SOL DE MEDIANOCHE
Podía sentir la tibieza de la noche encendida en sus párpados cerrados;
estaba ya muy cerca —por fin— de disiparse para siempre en ella. Los púrpuras,
verdes, naranjas y azules de la aurora boreal que atisbaba en el horizonte le parecían
más hermosos que nunca. Imaginaba cómo aquel manto de colores cubría los campos
blancos y una luz cálida ablandaba la tierra helada y la derretía, dejando a la
vista una alfombra de musgo mullido. Escuchaba, también, el lejano murmullo del
silencio como un rumor en el que pronto se sumergiría y que ahogaría el bramido
inclemente de la tormenta de granizo y nieve en medio de la cual se hallaba
retenido.
¡Lo poco que le faltaba y lo largo que se le estaba haciendo morirse!
Intentaba mantenerse sereno, calmado, pero la angustia y la espera le
impacientaban. ¿Cuánto tiempo tardaría la benzodiacepina que le habían
inyectado en el hospital en llegar a su corazón y obligarlo de una vez a dejar
de latir? Se sentía exhausto de luchar contra aquella ventisca, dolorido por
las agujas de hielo que como puñales se clavaban en sus entrañas, agotado de
las tiritonas, las manos escarchadas. De tener frío. De levantarse y volverse a
caer. Abatido porque la quimioterapia no hubiese podido vencer al enemigo.
Derrotado por haber perdido la batalla.
Pero de pronto, sintió
una ingravidez que lo liberaba, cesó el vendaval y dejó de tener frío. Aflojó
los puños, exhaló un suspiro.
Y una última lágrima rodó por su cara.