VESTIGIOS
En la línea del horizonte, bajo un sol que abrasaba los campos yermos
por donde serpenteaba aquella carretera, se iba mostrando la torre de un
campanario. Sonreí, aliviado. Hasta me pareció oír repicar las campanas. Donde
hay iglesia hay pueblo, donde hay pueblo hay bar, me dije. Sudoroso, con una
sed espantosa, me imaginé sentado a la fresca en la cantina, bebiendo una
limonada fría y charlando con el mesero, preguntándole por aquel lugar que no
venía en el mapa.
Pero ni cantina, ni limonada, ni charla. Al aproximarme, descubrí que se
trataba de un embalse sobre un pueblo inundado.