domingo, 30 de marzo de 2025

El alimento

EL ALIMENTO 

Unas veces a rastras, otras a trompicones y en general dando bandazos, tropezando y volviendo a tropezar, fue como atravesó Jonathan sus años escolares. Repitió curso en tres ocasiones, aprobando siempre por los pelos o simplemente porque al maestro no le apetecía tener a aquel gañán de catorce años de bigotillo, granos purulentos y boñiga pegada en los botines y el pantalón, sentado en el mismo aula que los nuevos alumnos, niños y niñas inocentes, puros y angelicales de tan solo diez años de edad.

Porque a Jonathan, ya desde la escuela primaria se le puso el tema del aprendizaje cuesta arriba. Quizá fuera por una dislexia sin diagnosticar, un déficit de atención, ese tipo de cosas a las que antes no se daba importancia, o quizá puro desinterés debido a alguna mutación en la secuencia de su ADN. Aunque lo más acertado sería concluir que fue porque su padre, pastor de la pequeña comunidad donde vivían y que le responsabilizaba de la muerte de la madre, que falleció desangrada al parirle, le propinaba pellizcos, coscorrones y tirones de patilla las veces que traía a casa una mala nota, que eran muchas. Odiaba al muchacho y así se lo hacía saber, en cualquier momento, hasta cuando bendecía la mesa y le clavaba en el dorso de la mano las uñas hasta hacerle sangrar mientras recitaba páginas enteras de los evangelios, dando gracias por los alimentos que iban a comer, amén.

Siendo de carácter débil y pusilánime hasta decir basta, sus primeros años de vida transcurrieron, por tanto, entre las burlas de sus compañeros, el rechazo de sus profesores y el desprecio del padre. Después de abandonar la escuela, la cosa no solo no mejoró sino que fue a peor. Trabajaba como una mula en la granja, de sol a sol, segando la hierba, arando con la azada, cosechando maíz, ordeñando las vacas, limpiando la mierda del gallinero, etcétera. Y todo a cambio únicamente del jergón, una manta que picaba, las migajas que le dejaba el progenitor cuando terminaba su almuerzo y cena y el alimento espiritual, como lo llamaba él: cada noche le prohibía dormirse, obligándole a escuchar a voz en grito un pasaje, a veces de varias horas de duración, de la biblia. Los domingos iba a la parroquia, se vestía de monaguillo y se pasaba toda la ceremonia sosteniendo el misal a su reverendo padre.

Así fueron pasando los años, uno tras otro, hasta que la vejez tomó posesión del cuerpo del pastor en forma de artrosis severa, retorciendo y atrofiando todas sus articulaciones de una forma muy cruel; la senilidad pudrió su cerebro y la culpa trastornó su alma, dejándolo en un estado de vigilia perenne. En otras palabras, no podía moverse ni razonar ni dormir. Así que, postrado en la cama, atormentado al sentir el calor de las llamas del infierno quemando su piel, aceptó la penitencia de pasar, los últimos años de su vida, despierto y escuchando a Jonathan leer escupirle a la cara una a una las páginas de la biblia para después arrugarlas, diluirlas en una escudilla, aplastarlas con la cuchara y hacérselas comer.