domingo, 22 de marzo de 2026

Arrebato místico

ARREBATO MÍSTICO

Al mirar cara a cara a la muerte, al enfrentarse a esas momias detrás de las vitrinas del museo, conservadas casi intactas a lo largo de los siglos, le entraron a Yasmin unas ganas tremendas de recapacitar, de plantearse cosas, de mirar hacia dentro de sí misma, de trascender y de hacer una sesuda reflexión sobre el más allá y sobre el más acá, especialmente. Pero no a través de las preguntas clásicas, como ¿de dónde venimos, hacia dónde vamos?, porque eso abarcaba disciplinas metafísicas, espirituales y cuánticas que se derramaban por su cerebro hasta diluirse entre las neuronas para terminar desapareciendo como si nada. Mejor algo más íntimo y sobre todo sencillo; algo que le diese a su existencia un sentido especial.

Al comprobar cómo se le erizaba el vello de los brazos, se le pasó a Yasmin por la cabeza que pudiera ser que hubiese entrado en trance, porque le recordó a una vez, cuando era adolescente, que fumó hierba y todo era relajo y despreocupación y conexión con el universo. Y producto de esta especie de mareo, sentía ahora una emoción intensa, una fusión con el cosmos, unas ganas de desprenderse de lo material y abrazar una vida de servicio y entrega a los demás. Se sentía de pronto tan bien, tan a gusto consigo misma, tan contenta por ser útil, por tener un objetivo al que entregarse en cuerpo y alma, que los ojos se le humedecieron y un escalofrío le sacudió la espina dorsal. Hasta le pareció que levitaba, que se había elevado un centímetro del suelo.

En ese estado de éxtasis se hallaba cuando Gustav, su esposo aunque la gente opinase que parecían abuelo y nieta, le apretó el antebrazo y le señaló con la cabeza uno de los cuerpos expuestos. Se trataba de una mujer joven. Al acercar la nariz al cristal, observó que se depilaba las axilas, el bigote y las cejas algunos pelillos negros estaban a punto de salir cuando le pescó la muerte, que tenía unas manos muy cuidadas y que las uñas las llevaba largas, limpias y arregladas. En la cabeza, lucía aún una melena lisa, brillante y pelirroja, con raya a un lado y una tiara dorada que le sujetaba el flequillo, aunque algunos pelos rebeldes se habían soltado y le caían despeinados sobre la frente. Su cutis, de suave y terso y blanco, parecía de porcelana. Se deducía, del conjunto, que había pertenecido a una clase social alta.

Esta imagen le trajo a la cabeza a Yasmin que aquella mañana, antes de salir a hacer turismo, había descubierto horrorizada en el espejo del baño que se le empezaban a ver las raíces blancas del pelo. Y el cabreo que se pilló porque en el salón de coiffure del hotel no le daban cita hasta las siete de la tarde. Se ajustó entonces el pañuelo de seda que llevaba anudado a la nuca para ocultar al mundo el drama de sus canas y tiró de Gustav hacia la salida del museo, con el firme propósito de convencer a las estilistas del coiffure de que, aparte del tinte y las mechas, le hicieran también un alisado de queratina, la manicura francesa, una hidratación con velo de oro y, para terminar, un masaje facial relajante, que el día había sido muy ajetreado.