EL PRIMER LUNES
Desganado y malhumorado, así amaneció el marido. No levantó la mirada ni
una vez mientras desayunaba ni abrió la boca más que para masticar. Tampoco la
besó ni se despidió cuando cogió del asa el maletín y abrió la puerta para
irse.
«Pues vaya», se disgustó ella. Se sentía culpable del giro que estaba
dando sus vidas ―era el fin del eterno asueto, de la despreocupación― y para tener la cabeza y las manos ocupadas se había pasado todo el día
anterior esquilando una oveja, lavando la lana, cardándola hasta dejarla limpia
de impurezas y lista para el hilado. Esa había sido la parte más tediosa. Luego
pasó al teñido, eso le gustó más. Los tintes le encantaban, así que tenía
varios colores preparados. El ocre lo había hecho con arcilla, el verde con
ortigas, el azul con arándanos y el amarillo con cáscara de cebolla. El negro,
con carbón. Puso los ovillos a remojo y cuando cogieron color los colgó de unas
ramas para que se secaran al sol. Un par de horas más tarde, pudo empezar a
tejer la corbata más bonita del mundo.
Quería que empezase contento el primer día de trabajo, por eso pensó en
un diseño colorido que contrastase con el gris anodino del pantalón y la
americana y el negro del abrigo. Pero así se lo agradecía él, refunfuñando y
bufando durante todo el desayuno y dando un portazo al salir.
Nunca le había visto tan enojado. La víspera, mientras la pobre mujer se
dejaba la vista bordando el nombre de los hijos en los uniformes del colegio y
tricotando los taparrabos de todos ellos, no había querido ni escuchar sus
disculpas. De hecho, había afirmado muy serio y rotundo antes de retirarse
temprano a dormir, que nunca se lo perdonaría, que buena la había liado, que
mira que se lo tenía dicho, que no se acercase a ninguna serpiente, que no se dejase
camelar, pero sobre todo, que no se le ocurriese morder el fruto prohibido.