LA MERIENDA
Hay una mosca posada en
la ventana de la sala de estar.
El reloj marca las
cuatro y diez.
Al viejo sentado en una
butaca, las cataratas le emborronan las imágenes impidiéndole enfocar bien la
mirada. A veces lo que ve es un manchurrón, otras unos brillos difuminados,
otras un charco multicolor. Por eso le cuesta tanto ver la tele y no digamos ya
leer. Así que se aproxima hasta el ventanal apoyado en su bastón, arrastrando
los pies, y aunque ya está casi al lado achina los ojos, como si le estuviera
dando el sol, para ver bien al bicho.
Allí, la mosca recorre,
enérgica y ofuscada, de arriba abajo, el vidrio. Se la ve desesperada, queriendo
atravesar ese obstáculo y pasar al otro lado, y cada vez va estando más
debilitada por los golpes que se da contra el cristal. El insecto no ceja ni un
momento en su empeño y va llegando al límite de sus fuerzas sin encontrar la salida.
El zumbido, antes persistente y poderoso, se oye cada vez más tenue y apagado.
Al final, la mosca cae al suelo donde se agitará, no se sabe si con resignación
o sin ella, hasta el último aliento.
Aunque no es la primera
vez, y seguramente no será la última, que observa este acontecimiento, le
resulta fascinante al viejo ver el empecinamiento del animal. Quizá decir
fascinante sea exagerar, ¿pero acaso hay alguien en el mundo a quien le importe
eso? Además hay que reconocerle a la mosca su empeño por vivir, su instinto de
supervivencia. El viejo se queda mirando atentamente sus convulsiones, sus
patitas agitándose en el aire, hasta que se queda tiesa. Por otra parte,
piensa, tampoco es tan mal final para ella: caer extenuada sobre una baldosa, que
luego te barra una limpiadora, terminar en el recogedor junto a algo de pelusilla, quizá un botón, un clínex con
mocos y finalmente en una bolsa de basura con el resto de las inmundicias que
se generan en una residencia de ancianos. Peor, y más doloroso, tiene que
resultar vivir en plena naturaleza y, por un despiste de esos, caer en una tela
de araña, quedar paralizada por el veneno que te inyectan y que te dejen
envuelta en una maraña de hilo de seda para merendarte luego.
Y hablando de merendar,
el anciano mira otra vez el reloj y se alegra al comprobar que las malditas
agujas, por una vez, han avanzado con rapidez: ya son casi las cinco. La
mayoría de las tardes son un aburrimiento total y se le hacen eternas. Pero ya
le llega el delicioso olor a café y ya ve a las auxiliares llevando a las mesas
las tazas, los cubiertos y las riquísimas galletas de mantequilla que algún
pariente de visita trajo del pueblo.