EL FOTÓGRAFO
Cuando
tenía el encuadre perfecto —la luz, el maestro que ya se había fumado el puro,
los niños quietos— un gato callejero que huía despavorido se llevó por delante
el trípode y la cámara cayó al suelo. Y de nuevo el jolgorio y los escolares
armando jaleo. Porque si no eran unas gallinas que se cruzaban —risas—, era un
vecino que, despistado, pasaba por en medio —más risas—, o una anciana
encorvada que no pensaba dar un rodeo —aplausos a doña Brígida—. O un estornudo,
un empujón, un bostezo.
De
pronto, se quedaron todos inmóviles y disparó. «¡Hechooo!», gritó, pero ni se
menearon, atentos al intruso que, erguido sobre sus patas traseras, iba acercándose
sigilosamente a él.