POMPAS FÚNEBRES
Cualquiera que vea a Maruchi sentada en el banco de la iglesia, con esas
ojeras, la cara pálida y larga, el gesto de introspección y moviendo los
labios, bisbiseando, pensará que está rezando. Pero lo que hace en realidad es
repasar, mentalmente, los productos que necesitará cuando vaya a visitar al
cementerio a su Nicanor: una escoba, un recogedor, una fregona, un cubo con
escurridor, un cepillo con las cerdas duras para atacar la suciedad más pegada,
estropajos, bayetas y cera de abrillantar mármol. Eso para la limpieza de la lápida.
Con el asunto de los caracoles, telarañas y malas hierbas, tendrá que hacer
acopio de tijeras de podar, rastrillo y pala.
La verdad, le hace ilusión. Ya se ve el Día de Todos los Santos montada
en el bus camino del camposanto con una bolsa de rafia con todos los bártulos necesarios
para acicalar el nicho de su difunto, y el
caldero hasta arriba de agua jabonosa. Lo llevará lleno desde casa
porque con agua caliente se limpia mejor, esto lo sabe cualquiera. Aunque tiene
ya una edad, cojea de una pierna y es más bien poquita cosa, a Maruchi como se
le meta algo en la cabeza no hay quien le convenza de otra cosa.
Solo de pensar en arrodillarse ante la tumba y deslizar el dedo envuelto
en un clínex húmedo por las letras doradas grabadas, N – I – C – A – N - O – R,
hasta que reluzcan como el oro, hace que un calorcito le recorra todo el
cuerpo, sintiéndose confortada.
Se halla absorta pensando en el asunto de las flores, indecisa entre ramo
o corona, claveles, rosas o gladiolos, cuando nota un golpecito en el brazo.
―Maruchi, levanta, que ha terminado el funeral ―le susurra Nicanor, incorporándose apoyado en su bastón.
Entonces abre los ojos, se alisa la falda, se pone en pie, retira con el
dorso de la mano una pelusa del abrigo del esposo, se agarran del brazo y se
acercan a dar el pésame a la vecina del quinto. Luego abandonan la iglesia,
acariciándose las manos, contentos de tenerse uno al otro, de estar juntos, de
seguir aquí pese a los achaques. Aunque Maruchi, siempre anticipándose a todo,
no lo puede evitar, va pensando «para mi Nicanor una corona de crisantemos, no
se hable más».