ARREBATO MÍSTICO
Al mirar cara a cara a la muerte, al enfrentarse a esas momias detrás de
las vitrinas del museo, conservadas casi intactas a lo largo de los siglos, le
entraron a Yasmin unas ganas tremendas de recapacitar, de plantearse cosas, de
mirar hacia dentro de sí misma, de trascender y de hacer una sesuda reflexión
sobre el más allá ―y sobre el más acá, especialmente―. Pero no a través
de las preguntas clásicas, como ¿de dónde venimos, hacia dónde vamos?, porque
eso abarcaba disciplinas metafísicas, espirituales y cuánticas que se derramaban
por su cerebro hasta diluirse entre las neuronas para terminar desapareciendo
como si nada. Mejor algo más íntimo y sobre todo sencillo; algo que le diese a
su existencia un sentido especial.
Al comprobar cómo se le erizaba el vello de los brazos, se le pasó a
Yasmin por la cabeza que pudiera ser que hubiese entrado en trance, porque le
recordó a una vez, cuando era adolescente, que fumó hierba y todo era relajo y
despreocupación y conexión con el universo. Y producto de esta especie de
mareo, sentía ahora una emoción intensa, una fusión con el cosmos, unas ganas
de desprenderse de lo material y abrazar una vida de servicio y entrega a los
demás. Se sentía de pronto tan bien, tan a gusto consigo misma, tan contenta
por ser útil, por tener un objetivo al que entregarse en cuerpo y alma, que los
ojos se le humedecieron y un escalofrío le sacudió la espina dorsal. Hasta le
pareció que levitaba, que se había elevado un centímetro del suelo.
En ese estado de éxtasis se hallaba cuando Gustav, su esposo ―aunque la gente opinase que parecían abuelo y nieta―, le apretó el antebrazo y le señaló con la cabeza uno de los cuerpos
expuestos. Se trataba de una mujer joven. Al acercar la nariz al cristal,
observó que se depilaba las axilas, el bigote y las cejas ―algunos pelillos negros estaban a punto de salir cuando le pescó la
muerte―, que tenía unas manos muy cuidadas y que las uñas las llevaba largas,
limpias y arregladas. En la cabeza, lucía aún una melena lisa, brillante y
pelirroja, con raya a un lado y una tiara dorada que le sujetaba el flequillo,
aunque algunos pelos rebeldes se habían soltado y le caían despeinados sobre la
frente. Su cutis, de suave y terso y blanco, parecía de porcelana. Se deducía,
del conjunto, que había pertenecido a una clase social alta.
Esta imagen le trajo a la cabeza a Yasmin que aquella mañana, antes de
salir a hacer turismo, había descubierto horrorizada en el espejo del baño que
se le empezaban a ver las raíces blancas del pelo. Y el cabreo que se pilló
porque en el salón de coiffure del
hotel no le daban cita hasta las siete de la tarde. Se ajustó entonces el
pañuelo de seda que llevaba anudado a la nuca ―para ocultar
al mundo el drama de sus canas― y tiró de Gustav hacia la
salida del museo, con el firme propósito de convencer a las estilistas del coiffure de que, aparte del tinte y las
mechas, le hicieran también un alisado de queratina, la manicura francesa, una
hidratación con velo de oro y, para terminar, un masaje facial relajante, que
el día había sido muy ajetreado.