ADRENALINA
No van a creerme los
amigotes cuando les cuente ―si logro salir vivo de aquí― las aventuras que he vivido este verano,
menos mal que hay fotos. El «seta» me llaman, ja, pues tendrán que ir pensando en
otro mote cuando me vean buceando en un mar infestado de tiburones blancos y
rayas, lo van a flipar.
Para ser sinceros, yo
aquellos días libres que tuve el primer mes, cuando trabajaba de camarero en
Nueva Zelanda, habría preferido quedarme en una tumbona en la playa, bajo un
cocotero, bebiendo piña colada en una copa con su sombrillita decorativa y
masajeando con crema protectora la espalda de Giorgia, que siempre iba con
tanga. Ay, Giorgia, qué pibón. La conocí en la barra del bar donde servía y me
volvió loco. Loco del todo. Pero ella era más de aventuras, de acción, y no iba
yo a quedarme atrás y a todo le decía que sí. O, mejor dicho, a nada le decía
que no, aunque siempre intentaba proponerle otro plan, más tranquilo, como la
observación de ballenas desde un barco, aprender un baile maorí o ir a
fotografiar canguros. Pues nada, que no había manera; ella se ponía a bostezar
cada vez que le mostraba los folletos turísticos, se quedaba dormida como un
tronco y al día siguiente se hacía lo que ella mandaba.
Así que poco después
del chapuzón entre escualos, nos colamos dentro de un volcán y nos hicimos un selfie a dos metros de la lava
incandescente y burbujeante. Estaba prohibidísimo acercarse, pues recientemente
se había detectado actividad sísmica, pero a Giorgia esas cosas le motivaban y
no paraba hasta que se plantaba lo más cerca posible del peligro. Así era ella.
También dormimos ―durmió, yo no pegué ojo― una noche en el
desierto, en una tienda de campaña, rodeados de vete a saber qué animales
salvajes. No sé si pasé más frío o miedo, pues una envolvente acústica de
aullidos, gruñidos, bufidos, rugidos y estampidas de fieras nos amenizó la
velada. «Estarían cazando para
cenar», dijo Giorgia por la
mañana al despertarse. Había dormido del tirón mientras yo temblaba dentro del
saco.
Y así, toda la semana.
La verdad es que, después de casi no encontrar la salida de aquellas cuevas que
se empeñó en visitar y por cuyos laberintos estuvimos extraviados unas horas ―yo pensé que no
salíamos―, sin agua y casi sin
poder respirar, decidí que hasta aquí hemos llegado, que esto no podía
continuar, que me la estaba jugando y aún era joven para morir. Acepté una
última incursión que no me sonó tan temeraria, así me despediría de ella como
un valiente, que se le quedase un buen recuerdo de mí. Se trataba de pasear por
un bosquecillo, trepar a algún árbol, y dije que venga, que sí.
Pero la muy puñetera ―siempre se reservaba
alguna sorpresita― no me había contado
todo. El bosque en cuestión era un invernadero enorme, como todo por aquí, de
plantas carnívoras. Ojo, plantas que crecían como árboles, con sus troncos y
ramas y esas flores con dientes y colmillos que daba pánico mirarlas. Porque no
solo las mantenían en unas condiciones de temperatura y humedad óptimas, sino
que las cebaban para que crecieran desmesuradamente. Desayunaban, almorzaban,
merendaban y cenaban. ¿Que qué comían? Buf, de todo, aunque difícil saber, pues
en el suelo no había huesos ni dentaduras ni pellejos, no hacían ascos a nada,
todo les aprovechaba. Pude ver desde lo alto, mientras trepábamos por una, unas
jaulas con ovejas, canguros, vacas Angus, patos y conejos. Y toneladas de
verduras de todo tipo. Según me contó, formaba aquello parte de un proyecto
científico de una farmacéutica, creo, y como es obvio, no estaba permitido el
acceso. Pero Giorgia siempre encontraba la manera de entrar.
Y en esta rama de esta
planta carnívora, colgados de los brazos, balanceándonos, nos encontramos ahora
Giorgia y yo. Se la ve feliz, feliz a la muchacha. Pero a mí esto me cansa, no
soy tan disfrutón, así que en breve le diré que se está haciendo tarde, que se
acerca la hora de comer y que mejor no andar por aquí cerca cuando estas flores
llenas de colmillos nos detecten y empiecen a salivar.
Ig @collage.absurdage (que
os recomiendo), de la artista Iuliia Shulga.