domingo, 22 de marzo de 2026

La merienda

LA MERIENDA

Hay una mosca posada en la ventana de la sala de estar.

El reloj marca las cuatro y diez.

Al viejo sentado en una butaca, las cataratas le emborronan las imágenes impidiéndole enfocar bien la mirada. A veces lo que ve es un manchurrón, otras unos brillos difuminados, otras un charco multicolor. Por eso le cuesta tanto ver la tele y no digamos ya leer. Así que se aproxima hasta el ventanal apoyado en su bastón, arrastrando los pies, y aunque ya está casi al lado achina los ojos, como si le estuviera dando el sol, para ver bien al bicho.

Allí, la mosca recorre, enérgica y ofuscada, de arriba abajo, el vidrio. Se la ve desesperada, queriendo atravesar ese obstáculo y pasar al otro lado, y cada vez va estando más debilitada por los golpes que se da contra el cristal. El insecto no ceja ni un momento en su empeño y va llegando al límite de sus fuerzas sin encontrar la salida. El zumbido, antes persistente y poderoso, se oye cada vez más tenue y apagado. Al final, la mosca cae al suelo donde se agitará, no se sabe si con resignación o sin ella, hasta el último aliento.

Aunque no es la primera vez, y seguramente no será la última, que observa este acontecimiento, le resulta fascinante al viejo ver el empecinamiento del animal. Quizá decir fascinante sea exagerar, ¿pero acaso hay alguien en el mundo a quien le importe eso? Además hay que reconocerle a la mosca su empeño por vivir, su instinto de supervivencia. El viejo se queda mirando atentamente sus convulsiones, sus patitas agitándose en el aire, hasta que se queda tiesa. Por otra parte, piensa, tampoco es tan mal final para ella: caer extenuada sobre una baldosa, que luego te barra una limpiadora, terminar en el recogedor junto a algo de  pelusilla, quizá un botón, un clínex con mocos y finalmente en una bolsa de basura con el resto de las inmundicias que se generan en una residencia de ancianos. Peor, y más doloroso, tiene que resultar vivir en plena naturaleza y, por un despiste de esos, caer en una tela de araña, quedar paralizada por el veneno que te inyectan y que te dejen envuelta en una maraña de hilo de seda para merendarte luego.

Y hablando de merendar, el anciano mira otra vez el reloj y se alegra al comprobar que las malditas agujas, por una vez, han avanzado con rapidez: ya son casi las cinco. La mayoría de las tardes son un aburrimiento total y se le hacen eternas. Pero ya le llega el delicioso olor a café y ya ve a las auxiliares llevando a las mesas las tazas, los cubiertos y las riquísimas galletas de mantequilla que algún pariente de visita trajo del pueblo.