domingo, 22 de marzo de 2026

Casting

CASTING

Casi nadie se sorprende ya cuando ve a un aspirante a Santa Claus desplomarse antes del examen físico. Es habitual que, al repartir los folios con las pruebas que han de superar, alguno que no se esperaba tanta exigencia lo lea y ¡zas!, le dé la pálida, le baje la tensión y se desmaye.

Son varios los ejercicios a realizar, como varios son los obstáculos que pueden encontrarse al repartir los regalos. El de velocidad consiste en correr cien metros en quince segundos que viene a ser, más o menos, lo que tarda un hombre en ponerse a salvo de un perro guardián que saliera a perseguirle. Luego está el salto vertical. Hay que saltar una valla de tres metros, para que el perro de antes no te enganche en la verja del jardín y se líe a dentelladas. Otra prueba es saber nadar. Aquí no se pide velocidad, es simplemente por si en la oscuridad de la noche alguien no ve la piscina y se cae dentro. Mala cosa sería que al levantarse los niños el día de Navidad, no vieran ningún paquete debajo del árbol, buscaran por todas partes y finalmente encontrasen el cuerpo de un gordinflón flotando en el agua y, lo que es peor, todos los regalos mojados. Menudo trauma.

Otra de las pruebas consiste en la trepa de cuerda. Esta sí que es importante, porque a la mayoría de hogares se accede por la chimenea y bajar es fácil, aunque se vaya cargado con el macuto. Pero luego hay que subir solo con la fuerza de los brazos. Y sin armar jaleo. Nada de despotricar ni maldecir, aunque sea en voz baja: hay que evitar despertar a los habitantes de la casa.

Y no acaba aquí la lista. También puntúa el equilibrismo, pues a veces toca desplazarse por tejados muy empinados; y la claustrofobia, por si alguien se queda atascado en la chimenea. En la última convocatoria y tras ver las pruebas, fue un tal Austin el que perdió el conocimiento antes incluso de ponerse el dorsal que le había tocado. Menos mal que la organización lo tiene todo previsto y enseguida vinieron dos auxiliares, le sacaron fuera a que le diera el aire y cuando recuperó el color en las mejillas le ofrecieron un café y un donut. Pronto se sintió Austin mucho mejor y, ya reconfortado, pidió que si por favor no tendrían un batido de fresa con una nube de nata y, si podía ser también, un muffin relleno de chocolate.