AGUA DE LLUVIA
Lo que les pasó a las hermanas Keller no lo olvida nadie en la comarca.
Incluso los más pequeños —o especialmente ellos— tienen muy presente que, cuando
llueve, no se puede salir fuera. Ni a jugar ni a nada. En la escuela han
instalado unas literas en el pabellón cubierto por si les pilla el aguacero a
la hora de salir y se tienen que quedar a pasar la noche. Y en la pastelería,
la taberna, la peluquería y casi todos los comercios del centro, te permiten
los dueños permanecer en la trastienda el rato que haga falta hasta que escampe.
La dependienta del colmado, que es muy simpática, ofrece asiento, limonada y
galletas a los que tienen que quedarse en su local a hacer tiempo.
En las reuniones familiares, la anécdota que más piden los niños que les
cuenten los viejos es la de cuando, siendo zagales, se ponía a llover y corrían
a la calle, abrían la boca hacia el cielo y dejaban las gotas de agua rodar por
sus caras y gargantas y cuellos. «Después regresábamos tan felices a casa,
pisando charcos», evocan nostálgicos, mientras tragan saliva y se les humedece
la mirada. Pero eso ya es historia, batallitas que a los nietos les encanta
escuchar con los ojos muy abiertos. Porque la lluvia de ahora, aunque forma
unos charcos preciosos de brillos irisados y colores increíbles —azules
eléctricos, púrpuras brillantes, rosas, naranjas, turquesas— ya no es
transparente. Ni dulce como la de antes. Dicen que tiene un sabor ácido, que el
burbujeo cuando se posa en la tierra o los ventanales es porque está hirviendo,
que huele como a azufre y sulfatos, que si te roza la piel te la quema y si te
atraviesa hasta dentro te abrasa el estómago y los huesos. Y que aunque los
charcos emanen un vapor musgoso inofensivo que invita a acercarse a ellos, lo mejor
es mantenerse a resguardo lo más lejos y no olvidar nunca lo que les pasó a las
hermanas Keller.