CASTING
Casi nadie se
sorprende ya cuando ve a un aspirante a Santa Claus desplomarse antes del
examen físico. Es habitual que, al repartir los folios con las pruebas que han
de superar, alguno que no se esperaba tanta exigencia lo lea y ¡zas!, le dé la pálida,
le baje la tensión y se desmaye.
Son varios los
ejercicios a realizar, como varios son los obstáculos que pueden encontrarse al
repartir los regalos. El de velocidad consiste en correr cien metros en quince
segundos que viene a ser, más o menos, lo que tarda un hombre en ponerse a
salvo de un perro guardián que saliera a perseguirle. Luego está el salto
vertical. Hay que saltar una valla de tres metros, para que el perro de antes
no te enganche en la verja del jardín y se líe a dentelladas. Otra prueba es
saber nadar. Aquí no se pide velocidad, es simplemente por si en la oscuridad
de la noche alguien no ve la piscina y se cae dentro. Mala cosa sería que al
levantarse los niños el día de Navidad, no vieran ningún paquete debajo del
árbol, buscaran por todas partes y finalmente encontrasen el cuerpo de un
gordinflón flotando en el agua y, lo que es peor, todos los regalos mojados.
Menudo trauma.
Otra de las pruebas
consiste en la trepa de cuerda. Esta sí que es importante, porque a la mayoría
de hogares se accede por la chimenea y bajar es fácil, aunque se vaya cargado
con el macuto. Pero luego hay que subir solo con la fuerza de los brazos. Y sin
armar jaleo. Nada de despotricar ni maldecir, aunque sea en voz baja: hay que
evitar despertar a los habitantes de la casa.
Y no acaba aquí la
lista. También puntúa el equilibrismo, pues a veces toca desplazarse por
tejados muy empinados; y la claustrofobia, por si alguien se queda atascado en
la chimenea. En la última convocatoria y tras ver las pruebas, fue un tal
Austin el que perdió el conocimiento antes incluso de ponerse el dorsal que le
había tocado. Menos mal que la organización lo tiene todo previsto y enseguida
vinieron dos auxiliares, le sacaron fuera a que le diera el aire y cuando
recuperó el color en las mejillas le ofrecieron un café y un donut. Pronto se
sintió Austin mucho mejor y, ya reconfortado, pidió que si por favor no
tendrían un batido de fresa con una nube de nata y, si podía ser también, un muffin
relleno de chocolate.