domingo, 19 de abril de 2026

El primer lunes

EL PRIMER LUNES

Desganado y malhumorado, así amaneció el marido. No levantó la mirada ni una vez mientras desayunaba ni abrió la boca más que para masticar. Tampoco la besó ni se despidió cuando cogió del asa el maletín y abrió la puerta para irse.

«Pues vaya», se disgustó ella. Se sentía culpable del giro que estaba dando sus vidas era el fin del eterno asueto, de la despreocupación y para tener la cabeza y las manos ocupadas se había pasado todo el día anterior esquilando una oveja, lavando la lana, cardándola hasta dejarla limpia de impurezas y lista para el hilado. Esa había sido la parte más tediosa. Luego pasó al teñido, eso le gustó más. Los tintes le encantaban, así que tenía varios colores preparados. El ocre lo había hecho con arcilla, el verde con ortigas, el azul con arándanos y el amarillo con cáscara de cebolla. El negro, con carbón. Puso los ovillos a remojo y cuando cogieron color los colgó de unas ramas para que se secaran al sol. Un par de horas más tarde, pudo empezar a tejer la corbata más bonita del mundo.

Quería que empezase contento el primer día de trabajo, por eso pensó en un diseño colorido que contrastase con el gris anodino del pantalón y la americana y el negro del abrigo. Pero así se lo agradecía él, refunfuñando y bufando durante todo el desayuno y dando un portazo al salir.

Nunca le había visto tan enojado. La víspera, mientras la pobre mujer se dejaba la vista bordando el nombre de los hijos en los uniformes del colegio y tricotando los taparrabos de todos ellos, no había querido ni escuchar sus disculpas. De hecho, había afirmado muy serio y rotundo antes de retirarse temprano a dormir, que nunca se lo perdonaría, que buena la había liado, que mira que se lo tenía dicho, que no se acercase a ninguna serpiente, que no se dejase camelar, pero sobre todo, que no se le ocurriese morder el fruto prohibido.

Hogar

HOGAR

Iba a decirle a Flori que si quería entrar, que había hecho galletas de canela, agradecida por subirle hasta la buhardilla lo de la farmacia y sacarle la basura. Pero al verla tan derrotada y triste no se ha atrevido.

Flori regresa a la portería. Vive ahí, en ese cuartucho. Hay un hueco con inodoro y lavabo, una camita plegable, unas baldas con bayetas, botellas de amoníaco y algo de ropa. Junto a la fregona, unos paquetes de Amazon para el del cuarto izquierda, que nunca está. Llena un cubo con agua y jabón y lo vierte en los meados de la fachada.

Después entra y corre el cerrojo. Enciende el hornillo, pone leche a calentar, se sienta en la banqueta. Relee la carta certificada que llegó hace unas semanas. Está arrugada, de tanto manosearla. Habla de la instalación del ascensor, del hueco de la escalera, del plazo para irse. Machaca uno a uno los treinta ansiolíticos que cogió a la vecina. Los echa al tazón.

Da un sorbo, arruga la nariz, añade azúcar. Las manos no dejan de temblarle mientras remueve con la cucharilla.

Solloza en silencio, se traga las lágrimas, ahoga los hipidos.

Se queda fría la bebida.

 


La otra orilla

LA OTRA ORILLA

A nadie extrañó en la residencia que Rosi, que andaba pachucha y renqueando de una neumonía, se muriese. Cuando al amanecer entró la celadora a su dormitorio y se acercó a ella para ayudarla a incorporarse, se la encontró lívida, con los labios azulados y la mirada perdida en el techo. En realidad, la mirada la tenía siempre vidriosa y desenfocada, pues una telilla, o mejor dicho una nube muy gorda, se había adueñado de sus pupilas e iris, y solo veía sombras y movimientos. Pero el doctor opinaba que dada su avanzada edad noventa y siete años, el deterioro senil que la imposibilitaba comunicarse y, total, para lo que había que ver esto no lo decía, pero lo pensaba, no merecía la pena operarla. Y tampoco lo decía aquello suponía un gasto menos.

 Si le hubiese leído el pensamiento, Rosi le habría dado la razón. Había perdido la noción del tiempo que llevaba allí ingresada y en todos esos años, ¿cuántas visitas había recibido? Ninguna. Sus amigas de jugar a las cartas y tomar café, sus vecinos de la aldea, todos habían fallecido ya o estaban en ello. Y a Dimas, ¡ay, Dimas!, el esposo, se lo había llevado un cáncer muy agresivo décadas atrás. Hijos le hubiera gustado tener, pero nunca llegaron. Quizá, por tanto, fue una bendición del cielo que a la mujer se le hubiera ido la cabeza; al fin y al cabo era una forma de esquivar la soledad y el sufrimiento. Si una no recuerda a los que se fueron, no los echa de menos ni siente el desgarro de la añoranza. Aunque había días en que, inesperadamente, unas ráfagas de lucidez alumbraban su cerebro. Entonces, no se levantaba de la cama abrumada por tanto abatimiento.

Después de que el cura le administrase la extremaunción, entraron dos auxiliares a prepararla para el entierro a toda prisa, pues en un par de horas ocuparía la habitación la siguiente de la lista de espera. Le pusieron su abrigo de paño, le colocaron las manos cruzadas sobre el pecho, cubrieron su cara con un velo de encaje negro y entre los dos la sujetaron por las piernas y los brazos, la izaron y la metieron en el féretro.

De repente, Rosi se recuperó del paro respiratorio y comenzó a inhalar y exhalar débilmente. Coger cada bocanada le suponía un esfuerzo; tenía la garganta como estropajo y no llegaba bien el aire adentro. Y si ya antes no entendía ni discernía, ahora con el daño causado por la falta de oxígeno al cerebro, menos. Pero se sintió tan feliz de oír la voz de sus amigas asomadas al ataúd, «date prisa o empezamos la partida sin ti», las de sus vecinas admirándose de lo guapa que la veían después de tanto tiempo, y la de Dimas, «ay, Rosi, por fin, qué largo se me ha hecho», que simplemente se dejó ir, mecida entre sus recuerdos.