domingo, 19 de abril de 2026

La otra orilla

LA OTRA ORILLA

A nadie extrañó en la residencia que Rosi, que andaba pachucha y renqueando de una neumonía, se muriese. Cuando al amanecer entró la celadora a su dormitorio y se acercó a ella para ayudarla a incorporarse, se la encontró lívida, con los labios azulados y la mirada perdida en el techo. En realidad, la mirada la tenía siempre vidriosa y desenfocada, pues una telilla, o mejor dicho una nube muy gorda, se había adueñado de sus pupilas e iris, y solo veía sombras y movimientos. Pero el doctor opinaba que dada su avanzada edad noventa y siete años, el deterioro senil que la imposibilitaba comunicarse y, total, para lo que había que ver esto no lo decía, pero lo pensaba, no merecía la pena operarla. Y tampoco lo decía aquello suponía un gasto menos.

 Si le hubiese leído el pensamiento, Rosi le habría dado la razón. Había perdido la noción del tiempo que llevaba allí ingresada y en todos esos años, ¿cuántas visitas había recibido? Ninguna. Sus amigas de jugar a las cartas y tomar café, sus vecinos de la aldea, todos habían fallecido ya o estaban en ello. Y a Dimas, ¡ay, Dimas!, el esposo, se lo había llevado un cáncer muy agresivo décadas atrás. Hijos le hubiera gustado tener, pero nunca llegaron. Quizá, por tanto, fue una bendición del cielo que a la mujer se le hubiera ido la cabeza; al fin y al cabo era una forma de esquivar la soledad y el sufrimiento. Si una no recuerda a los que se fueron, no los echa de menos ni siente el desgarro de la añoranza. Aunque había días en que, inesperadamente, unas ráfagas de lucidez alumbraban su cerebro. Entonces, no se levantaba de la cama abrumada por tanto abatimiento.

Después de que el cura le administrase la extremaunción, entraron dos auxiliares a prepararla para el entierro a toda prisa, pues en un par de horas ocuparía la habitación la siguiente de la lista de espera. Le pusieron su abrigo de paño, le colocaron las manos cruzadas sobre el pecho, cubrieron su cara con un velo de encaje negro y entre los dos la sujetaron por las piernas y los brazos, la izaron y la metieron en el féretro.

De repente, Rosi se recuperó del paro respiratorio y comenzó a inhalar y exhalar débilmente. Coger cada bocanada le suponía un esfuerzo; tenía la garganta como estropajo y no llegaba bien el aire adentro. Y si ya antes no entendía ni discernía, ahora con el daño causado por la falta de oxígeno al cerebro, menos. Pero se sintió tan feliz de oír la voz de sus amigas asomadas al ataúd, «date prisa o empezamos la partida sin ti», las de sus vecinas admirándose de lo guapa que la veían después de tanto tiempo, y la de Dimas, «ay, Rosi, por fin, qué largo se me ha hecho», que simplemente se dejó ir, mecida entre sus recuerdos.