HOGAR
Iba a decirle a Flori que si quería entrar, que había hecho galletas de
canela, agradecida por subirle hasta la buhardilla lo de la farmacia y sacarle
la basura. Pero al verla tan derrotada y triste no se ha atrevido.
Flori regresa a la portería. Vive ahí, en ese cuartucho. Hay un hueco
con inodoro y lavabo, una camita plegable, unas baldas con bayetas, botellas de
amoníaco y algo de ropa. Junto a la fregona, unos paquetes de Amazon para el
del cuarto izquierda, que nunca está. Llena un cubo con agua y jabón y lo
vierte en los meados de la fachada.
Después entra y corre el cerrojo. Enciende el hornillo, pone leche a
calentar, se sienta en la banqueta. Relee la carta certificada que llegó hace
unas semanas. Está arrugada, de tanto manosearla. Habla de la instalación del
ascensor, del hueco de la escalera, del plazo para irse. Machaca uno a uno los
treinta ansiolíticos que cogió a la vecina. Los echa al tazón.
Da un sorbo, arruga la nariz, añade azúcar. Las manos no dejan de
temblarle mientras remueve con la cucharilla.
Solloza en silencio, se traga las lágrimas, ahoga los hipidos.
Se queda fría la bebida.