LA OTRA ORILLA
A nadie extrañó en la
residencia que Rosi, que andaba pachucha y renqueando de una neumonía, se
muriese. Cuando al amanecer entró la celadora a su dormitorio y se acercó a
ella para ayudarla a incorporarse, se la encontró lívida, con los labios
azulados y la mirada perdida en el techo. En realidad, la mirada la tenía
siempre vidriosa y desenfocada, pues una telilla, o mejor dicho una nube muy
gorda, se había adueñado de sus pupilas e iris, y solo veía sombras y
movimientos. Pero el doctor opinaba que dada su avanzada edad ―noventa y siete años―, el deterioro senil
que la imposibilitaba comunicarse y, total, para lo que había que ver ―esto no lo decía, pero
lo pensaba―, no merecía la pena
operarla. Y ―tampoco lo decía― aquello suponía un
gasto menos.
Si le hubiese leído el pensamiento, Rosi le
habría dado la razón. Había perdido la noción del tiempo que llevaba allí
ingresada y en todos esos años, ¿cuántas visitas había recibido? Ninguna. Sus
amigas de jugar a las cartas y tomar café, sus vecinos de la aldea, todos
habían fallecido ya o estaban en ello. Y a Dimas, ¡ay, Dimas!, el esposo, se lo
había llevado un cáncer muy agresivo décadas atrás. Hijos le hubiera gustado
tener, pero nunca llegaron. Quizá, por tanto, fue una bendición del cielo que a
la mujer se le hubiera ido la cabeza; al fin y al cabo era una forma de
esquivar la soledad y el sufrimiento. Si una no recuerda a los que se fueron,
no los echa de menos ni siente el desgarro de la añoranza. Aunque había días en
que, inesperadamente, unas ráfagas de lucidez alumbraban su cerebro. Entonces, no
se levantaba de la cama abrumada por tanto abatimiento.
Después de que el cura
le administrase la extremaunción, entraron dos auxiliares a prepararla para el
entierro ―a toda prisa, pues en
un par de horas ocuparía la habitación la siguiente de la lista de espera―. Le pusieron su abrigo de paño, le
colocaron las manos cruzadas sobre el pecho, cubrieron su cara con un velo de
encaje negro y entre los dos la sujetaron por las piernas y los brazos, la izaron
y la metieron en el féretro.
De repente, Rosi se recuperó del paro
respiratorio y comenzó a inhalar y exhalar débilmente. Coger cada bocanada le
suponía un esfuerzo; tenía la garganta como estropajo y no llegaba bien el aire
adentro. Y si ya antes no entendía ni discernía, ahora con el daño causado por
la falta de oxígeno al cerebro, menos. Pero se sintió tan feliz de oír la voz
de sus amigas asomadas al ataúd, «date prisa o empezamos la partida sin ti»,
las de sus vecinas admirándose de lo guapa que la veían después de tanto
tiempo, y la de Dimas, «ay, Rosi, por fin, qué largo se me ha hecho», que
simplemente se dejó ir, mecida entre sus recuerdos.