HACIA LA ETERNIDAD
Lo único que desde siempre le había aterrado de morirse era la agonía,
el sufrimiento, el dolor, pero todo eso ya había quedado atrás. Ya había pasado,
se acabó, estaba muerto.
Punto final.
¿Final? ¿Cómo era entonces posible que estuviera teniendo sensaciones
tan reales, si él nunca había creído en el más allá? Desde luego, no pensaba
para nada que aquello pudiera ser el cielo, pero al menos no estaba siendo
devorado por las llamas del infierno, tal como le habían augurado muchos.
¿Quizá la extremaunción administrada a última hora por aquel sacerdote había
salvado su alma? ¿Le habrían sido perdonados todos sus pecados así, sin más? Ese
pensamiento le proporcionó un gran alivio.
Aguzó los sentidos. La temperatura era ideal, corría una agradable brisa,
oía el rumor del mar y notaba cómo las olas le lamían con suavidad los pies
descalzos. A abrir los ojos no se atrevía, no fuera a ser aquello un espejismo
y se desvaneciese, pero como notaba los rayos tibios del sol en la cara y el
olor a salitre, cada vez se sentía más tranquilo.
Relajó el ceño y la comisura de los labios, sonrió. Apenas podía
moverse, tenía rígidos los miembros, pero pudo hurgar ligeramente con las manos
en la arena. Al removerla con los dedos, tropezó con algo redondo, era una
caracola, la acarició. Se sentía en calma, muy a gusto, así que se abandonó a esa
dulce laxitud e, inmóvil como estaba, dejó que fuera pasando el tiempo mientras
se deleitaba sumido en ese estado de paz.
Y el tiempo fue pasando hasta que el sol dejó de acariciarle la piel y
se tornó abrasador. La cara se le quemó y empezaron a salirle ampollas en los
párpados, las orejas, los labios. La caracola que apretaba entre sus dedos se
rompió en mil pedazos. Entonces cientos de cangrejos llegados de todas partes
treparon sobre su cuerpo inmóvil y le clavaron insistentemente sus pinzas
afiladas, descarnándole piernas, torso y brazos. Cuando terminaron de triturarlo,
se dirigieron atropellándose entre ellos hacia su cabeza.
Convertido en amasijo, con los labios apretados, sin poder contenerse
más, abrió los ojos, momento que aprovechó uno de los crustáceos para vaciarlos.
En ese instante la arena bajo su cuerpo cedió, se abrió como un cráter y comenzó
a hundirse. Estaba siendo tragado sin remedio, engullido en su interior, en
dirección a ese fuego, sufrimiento, agonía y dolor eternos de los que, ingenuo,
pensó por un momento que se había librado.