NO TODAVÍA
No le costó al vendaval empujar —sin armar mucho estrépito― las ventanas mal encajadas del dormitorio del anciano y entrar como una
bocanada en la habitación. En ese instante, el hombre se revolvió en el jergón,
tosió, quizá sintió frío, momento que el viento aprovechó para tornarse brisa
trayendo consigo el frescor terroso y límpido del rocío y apaciguando el sueño
del durmiente.
En la pared, la llama de la vela encendida a San Rafael proyectaba
sombras siniestras que serpenteaban como fantasmas. Verlas daba pavor; oír sus
alaridos sobrenaturales habría helado la sangre. Deformaban en muecas grotescas
sus bocas, se sacaban los ojos que pendían como pingajos de las cuencas vacías,
alargaban sus manos de uñas astilladas fuera del tabique, ansiosas por salir de
allí agigantadas por el fuego que esa corriente de aire ―antes vendaval, ahora guadaña de humo― iba a provocar volcando
la vela y poniendo en contacto el pabilo con el tapete de ganchillo.
Pero el cirio rodó sobre la mesilla y cayó al suelo de baldosas y,
aunque siguió ardiendo unos minutos, los esperpentos de la pared apenas
siguieron meciéndose, desganados, sin otro deseo que el de desvanecerse cuando
toda la cera se hubiera consumido.