LA CRIADA
Después de meter en la lavadora al pequeño Tommy —que no paraba de
berrear y le estaba levantando un dolor de cabeza insoportable—, de poner en el
comedero del perro el pavo relleno que le había ordenado preparar la señora
Atkins, de encender los leños de la chimenea para asar el abrigo de visón, de
podar los cortinones de terciopelo y bordado de hilo de oro del salón, de regar
los rosales de los parterres con aguarrás y de prender fuego a la colada
tendida en el jardín, se la encontrarían en la piscina, boca abajo, flotando. No
le quedaría otra opción a Betty si no quería salir esposada de allí y acabar
con sus huesos en el calabozo.
—¡Dios mío, Betty!
El aullido de la señora Atkins se escuchó en los aposentos más alejados
de la mansión. Fue lo que sacó a. Betty de su dulce ensueño. Hasta los caballos
se agitaron en los establos.
—¿Cuántas veces tengo que repetirte que las sábanas de hilo son muy
delicadas? —rugió la señora Atkins, con los brazos en jarras y los ojos en
blanco—. Ahora mismo lo vuelves a planchar todo de nuevo y pones más atención,
que estás como alelada.
—Sí, señora —contestó Betty, bajando la cabeza mientras colocaba en la
mesa de la plancha una funda de almohada, sin poder disimular la sonrisa al
imaginarse la cara desencajada de Tommy girando en el tambor de la máquina de
lavar con el programa de centrifugado.