LA VIUDA
En el camposanto, el
hielo, la escarcha y la humedad de los
largos inviernos han dejado su huella en las lápidas del suelo. La piedra, de
tan desgastada, ya no es blanca ni gris, sino de un tono parduzco, entre podrido
y sucio, y en muchas ya no se ven las letras grabadas a golpe de cincel, los
nombres, fechas y epitafios apenas pueden leerse; hay que achinar los ojos para
completar las palabras. El musgo se ha adueñado de los recovecos y la hojarasca
y los hierbajos avanzan sobre las sepulturas. Bajo el suelo, las raíces de los
cipreses, que siguen creciendo, provocan ligeros movimientos que desencajan las
lápidas o hunden en la tierra tumbas enteras.
A Hannah le da un
escalofrío cada vez que tiene que atravesar esa avenida del cementerio para
llegar a donde su Charles y respira aliviada cuando llega con sus crisantemos
al columbario.