EL OASIS
Qué a gusto se encontraba aquel hombre en el desierto de Chihuahua,
donde le había llevado su viaje. ¿Calor? Ni pizca, sumergido como estaba en el
manantial. ¿Sed? Qué va, si había leche de camella en abundancia y tinajas de
agua fresca por doquier. ¿Tedio? Al contrario: estaba totalmente extasiado con
la visión de aquel tótem de colores vibrantes que irradiaba espirales de luz
sobre las dunas doradas. Como para aburrirse.
Pero al disolverse el efecto del mescal y despertar, ya no había tótem
ni palmeras ni agua ni nada. Arena sí, toda. El desierto entero en su garganta
abrasada.