las tiritonas, las manos escarchadas. De tener frío. De levantarse y volverse a caer. Abatido porque la quimioterapia no hubiese podido vencer al enemigo. Derrotado por haber perdido la batalla.

Pero de pronto, sintió una ingravidez que lo liberaba, cesó el vendaval y dejó de tener frío. Aflojó los puños, exhaló un suspiro.
Y una última lágrima rodó por su cara.

Sofá y manta

SOFÁ Y MANTA

Si hay una mujer renacentista, polivalente y multitarea, esa es Ramona. Eso, al menos, es lo que opina de sí misma ella, aunque la definición no es suya; se la oyó un día decir vocear a la Esteban o al Matamoros o a uno de esos, qué más da. El caso es que a ella le va como anillo al dedo y por eso se la ha apropiado. En resumidas cuentas: Ramona puede hacer varias cosas a la vez. Y todas bien.

Así, sin dejar de parlotear y comentar todo lo que dicen en el programa de cotilleos de la tele, teje una bufanda de lana burdeos Gerardo no sabe ni cuántas tiene, bebe a sorbos el café de la merienda y mordisquea una magdalena, sin dejar caer nada, ni una gota ni una miga, al sofá. Aparte de eso, tiene visión periférica. Ahora mismo está observando por el rabillo del ojo a Gerardo, que está concentrado mirando en el diario deportivo la foto de una playa tropical hay palmeras, un tucán en una jaula y un surfista muy bronceado, muy depilado, muy sonriente y no leyendo las noticias de la Champions, ni los resúmenes de los partidos, ni la entrevista a este o aquel jugador. Que, por cierto, qué poco originales son, siempre contestan lo mismo. 

Le delata al pobre el lenguaje corporal. Está metiendo barriga, se ha pasado la mano por los cuatro pelos de la cabeza como atusando un flequillo que no tiene y le están empezado a resbalar unas gotitas de sudor por la frente, al muy bobo. Es tremendo, hasta babea. Y Ramona, que tiene un poco de médium y lee la mente, sabe que está pensando: «Jo, a ver si convenzo a la Ramoni y vamos este año a Benidorm con el Imserso». ¡Ja! Pues con lo que odia ella la arena, el sol, los mosquitos y el calor, lo lleva claro; ya sabe que no se le arregla. Que además dónde van a estar mejor ellos que viendo la tele tan ricamente en casa y sin gastar dinero.

Lo que ignora Ramona es que él, que la conoce perfectamente, percibe cuando se está inmiscuyendo en su cerebro, y ha aprendido a enmascarar sus pensamientos reales cuando la tiene tan cerca, mostrándole otros normales y corrientes. Porque ya que no puede ir a ningún sitio, ni vivir experiencias, se las inventa. Y si llega a ver lo a gusto que se encuentra ahora, imaginándose al surfista de la foto atado a los barrotes de la jaula, medio en cueros, susurrándole «acércate, bandido, apaga el fuego que me quema el cuerpo», le da un telele que ni te cuento.

Ruta 66

RUTA 66

Muy exaltados, los dos amigos contaban al camarero del cochambroso bar de carretera lo de la autoestopista, pero el tipo parecía no inmutarse mientras les servía huevos revueltos y echaba más café en sus tazas.

—Subió al asiento trasero —repetía ahora Jimmy—. Enseguida sentí su aliento en mi nuca, sus dedos masajeándome la polla y vi su otra mano en la bragueta de Jack. Estallamos al unísono, ¡guau!, pero al girarnos, ya no estaba. Ni rastro de ella.

El camarero sacó algo de debajo de la barra.

Ti si mŭrtŭv graznó, mientras cortaba un trozo de tarta de manzana con una guadaña.

 

El primer amor

EL PRIMER AMOR

Dejarse llevar por la pasión en aquel momento era lo único que le importaba a Alba y ella, ensimismada, literalmente levitaba. Estaba muy concentrada en no caerse, abrazada al cuello de Nacho, el chico que tanto le gustaba. Nunca le habían flaqueado las piernas de aquella manera: parecía que el suelo desapareciera bajo sus pies, que no existiera fuerza de la gravedad. Se sentía arrasada por el deseo, pletórica, llena. ¡Es que el primer beso era algo tan especial! Con los párpados entrecerrados, perdida la noción del tiempo, flotaba como en una nube, henchida de placer. Era tal el arrebato de gozo, tan intensa la dicha, que el calorcillo que circulaba por sus venas rebosaba hacia el exterior, haciendo saltar chiribitas de sus ojos, arrebolándole las mejillas, enrojeciendo sus labios.

Por esa fantasía romántica de sentirse tan especial, por idealizar el momento, por enmarcarlo como un vivencia hermosa e inolvidable a la que acudir por las noches en la soledad de su cama, no se dio cuenta de que a aquel chico le apestaba el aliento a ColaCao, de que los pelos mal afeitados de su barbilla se le clavaban como alfileres en la cara, de la aspereza de sus labios, del gusto agrio de su saliva, de que su lengua, gorda e inexperta, fofa como una babosa, retorciéndose como una culebra, lamía y relamía durante una eternidad que a Alba le pareció muy breve.

Porque ¿acaso esos detalles importaban si ella, en su éxtasis, estaba rozando con los dedos el cielo? Se sentía en otra dimensión, todo era místico, espiritual, Nacho era su ángel y tan alelada estaba que jamás habría visto que las plumas de sus alas, mal pegadas a la espalda, se desprendían y caían al suelo o salían volando.

Pero aquella primera vez, con trece años, la sigue conservando como un tesoro Alba en el fondo de su alma, como recuerdo de cuando existía una única realidad, la suya, y nada con qué compararla.

Pompas fúnebres

POMPAS FÚNEBRES

Cualquiera que vea a Maruchi sentada en el banco de la iglesia, con esas ojeras, la cara pálida y larga, el gesto de introspección y moviendo los labios, bisbiseando, pensará que está rezando. Pero lo que hace en realidad es repasar, mentalmente, los productos que necesitará cuando vaya a visitar al cementerio a su Nicanor: una escoba, un recogedor, una fregona, un cubo con escurridor, un cepillo con las cerdas duras para atacar la suciedad más pegada, estropajos, bayetas y cera de abrillantar mármol. Eso para la limpieza de la lápida. Con el asunto de los caracoles, telarañas y malas hierbas, tendrá que hacer acopio de tijeras de podar, rastrillo y pala.

La verdad, le hace ilusión. Ya se ve el Día de Todos los Santos montada en el bus camino del camposanto con una bolsa de rafia con todos los bártulos necesarios para acicalar el nicho de su difunto, y el  caldero hasta arriba de agua jabonosa. Lo llevará lleno desde casa porque con agua caliente se limpia mejor, esto lo sabe cualquiera. Aunque tiene ya una edad, cojea de una pierna y es más bien poquita cosa, a Maruchi como se le meta algo en la cabeza no hay quien le convenza de otra cosa.

Solo de pensar en arrodillarse ante la tumba y deslizar el dedo envuelto en un clínex húmedo por las letras doradas grabadas, N – I – C – A – N - O – R, hasta que reluzcan como el oro, hace que un calorcito le recorra todo el cuerpo, sintiéndose confortada.

Se halla absorta pensando en el asunto de las flores, indecisa entre ramo o corona, claveles, rosas o gladiolos, cuando nota un golpecito en el brazo.

Maruchi, levanta, que ha terminado el funeral le susurra Nicanor, incorporándose apoyado en su bastón.

Entonces abre los ojos, se alisa la falda, se pone en pie, retira con el dorso de la mano una pelusa del abrigo del esposo, se agarran del brazo y se acercan a dar el pésame a la vecina del quinto. Luego abandonan la iglesia, acariciándose las manos, contentos de tenerse uno al otro, de estar juntos, de seguir aquí pese a los achaques. Aunque Maruchi, siempre anticipándose a todo, no lo puede evitar, va pensando «para mi Nicanor una corona de crisantemos, no se hable más».

Arrebato místico

ARREBATO MÍSTICO

Al mirar cara a cara a la muerte, al enfrentarse a esas momias detrás de las vitrinas del museo, conservadas casi intactas a lo largo de los siglos, le entraron a Yasmin unas ganas tremendas de recapacitar, de plantearse cosas, de mirar hacia dentro de sí misma, de trascender y de hacer una sesuda reflexión sobre el más allá y sobre el más acá, especialmente. Pero no a través de las preguntas clásicas, como ¿de dónde venimos, hacia dónde vamos?, porque eso abarcaba disciplinas metafísicas, espirituales y cuánticas que se derramaban por su cerebro hasta diluirse entre las neuronas para terminar desapareciendo como si nada. Mejor algo más íntimo y sobre todo sencillo; algo que le diese a su existencia un sentido especial.

Al comprobar cómo se le erizaba el vello de los brazos, se le pasó a Yasmin por la cabeza que pudiera ser que hubiese entrado en trance, porque le recordó a una vez, cuando era adolescente, que fumó hierba y todo era relajo y despreocupación y conexión con el universo. Y producto de esta especie de mareo, sentía ahora una emoción intensa, una fusión con el cosmos, unas ganas de desprenderse de lo material y abrazar una vida de servicio y entrega a los demás. Se sentía de pronto tan bien, tan a gusto consigo misma, tan contenta por ser útil, por tener un objetivo al que entregarse en cuerpo y alma, que los ojos se le humedecieron y un escalofrío le sacudió la espina dorsal. Hasta le pareció que levitaba, que se había elevado un centímetro del suelo.

En ese estado de éxtasis se hallaba cuando Gustav, su esposo aunque la gente opinase que parecían abuelo y nieta, le apretó el antebrazo y le señaló con la cabeza uno de los cuerpos expuestos. Se trataba de una mujer joven. Al acercar la nariz al cristal, observó que se depilaba las axilas, el bigote y las cejas algunos pelillos negros estaban a punto de salir cuando le pescó la muerte, que tenía unas manos muy cuidadas y que las uñas las llevaba largas, limpias y arregladas. En la cabeza, lucía aún una melena lisa, brillante y pelirroja, con raya a un lado y una tiara dorada que le sujetaba el flequillo, aunque algunos pelos rebeldes se habían soltado y le caían despeinados sobre la frente. Su cutis, de suave y terso y blanco, parecía de porcelana. Se deducía, del conjunto, que había pertenecido a una clase social alta.

Esta imagen le trajo a la cabeza a Yasmin que aquella mañana, antes de salir a hacer turismo, había descubierto horrorizada en el espejo del baño que se le empezaban a ver las raíces blancas del pelo. Y el cabreo que se pilló porque en el salón de coiffure del hotel no le daban cita hasta las siete de la tarde. Se ajustó entonces el pañuelo de seda que llevaba anudado a la nuca para ocultar al mundo el drama de sus canas y tiró de Gustav hacia la salida del museo, con el firme propósito de convencer a las estilistas del coiffure de que, aparte del tinte y las mechas, le hicieran también un alisado de queratina, la manicura francesa, una hidratación con velo de oro y, para terminar, un masaje facial relajante, que el día había sido muy ajetreado.