CASA RURAL
«Sin cobertura ni Internet», rezaba el anuncio, para luego añadir:
«Porque ¿desconectar no es precisamente eso?», y salían imágenes de unas
cumbres nevadas rayando el cielo, de paisanos segando la mies, de una higuera
con tanto fruto que casi se podía oler, de unos petirrojos posados en la
barandilla del balcón.
Los viernes por la noche llegaban los alojados y decían: «qué rústico,
qué bien», pero después: «cómo huele a boñiga», «matas esa araña o yo ahí no
duermo» y «por las putas campanadas no he podido pegar ojo».
Pero cuando el domingo recogían para irse, ya estaban planeando volver.