domingo, 29 de marzo de 2026

Adrenalina

ADRENALINA

No van a creerme los amigotes cuando les cuente si logro salir vivo de aquí las aventuras que he vivido este verano, menos mal que hay fotos. El «seta» me llaman, ja, pues tendrán que ir pensando en otro mote cuando me vean buceando en un mar infestado de tiburones blancos y rayas, lo van a flipar.

Para ser sinceros, yo aquellos días libres que tuve el primer mes, cuando trabajaba de camarero en Nueva Zelanda, habría preferido quedarme en una tumbona en la playa, bajo un cocotero, bebiendo piña colada en una copa con su sombrillita decorativa y masajeando con crema protectora la espalda de Giorgia, que siempre iba con tanga. Ay, Giorgia, qué pibón. La conocí en la barra del bar donde servía y me volvió loco. Loco del todo. Pero ella era más de aventuras, de acción, y no iba yo a quedarme atrás y a todo le decía que sí. O, mejor dicho, a nada le decía que no, aunque siempre intentaba proponerle otro plan, más tranquilo, como la observación de ballenas desde un barco, aprender un baile maorí o ir a fotografiar canguros. Pues nada, que no había manera; ella se ponía a bostezar cada vez que le mostraba los folletos turísticos, se quedaba dormida como un tronco y al día siguiente se hacía lo que ella mandaba.

Así que poco después del chapuzón entre escualos, nos colamos dentro de un volcán y nos hicimos un selfie a dos metros de la lava incandescente y burbujeante. Estaba prohibidísimo acercarse, pues recientemente se había detectado actividad sísmica, pero a Giorgia esas cosas le motivaban y no paraba hasta que se plantaba lo más cerca posible del peligro. Así era ella.

También dormimos durmió, yo no pegué ojo una noche en el desierto, en una tienda de campaña, rodeados de vete a saber qué animales salvajes. No sé si pasé más frío o miedo, pues una envolvente acústica de aullidos, gruñidos, bufidos, rugidos y estampidas de fieras nos amenizó la velada. «Estarían cazando para cenar», dijo Giorgia por la mañana al despertarse. Había dormido del tirón mientras yo temblaba dentro del saco.

Y así, toda la semana. La verdad es que, después de casi no encontrar la salida de aquellas cuevas que se empeñó en visitar y por cuyos laberintos estuvimos extraviados unas horas yo pensé que no salíamos, sin agua y casi sin poder respirar, decidí que hasta aquí hemos llegado, que esto no podía continuar, que me la estaba jugando y aún era joven para morir. Acepté una última incursión que no me sonó tan temeraria, así me despediría de ella como un valiente, que se le quedase un buen recuerdo de mí. Se trataba de pasear por un bosquecillo, trepar a algún árbol, y dije que venga, que sí.

Pero la muy puñetera siempre se reservaba alguna sorpresita no me había contado todo. El bosque en cuestión era un invernadero enorme, como todo por aquí, de plantas carnívoras. Ojo, plantas que crecían como árboles, con sus troncos y ramas y esas flores con dientes y colmillos que daba pánico mirarlas. Porque no solo las mantenían en unas condiciones de temperatura y humedad óptimas, sino que las cebaban para que crecieran desmesuradamente. Desayunaban, almorzaban, merendaban y cenaban. ¿Que qué comían? Buf, de todo, aunque difícil saber, pues en el suelo no había huesos ni dentaduras ni pellejos, no hacían ascos a nada, todo les aprovechaba. Pude ver desde lo alto, mientras trepábamos por una, unas jaulas con ovejas, canguros, vacas Angus, patos y conejos. Y toneladas de verduras de todo tipo. Según me contó, formaba aquello parte de un proyecto científico de una farmacéutica, creo, y como es obvio, no estaba permitido el acceso. Pero Giorgia siempre encontraba la manera de entrar.

Y en esta rama de esta planta carnívora, colgados de los brazos, balanceándonos, nos encontramos ahora Giorgia y yo. Se la ve feliz, feliz a la muchacha. Pero a mí esto me cansa, no soy tan disfrutón, así que en breve le diré que se está haciendo tarde, que se acerca la hora de comer y que mejor no andar por aquí cerca cuando estas flores llenas de colmillos nos detecten y empiecen a salivar.

 

Ig @collage.absurdage (que os recomiendo), de la artista Iuliia Shulga.