TORMENTA
Lo único que le tranquiliza cuando no
está dormitando es el árbol. Observar a las orugas chapotear en las hojas
jabonosas, a los pulgones chupar el suavizante que fluye por el tronco, a los
jilgueros picotear la fruta y cagar sales de baño. Cuando llueve, le relaja el
aroma a aceites esenciales de la espuma que forman los jabones en los charcos.
Pero hoy le despierta del dulce sopor un
relámpago que enciende el cielo plomizo al tiempo que un fogonazo de lucidez ilumina
su mente nublada. Y evoca, horrorizado, un puñal en sus manos ensangrentadas.
Sintiéndose miserable, queriendo eliminar
esa imagen, se dirige al árbol y en cuclillas empieza a frotarlas. Restriega, enjuaga,
rasca con una piedra, se hace llagas, las descarna. Entonces dos celadores se
aproximan, se lo llevan en volandas, lo sedan, le limpian el barro, le ponen
una camisa con las mangas cruzadas a la espalda.