LLUVIA
Unas nubes negras encapotaron la tarde del viernes un
cielo hasta entonces de un gris inofensivo. En principio, no habían dado
lluvia, pero empezó a caer agua a jarros, a calderos. Una tromba, además,
persistente. «Qué manera de llover», suspiró Vicky asomada a la ventana de su
habitación, torciendo el gesto. Era como si se estuviera desplomando el cielo.
Los coches que circulaban por la calzada levantaban olas que invadían la acera
y la gente daba igual que corriera porque se calaba de la cabeza a los pies de
igual manera.
Para las ocho no había escampado aún, ahí seguía el aguacero. Y la pobre
Vicky mordiéndose las uñas, sin saber qué hacer. Con lo que le había costado
decidir el modelito que iba a ponerse; llevaba toda la tarde probándose trapos,
descartándolos, dejando un montón de ropa encima de la cama, hasta que
finalmente se vio pibón con un short animal print, un top de lentejuelas y un
bolso de peluche rosa. Ideal para tirarse toda la noche de juerga en la
discoteca. Pero en su parada de bus no había marquesina y desde luego no iba a
estarse ahí esperando, calándose como boba, dejando que se le corriera el rímel
y el gloss y se le arruinara el alisado de queratina, para llegar a la disco
mojada como un pollo. Ni hablar. Si no se veía guapa, no se sentía segura, se
agobiaba, no se divertía y, por tanto, no le apetecía ir a ningún lado.
Así que se desmaquilló, se desvistió, tiró todas las prendas al suelo y se
tumbó en la cama, malhumorada. Es que vaya rabia, con lo que le apetecía a ella
tomarse unos calimochos y bailar y pasarlo a tope y darlo todo.
Pero aunque ella no lo sepa, fue una suerte que lloviera. Que decidiese no
salir, que no llegase a conocer a aquel chico tan majo que se le habría
acercado en la parada del bus ofreciéndole su paraguas, que no la acompañase y
le pagase la entrada de la discoteca, que no le invitase a chupitos de tequila
y Jaggermeister, que cuando la viera tambalearse no le susurrase al oído
«acompáñame al baño y te invito a una raya», que en el urinario no le metiese
la lengua en la boca y la mano por debajo del top, que no le bajase lo justo el
pantalón para penetrarla y eyacular dentro de ella, que no le lamiese el cuello
para luego desaparecer entre las luces de neón de la fiesta.