domingo, 22 de marzo de 2026

No todavía

NO TODAVÍA

No le costó al vendaval empujar —sin armar mucho estrépito las ventanas mal encajadas del dormitorio del anciano y entrar como una bocanada en la habitación. En ese instante, el hombre se revolvió en el jergón, tosió, quizá sintió frío, momento que el viento aprovechó para tornarse brisa trayendo consigo el frescor terroso y límpido del rocío y apaciguando el sueño del durmiente.

En la pared, la llama de la vela encendida a San Rafael proyectaba sombras siniestras que serpenteaban como fantasmas. Verlas daba pavor; oír sus alaridos sobrenaturales habría helado la sangre. Deformaban en muecas grotescas sus bocas, se sacaban los ojos que pendían como pingajos de las cuencas vacías, alargaban sus manos de uñas astilladas fuera del tabique, ansiosas por salir de allí agigantadas por el fuego que esa corriente de aire antes vendaval, ahora guadaña de humo iba a provocar volcando la vela y poniendo en contacto el pabilo con el tapete de ganchillo.

Pero el cirio rodó sobre la mesilla y cayó al suelo de baldosas y, aunque siguió ardiendo unos minutos, los esperpentos de la pared apenas siguieron meciéndose, desganados, sin otro deseo que el de desvanecerse cuando toda la cera se hubiera consumido.