domingo, 22 de marzo de 2026

Desconectar

DESCONECTAR

Tampoco era tanto pedir se decía Charo, aún esperanzada, mientras se lavaba los dientes antes de meterse a la cama sentarse tranquila a leer en la butaca de escay de la habitación. Aunque fuese solo un ratito. Llevaba tres días con el grupo del Inserso en aquel hotel de Benidorm donde pasaría una semana y antes de las dos de la madrugada no había conseguido retirarse a su habitación. Pese a tener la mayoría de ellos más de setenta años, estaban todo el tiempo de acá para allá, sin parar. Había que divertirse, exprimir bien el tiempo y aprovechar a tope el viaje, les recordaba alguno de los monitores que les acompañaban cuando les sorprendían dejándose caer derrengados en una silla.

Nada más apearse del bus el primer día, les reunieron en el vestíbulo y les organizaron por parejas a los que viajaban solos. Charo suspiró resignada al comprobar que le había tocado compartir habitación con la señora que se había tirado todo el viaje cantando y dando palmas. Después de deshacer las maletas, descansar un momento y refrescarse, bajaron a la cafetería donde les fue entregada una hoja con las actividades que llevarían a cabo a lo largo de la semana. Si no te apuntabas a una cosa, tenías que elegir otra, pero siempre había que hacer algo. «Ya sabéis, chicos», les habían insistido los animadores, «hay que fomentar la socialización, el bienestar físico y la estimulación cognitiva en un ambiente relajado». Y también decían muchas veces que el programa era muy «chachi» y que les iba a «flipar».

Así pues, por las mañanas o estabas en clase de aquagym o en una sesión de estiramientos, en yoga o en taichí. Por las tardes jugando al bingo o a las cartas, al pingpong o a la petanca; y por las noches cantando en el karaoke o aprendiendo bailes de salón.

Aquella primera noche, y pese a sentirse agotada de tanto ajetreo, la pobre Charo ni con tapones consiguió coger el sueño. Al principio, porque la señora que dormía en la cama de al lado era un loro que no callaba, todo el rato rajando, blablabla, que si esto que si aquello que si lo de más allá. No se podía estar callada. Pero aún peor fue cuando le hizo efecto la pastilla que se había tomado y comenzó a roncar cosa mala. No sería exagerado decir que el cuadro de una espiga de lavanda que había colgado en la pared se movía cada vez que resoplaba, que los cristales de la ventana retumbaban, que la lámpara de plástico del techo oscilaba debido a la vibración de sus ronquidos.

Mientras daba vueltas en la cama, pensó Charo con resignación que su idea de estar esos días despreocupada, holgazanear en la cama por las mañanas, sin prisa por levantarse, desayunar a la hora que le diera la gana y tumbarse al sol en la piscina se había ido al garete. Lo de tomarse un par de copas de vino blanco sentada en la terraza, respirando la brisa marina después de cenar, también quedaba descartado. Les habían desaconsejado mucho, muchísimo, lo de beber alcohol y si te pescaban con una botella escondida en el bolso seguro que te miraban mal. Y tampoco era plan sentirse señalada. Pero es que además no iba a poder descansar ninguna noche. Se había fijado al llegar en el letrero de «Completo» colgado en la recepción: no quedaba ni una habitación vacía para solicitar un cambio, se tendría que aguantar.

Así que los únicos ratos que les dejaban libres después de comer, y cuando la otra salía a pasear y tomar por ahí un helado, aprovechaba Charo para sentarse en la butaca de escay con el libro que se había traído, pero ni dos segundos tardaba en quedarse profundamente dormida sin pasar de la primera página.