domingo, 22 de marzo de 2026

La criada

LA CRIADA

Después de meter en la lavadora al pequeño Tommy —que no paraba de berrear y le estaba levantando un dolor de cabeza insoportable—, de poner en el comedero del perro el pavo relleno que le había ordenado preparar la señora Atkins, de encender los leños de la chimenea para asar el abrigo de visón, de podar los cortinones de terciopelo y bordado de hilo de oro del salón, de regar los rosales de los parterres con aguarrás y de prender fuego a la colada tendida en el jardín, se la encontrarían en la piscina, boca abajo, flotando. No le quedaría otra opción a Betty si no quería salir esposada de allí y acabar con sus huesos en el calabozo.

—¡Dios mío, Betty!

El aullido de la señora Atkins se escuchó en los aposentos más alejados de la mansión. Fue lo que sacó a. Betty de su dulce ensueño. Hasta los caballos se agitaron en los establos.

—¿Cuántas veces tengo que repetirte que las sábanas de hilo son muy delicadas? —rugió la señora Atkins, con los brazos en jarras y los ojos en blanco—. Ahora mismo lo vuelves a planchar todo de nuevo y pones más atención, que estás como alelada.

—Sí, señora —contestó Betty, bajando la cabeza mientras colocaba en la mesa de la plancha una funda de almohada, sin poder disimular la sonrisa al imaginarse la cara desencajada de Tommy girando en el tambor de la máquina de lavar con el programa de centrifugado.