domingo, 22 de marzo de 2026

Sol de medianoche

SOL DE MEDIANOCHE

Podía sentir la tibieza de la noche encendida en sus párpados cerrados; estaba ya muy cerca —por fin— de disiparse para siempre en ella. Los púrpuras, verdes, naranjas y azules de la aurora boreal que atisbaba en el horizonte le parecían más hermosos que nunca. Imaginaba cómo aquel manto de colores cubría los campos blancos y una luz cálida ablandaba la tierra helada y la derretía, dejando a la vista una alfombra de musgo mullido. Escuchaba, también, el lejano murmullo del silencio como un rumor en el que pronto se sumergiría y que ahogaría el bramido inclemente de la tormenta de granizo y nieve en medio de la cual se hallaba retenido.

¡Lo poco que le faltaba y lo largo que se le estaba haciendo morirse! Intentaba mantenerse sereno, calmado, pero la angustia y la espera le impacientaban. ¿Cuánto tiempo tardaría la benzodiacepina que le habían inyectado en el hospital en llegar a su corazón y obligarlo de una vez a dejar de latir? Se sentía exhausto de luchar contra aquella ventisca, dolorido por las agujas de hielo que como puñales se clavaban en sus entrañas, agotado de las tiritonas, las manos escarchadas. De tener frío. De levantarse y volverse a caer. Abatido porque la quimioterapia no hubiese podido vencer al enemigo. Derrotado por haber perdido la batalla.

Pero de pronto, sintió una ingravidez que lo liberaba, cesó el vendaval y dejó de tener frío. Aflojó los puños, exhaló un suspiro.
Y una última lágrima rodó por su cara.